William D. Desmond
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En el siglo IV a.C., el hijo de un banquero sumió a la ciudad de Sinope en un escándalo por falsificar monedas. Restablecida la calma, el joven Diógenes de Sinope fue despojado de su condición de ciudadano, de su dinero y de todas sus posesiones... o al menos eso cuenta la historia. Si bien los pormenores de su vida se desconocen a ciencia cierta, aún persisten las ideas filosóficas que surgieron a partir de aquel deshonor. Durante el exilio, Diógenes se propuso ignorar las opiniones ajenas y los patrones sociales que medían el éxito, con el fin de ser verdaderamente libre. Viviría por sus propios medios, en contacto con la naturaleza, sin ataduras materiales, y sin vanidades ni conformismos. En la práctica, su vida transcurrió vagando por ciudades de Grecia sin más posesiones que una túnica, un palo y una alforja. Vivió siempre a la intemperie y renunció a la tecnología, la higiene y los alimentos cocinados. Pero no transitó ese estilo de vida de manera reservada, pues, según dicen, se mofaba de los transeúntes y los poderosos comiendo, orinando y hasta masturbándose en público. La gente lo llamaba "kyôn", o perro que ladra. Si bien usaban ese apelativo como un insulto, los perros fueron, en realidad, el símbolo perfecto de su filosofía: seres felices, libres de abstracciones como la riqueza o el qué dirán. Diógenes y su grupo de seguidores cada vez más numeroso fueron llamados "los filósofos perros", o "kynikoi", término que con el tiempo derivó en la palabra "cínico". Estos primeros cínicos no asumían responsabilidades, y llevaban un modo de vida errante y libre. Conforme crecía la reputación de Diógenes, otros intentaban sacudir sus convicciones. Alejandro Magno le ofreció concederle cualquier deseo. Pero en lugar de pedirle bienes materiales, Diógenes tan solo le pidió que no le tapara el sol. Tras la muerte de Diógenes, los adeptos a su filosofía siguieron llamándose "cínicos" durante unos 900 años, hasta el 500 d.C. Algunos filósofos griegos, como los estoicos, pensaban que todos debían seguir el ejemplo de Diógenes. Además, intentaron moderar su filosofía para que fuera más aceptada dentro de la sociedad convencional, aunque, claro está, estos principios se contradecían con los de Diógenes. También estaban quienes no veían a los cínicos con buenos ojos. En la provincia romana de Siria, en el siglo II de la era cristiana, el escritor satírico Luciano consideraba que los cínicos de su época eran hipócritas carentes de principios, materialistas y arrogantes, que tan solo predicaban lo que Diógenes había practicado alguna vez. Tras leer los textos de Luciano varios siglos después, los escritores del Renacimiento y de la Reforma tildaron a sus rivales de "cínicos" a modo de insulto, para nombrar a quienes criticaban a otros por no tener nada interesante que decir. Este uso terminó sentando las bases del actual significado de la palabra "cínico", es decir, una persona que cree que los demás actúan por puro egoísmo, aun si se justifican detrás de un motivo valedero. Pero la filosofía del cinismo también tenía sus adherentes, en especial entre quienes cuestionaban el estado de la sociedad. El filósofo francés del siglo XVIII Jean-Jacques Rousseau recibió el nombre de "el nuevo Diógenes" cuando dijo que el arte, la ciencia y la tecnología corrompían al ciudadano. En 1882, Friedrich Nietzsche recreó una historia en la que Diógenes iba a un mercado ateniense con un farol en la búsqueda fútil de una persona honesta. En esta versión de Nietszche, un hombre considerado demente irrumpe en la plaza de la ciudad para anunciar que "Dios ha muerto". De este modo, Nietszche hacía un llamado a una "revaluación de los valores" y manifestaba su rechazo a la idea dominante cristiana y platónica de que había un plano universal y espiritual más allá del mundo físico. Nietszche admiraba a Diógenes por su obcecado apego al aquí y el ahora. En tiempos más recientes, los "hippies" de la década de 1960 fueron comparados con Diógenes por su rebeldía contracultural. Las ideas de Diógenes han sido adoptadas y recreadas en reiteradas ocasiones. Seguramente, los cínicos originales no habrían aprobado estas versiones modernas, pues proclamaban que sus valores, es decir, el rechazo a las costumbres y la vida en la naturaleza, eran los únicos valores verdaderos. Estemos de acuerdo con estas premisas o no, o con cualquiera de las encarnaciones posteriores, todas tienen algo en común: cuestionaban el 'statu quo'. Y ese principio es digno de seguirse como ejemplo: el no seguir ciegamente la visión convencional o mayoritaria, sino detenerse a reflexionar sobre lo que es realmente válido.