Maryn McKenna
1,917,608 views • 16:59

Este es mi tío abuelo, el hermano menor del padre de mi padre. Su nombre era Joe McKenna. Fue un esposo joven y un jugador semiprofesional de básquetbol, y también bombero de la ciudad de Nueva York. Según la historia familiar, amaba ser bombero, así que en 1938, en uno de sus días libres, decidió pasar el rato en la estación de bomberos. Para hacer algo útil, se puso a pulir todo el latón, las barandas del camión, las manijas de las paredes. Y una de las bocas de las mangueras, una pieza enorme y pesada de metal, se cayó de un estante y lo golpeó. Unos días después, comenzó a dolerle el hombro. Luego de dos días más, volaba de fiebre. La fiebre aumentaba cada vez más. Su esposa cuidaba de él, pero nada de lo que hacía parecía funcionar. Llamaron al médico, pero tampoco cambiaron las cosas.

Llamaron a un taxi y lo llevaron al hospital. Las enfermeras inmediatamente supieron que se trataba de una infección, que en su momento hubieran llamado "septicemia". Y aunque quizás no lo dijeron, en seguida supieron que nada podían hacer.

Nada podían hacer, porque las cosas que usamos hoy en día para curar las infecciones no existían en ese momento. La primera prueba de penicilina, el primer antibiótico, estuvieron disponibles tres años después. Las personas que tenían infecciones, si tenían suerte, se recuperaban; y si no, morían. Mi tío abuelo no tuvo suerte. Estuvo en el hospital por una semana con temblores y escalofríos, deshidratado y delirante, y entró en coma mientras sus órganos iban fallando. Su estado se volvió tan desesperante que sus compañeros bomberos hacían fila para donarle sangre, esperando diluir la infección que se apoderaba de su sangre.

Nada funcionó. Él murió. Tenía 30 años.

Si repasamos la historia, la mayoría de las personas murieron de la misma forma que mi tío. La gente no moría de cáncer o de enfermedades cardíacas, las enfermedades ligadas al estilo de vida que nos afectan actualmente en Occidente. No se morían de esas enfermedades porque no vivían lo suficiente como para contraerlas. Morían de lesiones. Corneados por un toro, o por un disparo en una batalla, aplastados en una fábrica nueva de la Revolución Industrial. Y la mayoría de las veces por infecciones, que finalizaban lo que las lesiones iniciaban.

Todo esto cambió cuando aparecieron los antibióticos. De pronto las infecciones, que habían sido una sentencia de muerte, se convirtieron en algo de lo que te recuperabas en días. Parecía un milagro, y desde entonces, hemos vivido en la era dorada de las drogas milagrosas.

Y ahora estamos llegando a su final. Mi tío murió en los últimos días de la era pre-antibiótica. Ahora estamos en el umbral de la era post-antibiótica, en los primeros días de una época en que las infecciones simples, como la de mi tío Joe, matarán a las personas una vez más.

De hecho, ya están haciéndolo. Las personas mueren nuevamente de infecciones debido a un fenómeno llamado "resistencia antibiótica". Resumidamente, funciona así: las bacterias compiten entre ellas por recursos, por alimento, fabricando compuestos letales con los que se atacan entre sí. Otras bacterias, para protegerse, generan defensas contra esos ataques químicos. Cuando hicimos antibióticos por primera vez, tomamos estos compuestos en nuestros laboratorios e hicimos nuestras versiones de ellos, y las bacterias reaccionaban a nuestro ataque de la misma forma en que siempre lo han hecho.

Esto fue lo que ocurrió: la penicilina fue distribuida en 1943, y la resistencia general a la penicilina surgió en 1945. La vancomicina llegó en 1972, y la resistencia a la vancomicina en 1988. El imipenem en 1985, y en 1998 la resistencia a él. La daptomicina, una de las drogas más recientes, llegó en 2003 y la resistencia a ella tan solo un año después, en 2004.

Por 70 años hemos estado jugando el juego de saltar al burro: nuestra droga, luego resistencia; después hacíamos otra droga, y de nuevo la resistencia. Y ahora este juego está llegando a su fin. Las bacterias desarrollan resistencia tan rápido que las compañías farmacéuticas han decidido que hacer antibióticos ya no les beneficia, así que hay infecciones desplazándose por el mundo para las cuales, de los más de 100 antibióticos disponibles en el mercado, dos drogas pueden funcionar con efectos secundarios, o una droga, o ninguna.

