Alejandro Chaskielberg
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Hace poco decidimos con mi hija regalar alguno de sus juguetes que ya no usa. Ella tiene seis años, y me pidió una cámara para sacarle fotos. Le resultaba más fácil desprenderse de sus juguetes si los fotografiaba antes de regalarlos. Porque no los quiere olvidar. Porque las fotos nos ayudan a recordar. Agarramos el celular para fotografiar cuando sentimos algo especial. Cuando algo nos emociona, e inmediatamente tenemos el impulso de capturar eso que sentimos y de guardarlo en una imagen, en una foto. Pero hoy ya no copiamos las fotos en papel como antes, sino que las subimos a las redes o a la nube. La fotografía se transformó en algo intangible, en algo virtual. Pero ¿qué pasa cuando perdemos o se nos borran nuestras fotos digitales? Las de la compu, las de un disco rígido, o las del teléfono. ¿A quién no le pasó de perder fotos? ¿Qué pasaría si, por alguna razón, perdiéramos todas las fotos de nuestros padres o de algún ser querido que ya no está con nosotros? ¿Cómo los vamos a recordar? Volver a nuestras fotos del pasado es como abrir un portal donde aparecen un montón de recuerdos que teníamos olvidados. Y esas imágenes del pasado, esos tesoros acumulados, también nos pueden ayudar a proyectar hacia el futuro. Yo fotografío de noche. Hago retratos bajo la luz de la luna, en la naturaleza, y cerca del agua. A las personas que fotografío les pido que permanezcan inmóviles y en silencio durante varios minutos en la oscuridad. Y, mientras tanto, yo camino cerca de ellos para iluminarlos e iluminar el paisaje con linternas. Es un momento de calma y conexión. Durante dos años me fui a vivir a las islas del delta del Río Paraná. Llevé una cámara antigua sin saber muy bien a dónde estaba yendo ni qué me iba a encontrar. Y de a poco fui conociendo a los isleños y los invité a posar bajo la luna llena, recreando las escenas de su vida y de su trabajo, pero de noche. Y fotografié leñadores, cazadores, y soñadores. Personas que viven aisladas y en relación directa con el agua, al ritmo de las crecientes y de las bajantes del río. Y ese trabajo visual sobre el delta me llevó a recorrer un poco el mundo. Y me llevó hasta Japón. Yo estaba buscando una nueva historia para contar. Quería volver a trabajar con alguna comunidad en relación al agua. Y casualmente el curador de mi muestra, Ihiro Hayami, tenía familia en un pequeño pueblo de pescadores y me acompañó a conocerlo. Ōtsuchi está ubicado entre las montañas y el mar. Es un pueblo de 15 000 habitantes que, en marzo del 2011, sufrió la peor tragedia de su historia. Fue arrasado por un tsunami con olas del tamaño de un edificio de cinco pisos de altura. Pese a que sonaron las alarmas de tsunami muchas personas no creyeron que sería tan potente y se quedaron en sus casas. Y como consecuencia murió mucha gente; cerca del 10 % de la población. Y el 70 % de las casas fue destruido. Por eso cada habitante de Ōtsuchi tiene amigos o familiares que murieron en el tsunami. La potencia de las olas arrancó las casas de sus bases, y el mar las absorbió. Los sobrevivientes se quedaron sin hogar y tuvieron que soportar un invierno con temperaturas bajo cero. Y aun en medio de ese caos y destrucción total muchas personas buscaban recuperar las fotos de su familia. Un oficial de las Fuerzas de Autodefensa de Japón recupera un álbum de fotos de las ruinas de una casa. Aparece la fotografía de un niño. El oficial sostiene el álbum como si llevara al niño. Yo viajé a Ōtsuchi junto con mi hija que tenía cinco meses de edad. Y era impresionante el contraste que representaba un bebé en medio de tanta desolación. Hasta me la sacaban de las manos para besarla. Yo me preguntaba cómo hacer para contar esta historia que había ocurrido hacía un año y medio atrás; qué se podía sacar de bueno de tanta destrucción. Lo primero que me encontré fueron grandes montañas de escombros que acumulaban todo tipo de elementos. Objetos retorcidos que hablaban de la vida anterior en Ōtsuchi. Como esta máquina expendedora; o estos elementos de pesca; restos de autos; lo que queda de una casa; una luminaria transformada en una cinta de Moebius, el símbolo del tiempo infinito. Como contrapunto de estas montañas de escombros se encontraba el pueblo aplanado por el agua. Los esqueletos de las casas, marcados en el piso, eran espacios vacíos pero estaban cargados de historias. Entonces invité a los sobrevivientes a volver a esos