Lisa Genova
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Piensen en la semana pasada, ¿alguno de Uds. olvidó dónde puso el móvil? ¿Se quedó con alguna palabra en la punta de la lengua, no pudo recordar el nombre de un actor o la película que un amigo le había recomendado? ¿Alguno olvidó sacar la basura, pasar la colada de la lavadora a la secadora o comprar algo del supermercado? ¿Qué está pasando? ¿Está fallando su memoria?

Pues no. Está haciendo exactamente lo que debe hacer. A pesar de ser inherente a nuestras vidas como una presencia milagrosa, necesaria y permanente, la memoria dista de ser perfecta. El cerebro no está diseñado para recordar nombres de personas, hacer algo más tarde o catalogar todo lo que encontramos. Estas imperfecciones son simplemente los ajustes de fábrica.

Incluso en las mentes más brillantes, la memoria es falible. Un hombre famoso por memorizar más de 100 000 dígitos del número pi puede olvidarse del cumpleaños de su mujer o de por qué entró en el comedor. La mayoría de nosotros olvidaremos casi todo lo ocurrido hoy antes de mañana. En definitiva, no podemos recordar la mayor parte de nuestra vida. Piensen en ello. Y, ¿qué determina lo que recordamos y lo que olvidamos? Expondré dos ejemplos de fallos de memoria muy comunes y por qué son totalmente normales.

El primero es: ¿dónde puse el teléfono, las llaves, las gafas o el auto? El primer ingrediente necesario para crear un recuerdo que perdure más allá del momento presente es la atención. La memoria no es una videocámara que graba de forma constante los objetos o sonidos a nuestro alcance. Solo podemos recordar aquello en lo que ponemos atención.

Aquí va un ejemplo que les sonará seguramente. A menudo conduzco de Boston a Cape Cod. Cuando llevo una hora de camino atravieso el puente Sagamore, una estructura enorme, de cuatro carriles, que no pasa desapercibida. Y apenas 15 km y 10 minutos más tarde, me pregunto: un momento, ¿ya he cruzado el puente? No recuerdo haberlo cruzado pues, en primer lugar, ese recuerdo no se ha creado. No basta con que mis sentidos perciban la información. Mi cerebro no puede consolidar ninguna información sensorial como recuerdo a largo plazo sin la intervención neural de la atención. Debido a que he cruzado ese puente innumerables veces y porque probablemente estaba distraída o escuchando un audiolibro, mi atención estaba enfocada en otro lado, y la experiencia de cruzarlo se evaporó de mi mente en segundos, sin dejar traza.

La primera razón por la que se olvida lo que alguien ha dicho, el nombre de la persona que acaban de conocer, dónde estacionaron el auto o si ya han cruzado un puente enorme es la falta de atención.

La segunda: “Vaya, ¿cuál es su nombre?” Un día no podía recordar el nombre del actor que interpretaba a Tony Soprano en la serie de HBO “Los Soprano”. Sabía que guardaba su nombre en alguna parte de mi cabeza. Y podría contarles muchas cosas acerca de este actor, pero era incapaz de recordar su nombre. Finalmente me rendí y lo busqué en Google. “El actor que interpretaba a Tony Soprano”. James Gandolfini. Eso es. El bloqueo de una palabra, también llamado “punta de la lengua”, es una de las experiencias más comunes de la pérdida de memoria. Intentamos recordar una palabra, casi siempre un nombre propio, y no podemos de ninguna manera, recuperarla a demanda. ¿Por qué ocurre esto?

El bloqueo de una palabra puede darse cuando existe solamente una activación parcial o débil de las neuronas que conectan con la palabra que estamos buscando.

A menudo recordamos una palabra relacionada, similar en sonido o significado. Estas palabras parcialmente relacionadas se conocen con el desafortunado nombre de la hermana fea del objetivo. Y mucho más desafortunado es que enfocarnos en la hermana fea agrava la situación. Esos señuelos guían la actividad cerebral por vías neuronales que van hacia ellos y no hacia la palabra que estamos buscando. Así que cuando intentamos localizar la palabra en cuestión, solo podemos recordar la hermana fea.

