Thomas Curran
2,350,522 views • 14:54

Soy un poco perfeccionista. ¿Cuántas veces han oído eso mientras tomaba algo con amigos o en una cena familiar de Acción de Gracias? Es el defecto preferido de todos. Esa es la respuesta común a la difícil y última pregunta en las entrevistas de trabajo: "¿Mi mayor debilidad? El perfeccionismo".

Para ser algo que supuestamente nos afecta, es notable a cuantos de nosotros nos alegra levantar la mano y decir que somos perfeccionistas. Pero hay un dato interesante y serio, porque nuestra ansiada admiración por la perfección es tan generalizada que nunca cuestionamos el concepto en sí mismo. ¿Qué dice de nosotros y de nuestra sociedad que haya una celebración por la perfección?

Tendemos a elevar el perfeccionismo al nivel de una insignia de valor. El emblema de los exitosos. Y aún así, mientras estudiaba el perfeccionismo, he visto poca evidencia de que los perfeccionistas tengan más éxito. Por el contrario, se sienten descontentos e insatisfechos con la sensación persistente de que nunca son suficientemente perfectos. Sabemos por informes clínicos que el perfeccionismo esconde un montón de dificultades psicológicas; entre ellas, la depresión, la ansiedad, la anorexia, la bulimia e incluso pensamientos suicidas. Y lo más preocupante es que, durante los últimos 25 años, el perfeccionismo ha aumentado a un ritmo alarmante. Y a la vez, hay más enfermedades mentales que nunca entre los jóvenes. La tasa de suicidio en EE.UU. aumentó un 25% en las ultimas dos décadas. Y estamos empezando a ver patrones similares en Canadá y en mi país, el Reino Unido.

Nuestra investigación sugiere que el perfeccionismo aumenta a medida que cambia la sociedad. Una sociedad que cambia refleja un cambio en el sentido de la identidad personal y, con él, diferencias en la manera en que los jóvenes interactúan entre ellos y con el mundo que les rodea. Y hay algunas características únicas en nuestra sociedad basada en el mercado, incluyendo la elección ilimitada y la libertad personal, y estas son características que sentimos que contribuyen a los niveles epidémicos de este problema.

Déjenme ponerles un ejemplo. Los jóvenes de hoy están más preocupados por obtener una vida perfecta y un estilo de vida perfecto. En términos de imagen, estatus y riqueza, los datos de Pew demuestran que los jóvenes nacidos en EE.UU. a finales de los 80 son un un 20 % más propensos de querer ser materialmente ricos entre sus objetivos vitales más importantes en relación a los de sus padres y de sus abuelos. Los jóvenes también toman prestado más que las generaciones anteriores y gastan una proporción mucho mayor de sus ingresos en el cuidado de su imagen así como en posesiones de estatus. Estas posesiones, sus vidas y su estilo de vida se muestran de forma vívida en las redes sociales de Instagram, Facebook, Snapchat. En esta nueva cultura visual, la apariencia de perfección es mucho más importante que la realidad.

Si una parte de este paisaje moderno que hemos amueblado tan generosamente para los jóvenes esa la idea de que hay una vida perfeccionable y un estilo de vida perfeccionable, la otra parte es sin duda el trabajo. Nada está fuera del alcance para aquellos que de verdad lo quieren. O eso nos dicen. Esta es la idea en el corazón del sueño americano. Oportunidad, meritocracia, la persona que se hace a sí mismo, trabajo duro. La idea de que el trabajo duro siempre tiene recompensa. Y por encima de todo, la idea de que somos dueños de nuestro destino. Estas ideas conectan nuestra riqueza, nuestro estatus y nuestra imagen con nuestro valor personal innato.

Pero es totalmente ficticio, claro. Porque incluso aunque hubiera igualdad de oportunidad, la idea de que somos dueños de nuestro destino esconde una realidad mucho más oscura para los jóvenes que están sujetos a un tribunal económico casi constante. Las medidas, los rankings, las tablas de clasificación se han convertido en la vara de medir con la que el mérito se cuantifica y se utiliza para clasificar a los jóvenes en colegios, clases y universidades.

La educación es el primer campo en el que la medición es muy visible y donde se utilizan las mediciones como herramientas para mejorar los estándares y el rendimiento. Y empiezan jóvenes. Los jóvenes de los institutos de las grandes ciudades de EE.UU. hacen 112 tests estandarizados obligatorios entre preescolar y el final del duodécimo año. No sorprende que los jóvenes pongan la necesidad del esfuerzo, la actuación y el logro en el centro de la vida moderna. Han sido condicionados a autodefinirse en los términos estrictos de notas, percentiles y tablas de clasificación. Esta es una sociedad que se alimenta de sus inseguridades.

