Daniel Reisel
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Hoy me gustaría hablar de cómo podemos cambiar nuestras mentes y nuestra sociedad.

Él es Joe. Tiene 32 años y es asesino. Lo conocí hace 13 años en el pabellón de cadena perpetua de Wormwood Scrubs, la prisión londinense de alta seguridad. Quisiera que se imaginen este lugar. Es tal y como suena: "Wormwood Scrubs" [arbustos de amargura]. Fue construida a finales de la época victoriana por los propios reclusos y allí se encierra a los prisioneros más peligrosos de Inglaterra. Estas personas han cometido crímenes realmente atroces. Y yo estaba allí para estudiar sus mentes. Yo era parte de un equipo de investigadores del University College London, becado por el Departamento de Salud del Reino Unido. Mi trabajo consistía en estudiar a un grupo de reclusos que habían sido diagnosticados como psicópatas. Eso quería decir que eran los más despiadados y agresivos de todos los reclusos de la prisión. ¿Cuál era la causa de este comportamiento? ¿Había una causa neurológica para la enfermedad? Y si la había, ¿podríamos encontrar una cura?

Me gustaría hablar del cambio, en particular del cambio emocional. Desde chico, siempre me ha intrigado el modo en que la gente cambia. Mi madre, psicóloga clínica, a veces atendía pacientes en casa por las tardes. Cerraba la puerta del salón y yo me imaginaba que allí ocurrían cosas mágicas. Cuando tenía cinco o seis años, me deslizaba sigilosamente en pijama y me sentaba fuera, pegando el oído a la puerta. Más de una vez, me quedé dormido y me tuvieron que sacar a empujones al final de la sesión.

Supongo que fue así como terminé entrando a la sala de entrevistas en mi primer día en Wormwood Scrubs. Joe se sentó detrás una mesa de acero y me saludó sin expresión. El guardia de la prisión, con la misma expresión indiferente, dijo: "Si hay algún problema, presione el timbre rojo y vendremos lo antes posible". (Risas)

Me senté. La puerta pesada de metal se cerró a mis espaldas. Miré el timbre rojo que estaba detrás de Joe, en la pared de enfrente. (Risas)

Miré a Joe. Quizá notando mi preocupación, se inclinó hacia adelante y me dijo, de la forma más tranquilizadora que pudo: "¡Ah!, no te preocupes por el timbre. Igual, no funciona". (Risas)

Durante los meses siguientes, examinamos a Joe y a sus compañeros, centrándonos en la capacidad para clasificar diferentes imágenes emocionales. Y observábamos sus respuestas físicas a esas emociones. Por ejemplo, cuando miramos una foto de alguien triste, instantáneamente tenemos una ligera y perceptible respuesta física medible: aumento de la frecuencia cardíaca, sudor en la piel... Aunque los psicópatas del estudio podían describir las imágenes con exactitud, no presentaban las emociones correspondientes. No presentaban una respuesta física. Era como si conociesen las palabras, pero no la música de la empatía. Queríamos analizar mejor esto y hacer resonancias magnéticas de sus cerebros. No resultó ser una tarea tan fácil. Imaginen transportar a un grupo de psicópatas por el centro de Londres con grilletes y esposas en hora pico, y para hacerles la resonancia había que quitarles todos los objetos metálicos, incluyendo esposas y grilletes, y, como descubrí, todo de las perforaciones del cuerpo.

Sin embargo, tiempo después, obtuvimos una respuesta provisional. Esas personas no solo eran víctimas de una infancia problemática. Había algo más. La gente como Joe tenía una deficiencia en un área del cerebro llamada amígdala. La amígdala es un órgano con forma de almendra que está en la profundidad de cada hemisferio del cerebro. Se cree que es crucial para la empatía. Cuanto más empática es una persona, mayor y más activa es su amígdala. Nuestros internos tenían una amígdala deficiente, lo que probablemente causaba la falta de empatía y el comportamiento inmoral.

