Zainab Salbi
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Me desperté en medio de la noche con el sonido de una fuerte explosión. Era entrada la noche. No recuerdo qué hora. Sólo recuerdo que el sonido era muy fuerte y muy impactante. Tembló todo en la habitación: mi corazón, las ventanas, mi cama... todo. Miré por la ventana y vi una explosión que formaba un semicírculo completo. Pensé que era como en las películas pero en las películas no se veían imágenes tan conmovedoras como esas; plenas de rojo brillante de naranja y gris, y todo un círculo de explosiones. Y me quedé mirando eso hasta que desapareció. Regresé a la cama y recé, e internamente di gracias a Dios de que ese misil no cayera en mi hogar, de que no matara a mi familia esa noche. Han pasado 30 años y todavía me siento culpable por esa oración porque al día siguiente supe que ese misil cayó en la casa de un amigo de mi hermano y lo mató y a su padre, pero no mató a su madre ni a su hermana. Su madre se apareció a la semana siguiente en el aula de mi hermano y les rogó a niños de 7 años que compartan con ella cualquier foto que pudieran tener de su hijo porque lo había perdido todo.

Esta no es una historia de sobrevivientes de guerra o refugiados desconocidos cuyas imágenes estereotipadas vemos en los periódicos o en la TV con la ropa hecha jirones, la cara sucia y los ojos asustados. Esta no es la historia de un desconocido que vivió una guerra de quien no conocemos sus esperanzas, sus sueños, sus logros, sus familias, sus creencias, sus valores. Esta es mi historia. Yo era esa chica. Yo soy otra imagen, otra visión, de otro sobreviviente de guerra. Soy esa refugiada, y soy esa chica. Como ven crecí en una Irak devastada por la guerra y creo que las guerras tienen dos lados y sólo hemos visto un lado. Sólo hablamos de un lado. Pero hay otro lado del que he sido testigo por haberlo vivido y ser alguien que terminó trabajando en eso.

Crecí con los colores de la guerra: con el rojo del fuego y la sangre, con el marrón de la tierra explotando en nuestras caras y el plateado penetrante del estallido de un misil, tan brillante que nada puede proteger los ojos contra eso. Crecí con los sonidos de la guerra: los sonidos entrecortados de los disparos, los estruendos desgarradores de las explosiones, los zumbidos siniestros del sobrevuelo de aviones y el lamento de las alertas de las sirenas. Son los sonidos que cabe esperar pero son además los sonidos de conciertos disonantes de una bandada de pájaros chirriando en la noche, son el llanto agudo y sincero de los niños y el silencio estruendoso e insoportable. "¡Guerra!", dijo un amigo, "No se trata de sonido. En realidad, se trata del silencio, del silencio de la Humanidad".

Fue entonces que dejé Irak y fundé un grupo llamado Women for Women International que termina trabajando con mujeres sobrevivientes de guerra. En mis viajes y mi trabajo desde Congo hasta Afganistán, desde Sudán hasta Ruanda, entendí no sólo que los colores y los sonidos de la guerra son los mismos sino que los miedos de la guerra son iguales. Existe el temor de morir; no le crean a las películas donde el héroe no tiene miedo. Es muy aterrador sentir eso de "estoy a punto de morir" o "podría morir en una explosión". Además está el miedo a perder seres queridos; creo que eso es lo peor. Es muy doloroso; uno no quiere ni pensarlo. Pero creo que el peor temor es el que me dijo una vez Samia, una mujer bosnia que sobrevivió los 4 años del sitio a Sarajevo. Dijo: "Es el temor de perder mi yo interior, el temor de perder mi yo interior". Eso es lo que mi madre en Irak solía decirme. Es como morir por dentro. Una mujer palestina me dijo una vez: "No es el miedo a una muerte", dijo, "a veces siento que muero 10 veces en un día", al tiempo que describía la marcha de soldados y el sonido de sus balas. Y dijo: "Pero no es justo, porque hay sólo una vida, y debería haber sólo una muerte".

