Susan David
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Hola, ¿qué tal? Sawubona. En Sudáfrica, de donde vengo, "sawubona" ​​en zulú significa "hola". Hay una hermosa y poderosa intención ceñida a esta palabra porque "sawubona" ​​traducido literalmente significa, "Te veo, y al verte, te traigo a la existencia." Qué hermoso, imagina que te reciban así. Pero, ¿qué implica la forma en que nos vemos a nosotros mismos, nuestros pensamientos, nuestras emociones e historias que nos ayudan a prosperar en un mundo cada vez más complejo y cargado? Esta pregunta crucial ha estado en el centro del trabajo de mi vida porque la forma en que manejamos nuestro mundo interno lo impulsa todo: cada aspecto de cómo amamos, cómo vivimos, cómo criamos y cómo conducimos. La visión convencional de las emociones, como buenas o malas, positivas o negativas, es rígida. Y la rigidez es tóxica frente a la complejidad. Necesitamos mayores niveles de agilidad emocional para una verdadera resiliencia y para prosperar. La travesía de esta vocación comenzó para mí no en los salones sagrados de una universidad sino en el desordenado y tierno ámbito de la vida. Crecí en los suburbios blancos del apartheid de Sudáfrica, un país y una comunidad comprometidos a no ver. A la negación. Una negación que hace posible 50 años de legislación racista mientras las personas se convencen de que no están haciendo nada malo. Y sin embargo, aprendí sobre el poder destructivo de la negación, primero, a nivel personal, antes de entender lo que este le hacía al país de mi nacimiento. Mi padre murió un viernes. Tenía 42 años y yo tenía 15. Mi madre me susurró que fuera a despedirme de mi padre antes de ir a la escuela Así que me puse la mochila y transité el pasillo que llegaba a donde, en el corazón de nuestro hogar, mi padre yacía moribundo de cáncer. Él tenía los ojos cerrados, pero sabía que yo estaba allí. Siempre me sentí vista en su presencia. Le dije que lo amaba, me despedí y seguí con mi día. En la escuela, pasé de ciencias a matemáticas, a historia, a biología, mientras mi padre se iba de este mundo. De mayo a julio, septiembre y noviembre seguí con mi sonrisa habitual. No abandoné la escuela ni una vez. Cuando me preguntaban cómo estaba, encogía los hombros diciendo: "Bien". Me elogiaron por ser fuerte. Yo era la maestra del estar bien. Pero en casa, sufríamos. Mi padre no había podido mantener su pequeño negocio durante su enfermedad. Y mi madre, sola, estaba de luto por el amor de su vida tratando de criar a tres hijos, y los acreedores seguían viniendo. Nos sentimos, como familia, devastados financiera y emocionalmente. Y comencé a venirme abajo, sola, rápidamente. Empecé a usar la comida para adormecer mi dolor. Atracones y purgas. Negándome a aceptar todo el peso de mi dolor. Nadie lo sabía, y en una cultura que valora la positividad implacable, pensé que nadie querría saber. Pero hubo una persona que no se creyó mi historia de triunfo sobre el dolor. Mi maestra de inglés de la escuela me miraba con sus insistentes ojos azules mientras repartía los cuadernos para las tareas. Ella me dijo: "Escribe lo que estás sintiendo. Di la verdad. Escribe como si nadie estuviera leyendo". Y solo así, comencé a aceptar mi verdadera pena y dolor. Fue un acto sencillo pero nada menos que una revolución para mí. Fue esta revolución que comenzó en este cuaderno en blanco hace 30 años lo que le dio forma al trabajo de mi vida. La correspondencia secreta y silenciosa conmigo misma. Como una gimnasta, empecé a ir más allá de la rigidez de la negación a lo que ahora he venido a llamar la agilidad emocional. La belleza de la vida es inseparable de su fragilidad. Somos jóvenes hasta que no lo somos. Caminamos de manera sexi por las calles hasta que un día nos damos cuenta de que somos invisibles. Molestamos a los hijos y un día nos damos cuenta de que hay silencio donde una vez estuvo ese niño, quien ahora hace su vida por el mundo. Estamos sanos hasta que un diagnóstico nos doblega. Lo único cierto es la incertidumbre, y, aún así, no navegamos en esa fragilidad de manera exitosa o sostenible. La Organización Mundial de la Salud nos dice que la depresión es la principal causa de discapacidad a nivel mundial, por encima del cáncer, por encima de la enfermedad