Veamos un ejemplo. Hace poco le pregunté a un amigo, “¿cómo se llama ese famoso surfista? ¿Lance? No, no es Lance”. Mi amigo sabía de quién hablaba, pero tampoco podía recordar el nombre. Los dos estábamos perplejos. Y resulta que al soltar el nombre equivocado derivé el cerebro de mi amigo hacia Lance Armstrong, la hermana fea. Y ahora él quedó atascado en una zona neuronal errónea de la que no podía salir.

La hermana fea explica también este fenómeno. En un momento dado, hemos dejado de buscar la palabra, y de repente emerge a la superficie como venida de la nada. Laird Hamilton. Sí, eso es. ¿Por qué ocurre esto? Cuando cesamos la búsqueda, el cerebro deja de perseverar en la hermana fea, y permite que el conjunto correcto de neuronas pueda activarse.

La punta de la lengua, y sobre todo el bloqueo con un nombre de persona, es totalmente normal. La gente de 25 años puede experimentar varios bloqueos a la semana, pero los jóvenes no le dan importancia, en parte porque la vejez, la pérdida de memoria y el Alzheimer están fuera de su vista. Y, al revés que sus padres, no dudan en dar trabajo a sus teléfonos móviles.

Lo que me lleva a un punto importante. A muchos les preocupa que si usan Google para buscar las palabras que no recuerdan están haciendo trampa y contribuyendo al problema de la pérdida de memoria. Les preocupa que Google sea un bastón de alta tecnología que les va a dar amnesia digital. Esa creencia es infundada. Buscar el nombre del actor que representaba a Tony Soprano en modo alguno debilita la capacidad de la memoria. De igual manera, sufrir el esfuerzo mental e insistir en buscar el nombre por mi cuenta no hace mi memoria más fuerte ni gano un trofeo por conseguirlo. No debemos ser mártires de la memoria. Tener una palabra bloqueada en la punta de la lengua es un fallo totalmente normal del funcionamiento de la memoria, un subproducto de la forma en que nuestro cerebro está organizado. Llevamos gafas si nuestros ojos necesitan ayuda para ver, así que tienen mi permiso para usar Google si una palabra se les atasca en la punta de la lengua.

La memoria es increíble, y es esencial para el funcionamiento de casi todo lo que hacemos, pero también se olvidará de llamar a nuestra madre, de dónde dejamos las gafas y de lo que almorzamos el pasado martes. Es frustrante, pero no es causa de diagnóstico, pánico o vergüenza. La mayoría de cosas que olvidamos forma parte normal de ser humanos.

Gracias.

David Biello: Hablo en nombre de la audiencia para darte mi propia ovación. Personalmente me siento mucho mejor. Así que gracias por ello. Creo que a todos nos preocupa en parte nuestra memoria, sobre todo tras esta pandemia. Veo que ya hay alguna pregunta por parte de la audiencia. Pero primeramente me gustaría preguntarte una cuestión personal muy importante, y es si debería preocuparme porque cada vez que voy a otra habitación, me olvido de por qué he ido allí. ¿Es motivo de alarma? ¿Debería estar nervioso?

LG: No, no hay motivo para ello. Y ese es uno de los mensajes básicos que me llevaron a escribir mi último libro. Hay tanta gente, sobre todo de más de 40 años, que experimenta momentos normales de olvido y en esa etapa está más susceptible, y piensa: “Dios mío, ¿estoy perdiendo la cabeza, voy a tener Alzheimer?“. Bien, veamos lo que sucede. Por ejemplo, estoy en mi habitación dispuesta a leer un libro, es hora de acostarme, y es mi rutina antes de dormir. Entonces percibo que no tengo las gafas, y pienso que estarán en la cocina. Así que voy a la cocina, y ya he creado el recuerdo, la intención de lo que planeo hacer después. Eso se llama memoria prospectiva. Algo como como: “voy a...“. Esto lo hacemos continuamente. “Cuando luego vaya al mercado, aprovecharé a comprar leche”. “Debo acordarme de llamar a mi madre”. “Debo acordarme de recoger la ropa de la tintorería”. Cosas que planeamos hacer en el futuro. A nuestra mente esto se le da muy mal, terriblemente mal. La gente piensa que hace trampa cuando crea una lista de tareas y la pone en su teléfono. Y no es así, es una práctica acertada. Los pilotos no delegan en su memoria prospectiva acordarse de bajar el tren de aterrizaje, externalizan el trabajo. No usen su cerebro, usen una lista. Usar una lista es una buena práctica.

