Lucy King
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Desde que tengo memoria, el elefante africano me ha asombrado siempre. Es el mamífero terrestre actual más grande de la Tierra, puede pesar hasta siete toneladas y medir 3,5 m hasta los hombros. Pueden ingerir hasta 400 kg de alimentos al día y dispersan semillas fundamentales a lo largo de miles de km en sus 50 o 60 años de vida.

La matriarca es el centro de esta compleja y compasiva sociedad. Estas fuertes líderes crían a los pequeños y recorren las desafiantes selvas africanas para encontrar comida, agua y seguridad. Su sociedad es tan compleja que aún tenemos que desentrañar cómo se comunican, cómo verbalizan entre sí y cómo funcionan sus dialectos. Aún no entendemos cómo viajan, capaces de recordar los lugares más seguros para cruzar un río.

Estoy bastante segura de que, como yo, la mayoría aquí presente tiene un sentimiento positivo similar hacia el animal más glorioso de todos. Es difícil no haber visto nunca un documental, sobre su inteligencia o, si han tenido suerte, verlos en persona en un safari. Me pregunto cuántos de Uds. se han sentido totalmente aterrorizados ante ellos.

Tuve suerte de que me llevaran hasta África del Sur por padres profesores con largas vacaciones y muy poco presupuesto. Así pues, solíamos ir con nuestro viejo Ford Cortina Estate y apretarnos atrás con mi hermana, tomar nuestras tiendas y acampar en las reservas de caza en África del Sur. Para una zoóloga en ciernes como yo, aquello era como estar en el cielo.

Pero recuerdo ver, incluso a esa edad, largas vallas electrificadas que bloqueaban el paso a las reservas a lo lejos. Mantenían a los elefantes alejados de las comunidades, pero también a las comunidades fuera de los espacios salvajes. Fue muy difícil para mí a esa edad. Hasta mudarme a Kenia a los 14 años, no pude conectar con los grandes y salvajes espacios del África Oriental. Y es ahí donde me siento de verdad e instintivamente como en casa.

Pasé años felices en una tienda en la reserva natural de Samburu estudiando su comportamiento bajo la tutela del profesor Fritz Vollrath e Iain Douglas-Hamilton, estudiando y entendiendo la complejidad de las sociedades de elefantes. Ahora, como jefa del programa de convivencia entre elefantes y humanos de Save the Elephants, vemos tantos cambios dándose a tanta velocidad que urge un cambio en algunos de los programas de investigación. Ya no podemos simplemente sentarnos y entender las sociedades de elefantes o solo estudiar cómo parar el comercio del marfil, que sigue ocurriendo y es horrible. Tendremos que cambiar los recursos cada vez más para revisar el problema creciente de conflicto entre elefantes y humanos al competir estos por el espacio y los recursos.

Hasta la década de los 70 teníamos 1,2 millones de elefantes paseándose por África. Ahora casi solo quedan 400 000. En ese mismo periodo, los humanos se han cuadruplicado y están fragmentando la tierra a tal velocidad que es muy difícil seguirle el ritmo. Los elefantes acaban atrapados en estas comunidades a menudo en busca de agua y comida, rompiendo tanques de agua, rompiendo tuberías y, por supuesto, entrando en tiendas por comida. Es un gran reto. ¿Se imaginan el horror cuando un elefante arranca el tejado de su choza en mitad de la noche y tienen que llevarse a los niños mientras este entra en busca de comida?

Estos también pisotean y se comen las cosechas y están acabando con la tolerancia que la gente solía tener con los elefantes. Por desgracia, los estamos perdiendo cada día y, en algunos países, cada hora no solo por el marfil, sino por el conflicto entre humanos y elefantes al competir por el espacio y los recursos.

Es un enorme reto. ¿Cómo mantener paquidermos de 7 toneladas y que suelen venir en grupo de 10 o de 12 fuera de pequeñas granjas rurales cuando trabajas con gente que roza el umbral de la pobreza? No tienen gran presupuesto. ¿Cómo lo resuelves?

