Nick Hanauer
1,989,300 views • 20:22

Probablemente no me conozcan, pero soy de ese 1 % que escuchan y leen por ahí, y bajo cualquier definición razonable, soy un plutócrata. Esta noche me gustaría hablarle directamente a otros plutócratas, a mi gente, porque siento que es hora de que todos tengamos una charla. Como la mayoría de los plutócratas, también soy un capitalista orgulloso y sin complejos. He fundado, cofundado o financiado más de 30 empresas en varias industrias. Fui el primer inversor no familiar en Amazon.com. Cofundé una empresa llamada aQuantive que vendimos a Microsoft en USD 6400 millones. Con mis amigos tenemos un banco. Les cuento esto... (Risas) Increíble, ¿no? Les cuento esto para mostrarles que mi vida es como la de la mayoría de los plutócratas. Tengo una perspectiva amplia sobre el capitalismo y los negocios, y he sido recompensado obscenamente por eso con una vida que la mayoría de Uds. no puede ni imaginar: varias casas, un yate, mi propio avión, etc., etc., etc. Pero seamos honestos: no soy la persona más inteligente que hayan conocido. Desde luego tampoco soy el que más trabaja. Fui un estudiante mediocre. No soy para nada técnico. No sé escribir ni una línea de código. En verdad, mi éxito es consecuencia de una suerte espectacular, de cuna, de circunstancias y de actuar a tiempo. Pero soy bastante bueno para un par de cosas. Una es que tengo tolerancia inusualmente alta al riesgo, y la otra es que se me da bien, tengo buena intuición para lo que ocurrirá en el futuro, y pienso que esa intuición sobre el futuro es la esencia del buen emprendedorismo. ¿Qué veo hoy en nuestro futuro?, se preguntarán. Veo horcas, turbas enojadas con horcas, porque mientras los plutócratas vivimos más allá de los sueños de la avaricia, el otro 99 % de nuestros conciudadanos están cayendo cada vez más. En 1980, el 1 % más rico de EE.UU. tenía un 8 % de la renta nacional, mientras que el 50 % de la parte inferior tenía el 18 %. Treinta años después, hoy, el 1 % más rico tiene más del 20 % de la renta nacional, mientras que el 50 % de la parte inferior tiene el 12 % o el 13 %. Si la tendencia continúa, el 1 % más rico tendrá más del 30 % de la renta nacional en otros 30 años, mientras que el 50 % de la parte inferior tendrá solo el 6 %. Como ven, el problema no es tener cierta desigualdad. Cierta desigualdad es necesaria para una democracia capitalista de alto rendimiento. El problema es que la desigualdad hoy está en máximos históricos y empeora día a día. Y si la salud, el poder y la renta sigue concentrándose en la cima de la pirámide, nuestra sociedad pasará de una democracia capitalista a una sociedad rentista neofeudal como la del s. XVIII en Francia. Eso era Francia antes de la Revolución y las turbas con las horcas. Por eso tengo un mensaje para mis compañeros plutócratas y multimillonarios y para cualquier persona que viva encerrada en una burbuja: Despierten. Despierten. No puede durar. Porque si no hacemos algo para corregir las desigualdades económicas evidentes en nuestra sociedad, las horcas vendrán hacia nosotros, porque ninguna sociedad libre y abierta puede soportar este aumento en la desigualdad económica. Nunca ha ocurrido. No hay ejemplos. Muéstrenme una sociedad altamente desigual, y les mostraré un estado policial o un levantamiento. Las horcas vendrán por nosotros si no abordamos esto. No es cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo ocurrirá. Y será terrible cuando vengan por todos, pero en particular por nosotros los plutócratas. Sé que debo sonar como un buen samaritano progresista. No lo soy. No tengo el discurso moral de que la desigualdad económica está mal. Digo que la desigualdad económica en aumento es algo tonto y en última instancia autodestructivo. El aumento de la desigualdad no solo aumenta nuestro riesgo de la horca, sino que es terrible para los negocios también. El modelo para nosotros los ricos debería ser el de Henry Ford. Cuando Ford presentó los famosos USD 5 al