Romina Libster
777,522 views • 14:41

Uno de los primeros pacientes que me tocó atender como pediatra fue Sol, una beba hermosa de un mes que entró en la sala con un cuadro de infección respiratoria grave. Yo, hasta ese momento, nunca había visto un paciente empeorar tan rápido. En solo dos días entró al respirador y al tercer día falleció. Sol tenía tos convulsa. Después de discutir el caso en la sala y después de una bastante angustiosa catarsis, me acuerdo que mi jefe de residentes me dijo: bueno, respirá hondo, lavate la cara, y ahora nos toca la parte más difícil, tenemos que ir a hablar con los padres. En ese momento se te vienen mil preguntas a la cabeza. Desde por qué una beba de un mes corre con una suerte tan desafortunada, hasta si podríamos haber hecho algo para evitarlo. Antes de que existan las vacunas, muchas de las enfermedades infecciosas mataban millones de personas por año. Durante la pandemia de gripe del año 1918 murieron 50 millones de personas. Eso es más que lo que tiene Argentina hoy. Tal vez, los que son un poco más grandes se deben acordar de la epidemia de polio que hubo en Argentina en el año 1956. En ese momento, no había una vacuna disponible contra la polio. La gente no sabía que hacer. Estaban como locos. Salían a la calle a pintar los árboles con cal. Ponían bolsitas de alcanfor en la ropa de los chicos como si eso pudiera llegar a hacer algo. Durante la epidemia de polio murieron miles de personas. Y miles de personas quedaron con secuelas neurológicas importantísimas. Yo esto lo sé porque lo leí, porque gracias a las vacunas mi generación tuvo la suerte de no vivir una epidemia tan terrible como esa. Las vacunas son uno de los grandes éxitos de la salud pública del siglo XX. Después del agua potable, son la intervención que más ha logrado disminuir la mortalidad, incluso más que los antibióticos. Las vacunas lograron erradicar del planeta una enfermedad terrible como la viruela y lograron disminuir muchísimo la mortalidad por otras enfermedades como el sarampión, la tos convulsa, la polio y muchas más. Todas esas enfermedades están dentro del grupo de enfermedades que se llaman: enfermedades prevenibles por vacunas. ¿Qué quiere decir esto? Que son potencialmente prevenibles, pero para serlo, algo hay que hacer. Hay que vacunarse. Me imagino que la gran mayoría, si no todos de los que estamos acá, hemos recibido alguna vez en nuestra vida una vacuna. Ahora, no estaría tan segura que muchos de nosotros sepamos cuáles son las vacunas o los refuerzos que tenemos que recibir después de la adolescencia. ¿Alguna vez se preguntaron a quién estamos protegiendo cuando nos vacunamos? ¿Qué quiere decir? ¿Hay algún efecto que va más allá del de protegernos a nosotros mismos? Déjenme mostrarles algo. Imagínense por un momento que estamos en una ciudad que es completamente virgen de una determinada enfermedad, como, por ejemplo, el sarampión. ¿Qué quiere decir? En esta ciudad nunca nadie ha tenido contacto con la enfermedad, o sea, que no tiene defensas naturales ni ha sido vacunado contra el sarampión. Si un día, aparece en esta ciudad una persona enferma con sarampión, la enfermedad no va a encontrar demasiada resistencia y se va a empezar a transmitir de persona a persona, y en muy poco tiempo se va a diseminar por toda la comunidad. En un determinado tiempo va a haber una gran cantidad de la población enferma. Esto pasaba cuando no existían las vacunas. Ahora, imagínense el caso completamente contrario. Estamos en una ciudad donde más del 90 % de la población tiene defensas contra el sarampión. Quiere decir que ha tenido la enfermedad y ha generado defensas naturales. Sobrevivió. O ha recibido la vacuna contra el sarampión. Y un día, aparece en esta ciudad una persona enferma con sarampión. La enfermedad va a encontrar mucha más resistencia y no se va a poder transmitir tanto de