cardíaca. Y en tiempos de mayor complejidad, de cambios tecnológicos, políticos y económicos sin precedentes, estamos viendo cómo las personas tienden a refugiarse cada vez más en respuestas rígidas a sus emociones. Por un lado, podríamos ensimismarnos en nuestros sentimientos, quedarnos atrapados dentro de nuestras cabezas, concentrados en tener la razón, o siendo víctimas de nuestra fuente de noticias. Por otro lado, podríamos guardarnos nuestras emociones, hacerlas a un lado y permitir solo aquellas emociones consideradas legítimas. En una encuesta que realicé recientemente a más de 70,000 personas, encontré que un tercio de nosotros —un tercio— nos juzgamos a nosotros mismos por tener "malas emociones" como la tristeza, la ira o incluso el dolor. O activamente intentamos dejar de lado esos sentimientos. Nos hacemos esto y también a aquellos que amamos, a nuestros hijos. Inadvertidamente quizá los avergonzamos por tener emociones consideradas negativas los precipitamos a una solución, y fracasamos en ayudarlos a ver estas emociones como intrínsecamente valiosas. Las emociones normales, naturales, ahora son vistas como buenas o malas, y ser positivo se ha convertido en una nueva forma de rectitud moral. Automáticamente, a las personas con cáncer les decimos que permanezcan positivas; a las mujeres, que dejen de estar tan enojadas. Y la lista continúa. Es una tiranía. Es una tiranía de positividad. Y es cruel. Malvada. E ineficaz. Y nos lo hacemos a nosotros mismos, y se lo hacemos a los demás. Si hay un rasgo en común en la melancolía, el ensimismamiento, o la falsa positividad, es esta: todas son respuestas rígidas. Y si hay una sola lección que podamos aprender de la inevitable caída del apartheid es que la negación rígida no funciona. Es insostenible para los individuos, las familias, para las sociedades. Y mientras vemos cómo se derriten los casquetes de hielo, es insostenible para nuestro planeta. La investigación en la supresión emocional muestra que cuando las emociones se hacen a un lado o se ignoran, se vuelven más fuertes. Los psicólogos lo llaman amplificación. Como ese delicioso pastel de chocolate en la nevera, cuanto más tratas de ignorarlo... (Risas) mayor será su poder sobre ti. Quizá piensen que están en control de sus emociones indeseadas al ignorarlas pero de hecho estas los controlan a Uds. El dolor interno siempre sale a la luz. Siempre. ¿Y quién paga el precio? Nosotros. Nuestros hijos, nuestros colegas, nuestras comunidades. No me malinterpreten. No estoy en contra de la felicidad. Me gusta ser feliz. Soy una persona bastante feliz. Pero cuando ignoramos las emociones normales y acogemos una falsa positividad, perdemos la capacidad de desarrollar habilidades para afrontar el mundo real —no el quisiéramos que fuera. Cientos de personas me han dicho que no quieren sentir. Dicen cosas como: "No quiero intentarlo porque no quiero sentirme decepcionada". O "solo quiero que este sentimiento desaparezca". "Entiendo," les digo. "Pero Ud. tiene las metas de una persona muerta". (Risas) (Aplausos) Solo a los muertos no les causan molestias sus sentimientos indeseables. (Risas) Solo los muertos no se estresan nunca, nunca les rompen el corazón, nunca experimentan la decepción que deviene al fracaso. Las emociones difíciles son parte de nuestro contrato con la vida. No se consigue tener una carrera significativa o formar una familia o hacer del mundo un lugar mejor sin estrés y aflicción. La aflicción es la tarifa de entrada a una vida significativa. Así que, ¿cómo empezamos a desbaratar la rigidez y a acoger la agilidad emocional? Como esa joven colegiala, cuando me adentré en esas páginas en blanco, comencé a acabar con los sentimientos de lo que se suponía que debía experimentar. Y en su lugar, mi corazón comenzó a abrirse a lo que sí sentía. Dolor. Y pena. Y pérdida. Y arrepentimiento. La investigación ahora demuestra que la aceptación radical de todas nuestras emociones, incluso las más complejas y difíciles es el hito para la resiliencia y la prosperidad, para la felicidad verdadera y auténtica. Pero la agilidad emocional es más que solo una aceptación de las emociones. También sabemos que la precisión cuenta. En mi investigación, descubrí que las palabras son esenciales. Solemos usar etiquetas