Paul Gilding
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Comenzaré con cuatro palabras que servirán de contexto para esta semana; cuatro palabras que vienen a definir este siglo. Son éstas: La Tierra está llena. Está llena de nosotros, llena de cosas, de nuestros residuos, de nuestras necesidades. Sí, somos una especie creativa y brillante pero hemos creado demasiadas cosas; tantas que nuestra economía es más grande que el anfitrión, nuestro planeta.

Esto no es una declaración filosófica, es sólo ciencia respaldada por la física, la química y la biología. Hay muchos estudios científicos al respecto y todos llegan a la misma conclusión: estamos viviendo por encima de nuestros recursos. Los científicos eminentes de la Global Footprint Network, por ejemplo, calculan que necesitamos una Tierra y media para sostener esta economía. En otras palabras, para continuar operando en nuestro nivel actual, necesitamos medio planeta más. En términos financieros, sería como gastar siempre 50% más de lo que ganamos, endeudándonos más y más cada año. Pero, claro, uno no puede pedir prestados los recursos naturales por eso: o quemamos nuestro capital, o le robamos al futuro.

Y cuando digo lleno, digo repleto; más allá de cualquier margen de error y de todo cuestionamiento metodológico. Eso significa que nuestra economía es insostenible. No estoy diciendo que no es agradable o que afecta a los osos polares o a los bosques, aunque, desde luego, es así. Me refiero a que nuestro enfoque sencillamente es insostenible. En otras palabras, gracias a estas molestas leyes de la física cuando las cosas son insostenibles, se detienen. Se podría pensar que esto no es posible. No se puede parar el crecimiento económico. Pues eso va a detenerse: el crecimiento económico. Se detendrá por falta de recursos comerciables. Se detendrá debido a nuestra demanda creciente de recursos, de toda la capacidad, de todos los sistemas de la Tierra, que hoy tienen pérdidas económicas.

Al pensar en que el crecimiento económico se detenga decimos: "No es posible", porque el crecimiento económico es tan vital para nuestra sociedad que rara vez se cuestiona. Aunque el crecimiento sin duda ha traído muchos beneficios, es una idea tan central que solemos no entender la posibilidad de que no esté. A pesar de que ha traído muchos beneficios, se apoya en una idea muy loca que sostiene que es posible el crecimiento infinito en un planeta finito. Y estoy aquí para decirles que el emperador está desnudo. La idea loca es sólo eso, un disparate, y con la Tierra llena, se acabó el juego.

¡Vamos!, estarán pensando. No es posible. La tecnología es increíble, la gente es innovadora. Podemos mejorar la manera de hacer las cosas. Sin dudas resolveremos esto. Todo eso es verdad. Bueno, casi todo. Claro que somos increíbles y que resolvemos problemas complejos con creatividad sorprendente. Si el problema a resolver fuera hacer decrecer la economía humana del 150% al 100% de la capacidad de la Tierra, lo lograríamos. El problema es que estamos calentando este motor de crecimiento. Con esta economía tan tensionada planeamos duplicarla en tamaño, para luego cuadruplicarla en un futuro no muy lejano, en menos de 40 años, durante la vida de la mayoría de Uds. China planea estar allí en tan sólo 20 años. El único inconveniente del plan es que no es posible.

En respuesta, algunas personas dicen: necesitamos el crecimiento, solucionar la pobreza. Tenemos que desarrollar la tecnología. hay que mantener la estabilidad social. Este argumento me parece fascinante, es como si pudiéramos romper las reglas de la física a nuestra medida. A la Tierra no le importara lo que necesitamos. La Madre Naturaleza no negocia; define las reglas y describe consecuencias. Y no son límites esotéricos. Es el alimento, el agua, el suelo y el clima; las bases prácticas y económicas de nuestras vidas.

Esa idea de que podemos pasar sin problemas a una economía muy eficaz de energía solar, basada en el conocimiento, transformada por la ciencia y la tecnología para que los 9000 millones puedan vivir en 2050 una vida de abundancia y descargas digitales es un espejismo. No es que no haya alimentos, ropa y viviendas para todos o que no podamos tener vidas dignas. Claro que sí. Pero la idea de que podemos crecer poquito a poco casi sin contratiempos es un error, es peligrosamente errónea porque implica que no estamos listos para lo que realmente sucederá.

