Naoko Ishii
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Buenas noches a todos.

Soy japonesa, así que voy a empezar con una historia sobre las aldeas de pescadores en Japón. En el pasado, todos los pescadores querían pescar la mayor cantidad de peces posible. Pero, si todos lo hacían, los peces, un recurso compartido por toda la comunidad, desaparecerían. Como resultado, todos pasarían dificultades y hambre. Esto sucedió en algunos casos, pero en otros casos no. En estas comunidades, los pescadores desarrollaron una especie de contrato social que le decía a cada uno que pescara un poco menos para prevenir la sobrepesca. Los pescadores se vigilarían los unos a los otros y los infractores serían sancionados. Sin embargo, cuando todos entendieron las ventajas del contrato social, el incentivo para hacer trampa se redujo drásticamente.

La misma historia se repite en todo el mundo. Así hacían los aldeanos en Europa medieval para administrar pastizales y bosques. Así es como administraban el agua las comunidades en Asia, y así es como los indígenas del Amazonas administraban la vida silvestre. Estas comunidades vieron que dependían de un recurso limitado y compartido. Desarrollaron reglas y prácticas para administrar esos recursos, y modificaron su conducta para poder seguir teniendo esos recursos compartidos en el futuro, evitando la sobrepesca, el sobrepastoreo, la contaminación y el agotamiento de los cursos acuíferos disponibles.

Esta es la historia de los bienes comunes, y también de cómo evitar la llamada tragedia de los comunes. Pero también es la historia de una economía que era principalmente local, donde todos tenían un fuerte sentido de pertenencia.

Nuestras economías ya no son locales. Cuando dejamos de ser locales, empezamos a perder nuestra conexión con los bienes comunes. Trasladamos nuestros objetivos económicos, metas y sistemas más allá de lo local, pero no trasladamos la noción de cuidar los bienes comunes.

Entonces, nuestros océanos y bosques que antes estaban tan cerca nuestro como bienes comunes locales, se nos fueron muy lejos. Hoy enviamos al aire millones de toneladas de gases de efecto invernadero, arrojamos plásticos, fertilizantes y desechos industriales en los ríos y océanos, y talamos los bosques que absorben el CO2. Vulneramos muchísimo la biodiversidad silvestre. Parece que hemos olvidado totalmente que existen los bienes comunes mundiales: el aire, el agua, los bosques y la biodiversidad.

Hoy, la ciencia moderna nos recuerda lo vitales que son estos bienes comunes mundiales. En 2009, un grupo de científicos propuso un modo de evaluar la salud de los bienes comunes mundiales. Definieron nueve límites planetarios vitales para nuestra supervivencia y midieron hasta dónde podíamos llegar antes de sobrepasar los valores críticos que nos llevarían a un cambio irreversible o incluso catastrófico.

Aquí es donde estábamos en los años 50. En general, estábamos dentro del marco de la seguridad, indicado por la línea verde. Pero miren dónde estamos ahora. Hemos sobrepasado cuatro de los límites y vamos a sobrepasar más en el futuro.

¿Cómo llegamos a esta situación? Bueno, tal vez mi historia personal pueda decirnos algo. Hace cinco años fui nombrada Directora Ejecutiva y Presidente del FMAM, el Fondo para el Medio Ambiente Mundial, pero no soy ecologista ni activista medioambiental. Soy economista, y durante los 30 años anteriores a este puesto trabajé en finanzas públicas en mi país y en otras partes del mundo. Puedo asegurarles una cosa: durante esos 30 años, nunca me pasó por la cabeza la noción de los bienes comunes mundiales. Nunca tuve una conversación sobre los bienes comunes mundiales con mis colegas. Esto me dice que la noción de los bienes comunes mundiales no figuraba realmente en las decisiones de grandes sumas de dinero como los presupuestos de estado o los planes de inversión.

Y me pregunto, ¿por qué tenemos tanta ignorancia acerca de los bienes comunes mundiales? Yo también me incluyo. Una explicación podría ser que hasta hace poco en realidad no importaba mucho. Aun arruinando una parte del planeta, no estábamos cambiando fundamentalmente las funciones del sistema terrestre. Los bienes comunes mundiales todavía tenían suficiente capacidad para soportar los golpes que les dábamos. En efecto, los peces todavía abundaban, las tierras de pastoreo aún eran vastas. Nuestro error fue dar por sentado que la capacidad de la Tierra para recuperarse no tenía límites. Sí que tiene límites. El mensaje de la ciencia es muy claro: los seres humanos nos hemos convertido en una fuerza abrumadora que determinará las condiciones de vida en la Tierra en el futuro, y más aún, se nos está acabando el tiempo. Si no hacemos nada, vamos a perder los bienes comunes mundiales. Solo nuestra generación puede preservarlos de la forma en que los conocemos. Ahora nos toca a nosotros empezar a administrar los bienes comunes mundiales como nuestros padres y abuelos administraron sus bienes comunes locales.

