Alessandra Orofino
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El 50% de la población mundial vive en ciudades. En países desarrollados, una tercera parte de la población aún vive en barrios pobres. El 75% del consumo global de energía ocurre en nuestras ciudades y el 80% de las emisiones de gases que causan el calentamiento global viene de nuestras ciudades. Así que las cosas que creeríamos que son problemas globales, como el cambio climático, la crisis de energía o la pobreza son en realidad, en muchos sentidos, problemas de las ciudades. Y no se solucionarán a menos que las personas que vivimos en ellas, como la mayoría de nosotros, realmente empecemos a hacer un mejor trabajo, porque hoy en día, no lo estamos haciendo muy bien. Esto es claro cuando vemos 3 aspectos de la vida en ciudad: Primero, el deseo de los ciudadanos de participar en las instituciones democráticas; segundo, la habilidad de la ciudad para incluir realmente a todos sus habitantes; y finalmente, nuestra propia habilidad para vivir plenos y felices.

Cuando se trata de comprometerse, los datos son muy claros. Los votantes cambiaron el mundo y alcanzaron su punto máximo a finales de los 80, y ha declinado a un ritmo que nunca antes habíamos visto y si esos números son malos a nivel nacional, a nivel de nuestras ciudades, son simplemente deprimentes. En los últimos dos años dos de las más antiguas y consolidadas democracias de EE. UU. y Francia, tuvieron elecciones municipales en el país. En Francia, se alcanzó un nivel récord de abstención. Casi el 40% de los votantes decidieron no ir a votar. En EE. UU. los números son incluso peores. En algunas ciudades estadounidenses, la participación electoral fue de casi al 5%. Detengámonos en ello un segundo. Estamos hablando de ciudades democráticas en las que el 95% de la gente decidió que no era importante elegir a sus representantes. Los Ángeles, una ciudad de 4 millones eligió a su alcalde con solo 200 000 votos. Ésta fue la votación más baja en 100 años. Justo aquí, en mi ciudad Río, a pesar de ser obligatorio votar, casi el 30% de los electores escogieron anular su voto o quedarse en casa y pagar una multa en las pasadas elecciones.

Cuando se habla de inclusión las ciudades no son el mejor caso de éxito tampoco, y de nuevo, no debemos buscar muy lejos para encontrar ejemplos de ello. La ciudad de Río es increíblemente desigual. Este es Leblon. Leblon es el vecindario más rico de la ciudad. Y este es el Complexo do Alemão. Aquí viven más de 70 000 personas de las más pobres de la ciudad. Leblon tiene de un índice de desarrollo humano (IDH), de .967. Es más alto que Noruega, Suiza o Suecia. El Complexo do Alemão tiene un IDH de .711. Está entre el IDH de Argelia y Gabón. Así que Río, como muchas otras ciudades al sur del planeta, es un lugar en el que se puede ir del norte de Europa al África Negra en 30 minutos. Si van en auto. En transporte público son como 2 horas.

Finalmente, y tal vez sea lo más importante, las ciudades, con su increíble riqueza de relaciones que ofrecen, pueden ser el lugar ideal para que la felicidad florezca. Nos gusta estar rodeados de gente. Somos animales sociales. Sin embargo, los países donde la urbanización ha alcanzado un pico parecen tener ciudades que no nos permiten ser felices. La población estadounidense ha sufrido un descenso general en su felicidad durante las últimas tres décadas y la principal razón es esta: La forma en que se construían las ciudades con espacios públicos de buena calidad han sido prácticamente eliminados en muchas ciudades estadounidenses. Como resultado, se ve un declive en las relaciones, algo que nos hace felices. Muchas investigaciones muestran un incremento en la soledad y un decremento en la solidaridad, la honestidad y la participación social y cívica.

Cómo empezamos a contruir ciudades que valgan la pena. Ciudades que aprecien su activo más importante, la increíble diversidad de las personas que las habitan. Ciudades que nos hagan felices. Creo que si queremos cambiar el aspecto de nuestras ciudades, entonces realmente debemos cambiar el proceso de la toma de decisiones que ha resultado en lo que tenemos hoy en día. Necesitamos una revolución participativa y la necesitamos ya. La idea de que el voto es nuestro único deber ciudadano ya no tiene sentido. La gente está cansada de que la traten como individuos con poder cada determinado tiempo cuando es hora de delegar el poder a alguien más. Si las protestas que recorrieron Brasil en junio del 2013 nos enseñaron algo, es que cada vez que queremos ejercer nuestro poder fuera de un contexto electoral nos reprimen, humillan o arrestan. Esto debe cambiar, porque cuando lo haga, no solo la gente se volverá a involucrar con las estructuras de representación, sino las complementarán con una toma de decisiones directa, colectiva y efectiva. Una toma de decisiones que ataque la desigualdad con su naturaleza inclusiva, una toma de decisiones que haga de nuestras ciudades un mejor lugar para vivir.

Pero hay un pero, obviamente: Lograr una participación extensa y redistribuir el poder puede ser una pesadilla logística. Es ahí donde la tecnología puede jugar un papel sumamente útil, facilitando que la gente se organice se comunique y tome decisiones sin tener que estar en el mismo cuarto al mismo tiempo.

