Pablo Boczkowski
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Cuando era pibe uno de los juegos que más me gustaba era sumergirme debajo del agua y ver cuánto tiempo podía aguantar sin respirar. En general eran unos 10 o 15 segundos. A veces llegaba a los 30. Y cuando llegaba a los 40 ¡me sentía un superhéroe anfibio! Pero, obviamente, siempre volvía a la superficie a respirar. Últimamente siento que hago algo parecido con el celular. Juego a no mirarlo, como cuando aguantaba la respiración. Claro, no son unos segundos ni unos minutos. Son unas horas. A veces cuando me voy de vacaciones pueden llegar a ser un par de días. Pero a la larga siempre vuelvo a mirarlo. Y vuelvo porque el celular, las redes y la web no son solo herramientas tecnológicas, sino que se han convertido en el nexo a través del cual respiramos el oxígeno digital. Este oxígeno digital es el aire que necesitamos para habitar un contexto virtual pero no por eso menos real en el que sucede gran parte de nuestra vida: el entorno digital. El surgimiento de este entorno digital es un cambio histórico fundamental. Durante cientos de miles de años los seres humanos fuimos nómades. Subsistimos básicamente de la caza, de la pesca y la recolección. Vivimos condicionados fundamentalmente por los fenómenos naturales como las lluvias o las nevadas. Hace aproximadamente unos 10 000 años empezamos a desarrollar la agricultura y nos volvimos sedentarios. Y con el surgimiento de la civilización urbana hace unos 5000 años nuestra vida empezó a depender no solo de lo que sucede en el entorno natural sino también de lo que pasa en el entorno urbano como por ejemplo el estado del tránsito o si se cortó la luz. Yo hace 20 años que me dedico a estudiar cómo nos informamos. Hasta hace muy poco era muy común escuchar en las entrevistas de investigación que la gente me dijera que una de las primeras cosas que hacía al despertarse era encender la tele o la radio y escuchar rápidamente cómo viene el tiempo y el tránsito. O sea, tener un pantallazo del entorno natural y del entorno urbano antes de comenzar el día. Hace unos años se empezó a agregar cada vez con más frecuencia agarrar el teléfono celular —que suele estar en la mesita de luz— y ver cuántos mensajes nuevos hay en WhatsApp y qué novedades hay en las cuentas de Facebook, de Twitter, de Snapchat, de Instagram... todo eso desde que se fueron a dormir. O sea, cada vez más empezamos nuestro día con un pantallazo de los tres entornos en los que sucede nuestra vida: el natural, el urbano y el digital. Durante el día miramos el celular un promedio de unas 80 veces antes de irnos a dormir. Si a eso le sumamos la cantidad de tiempo que pasamos con la compu o incluso con la tablet cuesta realmente encontrar un momento en el que no estamos conectados. Pero no es solo una cuestión de tiempo, sino también de intensidad emocional. Es muy común escuchar que el celular se ha convertido en una parte del cuerpo. Una mano más de la cual, por lo tanto, cuesta mucho desprenderse. Para una investigación que hicimos con colegas en Argentina hace un par de años entrevistamos a más de cien personas en distintos puntos del país. Una de ellas nos contó que en un viaje, yendo de una provincia a la otra, cuando llegó a destino se dio cuenta de que se había olvidado el celular. Un pariente le dijo: "No te preocupes, te lo alcanzo en un par de días". Ahora, esta persona contaba en la entrevista que aún sabiendo que eran solo dos días de ausencia, ella sin el celular sentía que se moría. Ella sentía que se moría porque lo que le faltaba más que el celular era el oxígeno digital. Este oxígeno digital es distinto del que respiramos con nuestros pulmones. Una diferencia clave es que el oxígeno digital nos permite respirar atmósferas múltiples y diversas a la vez. Como cuando participamos de muchas interacciones con distintos grupos de gente que viven en lugares distintos y todo esto a través de redes sociales distintas. Es como que estamos permanentemente viendo y siendo vistos. Hay una expectativa doble. Por un lado sentimos que tenemos un acceso casi permanentemente —como una ventana abierta— hacia la vida de los otros; a lo que hacen, a lo que dicen, incluso a lo que sienten. Por otro lado, claro, está la expectativa inversa. Y nuestros contactos muchas veces sienten que tienen derecho a tener una ventana casi permanentemente