Giorgia Lupi
1,348,374 views • 11:13

Aquí pueden ver cómo fue mi semana pasada. Lo que hice, con quién estuve, las principales sensaciones que tuve durante el día... Si el sentimiento se produjo pensando en mi padre que falleció hace poco, o si hubiera podido evitar por completo las preocupaciones y ansiedades. Si creen que soy un poco obsesiva, probablemente tengan razón. Pero lo cierto es que al ver esto podrán conocerme mucho mejor que al ver esto otro, que es a lo que probablemente estén más acostumbrados y que posiblemente tengan en sus teléfonos ahora. Gráficas de barras que cuentan tus pasos, circulares para la calidad de tu sueño, tu trayectoria al correr temprano.

En mi día a día, trabajo con datos. Tengo una compañía de diseño de visualización de datos donde ideamos y creamos métodos que hacen accesible la información mediante representaciones visuales. Lo que me ha enseñado mi trabajo en estos años es que para comprender los datos y su verdadero potencial, a veces tenemos que dejarlos de lado y mejor ver a través de ellos. Porque los datos son solo un medio que usamos para plasmar la realidad. Siempre se usan como sustitutivos de algo, pero no son lo real.

Me remontaré un momento a cuando lo comprendí de primera mano. Fue en 1994, tenía 13 años. Era una adolescente en Italia. Demasiado joven como para interesarme en política, pero sí sabía que un empresario, Silvio Berlusconi, era el candidato de la derecha moderada a la presidencia Vivíamos en una ciudad muy liberal y mi padre era político en el Partido Democrático. Recuerdo que nadie creía que Berlusconi pudiera ganar. No parecía para nada posible. Pero ganó. Y recuerdo perfectamente lo que sentí. Fue una sorpresa total; mi padre juraba no conocer a nadie que hubiese votado por él en mi ciudad.

Por primera vez, los datos que tenía me ofrecieron un visión distorsionada de la realidad. Lo cierto es que mi muestra de datos era bastante limitada y sesgada así que pensé que se debía a que vivía en una burbuja y que tenía pocas posibilidades de ver fuera de ella.

Ahora vayamos al 8 de noviembre de 2016, Estados Unidos. Encuestas de internet, modelos estadísticos, acuerdo unánime de expertos sobre las elecciones presidenciales. Parecía que disponíamos de suficiente información y más oportunidades de salir del círculo cerrado en el que vivíamos, pero no fue así. El sentimiento me era muy familiar. Ya había vivido esa situación. Creo que es justo decir que esta vez los datos nos fallaron y de manera espectacular. Creímos en los datos, pero lo que pasó, incluso en los periódicos más serios, es que la obsesión por reducir todo a dos simples porcentajes para conseguir un titular impactante noz hizo centrarnos en esas dos cifras y nada más. En un esfuerzo por simplificar el mensaje y crear un mapa azul y rojo, bonito e inequívoco perdimos el rumbo por completo. De algún modo, olvidamos que había historias, historias humanas tras esas cifras.

En un contexto distinto pero con una situación similar, una mujer nos trajo a mí y a mi equipo un desafío peculiar. Ella vino a nosotros con una gran cantidad de datos pero en última estancia, quería contar una de las historias más humanas posibles. Ella es Samantha Cristoforetti. Ha sido la primera mujer astronauta italiana, y nos contactó antes de irse en una expedición de seis meses a la Estación Espacial Internacional. Nos dijo, "Me voy al espacio, y quiero hacer algo significativo con los datos de mi misión para acercar a la gente". Una misión a la Estación Espacial Internacional comprende terabytes de información acerca de todo lo que se puedan imaginar: las órbitas alrededor de la Tierra la velocidad y posición de la EEI, y todas las miles de emisiones en directo de sus sensores. Teníamos tantos datos fidedignos como se pudieran imaginar, como los expertos antes de la elección, pero, ¿cuál era el propósito de todos estos números? A la gente no le importan los datos solo por que sí, porque los números nunca son el fin. Siempre son un medio para un fin. La historia que necesitábamos contar es que había un ser humano en una caja minúscula volando en el espacio arriba de sus cabezas, visible a simple vista en una noche despejada. Así que decidimos usar los datos para crear una conexión entre Samantha y toda la gente buscándola desde abajo. Diseñamos y desarrollamos lo que llamamos "Amigos en el espacio", una aplicación web que sencillamente les permitía saludar a Samantha desde donde estuvieran, y también podían saludar a la gente que también estuviera en línea desde todo el mundo. Todos estos saludos dejaban unas marcas en un mapa mientras Samantha volaba y ella nos saludaba de vuelta todos los días usando Twitter desde la EEI.