Así es como se ve el panorama. En el 2000, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CCPEEU), identificaron un único caso en un hospital de Carolina del Norte de una infección resistente a todas las drogas excepto dos. Actualmente esa infección, conocida como KPC, se ha propagado por todos los estados excepto tres, y por América del Sur, Europa y Oriente Medio. En el 2008, en Suecia diagnosticaron a un hombre de India con una infección diferente, en ese momento resistente a todas las drogas excepto una. El gen que crea esa resistencia, conocido como NDM, se ha propagado desde la India hacia China, Asia, África, Europa y Canadá, y Estados Unidos. Naturalmente, esperaríamos

que estas infecciones sean casos extraordinarios. Pero en realidad, en Estados Unidos y Europa, 50 000 personas al año mueren de infecciones para las cuales no existe medicina. Un proyecto auspiciado por el gobierno británico, conocido como Análisis de la Resistencia Antimicrobiana, estima que el total mundial actual es de 700 000 muertes al año. Son muchas muertes,

y aun así es muy probable que no nos sintamos en riesgo, que imaginemos que estas personas son pacientes de hospitales en unidades de terapia intensiva, o residentes de asilos esperando el final de sus vidas; personas cuyas infecciones están muy lejanas a nosotros, en situaciones con las que no nos identificamos. En lo que no habían pensado, y ninguno de nosotros lo hace,

es que los antibióticos sostienen casi toda nuestra vida moderna. Si perdiéramos los antibióticos,

también perderíamos esto: primero, protección para personas inmunodeprimidas; pacientes con cáncer, pacientes con SIDA, receptores de trasplantes, bebés prematuros. Después, cualquier tratamiento que coloque objetos ajenos al cuerpo:

stents para derrames cerebrales, bombas de insulina para diabetes, diálisis, reemplazos de articulaciones. ¿Cuántos atletas nacidos después de la SGM necesitan caderas y rodillas nuevas? Un estudio reciente estima que, sin los antibióticos, uno de cada seis podría morir. Luego, probablemente perderíamos las cirugías.

Muchas operaciones son precedidas por dosis profilácticas de antibióticos. Sin esa protección, perderíamos la capacidad de abrir los espacios escondidos del cuerpo. No habría operaciones del corazón, ni biopsias de próstata; tampoco cesáreas. Tendríamos que aprender a temer a las infecciones que ahora parecen mínimas. La faringitis estreptocócica causaba insuficiencia cardíaca. Las infecciones de la piel terminaban en amputaciones. En los hospitales más limpios, casi una de cada 100 mujeres moría dando a luz. La neumonía se llevó a tres de cada 10 niños. Más que nada,

perderíamos esa confianza con la que vivimos nuestra vida diaria. Si supieras que cualquier herida podría matarte, ¿te subirías a una motocicleta? ¿Esquiarías colina abajo? ¿Te subirías una escalera para colgar las luces de Navidad? ¿Dejarías a tu hijo deslizarse hacia el plato de baseball? Después de todo, la primer persona en recibir penicilina, un policía británico llamado Albert Alexander —cuya infección había sido tan devastadora que por su cuero cabelludo salía pus y los doctores tuvieron que quitare un ojo—, se infectó por hacer algo muy simple. Caminaba por su jardín y se rasgó la cara con una espina. El proyecto británico que mencioné antes, que estima que el total mundial es actualmente de 700 000 muertes por año, también predice que, si no ponemos esto bajo control, el total para el 2050, lo cual es dentro de poco, será de 10 millones de muertes por año. ¿Cómo llegamos a este punto

donde lo que tenemos frente a nosotros son esos números tan terribles? La incómoda respuesta es que nos lo hicimos nosotros mismos. La resistencia es un proceso biológico inevitable, pero nosotros somos responsables de haberla acelerado. Lo hicimos al despilfarrar antibióticos con una negligencia que ahora parece impactante. La penicilina se vendió sin receta hasta la década de 1950. En muchos países en desarrollo, casi todos los antibióticos se venden así. En Estados Unidos, el 50 % de los antibióticos que se dan en los hospitales son innecesarios. El 45 % de las recetas que salen de los consultorios son para enfermedades que los antibióticos no curan. Y esto es solamente lo relacionado a la asistencia sanitaria. En gran parte del planeta, la mayoría de los animales de consumo toman antibióticos toda su vida; no para curar enfermedades, sino para engordar y para protegerse de las condiciones de las granjas en las que son criados. En Estados Unidos, posiblemente el 80 % de los antibióticos vendidos cada año son para las granjas, no para los humanos; y crean bacterias resistentes que salen de las granjas y van al agua, al polvo, y a la carne en la que se convierte el animal. La acuicultura también depende de los antibióticos, sobre todo en Asia. La fruticultura depende de los antibióticos para proteger a las manzanas, las peras, los cítricos contra enfermedades. Y ya que las bacterias pueden intercambiar su ADN entre ellas, como un pasajero que entrega una maleta en el aeropuerto, una vez que hemos propiciado la existencia de esa resistencia, no sabemos dónde se propagará.