Volviendo al ejemplo, he creado la intención de que cuando llegue a la cocina, voy a buscar las gafas. Llego a la cocina y pienso: “No sé por qué estoy aquí“. Parte del motivo es que la memoria prospectiva es un asco. Pero solo le he pedido recordar algo durante 10 segundos. No es como: “Tengo que acordarme de mi reunión por Zoom, a las 4”. Así que, ¿qué ocurre? La otra clave en esta situación tiene que ver con el contexto.

La memoria está muy influenciada por el contexto. Las señales, las asociaciones, la información sensorial y emocional, nuestro estado de ánimo, cualquier cosa relacionada con lo que queremos recordar. Así que el contexto nos ayuda a formar un recuerdo y también a recuperarlo, porque la memoria es la red neuronal de asociaciones conectadas. En el dormitorio estaban todas las pistas que necesitaba, ¿verdad? La estantería, mi libro de lectura, el momento del día, es hora de dormir, “Vaya, necesito gafas”. Aparezco en la cocina y pienso: “¿Tengo hambre? ¿Tengo sed?”. Porque las pistas es lo que señalan. “¿Se trata de comer? O, ¿qué?”. No apuntan a las gafas, de las que ni me percato.

Así que cuando entro en la habitación y pienso “no sé por qué he venido”, no me estoy volviendo loca, no tengo Alzheimer, mi memoria no es horrorosa. Hay que volver a la habitación en la que estaba anteriormente, mental o físicamente, e imaginar las pistas que allí había que desvelarán al momento aquello que era un enigma poco antes.

DB: Una pregunta que hacen varios miembros de la audiencia, como Mel y Lorraine, y que es la otra cara de la moneda. ¿Cuándo deberíamos considerar, o qué tipo de señales de la memoria nos indicarían una disfunción, o que deberíamos hacernos pruebas y revisiones?

LG: Esta pregunta es muy buena también, porque creo que durante mucho tiempo ha habido una especie de desconexión. La gente está tranquila pensando que está cuidando activamente su salud de cuello para abajo. Respecto a la salud cardiaca, muchos cuentan el número de pasos o van a que el médico les tome la tensión. O miran si tienen alto el colesterol. ¿Cómo puedo influir sobre estos factores? ¿Cómo puedo influir sobre la probabilidad de sufrir un infarto? Pero la mayoría no piensa que pueda influir sobre su salud mental. Así que esta pregunta es genial, pues es preguntarse: ¿Qué puedo notar? Y, ¿qué hago con esa información? Algo que no sea entrar en pánico y no decírselo a nadie. Hay mucha vergüenza y mucho estigma en lo relacionado con la mente y particularmente con la memoria. Pero se trata de información de la que podemos hablar con nuestro médico. ¿Cuál es su cognición? ¿Cómo es su memoria hoy y cómo será dentro de un año? ¿Está cambiando? Y, ¿cuáles son las diferencias?

Así que olvidar nombres de personas es totalmente normal. Los nombres, digamos que residen en callejones neurológicos sin salida, al igual que muchas cosas relacionadas con ellos, y es muy difícil dar con las palabras, pues supone llegar a la casa que hay al final de esa calle, y solo hay una entrada. Mientras que los nombres comunes son como los cruces con Main Street, EE. UU., a los que se puede llegar desde diferentes sitios, y es muy fácil entrar y salir. Si empiezan a olvidar nombres comunes con frecuencia, como por ejemplo: “¿Cómo se llama la cosa con la que escribimos? Lo que sirve para escribir. ¿Qué es?“. “¿Bolígrafo?” “Sí“. Si algo así empieza a ocurrir, podría ser un indicio. No tiene por qué ser Alzheimer. Hay muchos motivos que dificultan el acceso a los recuerdos creando nuevos recuerdos. Puede ser privación del sueño o la vitamina B12, pueden ser muchos factores. No nos precipitemos pensando que es Alzheimer, pues será algo que seguramente se pueda tratar. Insisto, cuiden su salud cerebral.