día, que era 2 veces el salario vigente en la época, no solo aumentó la productividad de sus fábricas, convirtió a trabajadores pobres y explotados en una clase media próspera que ahora podía permitirse comprar los productos que fabricaba. Ford intuyó lo que ahora sabemos es cierto, que una economía se entiende mejor como un ecosistema caracterizado por los mismos ciclos de retroalimentación que un ecosistema natural, un ciclo de retroalimentación entre clientes y empresas. El aumento de los salarios aumenta la demanda, que aumenta la contratación, y a la vez aumenta los salarios la demanda y los beneficios, y ese ciclo virtuoso de aumento de la prosperidad es precisamente lo que falta en la recuperación de la economía actual. Y es por eso que tenemos que dejar atrás las políticas del derrame que dominan ambos partidos políticos y adoptar algo que llamo la economía de clase media. La economía de clase media rechaza la idea económica neoclásica de que las economías son eficientes, lineales, mecanicistas, de que tienden al equilibrio y la equidad, y en cambio adopta la idea del siglo XXI de que las economías son ecosistemas complejos, adaptativos, que se alejan del equilibrio y tienden a la desigualdad; que no son en absoluto eficientes pero que son eficaces si se gestionan bien. Esta perspectiva del siglo XXI permite ver con claridad que el capitalismo no asigna eficientemente los recursos existentes. Funciona eficientemente creando nuevas soluciones a los problemas humanos. La genialidad del capitalismo es ser un sistema evolutivo de búsqueda de soluciones. Recompensa a unas personas por resolver los problemas de otras personas. La diferencia entre una sociedad pobre y una sociedad rica, obviamente, es el grado en que esa sociedad ha generado soluciones en forma de productos para sus ciudadanos. La suma de soluciones que tenemos en nuestra sociedad es nuestra prosperidad, y esto explica por qué empresas como Google, Amazon, Microsoft y Apple y los emprendedores que crearon esas empresas han contribuido tanto a la prosperidad de nuestra Nación. Esta perspectiva del siglo XXI deja claro también que lo que pensamos como crecimiento económico se entiende mejor como el ritmo con el que resolvemos problemas. Pero ese ritmo depende totalmente de cuántos solucionadores variados y capaces tenemos y, por lo tanto, de cuántos de nuestros conciudadanos participan activamente como emprendedores que pueden ofrecer soluciones, y como consumidores de esas soluciones. Pero esta maximización de la participación no ocurre por accidente. No ocurre por sí misma. Requiere esfuerzo e inversión, y por eso las democracias capitalistas altamente prósperas se caracterizan por inversiones masivas en la clase media y en la infraestructura de la que esta depende. Los plutócratas tenemos que entender que la economía del derrame subyacente, esta idea de que cuanto mejor nos va, mejor le irá a todos los demás, no es verdad. ¿Cómo podría serlo? Yo gano 1000 veces el salario mínimo, pero no compro 1000 veces más cosas, ¿no? De hecho, compré 2 pares de estos pantalones, lo que mi socio Mike llama mis "pantalones de gerente". Podría haber comprado 2000 pares, pero ¿qué haría con ellos? (Risas) ¿Cuántos cortes de cabello puedo hacerme? ¿Cuán a menudo puedo ir a cenar? Independientemente de lo que ganemos unos pocos plutócratas, nunca podremos mantener una economía nacional fuerte. Solo una clase media próspera puede hacerlo. No hay nada que hacer, pueden decir mis amigos plutócratas. Henry Ford es de otra época. Quizá no podamos hacer algunas cosas. Quizá podamos hacer algunas otras. El 19 de junio de 2013 Bloomberg publicó un artículo mío titulado: "Defensa capitalista de un salario mínimo de USD 15 la hora". La buena gente de la revista Forbes, de mis más grandes admiradores, lo llamaron "La propuesta casi-demente de Nick Hanauer". Sin embargo, apenas 350 días después de publicado el artículo, el alcalde de Seattle, Ed Murray, firmó una ordenanza aumentando el