Retrocedamos un momento. Normalmente, adquirimos comportamientos morales según maduramos, igual que como aprendemos a hablar. A los seis meses, casi todos nosotros podemos diferenciar entre objetos animados e inanimados. A los 12 meses, la mayoría de niños puede imitar acciones voluntarias de otros. Por ejemplo, tu madre levanta las manos para estirarse y tú la imitas. Al principio, no sale perfecto. Recuerdo a mi prima Sasha, cuando tenía dos años, hojeando un libro de cuentos, chupándose un dedo y pasando las páginas con la otra mano, chupándose un dedo y pasando las páginas con la otra mano. (Risas) Poco a poco, construimos las bases del cerebro social de modo que para los tres o cuatro años, casi todos los niños, no todos, han adquirido la capacidad de entender las intenciones de los otros, otro prerrequisito para la empatía. El hecho de que esta progresión del desarrollo sea universal, independiente de dónde vivamos o de cuál sea nuestra cultura, es un fuerte indicador de que las bases del comportamiento moral son innatas. Si lo dudan, intenten, como yo, romper una promesa que le hayan hecho a un niño de cuatro años. Verán que la mente de un niño de cuatro años no es ingenua en absoluto. Se parece más a una navaja suiza con módulos mentales fijos, pulidos finamente durante el crecimiento, y con un agudo sentido de la justicia. Los primeros años son cruciales. Parece haber un momento para ello, tras el cual dominar las cuestiones morales es más difícil, como a los adultos aprender un idioma. Pero no quiere decir que sea imposible. Hace poco, un maravilloso estudio de la Universidad de Stanford demostró que la gente que había jugado a un juego de realidad virtual en el que tomaban el rol de un superhéroe bueno y servicial se vuelvían más cariñosos y serviciales con los demás en el futuro. No estoy sugiriendo que le demos superpoderes a los criminales, sino que necesitamos encontrar formas para que Joe y gente como él cambien sus mentes y sus comportamientos, por su bien y por el de los demás.

¿Puede cambiar el cerebro? Por más de 100 años, los neuroanatomistas y los neurocientíficos argumentaban que después del desarrollo inicial en la infancia, no podían crecer nuevas neuronas en el cerebro adulto. El cerebro solo podía cambiar dentro de unos límites establecidos. Ese era el dogma. Pero en los años 90, algunos estudios empezaron a demostrar, siguiendo el camino de Elizabeth Gould en Princeton y de otros, que había pruebas de neurogénesis, del nacimiento de nuevas neuronas, en el cerebro mamífero adulto; primero en el bulbo olfativo, responsable del sentido del olfato, después en el hipocampo, que actuá en la memoria a corto plazo, y finalmente en la propia amígdala. Para entender cómo funciona este proceso, dejé a los psicópatas e ingresé a un laboratorio de Oxford para especializarme en aprendizaje y desarrollo. En lugar de psicópatas, estudiaba ratones, porque el mismo patrón de respuesta cerebral aparece en muchas especies de animales sociales. Si crías un ratón en una jaula común, en una caja de zapatos, con algodón, solo y sin muchos estímulos, no solo no se desarrolla bien, sino que a menudo aparecen comportamientos raros y repetitivos. Este animal sociable por naturaleza perderá su capacidad de relacionarse con otros ratones, e incluso se pondrá agresivo cuando se los pone con ellos. Pero los ratones criados en lo que llamamos un ambiente enriquecido, un habitáculo grande con otros ratones, con ruedas, escaleras y otras zonas para explorar, presentan neurogénesis, el nacimiento de nuevas neuronas, y, como demostramos, llevan a cabo mejor una serie de tareas de aprendizaje y memoria. Pero no desarrollan la moralidad hasta el punto de llevarle las bolsas por la calle a los ratones ancianitos, pero las mejores condiciones ambientales generan un comportamiento social saludable. Por el contrario, los ratones criados en jaulas comunes, no muy distintas, se podría decir, a la celda de una prisión, tienen niveles significativamente más bajos de neuronas nuevas.