Hemos estado viendo sólo un lado de la guerra. Sólo hemos estado discutiendo, enfrascados en preocupaciones de alto nivel sobre niveles de tropas, calendarios de retirada, intervenciones quirúrgicas y emboscadas, cuando deberíamos haber analizado en detalle la desintegración del tejido social, el modo en que la comunidad improvisó, sobrevivió y mostró capacidad de recuperación y un coraje increíble para continuar con la vida cotidiana. Hemos estado inmersos en discusiones aparentemente objetivas de política, táctica, armas, dólares y bajas. Es la expresión de lo fútil.

¿Cómo hablar a la ligera de bajas en el marco de este tema? Así, entonces, pensamos a las violaciones y las bajas como inevitables. El 80% de los refugiados en todo el mundo son mujeres y niños. ¡Oh! El 90% de las víctimas en las guerras modernas son civiles y el 75% de ellos son mujeres y niños. ¡Qué interesante! Oh, medio millón de mujeres en Ruanda son violadas en 100 días. O, mientras hablamos, cientos de miles de mujeres congolesas son violadas y mutiladas. ¡Qué interesante! Todo se convierte en números de los que hablamos. En el frente de guerra hay cada vez más ojos artificiales vigilando a los supuestos enemigos desde el espacio, guiando misiles hacia blancos invisibles, mientras que la conducta humana de la orquesta de relaciones mediáticas, en este caso del ataque teledirigido en particular, ataca a un aldeano en vez de a un extremista. Es un ajedrez. Se aprende a jugar en una escuela de relaciones internacionales en la carrera hacia el liderazgo nacional e internacional. Jaque mate.

Nos estamos perdiendo un lado completamente diferente de las guerras. Nos perdemos la historia de mi madre que se aseguró en cada sirena, en cada ataque, en cada corte de electricidad, de entretenernos con títeres, a mi hermano y a mí, para que no nos asustásemos con el sonido de las explosiones. Nos perdemos la historia de Fareeda una profesora de música, profesora de piano de Sarajevo, que se aseguró de seguir con la escuela de música abierta todos los días durante los 4 años del sitio a Sarajevo. Iba a la escuela a pesar de los disparos de francotiradores, hacia la escuela y hacia ella, y siguió tocando el piano, el violín y el violonchelo durante toda la guerra con estudiantes de guante, sombrero y abrigo. Esa fue su lucha. Esa fue su resistencia. Nos perdemos la historia de Nehia, una mujer palestina de Gaza quien en el momento en que hubo un alto el fuego el año pasado salió de la casa recolectó toda la harina y horneó pan para todos los vecinos por si acaso no había alto el fuego al día siguiente. Nos perdemos las historias de Violet que luego de sobrevivir al genocidio de la masacre de la iglesia siguió adelante enterrando cuerpos, limpiando casas y calles. Nos perdemos las historias de las mujeres que, literalmente, sostienen la vida en medio de las guerras. ¿Sabían... sabían que las personas se enamoran en la guerra, que van a la escuela, a las fábricas, a los hospitales; que se divorcian, que van a bailar y a jugar; que tienen una vida? Y las que hacen posible esa vida son las mujeres.

Hay dos lados de la guerra. Está el lado que lucha y el que mantiene abiertas las escuelas las fábricas y los hospitales. Hay un lado que se ocupa de ganar batallas, y otro que se ocupa de ganar vida. Hay un lado que dirige la discusión de la primera línea y hay otro lado que dirige la discusión de la retaguardia. Hay un lado que piensa que la paz es el fin de los combates y hay otro lado que piensa que la paz es la llegada de las escuelas y los empleos. Hay un lado liderado por los hombres, y hay otro lado liderado por las mujeres. Y para que podamos entender cómo construir una paz duradera debemos entender la guerra y la paz de ambos lados. Debemos tener una visión completa de lo que eso significa.

Para que podamos entender qué es la paz [en realidad] tenemos que entender, como dijo una vez una mujer sudanesa: "La paz es cuando las uñas de los pies crecen otra vez". Ella creció en Sudán, en el sur de Sudán, donde, en 20 años de guerra, murieron un millón de personas y hubo cinco millones de refugiados. Muchas mujeres fueron esclavizadas por rebeldes y soldados; eran esclavas obligadas a llevar las municiones, el agua y la comida para los soldados. Las mujeres caminaron durante 20 años para no volver a ser secuestradas. Y sólo cuando hubo cierto grado de paz las uñas de sus pies volvieron a crecer. Tenemos que entender la paz desde la perspectiva de las uñas.