Otro factor tiene que ver con entender cómo funcionan las cosas, para qué son las cosas. Como mi amigo Greg O’Brien, que tiene Alzheimer, y usa un ejemplo que me encanta y que he tomado para mi libro, que es que mucha gente dice no poder recordar dónde aparcaron el auto. Eso mismo me pasó el otro día. Fui al centro comercial, salí, y no podía recordar en qué zona del garaje había aparcado, Así que sé lo que es. En el caso de Greg, que tiene Alzheimer, él iba con el auto a algún sitio, cuando aún conducía, aparcaba, salía y hacía un recado de un minuto. Un ejemplo suyo del vertedero: “Fui al vertedero, tiré la basura, giré y estaba enfrente de mi auto, pero no lo reconocía”. Eso es un recuerdo semántico. Ese auto es mi jeep amarillo y no lo reconozco. Y además, no recordaba haber conducido hasta allí. Eso es un recuerdo episódico, un recuerdo de lo que pasó. Hace unos minutos, conduje hasta el vertedero, pero ahora no recuerdo haberlo hecho. Eso es distinto a: “¿He aparcado en el nivel cuatro o en el cinco?“.

DB: Sí. Así que George Weiss, en la línea de ayudarnos a recordar mejor, quiere saber si la dieta puede ayudar a evitar la pérdida de memoria, y si podemos ejercitar las neuronas para aumentar la memoria con crucigramas, relaciones más cercanas o cosas por el estilo. Estás negando con la cabeza, eso es en sí una respuesta.

LG: Sí y no. Otra pregunta muy buena, nuevamente gracias. Suelo decir que no existe nada específico, como algún suplemento que pueda recetar que evite que experimentemos la punta de la lengua o nos ayude a memorizar la próxima charla TED. Así que no hay ningún suplemento, y los crucigramas no son la solución. No sé quién propagó esa idea. Con los crucigramas, veamos qué hacemos, recuperamos palabras que ya sabíamos, así que mejoramos la capacidad de recordar esas palabras. Pero no es un entrenamiento cruzado. No nos ayuda en nuestro día a día a recordar lo que sucedió en un momento dado o, si tenemos una presentación, recordar lo que vamos a decir. No funciona así. Tampoco construye vías neuronales nuevas. Por eso recuperar información ya conocida no mejora la neuroplasticidad, que consiste en construir algo llamado reserva cognitiva.

Cada vez que aprendemos algo nuevo, estamos creando nuevas conexiones neuroanatómicas y neuroquímicas. Así que podemos pensar que el cerebro no es únicamente esa masa rosa en nuestro cráneo, o en la pequeña caja negra de nuestra cabeza, sino un órgano muy dinámico que está en continuo cambio. Y nuestros genes interactúan en este proceso. Interactúa con lo que hacemos, experimentamos y sentimos, y por eso cambia. Y cuanto más aprendemos, más conexiones creamos. Esto es importante porque si empezamos a sufrir alguna patología, que puede ser Alzheimer precoz o Alzheimer, tenemos muchas reservas. Tenemos conexiones de sobra que pueden sortear cualquier problema o desviación.

Así que aprender cosas nuevas es una opción. El ejercicio se ha demostrado que disminuye el riesgo de demencia hasta un 50 %. En la rutina diaria, sabemos que el sueño es muy importante, tanto para prevenir Alzheimer como para la memoria presente. Así que los recuerdos generados hoy se convierten en recuerdos estables y a largo plazo, en alteraciones estables y conexiones neuronales mientras dormimos. Y ese proceso sucede durante ciertas fases del sueño. Así que el sueño no es un estado pasivo donde no se hace nada. Es un estado biológico muy activo. Preserva la información y las experiencias aprendidas hoy, y eso es muy importante. Y mañana, si no he dormido suficiente hoy, entonces, mi lóbulo frontal no va a querer ponerse a trabajar y esforzarse por mantener la atención. Nos sentimos aletargados y decimos: “No puedo concentrarme. ¿Qué pasa?“. Si no puedo concentrarme, ¿qué es lo que no va a pasar hoy? Crear nuevos recuerdos. No voy a recordar el día de ayer, y no seré capaz de crear nuevos recuerdos hoy, tengo una especie de amnesia por no dormir suficiente.

DB: Bien.

LG: Hay que dormir entre siete y nueve horas, y la ciencia deja bien claro que esto es lo mínimo que necesitamos como especie humana.

