Leticia Gasca
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Si viajáramos al pasado, al año 800 antes de Cristo, veríamos que los griegos, por ley, obligaban a los comerciantes que fracasaban a sentarse en el mercado con una canasta sobre la cabeza para que todos tuvieran clara la situación de su negocio. En la Italia premoderna, los dueños de negocios que fracasaban y tenían deudas pendientes eran llevados totalmente desnudos a la plaza pública, donde tenían que golpearse el trasero contra una piedra mientras una multitud los abucheaba. En el siglo XVII en Francia, los empresarios cuyos negocios fracasaban eran llevados al centro del mercado, donde se anunciaba públicamente el comienzo de su bancarrota. Y para no ser llevados a la cárcel de inmediato, tenían que usar una boina verde para que todos supieran que eran unos fracasados. Desde luego, estos son casos extremos, pero es importante remitirnos al pasado para recordar que cuando las leyes castigan excesivamente a los emprendedores que fracasan, esto desincentiva la creación de nuevas empresas y la innovación, que son los motores del crecimiento económico de cualquier país.

Afortunadamente, el tiempo ha pasado y ya no humillamos más públicamente a los emprendedores que fracasan. Sin embargo, tampoco es común ver a los grandes empresarios o empresarias publicar en redes sociales los detalles de sus errores. De hecho, creo que todos los que estamos aquí nos podemos relacionar con el dolor que se siente que un proyecto fracase. Pero no por eso compartimos los detalles de esa experiencia con nuestros amigos. Y lo entiendo perfectamente - yo también he estado ahí. Les quiero contar que tuve un negocio que fracasó terriblemente, fue una experiencia muy dolorosa y compartirlo para mí fue muy difícil. De hecho, para compartirlo se requirió siete años, una buena dosis de vulnerabilidad y la compañía de mis amigos. Y esta es mi historia de fracaso.

Cuando estaba en la universidad estudiando negocios, conocí a un grupo de mujeres indígenas que vivían en una comunidad rural muy marginada en el estado de Puebla, un estado ubicado en el centro de México. Ellas elaboraban unas artesanías hechas a mano hermosísimas. Así que cuando las conocí a ellas y conocí su trabajo, decidí que quería hacer algo para ayudarlas. E hice todo tal cual me enseñaron en la escuela de negocios de aquella época: me asocié con mis amigos, conseguimos inversión, dedicamos mucho tiempo a construir el negocio y a capacitar a las artesanas.

Pero pronto nos dimos cuenta de que éramos novatos. La verdad es que las artesanías no se vendían - o más bien, nosotros no sabíamos cómo venderlas, y además, el plan financiero que habíamos hecho no era realista. Durante años trabajamos sin un sueldo, esperando que un milagro sucediera y que mágicamente, apareciera un comprador gigantesco que hiciera el negocio rentable y evitar que todo el proyecto muriera. Pero al final el milagro no sucedió. Tuvimos que cerrar el negocio y eso me destrozó el corazón, porque yo empecé todo ese proyecto para generar un impacto positivo en la vida de las artesanas, y sentí que en realidad había generado un impacto muy negativo en la vida de la artesanas. Me sentí tan culpable por lo que sucedió que durante años lo oculté de mi currículum y de mis conversaciones.

Tiempo después, en 2012, salí con algunos amigos emprendedores, y la conversación del fracaso también salió, y me atreví a confesarles la historia de mi negocio fracasado que había ocultado durante tantos años. Para mi sorpresa, mis amigos tenían historias parecidas. Y en ese momento, algo se volvió muy claro en mi mente - ¡me juntaba con puros fracasados!

(Risas)

No, ya más en serio, ese día me di cuenta de que todos tenemos nuestros fracasos ocultos. Díganme si no es cierto.

(Audiencia respondiendo)

Esa noche me di cuenta que compartir tus fracasos en público te hace más fuerte, no más débil. Y en realidad para mí fue como un exorcismo. Me quité un peso de encima; ya no tenía nada que ocultar. Esa noche también me di cuenta que estar abierta a esta nueva área de mi vulnerabilidad me permitía conectar con los demás de una forma mucho más profunda, más auténtica. Y fue a raíz de esta experiencia de compartir historias de negocios que no funcionaron, que decidimos crear una plataforma de eventos para que más personas también pudieran compartir sus historias de negocios fracasados, y la llamamos "FuckUp Nights." Y tiempo después, creamos el Failure Institute - un centro - el nombre es genial, el Failure Institute.

(Risas)

Es un centro de investigación dedicado al estudio del fracaso y sus implicaciones en las personas, los negocios y la sociedad. Realmente ha sido sorprendente y gratificante descubrir que cuando un emprendedor se sube al escenario a contar la historia de su negocio fracasado, no es motivo de humillación o de vergüenza como solía ser en el pasado. En realidad, es la oportunidad de compartir aprendizajes y generar empatía. Y también hemos encontrado que cuando los integrantes de un mismo equipo se juntan para compartirse historias de fracasos, sucede algo mágico: la colaboración se vuelve más fácil y los vínculos se vuelven mucho más estrechos.

De hecho, a lo largo de los eventos y de las investigaciones, hemos encontrado cosas sorprendentes. Quizá entre mis favoritas está las diferencias que hay entre los hombres y las mujeres al momento de enfrentar el fracaso. El comportamiento más común entre los hombres es, tras cerrar su negocio, fundar otro negocio antes de un año pero en un sector diferente. Mientras que en las mujeres es más común buscar un empleo y postergar hasta el futuro la creación de un nuevo negocio. Nuestra hipótesis es que esto se debe a que las mujeres tendemos a sufrir más del síndrome del impostor, es decir, sentimos que nos hace falta algo para ser unas emprendedoras de verdad, aunque en muchas ocasiones yo he visto que tenemos todo lo necesario y lo único que hace falta es atrevernos a dar el paso. Y en el caso de los hombres, es más común que sientan que tienen los conocimientos necesarios y lo que hace falta es aplicarlos en otro lugar donde haya mejor suerte.