Tenemos que entender que en realidad no podemos negociar el fin de la guerra o la paz sin una inclusión total de la mujer en la mesa de negociación. Me parece increíble que el único grupo de personas que no lucha, ni mata, que no saquea, ni quema, ni viola, el grupo de personas que en su mayoría, aunque no exclusivamente, mantiene la vida en medio de la guerra, no esté presente en la mesa de negociación. Y sostengo que las mujeres llevan la discusión de la retaguardia, pero también hay hombres excluidos de esa discusión. Los médicos que no están luchando, los artistas, los estudiantes, los hombres que se niegan a reanudar el fuego, ellos también están excluidos de las mesas de negociación. No hay manera de hablar de una paz duradera de construir democracia, economías sostenibles, de cualquier tipo de estabilidad, si no incluimos plenamente a la mujer en la mesa de negociación. Y no el 1% sino el 50%.

No hay manera de que podamos hablar de construir estabilidad si no empezamos a invertir en las mujeres y las chicas. ¿Sabían que un año de gastos militares del mundo equivale a 700 años del presupuesto de la ONU, y a 2.928 años del presupuesto de la ONU asignado a las mujeres? Con sólo revertir esa distribución de fondos tal vez podríamos tener una paz más duradera en este mundo. Y por último pero no menos importante, tenemos que invertir en la paz y en las mujeres, no sólo porque es lo correcto, no sólo porque corresponde que todos construyamos hoy una paz sostenible y duradera, sino que es por el futuro.

Una mujer congolesa que me estaba contando cómo sus hijos que vieron morir a su padre enfrente de ellos y vieron cómo la violaban a ella y cómo la mutilaban en frente a ellos; que vieron morir a su hermano de 9 años frente a ellos, cómo ahora están bien. Entró al programa Women for Women International. Ahora tiene una red de contención. Aprendió sus derechos. La capacitamos profesional y comercialmente. Le ayudamos a conseguir un empleo. Ella estaba ganando $450. Le iba bien. Enviaba a los niños a la escuela; tenía un huevo hogar. Dijo: "Pero lo que más me preocupa no es nada de eso. Me preocupa que mis hijos tienen odio en sus corazones y cuando crezcan quieren volver a combatir a los asesinos de su padre y de su hermano". Tenemos que invertir en las mujeres porque es nuestra única oportunidad de asegurar que no haya más guerras en el futuro. La madre tiene más oportunidades de sanar a sus hijos que cualquier tratado de paz.

¿Hay buenas noticias? Claro que hay buenas noticias. Hay montones de buenas noticias. Para empezar, estas mujeres de las que les hablé bailan y cantan todos los días, y si ellas pueden ¿quiénes somos nosotros para no bailar? Esa chica de la que les conté terminó fundando Women for Women International Group que hizo que un millón de personas enviaran 80 millones de dólares y empecé esto desde cero, nothing, nada, rien.

(Risas)

Son mujeres que siguen de pie a pesar de sus circunstancias, no gracias a ellas. Piensen cómo el mundo puede ser un lugar mucho mejor si, para variar, tenemos una mayor igualdad, tenemos igualdad, tenemos representación y comprendemos la guerra tanto desde el frente como desde la retaguardia.

Rumi, un poeta sufí del siglo XIII, dice: "Más allá de los mundos de las buenas y las malas acciones hay un campo. Los encontraré allí. Cuando el alma yace en esa hierba, el mundo está demasiado ocupado para hablar. Las ideas, el lenguaje, incluso la frase "unos a otros" ya no tiene ningún sentido". Humildemente agrego, humildemente, que más allá de las palabras guerra y paz hay un campo y hay muchas mujeres y hombres reunidos allí. Hagamos de ese campo un lugar mucho más grande. Encontrémonos todos en ese campo.

Gracias.

(Aplausos)