Margaret Heffernan
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En la esquina noroeste de los EE. UU., justo cerca de la frontera canadiense, hay un pequeño pueblo llamado Libby, Montana, rodeado de pinos y lagos y una vida silvestre simplemente increíble, con árboles enormes que se elevan hasta el cielo. Y ahí hay un pequeño pueblo llamado Libby, que he visitado, que se siente solitario, un poco aislado.

Y en Libby, Montana, hay una mujer bastante inusual llamada Gayla Benefield. Siempre se sintió un poco como una forastera, aunque ha estado allí casi toda su vida, una mujer de origen ruso. Me contó que cuando iba a la escuela era la única chica que había elegido hacer dibujo mecánico.

Posteriormente en la vida, consiguió un trabajo, ir casa por casa leyendo los medidores de los servicios, los de gas, de electricidad. Hacía el trabajo a mitad del día, y algo llamó su atención particularmente: era que en pleno día se encontraba a un montón de hombres que estaban en casa, de mediana edad y un poco más y muchos de ellos parecían estar conectados a tanques de oxígeno. Le pareció extraño. Luego, unos años más tarde, su padre murió a la edad de 59, cinco días antes de recibir su pensión. Había sido minero. Pensó que solo se había desgastado por el trabajo.

Pero luego, unos años más tarde, su madre murió y le pareció más extraño aún, porque su madre venía de una larga línea de personas que parecían vivir por siempre. De hecho, el tío de Gayla está vivo hoy en día, y aprendiendo a bailar vals. No tenía sentido que la madre de Gayla muriera tan joven. Era una anomalía y quedó desconcertada por estas anomalías. Y otras le vinieron a la mente. Recordó, por ejemplo, cuando su madre se había roto una pierna y fue al hospital y le hicieron un montón de rayos X, dos eran rayos X de la pierna, que tenían sentido, pero seis fueron radiografías de tórax, que no lo tenían.

Se preguntaba y preguntaba sobre cada pieza de su vida y la de sus padres, tratando de entender lo que estaba viendo.

Pensó en su pueblo. La ciudad tenía una mina de vermiculita. La vermiculita se utilizaba para acondicionar suelos, para hacer que las plantas crecieran más rápido y mejor. La vermiculita fue utilizada para aislar los desvanes, enormes cantidades se pusieron bajo el techo para mantener las casas calientes durante los largos inviernos de Montana. La vermiculita estaba en el patio de recreo. Estaba en el campo de fútbol. Estaba en la pista de patinaje. Lo que no aprendió hasta que empezó a trabajar en este problema es que la vermiculita es una forma muy tóxica del asbesto.

Cuando ella resolvió el rompecabezas, empezó a decirle a todos los que pudo, lo que había pasado, lo que le habían hecho a sus padres y a la gente que veía con los tanques de oxígeno en casa por las tardes. Pero estaba realmente sorprendida. Pensó que, cuando todo el mundo supiera, querrían hacer algo, pero en realidad nadie quería saberlo. De hecho, llegó a ser tan molesta al insistir en contar la historia a sus vecinos, a sus amigos, a otras personas en la comunidad, que finalmente se juntaron un montón de ellos e hicieron una pegatina para el parachoques, que mostraban con orgullo en sus coches, que decía, "Sí, soy de Libby, Montana, y no, no tengo asbestosis".

Pero Gayla no se detuvo. Siguió haciendo su investigación. La llegada de Internet definitivamente la ayudó. Habló con todo el que podía. Argumentó y discutió, y finalmente tuvo un golpe de suerte cuando un investigador llegó a la ciudad a estudiar la historia de las minas en la zona, y le contó su historia, y al principio, por supuesto, como todo el mundo, no le creyó, pero regresó a Seattle e hizo su propia investigación y se dio cuenta de que ella tenía razón.

Así que ahora tenía un aliado. Sin embargo, la gente seguía sin querer saber. Dijeron cosas como, "Bueno, si fuera de verdad peligroso, alguien nos lo hubiera dicho". "Si de verdad es la causa del porqué todo el mundo estaba muriendo, los médicos nos hubieran dicho". Algunas de las personas con trabajos muy pesados dijeron, "No quiero ser una víctima. No puedo ser una víctima y de todos modos, toda industria tiene sus accidentes".

Pero Gayla continuó y finalmente logró que una agencia federal viniera a la ciudad y analizara a los habitantes de la ciudad, 15 000 personas, y lo que descubrieron fue que la ciudad tenía una tasa de mortalidad 80 veces mayor que en cualquier lugar de los EE. UU. Eso fue en el 2002 e incluso en ese momento, nadie levantó la mano para decir, "Gayla, mira en el patio donde juegan tus nietos. Está forrado con vermiculita".

