Ramsey Musallam
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Enseño química.

(Explosión)

Está bien, está bien. Además de en las explosiones, la química está en todas partes. ¿Alguna vez se han distraído en un restaurante haciendo así una y otra vez? Algunas personas están asintiendo. Hace poco les mostraba esto a mis alumnos y les pedí que traten de explicar el porqué. Eso dio lugar a preguntas y conversaciones fascinantes. Veamos este vídeo que me envió esa tarde Maddie, alumna de mi clase del período tres.

(Ruido) (Risas)

Obviamente, como profesor de química de Maddie, me encanta que en su casa siguiera practicando este tipo de demostración ridícula que hicimos en clase. Pero lo que más me fascinó fue que la curiosidad de Maddie la llevó a dar otro paso. Si observan, dentro de ese recipiente podrán ver una vela. Maddie está usando la temperatura para extender este fenómeno a una nueva situación hipotética.

Las preguntas y la curiosidad, como las de Maddie, son imanes que nos atraen hacia nuestros profesores, y trascienden toda tecnología o modas en la educación. Pero si anteponemos estas tecnologías a las inquietudes de los estudiantes podemos estar privándonos de nuestra mayor herramienta como profesores: las preguntas de los estudiantes. Por ejemplo, pasar una clase aburrida del aula a la pantalla del dispositivo móvil podría ahorrar tiempo de instrucción, pero si ese es el centro de la experiencia de los estudiantes, es la misma charla deshumanizante pero vestida de lujo. En cambio, si tenemos las agallas para desconcertar a nuestros estudiantes, para dejarlos perplejos y evocar preguntas reales, y mediante esas preguntas, como profesores, obtenemos información que podemos usar para adaptar métodos robustos basados en información de instrucción mixta.

Dejando de lado esa jerga disparatada del siglo XXI, la verdad es que he estado enseñando durante 13 años y fue una enfermedad que puso en riesgo mi vida lo me sacó de 10 años de pseudoenseñanza y me ayudó a darme cuenta de que las preguntas del estudiante son las semillas del aprendizaje real y no un guion del plan de estudios que les da fragmentos de información al azar.

En mayo de 2010, a los 35 años, con una niña de dos años en casa y mi segunda hija en camino, me diagnosticaron un gran aneurisma en la base de la aorta torácica. Esto me condujo a la cirugía a corazón abierto. Este es el correo electrónico real de mi médico. Cuando recibí esto, quedé —atención— absolutamente asustado, ¿sí? Pero encontré una tranquilidad sorprendente encarnada en la confianza de mi cirujano. ¿De dónde sacó este tipo esa confianza, esa audacia?

Así que cuando le pregunté, me dijo tres cosas. Primero, dijo, su curiosidad lo llevó a cuestionarse el procedimiento, sobre qué funcionaba y qué no. En segundo lugar, aceptó y no tuvo miedo al proceso desordenado de prueba y error, el proceso inevitable de prueba y error. En tercer lugar, mediante una intensa reflexión, reunió la información que necesitaba para diseñar y revisar el procedimiento, y luego, con mano firme, me salvó la vida.

Aprendí mucho de esas sabias palabras, y antes de volver a las aulas ese otoño, redacté mis propias tres reglas que aún están presentes en mi planificación de las clases. Regla número uno: lo primero es la curiosidad. Las preguntas pueden ser las fuentes de una gran instrucción pero no a la inversa. Regla número dos: aceptar el desastre. Todos somos profesores. Sabemos que el aprendizaje es feo. Y como el método científico se asigna a la página 5, sección 1.2 del capítulo 1 que todos salteamos, está bien, la prueba y el error aún pueden ser una parte informal de lo que hacemos todos los días en la habitación 206 de la Catedral del Sagrado Corazón. Y regla número tres: practicar la reflexión. Lo que hacemos es importante. Merece nuestra atención, pero también merece revisión. ¿Podemos ser los cirujanos de nuestras aulas? Como si lo que hiciéramos, un día salvara vidas. Nuestros estudiantes lo merecen. Y cada caso es diferente.

(Explosión)

Está bien. Lo siento. Mi profesor de química interior necesitaba sacar eso de mi sistema antes de continuar.

Estas son mis hijas. A la derecha tenemos a la pequeña Emmalou... familia sureña. Y, a la izquierda, Riley, que en un par de semanas será una niña grande. Cumplirá 4 años y quienes conozcan algún niño de 4 años saben que les encanta preguntar: ¿Por qué? Sí, ¿por qué? A esta niña podría enseñarle cualquier cosa porque siente curiosidad por todo. Todos pasamos esa edad. Pero el desafío será para los profesores de Riley, esos que aún tiene que conocer. ¿Cómo despertarán su curiosidad?

Diría que Riley es una metáfora de todos los niños, creo que la deserción escolar se presenta en muchas formas diferentes: desde el más grande, que lo deja antes de que aún haya comenzado el año o ese pupitre vacío en el fondo de un aula urbana de escuela media. Pero si nosotros, como educadores, dejamos atrás este simple papel de difusores de contenidos y adoptamos un nuevo paradigma como cultivadores de curiosidad e investigación, puede que aportemos un poco más de sentido a la jornada escolar y que despertemos la imaginación.

Muchas gracias.

(Aplausos)