Kimberly Noble
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Lo que voy a compartir con Uds. son los resultados del estudio de los cerebros de más de 1000 niños y adolescentes. Estos niños fueron seleccionados de diversos hogares de todo EE.UU., y esta imagen es el cerebro medio de todos ellos. A la izquierda tienen el frontal del cerebro medio y a la derecha tienen la parte posterior. Un aspecto que nos interesaba especialmente era la superficie de la corteza cerebral, o la capa fina y arrugada de la superficie cerebral externa. que se encarga de la mayor parte del trabajo pesado cognitivo. Eso es así porque estudios previos de otros científicos indican que en muchos casos una superficie cortical mayor se suele asociar con una inteligencia superior. En nuestro estudio encontramos un factor que tiene relación con la superficie cortical a través de casi toda la superficie del cerebro. Se trata de los ingresos familiares.

Aquí, cada punto que ven coloreado es un punto donde mayores ingresos se relacionaban con una mayor superficie cortical en ese punto. Y había algunas áreas, mostradas en amarillo, donde dicha relación era especialmente intensa. Sabemos que estas áreas dan apoyo a una serie de habilidades cognitivas: habilidades lingüísticas, como el habla y la lectura así como la capacidad de evitar distracciones y autocontrolarse. Y eso es muy importante, porque precisamente esas habilidades son las más problemáticas para los niños que viven en la pobreza. De hecho, un niño que vive en la pobreza es probable que puntúe peor en pruebas de lenguaje y autocontrol incluso antes de cumplir dos años.

Me gustaría destacar algunos aspectos de este estudio. El primero: la relación entre los ingresos familiares y la estructura cerebral del niño era más intensa en los niveles de ingresos más bajos. Significa que dólar a dólar, diferencias relativamente pequeñas en los ingresos se asociaban a otras proporcionalmente mayores en la estructura cerebral entre las familias más desfavorecidas. Intuitivamente tiene sentido, ¿verdad? Unos USD 20 0000 extra para una familia que gana cerca de USD 150 000 al año serían bien recibidos, pero no supondrían un cambio sustancial, mientras que USD 20 000 extra para una familia que solo ingresa USD 20 000 al año, supondrían una diferencia sustancial en su día a día.

El segundo aspecto que quisiera destacar es que la relación entre los ingresos y la estructura cerebral del niño no dependía de su edad, no dependía de su sexo ni dependía de su raza o etnia.

Y el último aspecto, y este es clave, es que había una tremenda variabilidad entre un niño y el siguiente, es decir, que había muchos niños de familias con altos ingresos con superficies cerebrales menores y muchos niños de familias con ingresos bajos con superficies cerebrales mayores. Aquí viene la analogía. Sabemos que durante la infancia los niños suelen ser más altos que las niñas, pero si entran un una clase de escuela primaria verán que algunas niñas son más altas que los niños. Aunque crecer en la pobreza es sin duda un factor de riesgo para una superficie cerebral menor, no tengo modo de saber los ingresos de la familia de un niño en concreto ni saber con precisión cómo será el cerebro de un niño en particular.

Quiero que imaginen a dos niños por un momento. Uno de ellos ha nacido pobre en EE.UU., el otro también es estadounidense, pero nacido en circunstancias más favorables. Al nacer, no se aprecia diferencia alguna en el funcionamiento de sus cerebros. Pero al estar listos para empezar el jardín de infancia, sabemos que el niño que vive en la pobreza es probable que obtenga puntuaciones cognitivas un 60% más bajas de media que las del otro niño. Más adelante, el que vive en la pobreza tendrá cinco veces más probabilidades de dejar el instituto, y aunque se gradúe en el instituto, es menos probable que consiga un título universitario. Cuando esos niños cumplan 35 años, si el primer niño ha pasado su infancia sumido en la pobreza, tiene 75 veces más probabilidad de ser también pobre.