persona a persona. La diseminación, probablemente quede contenida y no se genere un brote de sarampión. Me gustaría que presten atención a algo. Las personas que están vacunadas no solo se están protegiendo a sí mismas sino que al bloquear la diseminación de la enfermedad dentro de la comunidad están, indirectamente, protegiendo a personas de esta comunidad que no están vacunadas. Crean como una especie de escudo protector que al hacer que no entran en contacto con la enfermedad, estas personas queden protegidas. Este efecto indirecto de protección de las personas no vacunadas en una comunidad, por el solo hecho de estar rodeadas de personas vacunadas, se llama inmunidad colectiva. Muchas personas en la comunidad dependen casi exclusivamente de esta inmunidad colectiva para protegerse de las enfermedades. Estas personas no son hipotéticos en una animación. Esas personas son nuestros sobrinos, nuestros hijos, que tal vez son muy chiquititos para haber recibido sus primeras vacunas. Son nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros conocidos, que tal vez tienen alguna enfermedad o están recibiendo alguna medicación que les disminuye las defensas. También son aquellas personas que son alérgicas a alguna determinada vacuna. Incluso podemos ser cada uno de nosotros que sí nos vacunamos, pero en nosotros la vacuna no generó el efecto esperado. Porque no todas las vacunas son siempre 100 % efectivas. Todas estas personas dependen casi exclusivamente de la inmunidad colectiva para protegerse de las enfermedades. Para alcanzar este efecto de la inmunidad colectiva, se necesita que un gran porcentaje de la población esté vacunado. Este porcentaje se llama umbral. Este umbral depende de muchas variables. Depende de las características del germen, de las características de la respuesta inmune que genera la vacuna. Pero todas tienen algo en común: Que si el porcentaje de la población en una comunidad que está vacunado, es por debajo de este número umbral, la enfermedad se puede empezar a diseminar más libremente y se puede generar un brote de esa enfermedad en la comunidad. Incluso enfermedades que hasta ese momento estaban controladas, pueden volver a aparecer. Esto no es solo una teoría. Esto pasó y pasa. En el año 98, un investigador británico publicó un artículo en una de las revistas más importantes de medicina que decía que la vacuna triple viral, que es la que se da para sarampión, paperas y rubeola, se asociaba al autismo. Esto generó un impacto inmediato. La gente empezó a dejar de vacunarse, empezó a dejar de vacunar a sus hijos. ¿Y qué pasó? El número de gente vacunada, en muchas comunidades del mundo, bajó por debajo de este umbral. Y hubo brotes de sarampión en muchas ciudades en el mundo. En Estados Unidos, en Europa. Mucha gente se enfermó y gente se murió de sarampión. ¿Qué pasó? Este artículo, también generó un revuelo enorme dentro de la comunidad médica. Decenas de investigadores se pusieron a evaluar si esto realmente era cierto. No solo que ninguno pudo encontrar una asociación causal entre la vacuna triple viral y el autismo a nivel poblacional, sino que se encontró que el artículo este tenía cosas incorrectas. Y no solo eso, sino que era fraudulento. Era fraudulento. De hecho, la revista se retractó públicamente de este artículo en el año 2010. Una de las principales preocupaciones y excusas a la hora de no vacunarnos son los efectos adversos. Las vacunas, así como los medicamentos, pueden tener posibles efectos adversos. La mayoría son leves y temporales. Pero los beneficios son siempre mayores que las posibles complicaciones. Cuando nosotros estamos enfermos, queremos curarnos rápido. Muchos de los que estamos acá, si tenemos una infección, tomamos antibióticos. Si tenemos presión alta tomamos antihipertensivos. Tomamos drogas cardiológicas. ¿Por qué? Porque estamos enfermos y queremos