espacios donde antes estaban sus casas o lugares de trabajo. Y muchos aceptaron pero, en general, los chicos no querían. Los fotografié durante la noche y ellos permanecieron quietos y en silencio durante los 10 minutos que duraba cada una de las tomas fotográficas. Las escenas eran tan tristes que nada tenía color. Ella es Haruko Okano, es bibliotecaria, y está sentada sobre los restos de la biblioteca de Ōtsuchi, donde trabajaba. El Segundo Escuadrón de Bomberos Voluntarios de Ōtsuchi, dentro del que fuera el cuartel de bomberos. El bombero que está de pie fue el encargado de cerrar las compuertas anti-tsunami. Él es Yoshihiro Ogayu, el monje del templo de Kogan-ji. El templo era un refugio en caso de tsunami, pero aun así fue destruido. Su papá y su hijo murieron ahí. Cuando estaba terminando ese primer viaje a Ōtsuchi encontré en la calle un álbum de fotos. Había estado un año y medio a la intemperie sin que nadie lo levantara. Estaba todo mojado; pesaba y olía como un animal muerto. Contenía burbujas de colores, que chorreaban de las fotos y que se mezclaban unos con otros. Lo fotografié sin pensarlo mucho y regresé. Y de vuelta en Buenos Aires, la experiencia en Ōtsuchi me parecía como un sueño lejano. Me llené de dudas: ¿Por qué tenía que contar yo esa historia si venía de la otra punta del mundo? ¿Qué tenía que ver conmigo? ¿Por qué había fotografiado a los sobrevivientes en blanco y negro cuando la referencia de mi trabajo es el color? Y mientras me hacía todas esas preguntas, mi propia vida se empezó a desmoronar. Cuando me separé, al poco tiempo, la mamá de mi hija se fue a vivir a otro país. Y yo me quedé a cargo de Lara, que era un bebé de un poco más de un año. El proyecto de Ōtsuchi quedó en suspenso, porque ahora era yo el que tenía que sobrevivir y reinventarse. Y unos meses después, volviendo a ver el trabajo, apareció nuevamente la imagen del álbum familiar. Pero en esta segunda mirada lo percibí de otra manera. Me pareció ver la paleta de un pintor. Entonces tomé los colores dominantes de ese álbum para crear mi propia paleta de colores. Y utilicé esos colores creados por la fuerza del tsunami para colorear las imágenes de los sobrevivientes. Y poco a poco todas las escenas grises fueron tomando color. Utilicé el color como un puente que conectó el pasado y el presente, como el punto de unión entre sus fotografías y las mías. Y ahora yo me sentía nuevamente conectado con Ōtsuchi. Pasaron dos años hasta que pude volver a Japón para buscar otras fotografías recuperadas y encontrar nuevos colores con los cuales pintar. Ahí conocí a Mikio Komukai, un amable señor que con su ONG estaba recuperando fotografías familiares para devolverlas a sus dueños. Y con su ayuda, y con el permiso del gobierno de Ōtsuchi, tuve acceso a ese impresionante archivo de miles y miles de fotos destruidas. Al ver esas imágenes me di cuenta del daño inmaterial que enfrentaban los sobrevivientes de Ōtsuchi; el daño sobre su memoria y sobre su identidad. Esas imágenes desdibujadas eran la expresión de la pérdida. Los bomberos de Ōtsuchi. Viajé en total seis veces para terminar el proyecto y publicar un libro. Y esta es la última imagen que hice, junto con mis dos asistentes, Mayumi Suzuki y Katsuhiko Chikaoka, ambos perdieron a sus padres en el tsunami. Construimos un arco con tubos de plástico, que ellos fueron colocando en diferentes posiciones sobre los restos de esta casa. Y si miran la foto con detenimiento, van a poder ver que son sus manos las que están sosteniendo esta casa de luz. En 2016 el gobierno de Ōtsuchi me invitó a exhibir el proyecto pero yo intuía que no estaba terminado. Algo faltaba por hacer. Entonces les propuse que hiciéramos una gran exhibición colectiva, que montamos en el gimnasio de una escuela temporal. E invitamos a estudiantes secundarios y a la gente del pueblo a fotografiar. Ahora los chicos sí querían participar. Les dimos cámaras descartables con la misión de que nos contaran su vida con fotos... su intimidad. A cinco años del tsunami había nuevamente chicos en las calles del pueblo fotografiando, registrando su vida. Y juntos, y en comunidad, creamos un pequeño archivo de fotos de lo que Ōtsuchi es hoy. La gente del pueblo fotografió para crear nuevos recuerdos: Las memorias del futuro de Ōtsuchi. Y yo por mi lado comencé mi propio álbum de fotos contando mi vida y mis viajes junto a Lara. Y acá estamos en Japón, despidiéndonos del mar de Ōtsuchi. Muchas gracias. (Aplausos)