abierta hacia nuestras vidas. Es como si el voyeur se cruzara con el exhibicionista. Tanta visibilidad atrae, pero agota al mismo tiempo. Nuestra sociabilidad se multiplica y sentimos que nos cuesta mucho desconectarnos. Y cuanto más joven se es, más cuesta esta desconexión. En invierno de este año, una noche, caminando por la Avenida Corrientes, en pleno corazón porteño, vi una escena que me impactó. Fue una escena tristemente antigua y moderna a la vez. Eran un chico y una chica, muy jovencitos, viviendo en la calle, a la intemperie a merced de los fenómenos naturales como hace cientos de miles de años. Estaban sentados en un par de silla desvencijadas. Tenían enfrente una caja de cartón grande dada vuelta que hacía las veces de mesa, mientras muchas otras cajas de cartón apiladas a ambos costados demarcaban de alguna manera su espacio semiprivado en la vía pública. Estaban cenando, juntos. Y mientras comían miraban a un celular. Eran jóvenes sin techo, pero con conexión al entorno digital. Esta escena sintetiza uno de los hallazgos importantes de nuestras investigaciones. Y es que la pertenencia a un grupo etario —la edad— suele ser más importante a la hora de entender y explicar cómo habitamos el entorno digital que el género o, incluso, el nivel socioeconómico. Y esto de alguna manera marca el pasaje del siglo XX al XXI. Ahora, que esto pase en un país donde tres de cada diez personas viven debajo de la línea de pobreza es un fenómeno sociológico notable. El paso del tiempo es algo que nunca se detiene. Todos los días envejecemos. Lo que en un momento fue novedoso va a dejar de serlo. Y el recambio generacional es inexorable. Entonces, si el paso del tiempo, si la edad, es lo que organiza cómo habitamos el entorno digital eso significa que vivimos en una sociedad en movimiento donde el cambio es tal vez la única constante. Esto nos genera incertidumbre. A veces nos preocupa. Otras incluso nos da ansiedad. ¿Cómo va a ser el futuro? ¿Por qué si yo estoy acostumbrado a algo esto posiblemente vaya a cambiar? Y es por esto que, al menos en parte, yo creo que muchas veces se habla del entorno digital evocando escenarios apocalípticos. Como por ejemplo, la tormenta de noticias falsas que va a destruir el edificio de la Democracia. Pero una sociedad en movimiento es una sociedad en la cual es también más posible vivir cambios, transformaciones sociales, que antes eran mucho menos probables. Voces que fueron históricamente marginadas y que tampoco tuvieron lugar en los medios tradicionales han recientemente no solo logrado hacerse oír sino también dar impulso a importantes reformas colectivas. Hace tres años un tuit dio el puntapié inicial al movimiento Ni Una Menos. Desde aquel entonces las activistas se han apropiado del entorno digital para organizarse, visibilizar sus reclamos, y empoderar a importantes sectores de la ciudadanía. No es por las redes que este movimiento social existe. Ni obviamente existe solo en las redes. Pero sin el entorno digital sería mucho más difícil imaginar su existencia y su fuerza. Esto no significa que las noticias falsas no se viralicen en las redes. Sí, muchas veces se viralizan. Pero significa que estas tendencias negativas existen junto con las posibilidades de reforma social que vemos en casos tan esperanzadores como Ni Una Menos. Y es en la lucha entre estas tendencias negativas y positivas que se juega gran parte del futuro del entorno digital. Y tal vez de la sociedad en su conjunto. Hoy leemos en los libros de Historia cómo fue el surgimiento de la civilización urbana y su evolución a lo largo de los siglos. Y muchas veces a raíz de esas lecturas nos preguntamos qué hubiera pasado con nuestra sociedad si las ciudades se hubieran diseñado y construido de maneras distintas. Pero nosotros somos los pioneros del entorno digital. Son nuestros descendientes quienes van a leer en libros aún a ser escritos cómo fueron estos años clave en la formación del entorno digital. Y muy posiblemente se hagan preguntas bastante similares a las que nosotros nos hacemos cuando leemos la historia de las ciudades. ¿Qué les gustaría que sus nietas, sus bisnietos, sus tataranietas, leyeran acerca de los inicios del entorno digital? Y ¿qué lugar quisieran tener Uds. como sujetos y protagonistas, no solo como espectadores, en escribir esta historia del futuro? Gracias. (Aplausos)