Vean lo que ocurre cuando se utiliza un sistema, sobrepasando sus límites y sigue adelante a ritmo acelerado sin pausa: el sistema deja de funcionar y se rompe. Y eso nos va a pasar. Muchos pensarán que estamos a tiempo de parar esto. Si es tan malo, reaccionaremos. Reflexionemos sobre esa idea. Hemos tenido 50 años de calentamiento. La ciencia nos ha mostrado lo imperioso del cambio. El análisis económico ha señalado no sólo que podemos afrontarlo sino que es más barato actuar pronto. Y, sí, la realidad es que hemos hecho muy poco para cambiar el rumbo. Ni siquiera aminoramos la marcha. El año pasado, por ejemplo, tuvimos las emisiones más altas de la historia. En materia de alimentos, agua, suelo y clima la historia se repite.

No digo esto con desesperación. Ya hice el duelo por la pérdida. Acepto donde estamos. Es triste, pero es lo que hay. Pero también es tiempo de dejar de negar y reconocer que no actuaremos, que no estamos listos para actuar y que no lo vamos a hacer hasta que esta crisis impacte a la economía. Por eso el fin del crecimiento es el tema central para el que tenemos que prepararnos.

¿Cuándo empieza la transición? ¿Cuándo empieza la ruptura? Para mí, ya está en curso. Sé que la mayoría no lo ve de esa manera. Solemos ver el mundo no como el sistema integrado que es sino como una serie de temas individuales. Vemos las protestas Ocupa, vemos la espiral de crisis crediticia, vemos la desigualdad en aumento, vemos la influencia del dinero en la política, vemos limitaciones de recursos, alimentos, el precio del petróleo. Pero erróneamente vemos cada uno de estos temas como cosas separadas a resolver. De hecho, el sistema... en ese colapso doloroso, nuestro sistema de crecimiento económico alimentado por deuda, con una democracia ineficiente, con un planeta sobrecargado, se devora a sí mismo.

Podría mostrar infinidad de estudios y evidencias que lo demuestran, pero no lo haré porque, si quieren ver, esa evidencia está por todas partes. Quiero hablarles del miedo. Y quiero hacerlo porque, para mí, el tema más importante que enfrentamos es nuestra reacción ante esta cuestión. La crisis ahora es inevitable. El tema es, ¿cómo reaccionaremos? Por supuesto, no sabemos que ocurrirá. El futuro es intrínsecamente incierto.

Pero piensen en lo que nos dice la ciencia que probablemente ocurra. Imaginen nuestra economía cuando estalle la burbuja del carbono, cuando los mercados financieros reconozcan para tener alguna esperanza de evitar que la espiral climática se salga de control, que el petróleo y el carbón se agotaron. Imaginen a China, India y Pakistán en guerra cuando los impactos ambientales generen conflictos por los alimentos y el agua. Imaginen a Oriente Medio sin ingresos por petróleo, con gobiernos en caída. Imaginen que la industria alimenticia tan perfecta y el sobrecargado sistema agrícola fallen y la escasez en los supermercados. Imaginen un 30% de desempleo en EE.UU. con una economía mundial presa del miedo y la incertidumbre.

Imaginen lo que eso significa para Uds., sus familias, sus amigos, su seguridad financiera personal. Imaginen lo que significa para su seguridad personal cuando una población civil fuertemente armada esté cada vez más enojada porque hayan permitido que ocurra esto. Imaginen lo que les dirán a sus hijos cuando les pregunten: "Entonces, mamá y papá, en 2012 ¿Cómo fue que se registró la década más cálida por tercera vez consecutiva, cuando todo el mundo científico decía que tenían un gran problema, cuando los océanos se volvían más ácidos, y escalaban los precios del petróleo y los alimentos, cuando hubo disturbios en las calles de Londres y ocuparon Wall Street? Mamá y papá, mientras el sistema claramente se venía abajo, ¿qué hicieron Uds.?, ¿en qué estaban pensando?"

¿Cómo se sienten cuando en sus mentes se apagan las luces de la economía mundial, cuando se desvanecen los supuestos sobre el futuro y emerge algo muy diferente? Tómense un momento, respiren profundamente y piensen, ¿qué sienten en ese momento? Quizá negación. Tal vez furia. Tal vez miedo. Por supuesto, no podemos saber qué ocurrirá y tenemos que vivir con incertidumbre. Pero al pensar en las posibilidades que estoy pintando, deberíamos sentir un poco de miedo.

