Pico Iyer
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¿De dónde eres? Es una pregunta tan sencilla. Pero hoy día las preguntas sencillas van acompañadas de respuestas complicadas.

La gente siempre me pregunta de dónde soy y esperan que les responda de la India, y aciertan en un 100 % si consideramos que mis raíces y antepasados son de la India. Con la excepción de que no he vivido un solo día de mi vida allí. Y no sé decir nada en ninguno de sus más de 22 000 dialectos. Así que no creo que tenga el derecho a decir que soy indio. Y si "¿de dónde eres?" significa "¿dónde naciste, creciste y te educaste?", entonces vengo enteramente de ese pequeño país que llamamos Inglaterra, con la excepción de que me fui tan pronto como terminé mis estudios universitarios, y de niño siempre fui el único chico en todas mis clases que no se parecía a esos clásicos héroes ingleses que aparecían en nuestros libros de texto. Y si "¿de dónde eres?" significa "¿dónde pagas tus impuestos?", "¿dónde vas al médico o al dentista?", entonces soy claramente de los Estados Unidos y lo he sido 48 años, desde que era un niño muy pequeño. Excepto que durante muchos de esos años, tenía que cargar conmigo una pequeña tarjeta rosa con líneas verdes sobre mi rostro que me identificaba como residente permanente. Aunque realmente mientras más tiempo paso viviendo allí, menos residente me siento.

(Risas)

Y si "¿de dónde eres?" significa "¿a qué sitio te sientes arraigado profundamente y dónde pasas la mayor parte de tu tiempo?", entonces soy japonés, porque he tratado de vivir en Japón lo máximo posible en los últimos 25 años. Excepto que en todos estos años entraba con una visa de turista y estoy muy seguro de que no muchos japoneses me considerarían uno de los suyos.

Y les cuento todo esto solo para enfatizar lo anticuada y directa que es mi historia personal, porque cuando voy a Hong Kong, Sydney, o Vancouver, la mayoría de los jóvenes que conozco son mucho más internacionales y multiculturales que yo. Porque tienen un hogar relacionado con sus padres, uno relacionado con sus parejas, un tercero quizás relacionado con el sitio en el que están, un cuarto relacionado con el sitio en el que sueñan estar, y así muchos otros más. Y se pasarán toda la vida recogiendo pedacitos de muchos sitios diferentes y juntándolos en un vitral de colores. El hogar para ellos es realmente una obra en construcción. Es como un proyecto que constantemente se actualiza, mejora y corrige.

Y para más y más de nosotros el hogar tiene menos que ver con un pedazo de tierra que un pedazo de alma. Si alguien de repente me pregunta ¿dónde está tu hogar? pues, pienso en mi pareja, en mis amigos más cercanos o en las canciones que viajan conmigo donde sea que esté.

Y siempre lo sentí así, aunque realmente lo entendí cuando hace unos años atrás, subía las escaleras de la casa de mis padres en California y vi por las ventanas de la sala que estábamos rodeados por llamas de 20 metros de altura, uno de esos incendios forestales que surgen regularmente en las montañas de California y muchos otros sitios similares. Tres horas más tarde, el fuego había reducido mi hogar y todo lo que había en él, a excepción de mí, a cenizas. Y cuando desperté a la mañana siguiente, dormía en el piso del hogar de un amigo y lo único que me quedaba era un cepillo de dientes que había comprado en un supermercado nocturno. Claro que si alguien me preguntase entonces ¿dónde está tu hogar?, literalmente no podría indicar ningún sitio físico. Mi hogar tendría que ser todo lo que llevaba dentro de mí.

Y en muchas formas creo que que esto me da una tremenda libertad. Porque en la época de mis abuelos, tenían un sentido de hogar, un sentido de comunidad e incluso un sentido de enemistad que les eran asignados desde el nacimiento, y no tenían muchas oportunidades de salir de allí. Hoy en día, al menos algunos de nosotros podemos escoger nuestro hogar, crear nuestro sentido de comunidad, diseñar lo que somos, y al hacerlo, quizás salirnos un poco de esas divisiones entre lo blanco y lo negro del tiempo de nuestros abuelos. No es pura coincidencia que el presidente de la nación más poderosa del planeta sea mitad keniano, se haya criado por un tiempo en Indonesia, y tenga un cuñado chino-canadiense.