rápidas y fáciles para describir nuestros sentimientos. "Estoy estresado" es lo más común. Pero hay un mundo de diferencia entre el estrés y la decepción, o el estrés y ese conocido el temor de "Estoy en la carrera equivocada". Al etiquetar con precisión nuestras emociones, somos más capaces de discernir la causa exacta de nuestros sentimientos. Y lo que los científicos llaman la disposición potencial del cerebro se activa, y nos permite tomar medidas concretas. Pero no cualquier medida, sino las correctas para nosotros. Porque nuestras emociones son datos. Las emociones contienen indicadores sobre lo que nos importa. No solemos sentir emociones fuertes por cosas que no significan nada en nuestro mundo. Si sienten rabia al leer las noticias, la rabia es una señal, tal vez, de que valoran la equidad y la justicia y es una oportunidad para entrar en acción y moldear su vida en esa dirección. Cuando estamos abiertos a las emociones difíciles, podemos generar respuestas alineadas con nuestros valores. Pero hay una advertencia importante. Las emociones son datos, no son directrices. Podemos llegar y minar nuestras emociones por sus valores sin tener que escucharlas. Como puedo acercarme a mi hijo en su frustración con su hermanita sin estar de acuerdo con su idea de regalársela al primer extraño que vea en el centro comercial. (Risas) Somos dueños de nuestras emociones, ellas no nos poseen. Cuando internalizamos la diferencia entre lo que sentimos con toda nuestra sabiduría y qué hacer en una acción alineada con nuestros valores, generamos el camino hacia la mejor versión de nosotros a través de nuestras emociones. Por lo tanto, ¿cómo es esto en la práctica? Si tienen una emoción fuerte, difícil, no se apresuren a buscar salidas emocionales. Conozcan sus contornos, miren el diario de sus corazones. ¿Qué les dice el sentimiento? Y no traten de decir "Yo estoy así", como en "estoy enojada" o "estoy triste". Cuando decimos "estoy" sonamos como si fuéramos nosotros el sentimiento. Pero en realidad, Uds. son Uds., y el sentimiento es una fuente de datos. Traten de observar el sentimiento por lo que es: "Observo que me siento triste" u "observo que me siento enojada". Estas son habilidades esenciales para todos, para nuestras familias y comunidades. También son esenciales en nuestros lugares de trabajo. En mi investigación, cuando observé lo que ayuda a las personas a traer lo mejor de sí al trabajo, descubrí un poderoso factor clave: la consideración individualizada. Cuando a la gente se le permite sentir sus verdaderos sentimientos, el compromiso, la creatividad e innovación florecen en la organización. La diversidad se da en las personas pero también en lo que está dentro de ellas, incluyendo la diversidad de las emociones. Las personas y equipos más ágiles y resistentes, así como las organizaciones, familias, comunidades, están edificadas en la apertura a las emociones humanas normales. Esto es lo que nos permite responder: "¿Qué me dice esta emoción?" "¿Qué acción se acerca a mis valores?" "¿Que me alejará de mis valores?" La agilidad emocional es la capacidad de tratar sus emociones con curiosidad, compasión, y especialmente, con el coraje de tomar medidas alineadas con sus valores. De pequeña, solía despertarme por la noche aterrorizada por la idea de la muerte. Mi padre me consolaba con besos y palmaditas suaves. Él nunca me mentía. "Todos moriremos, Susie", decía, "es normal estar asustado". No trataba de suavizar la realidad para mí. Tardé un tiempo en entender el poder con el que él me guió por esas noches. Lo que me mostró fue que el valor no es ausencia de miedo; el valor es el temor andante. Ninguno de nosotros sabía que en 10 años, él no estaría. Y que el tiempo para cada uno de nosotros es muy precioso y demasiado breve. Pero cuando llegue nuestro momento para afrontar nuestra fragilidad, en ese momento final, nos preguntará "¿Eres ágil?" "¿Eres ágil?" Dejen que el momento sea un "sí" incondicional. Un "sí" que nazca de una permanente correspondencia con su propio corazón, y de verse a uno mismo. porque al verse a uno mismo, somos capaces de ver a los demás, también: el único camino sostenible por delante en un mundo frágil y hermoso. Sawubona. Y gracias. (Risas) Gracias. (Aplausos) Gracias. (Aplausos)