Gracias a eso, la gente pudo ver los datos de la misión desde otra perspectiva. Repentinamente se trató mucho más de la naturaleza humana y la curiosidad que de la tecnología. Los datos potenciaron la experiencia pero las historias humanas fueron el impulso. Tan positiva respuesta de los miles de usuarios me enseñó una lección importante: que el trabajar con datos implica diseñar maneras de transformar lo abstracto e incontable en algo que se puede ver, sentir y reconectar a nuestras vidas y comportamientos, algo difícil de lograr si dejamos que la obsesión por los números y la tecnología que los rodea, nos dirija en el proceso. Pero podemos hacer aún más para relacionar los datos y las historias que representan. Podemos prescindir de la tecnología completamente.

Hace un par de años conocí a esta mujer, Stefanie Posavec, una diseñadora de Londres con quien comparto la pasión y obsesión por los datos. No nos conocíamos pero decidimos realizar un experimento muy radical, comenzamos una comunicación usando solo datos, ningún otro lenguaje, y optamos por no usar la tecnología para compartir nuestros datos. De hecho, nuestro único medio de comunicación fue el anticuado correo postal. Para «Queridos datos», cada semana durante un año, usamos nuestros datos personales para conocernos mútuamente, datos personales semanales sobre temas triviales, nuestros sentimientos, la interacción con nuestra pareja, los cumplidos que recibíamos y los sonidos de nuestro entorno. Escribíamos a mano estos datos personales en una hoja del tamaño de una postal y la enviábamos semanalmente de Londres a Nueva York, donde vivo, y de Nueva York a Londres, donde ella vive. Los dibujos de los datos iban en la parte frontal de la postal y en la parte trasera la dirección de la otra persona, claro, y la leyenda de cómo interpretar nuestro dibujo. La primera semana de este proyecto, elegimos un tema un poco frío e impersonal "¿Cuántas veces consultamos la hora en una semana?" Esta es la parte frontal de mi postal, como podrán ver, los símbolos pequeños representan todas las veces que consulté la hora, organizados por día y hora cronológicamente, nada realmente complejo aquí. Pero, como verán en la leyenda, agregué detalles anecdóticos acerca de esos momentos. Los diferentes tipos de símbolos indican el porqué consultaba la hora, ¿qué hacía? ¿estaba aburrida? ¿tenía hambre? ¿se me hacía tarde? ¿consulté la hora a propósito o por casualidad miré el reloj? Y lo más importante, representé los detalles de mis días y personalidad en mi recopilación de datos. Los datos me sirvieron como lupa o filtro para descubrir y demostrar, por ejemplo, mi eterna preocupación por llegar tarde, aunque nunca jamás llego tarde.

Stefanie y yo recolectamos nuestros datos manualmente por un año a fin de concentrarnos en los detalles que las computadoras pasan por alto —al menos hasta ahora. También usamos los datos para estudiar nuestra mente y nuestras palabras, no solo nuestras actividades. Más o menos en la semana tres monitoreamos los «gracias» que decíamos y recibíamos, descubrí que tiendo a agradecerle más a la gente que no conozco. Al parecer, le agradezco compulsivamente a las meseras y meseros, pero no le agradezco lo suficiente a la gente cercana a mí.

Después de un año, el hacer conscientes y enumerar este tipo de acciones se volvió un ritual. Realmente cambió algo en nosotras. Entramos en una mejor sintonía con nosotras mismas, estábamos más conscientes de nuestro comportamiento y entorno. Ese año, Stefanie y yo establecimos una conexión muy profunda a través del diario de datos compartido, pero lo logramos porque nos depositamos en estos números añadiéndoles los contextos de nuestras historias personales. Solo así logramos que fueran significativos y que en verdad nos representaran.

No les estoy pidiendo que empiecen a dibujar sus datos personales, o que se envíen postales con un amigo al otro lado del mundo. Lo que les pido es que vean los datos —todo tipo de datos— como el inicio de una conversación y no como el final. Porque los datos en sí nunca nos darán una solución. Por eso los datos nos fallaron tanto, porque fallamos al no incluir contexto suficiente que representara a la realidad, una realidad compleja, intrincada y llena de matices. Seguimos viendo estos dos números, nos obsesionamos con ellos y pensamos que nuestro mundo podía ser reducido a dos porcentajes y un enfrentamiento, entretanto, las historias reales que en verdad importaban, las hicimos a un lado.

El ver estas historias a través de modelos y algoritmos hizo que nos perdiéramos de lo que llamo «humanismo de datos». En el humanismo del Renacimiento, los intelectuales europeos situaron la naturaleza humana, en lugar de Dios, en el centro de su visión del mundo. Creo que algo similar debe pasar con el universo de los datos. Aparentemente, hoy se cree que los datos son como Dios, que contienen una verdad infalible sobre nuestro presente y futuro.

Las experiencias que compartí hoy con Uds., me enseñaron que para hacer que los datos representen fielmente la naturaleza humana y para asegurarnos de que no nos desorienten más, se necesita comenzar a diseñar maneras de incluir la empatía, la imperfección y las cualidades humanas en la recolección, procesamiento, análisis y visualización de datos. En definitiva, sí veo un momento donde en vez de usar datos solo para ser más eficientes, todos usaremos los datos para ser más humanos.

Gracias.

(Aplausos)