Bueno, una solución es: construir vallas electrificadas, algo que ocurre en toda África y que cada vez se ve más. Pero dividen zonas y bloquean corredores. Y, además les digo, a los elefantes no les importa nada de esto, sobre todo, si bloquean un agujero especial que contiene agua y ellos tienen sed; o si, al otro lado, hay una hembra atractiva. No hace falta mucho para derribar uno de los postes. Tan pronto como haya un hueco en la verja vuelven atrás, hablan con los otros y ahí están todos de repente y tienes a 12 elefantes al otro lado de la valla. Y entonces uno tiene problemas. La gente sigue ideando nuevos diseños para vallas electrificadas. En cambio, a los elefantes eso también les da igual.

(Risas)

Así que, en lugar de tener vallas firmes, electrificadas y que bloquean la migración, debe haber otras formas de solucionar el problema. Tengo más interés en métodos más naturales para mantener a los elefantes y a las personas separadas. Con solo hablar con la gente, con los pastores rurales del norte de Kenia, que saben tanto sobre la sabana, hemos descubierto que los elefantes no se alimentan de los árboles que tienen paneles de abejas. Eso es muy interesante. Si los elefantes rebuscaran en el árbol romperían una rama y, quizá, abrirían un panal de abejas. Estas saldrían del panal y picarían a los elefantes.

Ese elefante al que le picaron recordaría que ese árbol es peligroso y no volvería a ese lugar. Parece imposible que les piquen a través de esa piel tan gruesa, aproximadamente 2 cm de grosor. Parece ser que les pican en las zonas húmedas, alrededor de los ojos, tras las orejas en la boca y en la trompa. Imaginarán que lo recordarán enseguida. Y no es que les asuste una picadura. Las abejas africanas tienen una habilidad espectacular: cuando pican en una zona, liberan una feromona a la que responde las demás, que van a picar al mismo sitio. Así que no temen un aguijón, sino miles de ellos que vienen a picar en la misma zona. Por supuesto, una buena matriarca mantendrá a los pequeños alejados de tal amenaza. Los pequeños tienen la piel mucho más fina y tienen la posibilidad de que les piquen a través de ella.

Para mi doctorado tuve este difícil reto, averiguar cómo interactúan los elefantes y las abejas africanas sin que hubiera la teoría de que ambos grupos interactuaban. ¿Cómo iba a estudiarlo? Pues tomé el sonido de abejas africanas alteradas y se lo reproduje a los elefantes que descansaban bajos los árboles mediante altavoces inalámbricos para entender cómo reaccionarían si hubiese abejas de verdad. Resulta que reaccionan de forma bastante dramática al sonido de las abejas africanas. Y ahí estábamos, poniéndole el sonido a aquel grupo de elefantes. Veías las orejas levantándose, girándose, mirando hacia todos los lados, un elefante olisqueaba con la trompa; otro golpeaba a una de las crías que estaba en el suelo para que se levantara, como si hubiera una amenaza. Otra provocó una retirada y toda la familia corrió tras ella a través de la sabana dejando una nube de polvo.

(Zumbido de abejas)

(Fin del zumbido de abejas)

He hecho este experimento un montón de veces y los elefantes siempre echan el vuelo. No solo huyen, sino que se espolvorean mientras corren como para espantar a las abejas. También pusimos micrófonos de ultrasonido alrededor de ellos durante esos experimentos. Resulta que se comunican mediante ultrasonidos para advertirse sobre las abejas y que se alejen de la zona.