salario mínimo en Seattle a USD 15 la hora, más del doble que la tasa federal actual de USD 7,25. ¿Cómo ocurrió esto?, preguntará la gente razonable. Ocurrió porque un grupo de nosotros le recordó a la clase media que son la fuente de crecimiento y prosperidad en las economías capitalistas. Le recordamos que cuando los trabajadores tienen más dinero, los comercios tienen más clientes y necesitan más empleados. Les recordamos que cuando los comercios le pagan a los trabajadores un salario digno, los contribuyentes se liberan de la carga de la financiación de los programas contra la pobreza como cupones de alimentos, asistencia médica y asistencia para alquileres que necesitan los trabajadores. Les recordamos que los trabajadores de bajos ingresos son pésimos contribuyentes, y que cuando uno eleva el salario mínimo para todas las empresas, todas se benefician y pueden competir. La reacción ortodoxa, por supuesto, es que aumentar el salario mínimo produce desempleo, ¿no? Los candidatos siempre repiten esa idea del derrame que dice: "Si uno aumenta el costo laboral, ¿qué ocurre? Hay menos empleo". ¿Están seguros? Porque hay evidencia de lo contrario. Desde 1980, los salarios de los CEOs en nuestro país pasaron de unas 30 veces el salario medio a 500 veces. Eso es elevar el costo laboral. Y, sin embargo, que yo sepa, nunca he visto una empresa externalizar el puesto de CEO, automatizar su trabajo, o exportarlo a China. De hecho, parece que estamos empleando más CEOs y altos directivos que nunca. Así también para los especialistas en tecnología y en servicios financieros, que ganan varias veces el salario medio y aún así empleamos cada vez más de ellos, de modo que claramente podemos aumentar el costo laboral y tener más empleos. Sé que mucha gente piensa que el salario mínimo de USD 15 la hora es un experimento económico loco y arriesgado. No estamos de acuerdo. Creemos que un salario mínimo de USD 15 la hora en Seattle es en realidad la continuación de una política económica lógica. Le está permitiendo a nuestra ciudad desplazar a otras ciudades. Porque, como ven, el estado de Washington ya tiene el salario mínimo más alto de toda la Nación. Le pagamos a todos los trabajadores USD 9,32 la hora, casi el 30 % más que el mínimo federal de USD 7,25 la hora pero, fundamentalmente, 427 % más que el piso mínimo federal de USD 2,13 la hora. Si los pensadores del derrame tuvieran razón el estado de Washington debería tener desempleo masivo. Seattle debería estar hundiéndose en el mar. Sin embargo Seattle es de las grandes ciudades la de crecimiento más rápido en el país. El estado de Washington está generando empleos en pequeñas empresas a un ritmo mayor que cualquier otro estado importante de la Nación. ¿Y los restaurantes en Seattle? En auge. ¿Por qué? Porque la ley elemental del capitalismo dice que si los trabajadores tienen más dinero los negocios tienen más clientes y necesitan más trabajadores. Cuando los restaurantes le pagan a sus empleados lo suficiente como para que ellos mismos coman en restaurantes, eso no es malo para el sector gastronómico. Es bueno para el sector, a pesar de lo que digan algunos de sus miembros. ¿Es más complicado de lo que cuento? Claro que sí. Hay varias dinámicas en juego. Pero ¿podemos dejar de insistir con eso de que si los trabajadores de bajos ingresos ganan un poco más, se disparará el desempleo y se derrumbará la economía? No hay evidencia de eso. Lo más traicionero de la economía del derrame no es la idea de que si el rico se vuelve más rico, todos estaremos mejor. Es la idea de quienes se oponen al aumento del salario mínimo de que si el pobre se vuelve más rico, eso será malo para la economía. Eso no tiene sentido. Entonces, ¿podemos, por favor, abandonar esta retórica que dice que los ricos como yo y mis amigos plutócratas construimos el país? Los plutócratas sabemos, aunque no lo queramos admitir en público, que si hubiéramos nacido en otro lugar, no aquí en Estados Unidos, podríamos muy bien