En cuanto a lo que comemos, no existe un estudio perfecto, no hay ningún conejo que pueda sacar de la chistera, algo como, con tal o cual nutriente, tal antioxidante o este alimento, la memoria está a salvo. No es eso, pero sí hay bastantes pruebas de que una dieta mediterránea, una dieta mental a base de verduras de hoja verde, alimentos de colores vivos, alimentos integrales, pescados grasos, aceite de oliva, frutos secos, legumbres y todo este tipo de alimentos que dan energía y protegen la salud del corazón, del cerebro y la memoria. Y no hay por qué seguirlo a rajatabla. No vamos a ser perfectos, y no pasa nada. Se trata de intentar hacerlo en general. Hoy, ¿qué he comido sobre todo? Esta semana, ¿cómo me ha ido en general? Porque creo que debemos tener expectativas realistas.

Así que el ejercicio, la dieta, el sueño, el estrés y aprender cosas nuevas. Aprender cosas nuevas también es estar con otras personas. Si estamos en una conversación, como nunca antes lo habíamos hecho, Si estamos presentes y poniendo atención, nuestro cerebro recibe un gran estímulo y eso es de gran ayuda.

DB: Bob pregunta acerca de nuestra capacidad cerebral. ¿Tenemos una capacidad limitada y una vez que la superamos no hay nada que hacer, o es esa la razón por la que los niños parece que recuerdan todo mejor que las personas de mi edad? ¿Es quizás un mito urbano?

LG: Sí, es un mito. La idea de que usamos solo un diez por ciento del cerebro o un cinco por ciento del cerebro o de que va disminuyendo, tampoco sé quién la inició, pero no es verdad. Verás, en un momento dado uso ciertas áreas de mi cerebro. Por ejemplo, ahora no estoy airada, por lo que mi amígdala está en reposo. No siento desconsuelo, por lo que mi amígdala está bastante relajada. Tengo los ojos abiertos, así que mi corteza visual está alerta, y mis neuronas a pleno rendimiento. Si cerrara los ojos, esa parte de mi cerebro se calmaría. Pero todas las áreas del cerebro se van activando a lo largo del día, o al menos son capaces de hacerlo. No hay zonas de mi cerebro de las que no haga uso o que reserve para determinadas tareas. Eso es una falacia. Y tampoco se acaba el espacio.

Hay un hombre, lo uso como ejemplo en el libro, Akira Haraguchi, un ingeniero jubilado de Japón, que a la edad de 69 años ha memorizado más de 100 000 dígitos del número pi. Así que a una edad que asociamos con descuentos para la tercera edad o con la jubilación, este hombre ha hecho algo absolutamente sorprendente. Y todos podríamos hacer lo mismo si quisiéramos.

A cualquier edad somos capaces. A medida que envejecemos, no perdemos la información que hemos aprendido, es decir, la memoria semántica. Por eso logramos acumular gran cantidad de conocimiento y logramos sabiduría. Ahora ya entienden cómo encaja todo y pueden usar la sabiduría acumulada. Tenemos todo eso. No empieza a desaparecer. Lo acumulamos. Pueden pensar: “Vaya, no recuerdo mucho de mi infancia. No me acuerdo de casi nada”. “No puedo saber qué pasó cuando tenía diez años”. Eso tiene más que ver con el contexto. Pero está todo ahí. Por ejemplo, alguien que vive en Nueva York rodeado de rascacielos y de la vida urbana, y que se crio en la zona rural de Vermont, dice: “No recuerdo qué pasó cuando tenía diez años”. Que vuelva a su barrio, que dé una vuelta en auto, y verá el viejo sauce y la casa de la Sra. Richard, y la de la Sra. Molansen, y el lugar donde Joey se rompió la pierna, y todo volverá a primer plano. Es como ir a la cocina, ir del dormitorio a la cocina para buscar las gafas. Todo el contexto revelará recuerdos que tenemos en la cabeza, y de los que no éramos conscientes. Tenemos millones de posibles conexiones. Y no se agotarán. Con 80 años podemos aprender a hacer malabares, a tocar el piano, y podemos aprender un nuevo idioma. Pueden escuchar una nueva charla TED, y aprender y memorizar algo que pueden compartir con alguien. No hay límites. No hay motivo para creer que existen límites.

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