Desafortunadamente para nosotros, cuando se trata de fomentar los procesos democráticos los gobiernos de nuestras ciudades no utilizan el potencial pleno de la tecnología. Hasta ahora, la mayoría de los gobiernos han usado la tecnología para convertir a los ciudadanos en sensores humanos que sirven a la autoridad con datos sobre la ciudad: baches, arboles caídos o alumbrado descompuesto. También, en menor medida, invitan a la gente a validar el resultado de las decisiones que ya fueron tomadas por ellos, justo como mi mamá hacía cuando tenía 8 años y me decía que tenía opciones: tenía que dormir a las 8 de la noche, pero podía escoger si quería mi pijama rosa o la azul. Eso no es participación, y de hecho, los gobiernos no han usado la tenología eficazmente para fomentar la participación sobre lo que importa, como a dónde va el presupuesto, el modo en que usamos la tierra, o cómo manejamos los recursos naturales. Estas son el tipo de decisiones que en verdad pueden incidir en los problemas globales que ocurren en nuestras ciudades.

La buena noticia es que, y de verdad tengo buenas noticias, no necesitamos esperar a que los gobiernos lo hagan. Tengo razones para creer que es posible que los ciudadanos construyan su propia infraestructura de participación. Hace tres años, cofundé una organización llamada Meu Rio, y lo que hacemos es facilitarle a la gente de la ciudad de Río que se organicen sobre causas y lugares que les interese de su propia ciudad y a tener un impacto en esas causas y lugares todos los días. En los últimos 3 años, Meu Rio creció a una red de 160 000 ciudadanos de Río. Cerca del 40% de esos miembros son gente joven de entre 20 y 29 años. Eso es uno de cada 15 jovenes de esa edad en Río.

Entre nuestros miembros está esta pequeñita adorable, Bia, a la derecha. Bia tenía solo 11 años de edad cuando empezó una campaña usando nuestra plataforma para salvar a su escuela modelo de la demolición. Su escuela hoy en día está entre las mejores escuelas públicas en el país e iba a demolerse por el gobierno estatal de Río de Janeiro para construir, no les miento, un estacionamiento para la Copa del Mundo justo antes de celebrarse. Bia empezó una campaña e incluso vimos su escuela 24/7 con un monitoreo por cámara web, y muchos meses después, el gobierno cambió su postura. La escuela de Bia quedó en su sitio.

También está Jovita. Es una mujer increíble cuya hija desapareció hace 10 años y desde entonces, ha estado buscando a su hija. En su búsqueda, encontró primero, que no estaba sola. Solo en el último año, 2013, 6 000 personas desaparecieron en el estado de Río. Pero también encontró que, a pesar de ello, Río no tiene un sistema policial centralizado para resolver los casos de desapariciones. En otras ciudades brasileñas, esos sistemas han ayudado a resolver hasta el 80% de los casos de desapariciones. Empezó una campaña, y después de que el secretario de seguridad recibió 16 000 emails de gente que le pedía hacer esto, respondió y empezó a crear la unidad de la policia especializada en esos casos. Se abrió al público a finales del mes pasado, y Jovita estaba presente, dando entrevistas.

También está Leandro. Leandro es una persona increíble de un barrio pobre en Río. Creó un proyecto de reciclaje en su barrio. A finales del año pasado, el 16 de diciembre, recibió una orden de desalojo del gobierno de Río de Janeiro que le daba 2 semanas para desalojar el espacio que había estado usando durante 2 años. El plan era entregarlo a un desarrollador que iba a construir ahí. Leandro empezó una campaña usando una de nuestras herramientas, la olla de presión, de la misma manera en que la usaron Bia y Jovita y nuestro gobierno cambió sus planes antes de Navidad.

Estas historias me hacen feliz, pero no solo porque tiene un final feliz. Me hacen feliz porque tiene un comienzo feliz. Los profesores y padres de la escuela de Bia están buscando la manera de mejorar ese espacio aún más. Leandro tiene planes ambicioso para llevar su modelo a otras comunidades de bajos ingresos en Río y Jovita es voluntaria en la unidad policial que ayudó a crear. Bia, Jovita y Leandro son ejemplos vivientes de algo que los ciudadanos y los gobiernos alrededor del mundo necesitan saber: Estamos listos. Como ciudadanos estamos listos para decidir nuestro destino común, porque sabemos que la manera en que repartimos el poder dice mucho acerca de lo que en realidad le importa a todos, y porque sabemos que participar en las políticas locales es una señal clara de que nos importan nuestras relaciones entre nosotros y estamos listos para esto en las ciudades alrededor del mundo hoy mismo. Con la red Nuestras Ciudades, el equipo de Meu Rio desea compartir lo que hemos aprendido con otras personas que deseen crear iniciativas similares en sus propias ciudades. Ya lo empezamos a hacer en Sao Paulo. con resultados increíbles y queremos llevarlo a todas las ciudades del mundo a través de una red centrada en los ciudadanos de organizaciones dirigidas por ciudadanos que nos inspiren, que nos estimulen y que nos recuerden exigir participación real en nuestras ciudades.

Depende de nosotros decidir si queremos escuelas o estacionamientos, proyectos comunitarios de reciclaje u obras de construcción, soledad o solidaridad, autos o autobuses y es nuestra responsabilidad hacerlo hoy, por nosotros, por nuestras familias, por las personas que hacen que nuestras vidas valgan la pena vivirse y por la creatividad increíble, por la belleza y la maravilla que hacen de nuestras ciudades, a pesar de sus problemas, la mayor invención de nuestra era.

Obrigado. Gracias.

(Aplausos)