Lo primero que tenemos que hacer es simplemente reconocer que tenemos bienes comunes mundiales y que son muy, pero muy importantes. Luego tenemos que integrar la gestión de los bienes comunes mundiales en nuestra forma de pensar, nuestros negocios, nuestra economía, nuestras políticas; en todo lo que hacemos. Tenemos que recrear el contrato social de las aldeas de pescadores a escala global.

Pero ¿qué significa eso en la práctica? ¿Por dónde empezar? Yo creo que hay cuatro sistemas económicos clave que tienen que cambiar fundamentalmente. Primero, tenemos que cambiar las ciudades. Para el 2050, dos tercios de la población vivirá en una ciudad. Necesitamos ciudades ecológicas. Segundo, tenemos que cambiar nuestro sistema de energía. La economía mundial se tiene que descarbonizar considerablemente, básicamente en el lapso de una generación. Tercero, tenemos que cambiar nuestro sistema de producción-consumo. Tenemos que dejar atrás este modelo de consumo de extraer-fabricar-eliminar. Y finalmente, tenemos que cambiar nuestro sistema alimentario: qué comer y cómo producirlo. Estos cuatros sistemas están poniendo una enorme presión en los bienes comunes mundiales y también son muy difíciles de cambiar. Son extremadamente complejos, con muchas partes involucradas en la toma de decisiones.

Tomemos por ejemplo el sistema alimentario. La producción de alimentos actualmente es responsable de un cuarto de las emisiones de gas de efecto invernadero. También es uno de los principales consumidores de agua en el mundo. De hecho, el 70 % del consumo de agua se utiliza en agricultura. La agricultura ocupa grandes extensiones de selva tropical. Esta deforestación lleva a la extinción. De hecho, están desapareciendo especies a un ritmo 1000 veces más rápido que la tasa natural. Y encima de todas esas malas noticias, un tercio de los alimentos producidos hoy en día a nivel mundial no se consume. Se desperdicia.

Pero hay buenas noticias, buenas señales. Se están formando coaliciones de partes interesadas para tratar de transformar el sistema alimentario con un objetivo común: producir suficiente alimento saludable para todos al tiempo que se intenta reducir considerablemente la huella del sistema alimentario en los bienes comunes mundiales.

Tuve la oportunidad de sobrevolar la isla de Sumatra en Indonesia y vi con mis propios ojos la enorme deforestación que se llevó a cabo para dar lugar a plantaciones de palma aceitera. Por cierto, el aceite de palma existe en miles de productos alimenticios que comemos todos los días. Hay una demanda global creciente de aceite de palma. En Sumatra, me encontré con pequeños propietarios de granjas que necesitan ganarse la vida todos los días cultivando palma aceitera. Me reuní con empresas alimenticias globales, instituciones financieras, y funcionarios del gobierno local. Todos me dijeron que no pueden hacer el cambio ellos solos, y que únicamente trabajando juntos bajo una especie de nuevo contrato, o una nueva práctica, tendrían oportunidad de proteger las selvas tropicales. Así que, es alentador ver, al menos en los últimos años, esta nueva coalición de partes interesadas a lo largo de la cadena de suministro, unirse para tratar de transformar el sistema alimentario. De hecho, lo que están tratando de hacer es crear un nuevo tipo de contrato social que les permita administrar los bienes comunes mundiales.

Todo cambio empieza en casa: en sus casas y en mi casa. En el FMAM, Fondo para el Medio Ambiente Mundial, tenemos una nueva estrategia que tiene como eje los bienes comunes mundiales. Espero que no seamos los únicos. Si todos nos quedamos a un costado esperando a que otros intervengan, los bienes comunes mundiales van a seguir deteriorándose, y todos vamos a estar mucho peor. Tenemos que salvarnos de la tragedia de los comunes.

Así que los invito a todos a aceptar la idea de los bienes comunes mundiales. Por favor, recuerden que los bienes comunes mundiales existen y están esperando a que los administremos.

Compartimos un solo planeta. Respiramos el mismo aire, bebemos la misma agua, dependemos de los mismos océanos, bosques y biodiversidad. En la Tierra ya no cabe el egoísmo. Los bienes comunes mundiales deben estar siempre dentro del marco de la seguridad, y solo podemos hacerlo juntos.

Muchas gracias.

(Aplausos)