Queda claro que la amígdala de los mamíferos, incluyendo a los primates como nosotros, puede presentar neurogénesis. En algunas partes del cerebro, más del 20 % de las células son nuevas. Estamos apenas empezando a entender la función exacta de esas células, pero lo que implica es que el cerebro es capaz de cambios extraordinarios bien avanzada la vida adulta. Sin embargo, nuestro cerebro también es sumamente sensible al estrés que nos rodea. Las hormonas del estrés, la glucocorticoides, liberadas por el cerebro, suprime el crecimiento de estas células nuevas . Cuanto más estrés, menos desarrollo cerebral, lo que genera, a su vez, menos adaptabilidad y aumenta los niveles de estrés. Esta es la interacción entre naturaleza y crianza en tiempo real, delante de nuestros ojos. Cuando piensas en ello, resulta irónico que la solución actual para la gente con amígdalas estresadas sea ponerlas en un ambiente que en realidad inhibe toda posibilidad de crecimiento posterior. Por supuesto, el encarcelamiento es una parte necesaria en el sistema de la justicia penal para proteger a la sociedad. Nuestro estudio no sugiere que los criminales presenten sus resonancias como prueba en un juicio y se los libre porque no les funciona bien la amígdala. Las pruebas muestran que es al revés. Ya que nuestro cerebro puede cambiar, necesitamos ser responsables de nuestros actos y ellos tienen que hacerse responsables de rehabilitarse. Una forma en la que esa rehabilitación podría funcionar es a través de programas de justicia restaurativa. Aquí la víctima, si decide participar, y el criminal se ven cara a cara en encuentros seguros y estructurados, al criminal se le anima a responsabilizarse de sus actos, y la víctima tiene un papel activo en el proceso. En un encuentro así, el criminal puede ver, quizá por primera vez, a la víctima como a una persona real con pensamientos y sentimientos y una genuina respuesta emocional. Esto estimula la amígdala y puede ser una práctica de rehabilitación más efectiva que el simple encarcelamiento. Programas como este no funcionan para todos, pero para muchos, puede ser una forma de terminar con esa enorme frialdad interior.

Entonces, ¿qué podemos hacer ahora? ¿Cómo aplicamos este conocimiento? Me gustaría dejarles tres lecciones que aprendí. Lo primero que aprendí fue que debemos cambiar nuestra mentalidad. Desde que se construyó Wormwood Scrubs hace 130 años, la sociedad ha avanzado en casi todos los aspectos, en la forma en que dirigimos nuestros colegios y hospitales. Aun así, cuando hablamos de prisiones es como si volviésemos a la época de Dickens o a la Edad Media. Por demasiado tiempo, creo, nos hemos permitido creer en la idea falsa de que la naturaleza humana no puede cambiar y, como sociedad, lo estamos pagando carísimo. Sabemos que el cerebro es capaz de cambios extraordinarios y la mejor forma de conseguirlo, incluso en adultos, es cambiar y modular nuestro ambiente.

Lo segundo que aprendí es que necesitamos crear una unión entre la gente que cree que la ciencia es esencial para generar el cambio social. Es muy fácil para un neurocientífico hacerle una resonancia a un preso de alta seguridad. Pues bien, resulta que no es tan fácil, pero lo que en verdad queremos ver es si podemos reducir las tasas de reincidencia. Para responder preguntas tan complejas, necesitamos gente con diferentes formaciones: clínicos y científicos de laboratorio, políticos y trabajadores sociales, filántropos y defensores de los derechos humanos. Necesitamos que trabajen unidos.

Finalmente, creo que necesitamos cambiar nuestras propias amígdalas, porque esta cuestión llega al fondo no solo de quién es Joe, sino de quiénes somos nosotros. Necesitamos dejar de ver a Joe como alguien totalmente incorregible, porque, si nosotros lo vemos así, ¿cómo va a hacer él para verse distinto? Dentro de una década, Joe será liberado de Wormwood Scrubs. ¿Estará entre el 70 % de internos que terminan reincidiendo y vuelven al sistema penitenciario? ¿No sería mejor que, mientras cumple condena, Joe entrenara su amígdala, lo que estimularía el crecimiento de nuevas células cerebrales y conexiones, para que, de ese modo, pueda enfrentarse al mundo cuando lo liberen? Sin duda, eso nos beneficiaría a todos.

(Aplausos) Gracias. (Aplausos)