Esto no era ignorancia. Era ceguera voluntaria. La ceguera voluntaria es un concepto legal que significa, que si hay información que podrían y deberían saber pero que de alguna manera logran no saber, la ley considera que hay ceguera voluntaria. Han elegido no saber. Hay un montón de ceguera voluntaria en estos días. Puedes ver ceguera voluntaria en los bancos, cuando miles de personas vendieron hipotecas a personas que no podían pagarlas. Se pudo ver en los bancos cuando se manipularon las tasas de interés y todo el mundo sabía lo que estaba pasando, pero todos cautelosamente lo ignoraron. Pueden ver la ceguera voluntaria en la Iglesia Católica, donde fueron ignoradas décadas de abuso infantil. Pueden ver la ceguera voluntaria en el período previo a la guerra de Irak. La ceguera voluntaria existe en escalas épicas como estas y también existe en escalas muy pequeñas, en las familias, en las casas y comunidades de la gente, y particularmente en las organizaciones e instituciones. A las empresas que han sido estudiadas por la ceguera voluntaria se les puede preguntar cosas como, "¿Hay problemas en el trabajo que la gente tenga miedo de señalar?" Y cuando los académicos han realizado estudios como este en las corporaciones en los EE. UU., lo que encuentran es que el 85% de la gente dice que sí. El 85% de la gente sabe que hay un problema, pero no dicen nada. Y cuando repliqué la investigación en Europa, haciendo las mismas preguntas, encontré exactamente el mismo número. 85%. Es mucho silencio. Es mucha ceguera. Y lo que es realmente interesante es que cuando fui a empresas en Suiza, me dijeron, "Es un problema únicamente suizo". Y cuando fui a Alemania, me dijeron, "Oh sí, es la enfermedad alemana". Y cuando fui a empresas en Inglaterra, me dijeron, "Oh, sí, los británicos son muy malos en esto". Y la verdad es que es un problema humano. Todos, bajo ciertas circunstancias, estamos voluntariamente cegados.

Lo que la investigación demuestra es que algunas personas son ciegas por miedo. Tienen miedo de represalias. Y algunas personas son ciegas porque creen que, bueno, ver es inútil. Nada va a cambiar. Si hacemos una protesta, si protestamos contra la guerra de Irak, nada cambia, así que, ¿por qué molestarse? Mejor no ver nada.

Y lo que encuentro recurrentemente todo el tiempo es la gente que dice, "Bueno, ya sabes, la gente que ve, son los soplones, y todos sabemos lo que les pasa". Así que hay esta mitología profunda alrededor de los soplones que dice, en primer lugar, que están todos locos. Pero lo que he encontrado dando vueltas por el mundo y hablando con los denunciantes es, en realidad, que son gente muy leal y muy a menudo muy conservadoras. Están enormemente dedicadas a las instituciones para las que trabajan y la razón por la que hablan, la razón por la que insisten en ver, es porque les importa mucho la institución y quieren mantenerla sana.

Y la otra cosa que la gente a menudo dice acerca de los denunciantes es, "Bueno, no tiene sentido, porque sabes lo que les pasa. Los aplastan. Nadie quiere pasar por algo así". Y sin embargo, cuando hablo con los denunciantes, el tono recurrente que he oído es orgullo.

Pienso en Joe Darby. Todos recordamos las fotos de Abu Ghraib, que conmocionaron al mundo y que demostraron la clase de guerra que se llevaba a cabo en Irak. Pero me pregunto quién recuerda a Joe Darby, el buen soldado, muy obediente, que encontró esas fotografías y las entregó. Y dijo, "Ya saben, no soy el tipo de hombre que delata a la gente, pero algunas cosas cruzan la línea. La ignorancia es felicidad, dicen, pero no pueden seguir con cosas como estas".

He hablado con Steve Bolsin, un médico británico, que luchó durante cinco años para llamar la atención sobre una peligrosa cirugía que estaba matando a los bebés. Y le pregunté por qué lo hizo, y me dijo, "Bueno, realmente fue mi hija quien me impulsó a hacerlo. Vino a mí una noche, y me dijo, 'Papá, no puedes dejar que los niños mueran' ".

O pienso en Cynthia Thomas, una hija y esposa del ejército realmente leal, que al ver a sus amigos y conocidos regresar de la guerra de Irak, estaba tan golpeada por su condición mental y por la negativa de los militares a reconocer y admitir el síndrome de estrés postraumático que abrió un café en medio de una ciudad militar para darles asistencia legal, psicológica y médica. Y me dijo, "Sabes, Margaret, siempre solía decir que no sabía lo que quería ser cuando creciera. Pero me he encontrado en esta causa, y nunca seré la misma".

Todos disfrutamos tantas libertades hoy en día, libertades duramente ganadas: la libertad de escribir y publicar sin temor a la censura, una libertad que no estaba aquí la última vez que vine a Hungría; la libertad de voto, por la que las mujeres en particular tuvieron que luchar tan duro; la libertad para las personas de diferentes etnias y culturas y orientación sexual para vivir de la manera que ellos quisieran. Pero la libertad no existe si no se usa, y lo que los denunciantes hacen, y lo que la gente como Gayla Benefield hacen es usar la libertad que tienen. Y lo que están muy dispuestos a hacer es reconocer que sí, que va a haber discusiones, y sí, voy a tener muchas disputas con mis vecinos, mis colegas y mis amigos, pero voy a ser muy bueno en este conflicto. Voy a tomar en cuenta a los detractores, porque hacen mi argumento más fuerte y mejor. Puedo colaborar con mis oponentes para ser mejor en lo que hago. Estas son personas de gran persistencia, de increíble paciencia y de una determinación absoluta para no cegarse y no ser silenciados.

Cuando fui a Libby, Montana, visité la clínica de asbestosis que Gayla Benefield logró crear, un lugar donde al principio algunas de las personas que querían ayuda y necesitaban atención médica entraban por la puerta trasera porque no querían reconocer que ella tenía razón. Me senté en un restaurante y vi como los camiones iban de arriba a abajo en la autopista, llevando lejos la tierra de los jardines, reemplazándola con suelo fresco, sin contaminar.

Llevé a mi hija de 12 años conmigo, porque realmente quería que conociera a Gayla.

Y me dijo, "¿Por qué? No es gran cosa".

Le dije, "No es una estrella de cine, no es una celebridad, no es una experta y Gayla sería la primera persona en decir que no es una santa. Lo realmente importante de Gayla es que es común. Ella es como tú, y es como yo. Tenía libertad, y estaba lista para usarla".

Muchas gracias.

(Aplausos)