El número de personas viviendo fuera de su propios países llega ahora hasta los 220 millones, y esta es una cifra casi inimaginable, pero significa que si tomas toda la población de Canadá, y toda la población de Australia, y luego toda la población de Australia nuevamente, y toda la población de Canadá una vez más, y duplicas ese número, aún quedarían fuera algunas de las personas pertenecientes a esta gran tribu flotante. Y el número de nosotros que vive fuera de la vieja categoría de nación-estado ha aumentado tan rápidamente —unos 64 millones en los últimos 12 años— que pronto seremos más que los estadounidenses. Ya somos la quinta nación más grande del planeta. Y de hecho, en Toronto, la ciudad más grande de Canadá, al residente promedio de hoy en día es lo que solía llamarse extranjero, alguien que había nacido en otro país.

Y siempre he sentido que la belleza de estar rodeado por lo extranjero es que siempre te mantienes alerta. Nada se da por sentado. Viajar para mí es un poco como estar enamorado, porque de repente todos tus sentidos se "encienden". De repente estás alerta a los patrones secretos del mundo. El verdadero viaje de descubrimiento, como famosamente dijo Marcel Proust, no consiste en ver paisajes nuevos, sino en ver con ojos nuevos. Y, por supuesto, una vez que ves con ojos nuevos hasta los viejos paisajes y tu hogar se vuelven algo diferente.

Muchas de las personas que no viven en sus propios países son refugiados que nunca quisieron dejar sus hogares y anhelan volver a su hogar. Pero para los afortunados entre nosotros, creo que la era de la movilidad nos trae emocionantes posibilidades nuevas. Es cierto que cuando viajo, especialmente a las principales ciudades del mundo, el personaje típico que llego a conocer hoy día es, por ejemplo, una mujer mitad coreana y mitad alemana que vive en París. Tan pronto la joven conoce a ese chico mitad tailandés y mitad canadiense de Edimburgo, reconoce sus semejanzas. Se da cuenta de que probablemente tiene mucho más en común con él que con alguien totalmente coreano o alemán. Así que se hacen amigos; se enamoran. Se mudan a la ciudad de Nueva York. (Risas) O Edimburgo. Y la niña que nace de esa unión no será, por supuesto, ni coreana ni alemana, ni francesa ni tailandesa, ni escocesa ni canadiense, ni incluso estadounidense, sino una mezcla maravillosa y constante de todos esos sitios. Y posiblemente, la manera en que esta joven mujer sueñe, escriba, y piense acerca del mundo pueda ser algo diferente, porque surge a partir de una mezcla de culturas sin precedentes. De dónde eres es mucho menos importante que hacia dónde vas. Más y más de nosotros estamos tan enraizados al futuro o al presente, como al pasado. Y sabemos que el hogar no es el sitio donde nos tocó nacer. Es el sitio donde nos convertimos en lo que somos.

Mas aún, hay un gran problema con la movilidad y es que es difícil saber cómo comportarse cuando estás en el aire. Hace unos años atrás me di cuenta de que había acumulado un millón de millas solamente con United Airlines. Todos Uds. conocen ese descabellado sistema de pasar seis días en el infierno y el séptimo te sale gratis.

(Risas)

Comencé a pensar que realmente la movilidad es tan buena como el sentido de quietud que eres capaz de darle para ponerla en perspectiva.

Ocho meses después de la destrucción de mi casa me encontré con un amigo que enseñaba en una escuela secundaria cercana que me dijo: "Conozco el sitio perfecto para tí".

"¿De veras?" le dije. Siempre soy un poco escéptico cuando la gente me dice cosas así.

"No, en serio", continuó, "queda a solo tres horas en auto, no es muy caro y, posiblemente, no se parezca a ninguno de los sitios en los que has estado".

"Mmm". Comenzaba a intrigarme un poco. "¿Qué es?"

"Bueno..." —aquí mi amigo comenzó a vacilar—. "Bueno, es una ermita católica".