ser solo muchachos descalzos que venderían fruta a la vera del camino. No es que no haya buenos emprendedores en otros lugares incluso en lugares muy, muy pobres. Es solo que eso es todo lo que los clientes de esos emprendedores pueden pagar. Esta es una idea para un nuevo tipo de economía, un nuevo tipo de política que llamo capitalismo nuevo. Reconozcamos que el capitalismo es mejor que las alternativas, pero también que cuanto más personas incluyamos, tanto emprendedores como clientes, mejor funcionará. Disminuyamos por todos los medios el tamaño del gobierno pero no recortando los programas contra la pobreza, sino asegurando que los trabajadores ganen lo suficiente como para que no necesiten esos programas. Invirtamos lo suficiente en la clase media para hacer que nuestra economía sea más justa e inclusiva, y, al ser más justa, que sea verdaderamente más competitiva, y al ser verdaderamente más competitiva, que pueda generar soluciones a los problemas humanos que son los verdaderos motores del crecimiento y la prosperidad. El capitalismo es la mejor tecnología social de la historia para crear prosperidad en las sociedades humanas, si es bien gestionado; pero el capitalismo, debido a las dinámicas multiplicativas inherentes a los sistemas complejos, tiende, inexorablemente, a la desigualdad a la concentración y al colapso. La tarea de las democracias es maximizar la inclusión de la multitud para crear prosperidad, y no permitir que unos pocos acumulen dinero. El gobierno crea prosperidad y crecimiento generando las condiciones para que tanto los emprendedores como sus clientes puedan prosperar. Equilibrar el poder de capitalistas como yo y de los trabajadores no es malo para el capitalismo. Es esencial para el capitalismo. Programas como un salario mínimo razonable, cuidado de la salud asequible, pago de licencia por enfermedad, y la tributación progresiva necesaria para pagar la infraestructura importante necesaria para la clase media como: educación, I+D, son herramientas indispensables que deberían adoptar los economistas sagaces para impulsar el crecimiento porque nadie se beneficia tanto con eso como nosotros. Muchos economistas les habrán hecho creer que su especialidad es una ciencia objetiva. No estoy de acuerdo y pienso que además es una herramienta que usamos los humanos para hacer valer y codificar nuestras preferencias sociales y morales y nuestros prejuicios sobre el status y el poder, y es por eso que los plutócratas como yo siempre necesitamos encontrar historias convincentes para contarle a todo el mundo por qué nuestras posiciones relativas son moralmente justas y buenas para todos, como: somos indispensables, creamos empleos, y Uds. no lo son; como: nuestros recortes de impuestos generan crecimiento pero que se invierta en Uds. aumentará nuestra deuda y llevará a nuestro gran país a la quiebra. Que nosotros somos importantes, que Uds. no lo son. Durante miles de años llamamos a estas historias derecho divino. Hoy, se las llama economía del derrame. ¡Qué obvio y abiertamente egoísta es todo esto! Los plutócratas tenemos que entender que somos producto de Estados Unidos, y no al revés; que una clase media próspera es la fuente de la prosperidad en las economías capitalistas, y no una consecuencia de ella. Y nunca deberíamos olvidar que incluso el mejor de nosotros en la peor de las circunstancias estaría vendiendo frutas descalzo a la vera del camino. Compañeros plutócratas, creo que llegó el momento de volver a comprometernos con nuestro país, de comprometernos con un nuevo tipo de capitalismo que sea a la vez más inclusivo y más eficaz, un capitalismo que asegure que la economía de EE.UU. siga siendo la más dinámica y próspera del mundo. Aseguremos nuestro futuro, el de nuestros hijos y el de los hijos de ellos. O si no, podríamos no hacer nada, escondernos en nuestros barrios cerrados y escuelas privadas, disfrutar de nuestros aviones y yates — son divertidos — y esperar las horcas. Gracias. (Aplausos)