También hemos encontrado que hay diferencias regionales interesantes acerca de la forma en la que los emprendedores nos recuperamos tras el fracaso de nuestro negocio. Por ejemplo, en el continente europeo es mucho más común que los emprendedores decidan buscar un terapeuta para recuperarse emocionalmente. Mientras que en el continente americano, el comportamiento más común es buscar educación, buscar capacitación.

Otro hallazgo que a mí realmente me ha cambiado la vida es encontrar el profundo impacto que tiene la política pública en la forma en la que los emprendedores deciden cerrar su negocio y recuperarse de esa experiencia. Por ejemplo, en mi país, en México, el marco normativo que regula el cierre de negocios es tan duro, que cerrar un negocio conforme marca la ley puede tomar demasiado tiempo y demasiado dinero. Empecemos por la parte del dinero. Si bien te va, si tu negocio no está metido en grandes problemas, si no tiene temas con los proveedores, deudas pendientes, cerrar un negocio te va a costar unos USD2000, lo que en mi país es una suma importante de dinero. Alguien que gana el salario mínimo a cifras de 2018 tendría que trabajar durante 15 meses para reunir esta cifra. Y en lo que respecta al tiempo, en promedio, cerrar un negocio toma dos años. Como sabemos, en México y en muchos otros lugares del mundo, la esperanza de vida promedio de un negocio es de dos años. Ahora, ¿qué sucede cuando la esperanza de vida de un negocio es tan parecida al tiempo que te va a tomar cerrarlo si es que este no funciona? Desde luego, esto desincentiva la creación de nuevas empresas y promueve la economía informal. De hecho, la investigación econométrica ha demostrado que entre menor es el tiempo y el dinero que se necesita para [cerrar] un negocio, mayor es la creación de nuevas empresas.

Por eso, en 2017, decidimos presentar una serie de recomendaciones de política pública para la ley que regula el cierre de negocios. Durante todo un año, trabajamos con la Asociación de Emprendedores y con el congreso mexicano, y la buena noticia es que logramos cambiar la ley.

(Aplausos)

La idea es que a partir de que la nueva legislación entre en vigor, los emprendedores van a poder cerrar su negocio en un trámite en línea que va a ser mucho más accesible para todos y más breve. La verdad es que cuando miro al pasado y recuerdo aquella noche en la que mis amigos y yo nos confesamos nuestros fracasos hace ya seis años, me siento sorprendida, porque en aquel momento nuestra intención era muy simple: lo único que queríamos era poner el tema del fracaso sobre la mesa, que más amigos vieran que este es un tema del cual hay que hablar. No es motivo de humillación como era en el pasado y tampoco es motivo de celebración como algunas personas dicen.

De hecho, quiero confesarles que cuando escucho a estudiantes o a gente de Silicon Valley jactarse de fracasar rápido y a menudo, como si cerrar un negocio fuera cualquier cosa, la verdad es que me preocupo mucho. Y me preocupo porque creo que detrás del mantra de fracasar rápido, o "fail fast" como dirían en Silicon Valley, hay un lado oscuro. Por un lado, cuando insistimos a los emprendedores que tienen que fracasar rápido como única opción, puede que estemos promoviendo la mediocridad, que los emprendedores no den su máximo esfuerzo y que se den por vencidos ante la menor dificultad. Y también creo que cuando hablamos de fracasar rápido estamos minimizando el impacto negativo que tiene el cierre de un negocio. Desde luego, creo que fracasar rápido es una gran forma de acelerar el aprendizaje y evitar la pérdida de tiempo. Pero no podemos negar las consecuencias negativas que hay detrás de la muerte de un negocio.

Por ejemplo, cuando mi empresa social fracasó, la peor parte fue volver a la comunidad indígena y confesarles a las artesanas que el proyecto había muerto y que era mi responsabilidad. Para muchos eso pudo haberse visto como una oportunidad de aprendizaje. La realidad es que la muerte de ese negocio representaba que las artesanas iban a dejar de percibir un ingreso que necesitaban desesperadamente.

Por eso, hoy quiero proponerles una idea. Quiero proponerles que así como dejamos de lado la idea de humillar públicamente a los emprendedores que fracasan, dejemos de lado la idea de que fracasar rápido siempre es lo mejor, y en su lugar, quiero proponerles un nuevo mantra: fracasar conscientemente o "fail mindfully" - vivir con atención plena todo el proceso que implica cerrar un negocio. Recordemos que las empresas no son entes que aparecen y desaparecen mágicamente. Las empresas se integran por personas. Y si un proyecto empresarial no funciona, seguramente algunas de esas personas van a perder su empleo, o van a perder dinero. Y en el caso de las empresas sociales o empresas verdes, cuando estas fracasan, seguramente el cierre de ese proyecto va a tener un impacto negativo en las comunidades o en los ecosistemas que pretendían beneficiar.

Pero, ¿a qué me refiero cuando hablo acerca de fracasar conscientemente, "fail mindfully"? Creo que para mí significa ser conscientes del impacto que tiene el cierre de ese negocio, ser conscientes de las lecciones aprendidas y sobre todo, ser conscientes de la gran responsabilidad de compartir esos aprendizajes con el mundo.

Gracias.

(Aplausos)