Inseguridades sobre cómo rinden y cómo se muestran ante otra gente. Es una sociedad que amplifica sus imperfecciones. Cada defecto, cada revés imprevisto aumenta la necesidad de hacerlo mejor la próxima vez, o si no, dicho claramente, eres un fracaso. Ese sentimiento de ser defectuoso y deficiente está generalizado, si no hablen con los jóvenes. "¿Qué aspecto debería tener, cómo debería comportarme?" "Debería parecerme a ese modelo, tener tantos seguidores como ese influencer, debo hacerlo mejor en el colegio". En mi trabajo como mentor de jóvenes,

veo estos efectos del perfeccionismo de primera mano. Y me viene a la cabeza un estudiante que destaca claramente. John (no es su nombre real) era ambicioso, trabajador y diligente, y en la superficie era tremendamente exitoso, a menudo obtenía notas muy altas en sus trabajos. Pero no importa el éxito que tuviera John, siempre solía remodelar sus éxitos como fracasos abyectos, y cuando se reunía conmigo, hablaba sobre cómo se había decepcionado a sí mismo y a otros. La justificación de John era bastante simple: ¿Cómo podía ser exitoso si se esforzaba mucho más que otras personas solo para obtener los mismos resultados? Verán, el perfeccionismo de John, su imparable ética de trabajo,

solo exponían lo que él veía como sus debilidades internas frente a él y frente a otras personas. Los casos como el de John hablan sobre la nocividad del perfeccionismo como una manera de estar en el mundo. Al contrario de lo que se cree, el perfeccionismo nunca trata de perfeccionar cosas o tareas. No se trata de luchar por la excelencia. El caso de John refleja esto con claridad. En su raíz, el perfeccionismo trata de perfeccionar el yo. O, más concretamente, perfeccionar un yo imperfecto. Y pueden pensar en ello como una montaña de logros

que el perfeccionismo nos permite escalar. Y pensamos: "Una vez que haya alcanzado esa cima, la gente no verá mis defectos y valdré algo". Pero lo que no nos dice el perfeccionismo es que poco después de alcanzar esa cima, las tierras bajas de la inseguridad y la vergüenza nos volverán a llamar para que podamos volver a alcanzar esa cima. Es un ciclo contraproducente. Un perfeccionista no puede apartarse de su búsqueda de la perfección inalcanzable. Y por eso es tan difícil tratarlo. Llevamos décadas y décadas sabiendo

que el perfeccionismo contribuye a albergar problemas psicológicos, pero nunca ha habido una buena forma de medirlo. Eso fue hasta finales de los 80, cuando Paul Hewitt y Gordon Flett, dos canadienses, aparecieron y desarrollaron una autoevaluación del perfeccionismo. Eso es, se puede medir, y básicamente captura tres elementos básicos del perfeccionismo. El primero es el perfeccionismo autoorientado, el deseo irracional de ser perfecto: "Lucho por ser tan perfecto como pueda". El segundo es el perfeccionismo socialmente prescrito, el sentido de que el ambiente social es tremendamente exigente: "Siento que la gente me exige demasiado". Y el tercero es el perfeccionismo orientado hacia otros, la imposición de estándares irreales en otra gente: "Si pido a alguien que haga algo espero que lo haga perfectamente". Investigaciones demuestran que estos tres elementos del perfeccionismo

ponen en riesgo la salud mental, con cosas como la depresión intensificada la ansiedad intensificada y el pensamiento suicida. Pero el elemento más problemático del perfeccionismo es el perfeccionismo socialmente prescrito. Esa sensación de que todo el mundo espera que yo sea perfecto. Este elemento del perfeccionismo está relacionado con las enfermedades mentales graves. Y teniendo presente el énfasis que hoy en día se da al perfeccionismo, sentí curiosidad por ver si esos elementos del perfeccionismo estaban cambiando. Hasta ahora, la investigación se centra en relaciones familiares inmediatas,

pero quisimos investigarlo a un nivel más amplio. Así que tomamos todos los datos que se habían recopilado en los 27 años desde que Paul y Gordon desarrollaron la medida del perfeccionismo y aislamos los datos de estudiantes universitarios. Resultaron ser más de 40 000 jóvenes de universidades estadounidenses, canadienses y británicas, y con tantos datos disponibles, investigamos si había una tendencia. Y en total, nos llevó más de tres años cotejar toda esta información, analizar los números y escribir nuestro informe. Pero mereció la pena porque nuestro análisis descubrió algo alarmante. Los tres elementos del perfeccionismo han aumentado con el tiempo. El perfeccionismo socialmente prescrito es el que más ha aumentado con diferencia. En 1989,