Estamos en peligro, todos, y hemos evolucionado para responder al peligro con el miedo, para dar lugar a una respuesta vigorosa, para enfrentar a la amenaza con valentía. Pero esta vez no es un tigre en la entrada de la cueva. No podemos ver el peligro en la puerta. Pero si miramos, podemos verlo en la puerta de nuestra civilización. Por eso tenemos que sentir la respuesta ahora mientras hay luz porque si esperamos a que se instale la crisis, podemos entrar en pánico y escondernos. Si lo sentimos y reflexionamos sobre eso, nos daremos cuenta de que no tenemos nada que temer, salvo al miedo mismo. Sí, las cosas irán mal y será pronto -sin duda durante nuestra vida- pero somos más que capaces de sortear las dificultades que vienen.

Ya ven, esas personas que tienen fe en que los humanos podemos resolver cualquier problema, que la tecnología no tiene límites, que los mercados pueden ser una fuerza para siempre, tienen razón. Lo único que no pueden ver es que hace falta una buena crisis para que actuemos. Cuando sentimos miedo y tememos la pérdida somos capaces de cosas fuera de lo común. Piensen en la guerra. Después del bombardeo de Pearl Harbor, el gobierno demoró sólo cuatro días en prohibir la producción de vehículos civiles y reorientar la industria automotriz y luego el racionamiento de alimentos y energía. Piensen cómo responde una empresa a una amenaza de quiebra y cómo un cambio que parecía imposible, simplemente se hace. Piensen en cómo responde una persona a un diagnóstico de una enfermedad terminal con cambios en el estilo de vida que antes eran demasiado difíciles y de repente se vuelven relativamente fáciles.

Somos inteligentes, somos muy sorprendentes, pero nos encanta una buena crisis. La buena noticia es que esta es monstruosa. (Risas) Claro, si nos equivocamos, podríamos enfrentar el fin de esta civilización pero si lo hacemos bien podría ser el comienzo de la civilización. ¿No sería genial contarle a sus nietos que formaron parte de eso?

No existe una barrera técnica o económica. Científicos como James Hansen dicen que tenemos que eliminar las emisiones netas de CO2 de la economía en unas décadas. Yo quería saber cuánto tiempo llevaría así que trabajé con el profesor Jorgen Randers, de Noruega, para hallar la respuesta. Desarrollamos un plan llamado "El plan de guerra de un grado" así llamado por el grado de movilización y la concentración que requiere. Para mi sorpresa, eliminar las emisiones netas de CO2 de la economía en sólo 20 años es bastante simple y barato, no tan barato, pero sin dudas más barato que el costo de una civilización en declive. No lo calculamos con precisión, pero entendemos que es muy caro. Pueden leer los detalles, pero en resumen, podemos transformar nuestra economía. Podemos hacerlo con la tecnología probada. Podemos hacerlo a un precio asequible. Podemos hacerlo con las estructuras políticas existentes. Lo único que tenemos que cambiar es la manera de pensar y sentir. Y ahí es donde entran Uds.

Si pensamos en el futuro que describo, claro, debemos tener un poco de miedo. Pero el miedo puede paralizar o motivar. Tenemos que aceptar el miedo y luego tenemos que actuar. Tenemos que actuar como si el futuro dependiera de eso. Debemos actuar como si tuviéramos un solo planeta. Podemos hacerlo. Sé que los fundamentalistas del libre mercado dirán que más crecimiento, más bienes y 9000 millones de consumidores es lo mejor que puede pasar. Se equivocan. Podemos ser más, muchos más. Hemos logrado cosas notables desde que hallamos la manera de producir alimentos hace 10 000 años. Hemos construido una poderosa base de ciencia, conocimiento y tecnología más que suficientes para construir una sociedad en la que 9000 millones de personas puedan llevar vidas decentes, profundas y satisfactorias. La Tierra nos puede acompañar si elegimos el camino correcto.

Podemos optar en este momento de crisis por plantearnos las grandes preguntas de la evolución de la sociedad como: ¿qué quisiéramos ser cuando crezcamos, cuando salgamos de esta incómoda adolescencia, cuando creamos que no hay límites y padezcamos delirios de inmortalidad? Bien, es tiempo de crecer, de estar tranquilos, de ser más sabios y más considerados. Como las generaciones anteriores creceremos en guerra; no entre civilizaciones sino por la civilización, por la extraordinaria oportunidad de construir una sociedad más fuerte y más feliz y planear una vida en torno a la mediana edad.

Podemos elegir la vida en lugar del miedo. Podemos hacer lo que debemos hacer pero hará falta cada líder empresarial, cada artista, cada científico, cada comunicador, cada madre, cada padre, cada hijo, cada uno de nosotros. Este podría ser nuestro mejor momento.

Gracias.

(Aplausos)