curarnos rápido. Y no nos lo cuestionamos demasiado. ¿Por qué nos cuesta tanto pensar en prevenir las enfermedades, en cuidarnos cuando estamos sanos? Nosotros nos cuidamos mucho ante la enfermedad, o nos cuidamos ante situaciones de peligro inminente. Me imagino que, casi la mayoría de los que están acá, se deben acordar de la pandemia de gripe A que hubo acá en Argentina y en todo el mundo, en el año 2009. Cuando los primeros casos empezaron a salir a la luz, nosotros, acá en Argentina, estábamos entrando en la época invernal. No se sabía absolutamente nada. Todo era un caos. La gente salía con barbijos a la calle, nos abalanzábamos en las farmacias para comprar alcohol en gel. La gente hacía colas en la farmacia para recibir una vacuna, que ni siquiera sabían si era la vacuna que los protegía contra este nuevo virus. No se sabía absolutamente nada. Yo, en ese momento, además de estar haciendo mi beca de investigación en la Fundación Infant, trabajaba como pediatra a domicilio para una empresa de medicina prepaga. Me acuerdo que yo empezaba la guardia a las 8 de la mañana y ya a las 8 tenía una lista de 50 visitas programadas. Era un caos, la gente no sabía qué hacer. Me acuerdo que a mí me llamaba la atención las características de los pacientes que yo estaba viendo. Eran pacientes un poquito más grandes que lo que acostumbrábamos a ver en los inviernos, con cuadros febriles más prolongados. Y me acuerdo que se lo comenté a mi mentor de la beca de investigación y él por su lado había escuchado, de un colega, la gran cantidad de mujeres embarazadas y de adultos jóvenes que estaban siendo internados en terapia intensiva, con cuadros de muy difícil manejo. En ese momento, nos propusimos entender qué es lo que estaba pasando. Lunes, a primera hora, agarramos el auto y nos fuimos a un hospital en la Provincia de Buenos Aires, que se suponía que era el hospital de referencia para los casos del nuevo virus de influenza. Llegamos al hospital, atestado de gente. Todo el personal de salud vestido con trajes de bioseguridad tipo NASA. Nosotros con un barbijito en el bolsillo. Yo, hipocondríaca, no respiré durante 2 horas. Pero pudimos ver qué es lo que estaba pasando. Inmediatamente nos pusimos en contacto con pediatras de 6 hospitales en Capital y en el conurbano bonaerense. Y nos propusimos, en el menor tiempo posible, poder entender cómo se comportaba este nuevo virus en nuestros chicos. En un trabajo maratónico, en menos de tres meses, pudimos ver qué características tenía este nuevo virus H1N1 en los 251 chicos internados por este virus en estos hospitales. Pudimos ver cuáles eran los chicos que más gravemente se enfermaban, que eran los menores de 4 años, especialmente los menores de 1 año, pacientes con enfermedades neurológicas, chiquitos con enfermedades pulmonares crónicas. Identificar esos grupos de riesgo fue importantísimo para poder incluirlos como grupos prioritarios en las recomendaciones de la vacuna antigripal, no solo acá en Argentina, sino en otros países donde todavía no había llegado la pandemia. Un año después, que había una vacuna disponible contra el virus pandémico H1N1, quisimos ver qué es lo que había pasado. Después de una enorme campaña de vacunación, apuntada a proteger los grupos de riesgo, en estos hospitales, con un 93 % de los grupos de riesgo vacunados, no hubo 1 solo paciente internado por el virus pandémico H1N1. (Aplausos) Año 2009, 251. Año 2010, cero. Vacunarse es un acto de responsabilidad individual, pero que tiene un enorme impacto colectivo. Si yo me vacuno, no solo me estoy protegiendo a mí misma, sino que también estoy protegiendo al otro. Sol tenía tos convulsa. Sol era muy chiquitita y todavía no había recibido su primer vacuna contra la tos convulsa. Yo todavía me pregunto qué hubiera pasado si todas las personas alrededor de Sol hubieran estado vacunadas. (Aplausos)