Esto era previsible. De hecho, fue previsto por Alexander Fleming, el hombre que descubrió la penicilina. Como reconocimiento, se le dio el Premio Nobel en 1945 y poco tiempo después, en una entrevista, esto fue lo que dijo:

"La persona desconsiderada que juegue con el tratamiento con penicilina es moralmente responsable de la muerte de una persona que sucumba a la infección con un organismo resistente a la penicilina". Y añadió: "Espero que este mal pueda evitarse". ¿Podemos evitarlo?

Hay compañías trabajando en novedosos antibióticos, cosas que las bacterias asesinas no han visto nunca antes. Necesitamos esas drogas urgentemente, y necesitamos incentivos: subvenciones para nuevos descubrimientos, prórrogas de patentes, premios, para que otras compañías quieran fabricar antibióticos otra vez. Pero probablemente eso no será suficiente.

Aquí la razón: la evolución siempre gana. Las bacterias engendran una generación nueva cada 20 minutos. A la química farmacéutica le lleva 10 años desarrollar una nueva droga. Cada vez que utilizamos un antibiótico, les damos a las bacterias millones de oportunidades para descifrar los códigos de las defensas que hemos construido. No ha habido una sola droga que no hayan podido derrotar. Esta es una guerra asimétrica,

pero podemos cambiar el resultado. Podríamos construir sistemas para recolectar datos que nos digan automática y específicamente cómo se están utilizando los antibióticos. Podríamos aplicar un filtro en los sistemas de pedidos de drogas para que las recetas pasen por una segunda revisión. Podríamos exigir que dejen de usarse antibióticos en la agricultura. Podríamos construir sistemas de monitoreo para que nos digan dónde surgirán nuevas resistencias. Esas son las soluciones tecnológicas.

Posiblemente no sean suficientes tampoco, a menos que colaboremos. La resistencia a antibióticos es un hábito. Todos sabemos lo difícil que es cambiar un hábito. Pero como sociedad, ya lo hemos hecho en el pasado. La gente tiraba basura en las calles, no utilizaba cinturones de seguridad, fumaba en edificios públicos. Ya no hacemos esas cosas. Ya no ensuciamos el ambiente, o nos exponemos a accidentes devastadores, o exponemos a otros a la posibilidad de un cáncer, porque decidimos que esas cosas eran costosas, destructivas, y no nos beneficiaban. Cambiamos las normas sociales. Podríamos cambiar las normas sociales relacionadas a los antibióticos también. Sé que la escala de la resistencia a los antibióticos parece abrumadora,

pero si alguna vez compraron una lámpara fluorescente porque les preocupa el cambio climático, o leyeron la etiqueta de una caja de galletas porque piensan en la deforestación de la palma de aceite, ya saben cómo se siente dar un pequeño paso para afrontar un problema abrumador. Podríamos dar esos pasos también para el uso de antibióticos. Podríamos no suministrar un antibiótico cuando no sabemos si es el correcto. Podríamos dejar de insistir para que nos den una receta para la infección de oído de nuestro hijo sin saber qué fue lo que la causó. Podríamos pedir a cada restaurante, a cada supermercado, que nos diga de dónde proviene la carne. Podríamos prometernos no volver a comprar pollo camarones o frutas si han sido criados bajo un tratamiento antibiótico; y si hiciéramos esas cosas, podríamos desacelerar la llegada del mundo post-antibiótico. Pero tenemos que hacerlo pronto. La penicilina inauguró la era antibiótica en 1943.

En solo 70 años, nos acercamos al filo del desastre. No tendremos otros 70 años para encontrar la salida nuevamente. Muchas gracias. (Aplausos)