el 9 % de los jóvenes presentan niveles clínicamente relevantes de perfeccionismo social prescrito. Esos son niveles que podrían ser típicos en poblaciones clínicas. En 2017, esa cifra se ha doblado hasta el 18 %. Y para 2050, proyecciones basadas en los modelos que probamos indican que casi uno de cada tres jóvenes mostrarán niveles clínicamente relevantes de perfeccionismo social prescrito. Recuerden, este es el elemento del perfeccionismo que tiene la mayor correlación con enfermedades mentales graves y es por una buena razón. Los perfeccionistas sociales prescritos sienten la necesidad constante

de alcanzar las expectativas de otra gente. E incluso si alcanzan las expectativas de perfección de ayer, ellos mismos aumentan el listón a un nivel todavía más alto porque esta gente cree que cuanto mejor lo hagan, más se esperará de ellos. Esto fomenta un sentimiento profundo de indefensión y, peor, de desesperación. ¿Pero hay esperanza?

Claro que hay esperanza. Los perfeccionistas pueden y deben aferrarse a ciertas cosas, normalmente son brillantes, ambiciosos, concienzudos y trabajadores. Y sí, el tratamiento es complejo. Pero un poco de autocompasión, y no autoexigirnos mucho cuando las cosas no van bien pueden convertir esas cualidades en una paz personal y un éxito mayores. Y luego está lo que podemos hacer como cuidadores. El perfeccionismo se desarrolla en nuestros años formativos,

así que la gente joven es más vulnerable. Los padres pueden ayudar a sus hijos apoyándolos incondicionalmente cuando lo intentan y fracasan. Y mamá y papá pueden resistirse al impulso comprensible de ser padres-helicóptero en esta sociedad tan competitiva, ya que mucha de esa ansiedad se transmite cuando los padres adoptan los éxitos y los fracasos de sus hijos como propios. Pero al final, nuestra investigación plantea preguntas importantes

sobre cómo estamos estructurando la sociedad y si el énfasis que la sociedad pone en la competición, evaluación y las pruebas beneficia a los jóvenes. Es común que figuras públicas digan que los jóvenes simplemente necesitan un poco más de resiliencia frente a estas presiones nuevas y sin precedentes. Pero yo creo que nos estamos lavando las manos respecto al tema clave, porque tenemos la responsabilidad compartida de crear una sociedad y una cultura en la que los jóvenes necesitan menos perfección para empezar. No nos engañemos.

Crear ese tipo de mundo es un reto tremendo y para una generación de jóvenes que viven constantemente en el foco de las medidas, tablas de clasificación y redes sociales, el perfeccionismo es inevitable, siempre que no tengan ningún propósito en la vida mayor que qué imagen dan o cómo actuan delante de la gente. ¿Qué pueden hacer al respecto?

Cada vez que les derriban de la cima, no ven más opción que volver a escalarla otra vez. Los antiguos griegos sabían que esa lucha sin fin de subir y bajar la misma montaña no es el camino a la felicidad. Su imagen del infierno era un hombre llamado Sísifo, condenado toda la eternidad a empujar una roca colina arriba y nada más llegar rodaba hacia abajo y tenía que volver a empezar. Así que siempre que enseñemos a los jóvenes que no hay nada más real o significativo en sus vidas que su desesperada búsqueda por la perfección, vamos a condenar a las generaciones futuras a esa misma inutilidad y desesperación. Eso nos deja una pregunta.

¿Cuándo vamos a entender que hay algo fundamentalmente inhumano sobre la perfección sin límites? Nadie es perfecto. Si queremos ayudar a los jóvenes a huir de la trampa del perfeccionismo, les enseñaremos que en un mundo caótico, la vida nos vencerá con frecuencia, pero no pasa nada. El fallo no es una debilidad. Si queremos ayudar a nuestros jóvenes a dejar atrás la contraproducente trampa de la perfección imposible, los criaremos en una sociedad que ha dejado atrás ese mismo engaño. Pero sobre todo,

si queremos que nuestros jóvenes disfruten de salud mental, emocional y psicológica, les invitaremos a celebrar las alegrías y las bellezas de la imperfección como una parte normal y natural de la vida y el amor diarios. Muchísimas gracias.

(Aplausos)