Estos descubrimientos nos ayudaron a entender la reacción de los elefantes en caso de oír o ver abejas. Esto me llevó a idear una nueva valla colmenera que vamos construyendo alrededor de granjas de 4 a 8 mil m2 en las zonas fronterizas más vulnerables de África donde humanos y elefantes compiten por el espacio. Estas vallas colmeneras son muy sencillas: usamos 12 colmenas reales y 12 colmenas ficticias para proteger 4000 m de tierra de cultivo. Una colmena ficticia es solo madera contrachapada que cortamos en cuadrados, pintamos de amarillo y que colgamos entre los reales. Básicamente engañamos a los elefantes para que crean que hay más colmenas de las que hay. Y ahorras la mitad del coste de la valla, literalmente. Hay un panal real y otro ficticio y otro real y otro ficticio cada 10 m y alrededor del límite de la valla. Se cuelgan en postes con un techo que protege las abejas y están conectados con un simple trozo de alambre que recorre toda la valla y conecta las colmenas.

Así, si un elefante intenta entrar en la granja, evitará las colmenas a toda costa pero podría intentar pasar entre los paneles reales y los ficticios, lo que haría que las colmenas se balancearan debido a los cables. Por lo que sabemos de la investigación, esto haría que los elefantes huyeran y, con suerte, recordaran no volver a la zona de riesgo. Las abejas revolotean en enjambres y ahuyentan a los elefantes.

Estudiamos este tipo de vallas con cámaras trampa para entender cómo responden los elefantes por la noche, el momento en que hay más asaltos de cultivos. Hemos descubierto que el 80 % de los elefantes se mantienen fuera de los límites de estas granjas. Además, las abejas polinizan los campos. Así que conseguimos dos cosas: reducir los asaltos de elefantes y estimular la cosecha mediante la polinización que las abejas conceden al cultivo.

La fuerza de las colmenas es muy importante, las colonias deben ser fuertes. Los granjeros atraen a los polinizadores activan las colmenas fortalecen las abejas, y, naturalmente, hacen que produzcan la mejor miel. Esta miel es lo bastante valiosa como ingreso extra a los granjeros. Es una alternativa saludable al azúcar, y en nuestra comunidad es un regalo muy preciado para darle a alguna suegra por lo que su valor ya es incalculable.

(Risas)

Ponemos en frascos esta miel y la llamamos miel respetuosa con los elefantes. Es un nombre gracioso que atrae la atención a nuestro proyecto y ayuda a la gente entender lo que hacemos para salvar la especie. Estamos trabajando con mujeres en más de 60 zonas de conflicto entre humanos y elefantes en 19 países del África y Asia construyendo estas vallas de colmena, colaborando con varios granjeros pero, en particular, con granjeras para que vivan en armonía con los elefantes.

Una de las cosas que tratamos de hacer es crear un abanico de opciones para que convivan mejor con estos enormes paquidermos. Una de las cuestiones es que los granjeros, mujeres en particular, piensen también sobre lo que plantan en sus granjas. Buscamos plantar cultivos que los elefantes prefieran no comer, como el pimentón, jengibre, moringa o girasoles. Por supuesto, las abejas y las colmenas aman estos cultivos por las hermosas flores que brotan. Una de estas plantas es una con púas llamada sisal, conocida también como yute. A esta fabulosa planta se le puede quitar la corteza y convertirla en un producto de tejer.

Trabajamos con estas maravillosas mujeres que se enfrentan a diario con los elefantes para que con esta planta tejan canastas y así generen un ingreso alternativo. Hace solo tres semanas empezamos a construir un centro de emprendimiento para mujeres donde vamos a trabajar con ellas no solo como apicultoras, sino también tejiendo canastas; procesarán aceite de pimiento y de girasol, bálsamo labial y miel, encaminándonos a ayudar a estas granjeras a vivir con proyectos más económicos que les permitan convivir con los elefantes.

Sean matriarcas o madres, o investigadoras como yo, veo más mujeres pasar a primer plano y pensar en forma diferente e intrépida para afrontar los desafíos. Con mayor innovación, y quizás con mayor empatía, creo que podemos pasar de una situación de conflicto con los elefantes a una de verdadera coexistencia.

Muchas gracias.

(Aplausos)