No fue una buena respuesta. Con haber pasado 15 años en escuelas anglicanas, ya tenía himnos y cruces suficientes para toda una vida. De hecho, varias vidas. Pero mi amigo me aseguró que no era católico, así como tampoco la mayoría de sus estudiantes, pero todas las primaveras llevaba allí a sus alumnos. Y allí, hasta el más inquieto y distraído chico californiano de 15 años lleno de testosterona, solo tenía que pasar tres días en silencio y algo en él se tranquilizaba y se purificaba. Se encontraba a sí mismo.

Así que pensé: "Todo lo que funciona con un chico de 15 años debe funcionar conmigo". Así que me subí al auto y manejé tres horas hacia el norte junto a la costa, y las vías se iban vaciando y estrechándose hasta convertirse en un camino aún más estrecho, apenas pavimentado y lleno de curvas por más de 3 km hasta la cima de la montaña. Y cuando salí del auto el aire vibraba. Todo el sitio estaba en silencio absoluto, pero el silencio no implicaba la ausencia de ruido. Era la presencia de un tipo de energía o vibración. Y a mis pies se encontraba el grandioso y tranquilo paisaje azul del océano Pacífico. A mi alrededor había más de 300 Ha de arbustos silvestres secos. Así que bajé al cuarto en el que dormiría. Pequeño, pero maravillosamente cómodo, con una cama, una mecedora, un largo escritorio, y unas ventanas aún más largas apuntando a un jardín pequeño y privado rodeado de paredes, y unos 365 metros de grama de pradera dorada extendiéndose hacia el mar. Y me senté y comencé a escribir. Y escribí y escribí, aún cuando realmente había ido para alejarme de la escritura.

Cuando me levanté ya habían pasado cuatro horas. Había caído la noche, salí y me arropó un gran manto de estrellas, y podía ver las luces de los autos desaparecer alrededor del promontorio, casi 20 Km al sur. Y realmente parecía que todas mis preocupaciones del día anterior se desvanecían.

El próximo día cuando desperté, ante la ausencia de teléfonos, televisiones y portátiles, el día parecía extenderse por miles de horas. Era realmente la libertad que experimentaba cuando viajaba, aunque también lo sentía profundamente como una vuelta al hogar.

Y como no soy religioso no asistí a los servicios. No fui con los monjes para que me guiaran. Solo daba largos paseos por el camino del monasterio y enviaba postales a mis seres queridos. Observaba las nubes, e hice realmente lo que usualmente para mi es lo más difícil de hacer, que es hacer nada.

Y comencé a regresar a este sitio, y me di cuenta que era donde hacía mi trabajo más importante, sin notarlo, y solo con quedarme quieto. Y ciertamente tomar las decisiones más importantes de la forma que nunca hubiese podido cuando estoy corriendo del último correo electrónico a la próxima diligencia.

Y comencé a pensar que algo en mí realmente había comenzado a gritar pidiendo quietud, pero claro que no podía oírlo porque estaba corriendo demasiado. Era como un loco a quien le ponen una venda y luego se queja de que no puede ver. Y recordé esa frase maravillosa de Séneca que había aprendido de niño que dice: "El hombre es pobre no porque tiene poco, sino porque anhela tener más".

Claro que no estoy sugiriendo que todos aquí vayan a un monasterio. Ese no es la cuestión. Pero pienso que cuando dejas de moverte es cuando puedes ver hacia dónde vas. Y solo cuando te apartas de tu vida y del mundo, puedes ver lo que realmente es importante y conseguir un hogar. He notado que muchos ahora toman la decisión consciente de sentarse en silencio por 30 minutos cada mañana para ordenar sus pensamientos en un rincón del cuarto sin sus aparatos, o se van a correr todas las tardes, o dejan sus teléfones móviles cuando van a pasar un buen rato conversando con un amigo.

La movilidad es un privilegio fantástico y nos permite hacer muchas de las cosas que nuestros abuelos nunca hubiesen soñado hacer. Pero básicamente, la movilidad, solo tiene sentido si tienes un hogar al cual regresar. Y el hogar, al fin y al cabo, está no solo en el sitio en donde duermes. Es el sitio en donde estás.

Gracias.

(Aplausos)