Pero no tiene por qué ser así. Como una neurocientífica, una de las cosas que más me emociona del cerebro humano es que las experiencias lo modifican. Este concepto, conocido como neuroplasticidad, significa que estas diferencias en la estructura cerebral de los niños no condenan a un niño a una vida de menores logros. El cerebro no es un destino. Si se puede cambiar el cerebro de un niño, entonces todo es posible.

Como sociedad, invertimos miles de millones anuales en educación infantil. ¿Qué podemos decir a escuelas, profesores y familias que quieren apoyar a niños de entornos desfavorecidos para que tengan éxito en la escuela y en la vida? Nuevos estudios sugieren que crecer en la pobreza conlleva una serie de experiencias diferentes y a su vez, esas experiencias podrían trabajar juntas para ayudar al desarrollo cerebral y finalmente contribuir al aprendizaje. Si eso es cierto, plantea esta pregunta: ¿En qué punto del camino podemos intervenir y proporcionar ayuda?

Consideremos intervenir primero en el propio nivel del aprendizaje, frecuentemente a través de iniciativas escolares. ¿Deberíamos animar a los profesores a centrarse en las habilidades que presentan más dificultades para los niños desfavorecidos? Por supuesto. La importancia de una educación de calidad basada en hechos científicos es incuestionable. Hay un buen número de ejemplos de intervenciones excelentes dirigidas a temas como la alfabetización o el autocontrol que de hecho mejoran el desarrollo cognitivo de los niños y sus notas. Pero cualquier experto en intervención que realice este trabajo les dirá que es todo un reto. Es difícil implementar una educación de calidad basada en hechos. Puede suponer mucho trabajo y a veces mucho dinero. Y en muchos casos, las diferencias en el desarrollo de un niño aparecen temprano, mucho antes de que empiece su educación formal, a veces cuando todavía son bebés. Por eso afirmo que la escuela es muy importante pero si centramos todos los esfuerzos de nuestro programa en la educación formal, estaremos empezando demasiado tarde.

¿Y si damos un paso atrás y nos centramos en cambiar las experiencias de los niños? ¿Qué experiencias en concreto se asocian con crecer en la pobreza y podrían ser tratadas para fomentar el desarrollo cerebral y el aprendizaje de los niños? Por supuesto, hay muchas, ¿verdad? Nutrición, acceso a atención médica, exposición al humo ajeno o al plomo o sufrir estrés o discriminación, por citar algunas. En mi laboratorio nos centramos principalmente en unos pocos tipos de experiencias que creemos que podrían tratarse para fomentar el desarrollo cerebral infantil y en definitiva, mejorar sus resultados del aprendizaje.

Por ejemplo, observemos lo que yo llamo el entorno lingüístico del hogar, es decir, sabemos que el número de palabras que los niños oyen y el número de conversaciones diarias en las que intervienen varían tremendamente. Según algunos cálculos, los niños de entornos más favorecidos oyen una media de 30 millones más de palabras habladas en sus primeros años de vida que los niños de entornos más desfavorecidos. En nuestro estudio descubrimos que los niños que disfrutan de más interacción, de turnos en conversaciones, tienden a tener una superficie cerebral mayor en partes del cerebro que son responsables de habilidades lingüísticas y lectoras. De hecho, el número de conversaciones que escuchan parece importar un poco más que la simple cantidad de palabras que oyen. Una posibilidad tentadora es que deberíamos enseñar a los padres no simplemente a hablar mucho, sino a tener más conversaciones reales con sus hijos. Así, es posible que fomenten su desarrollo cerebral y quizá también las habilidades lingüísticas y lectoras de sus hijos. De hecho, un grupo de científicos está comprobando ahora mismo esa emocionante posibilidad.

Por supuesto, todos sabemos que crecer en la pobreza se asocia con muchas experiencias distintas más allá de cuántas conversaciones tienen los niños. ¿Cómo decidimos en qué más centrarnos? La lista puede ser abrumadora. Hay un número de intervenciones de gran calidad que intentan cambiar las experiencias de los niños y muchas de ellas son efectivas. Como ocurre con las iniciativas escolares, suponen trabajar duro. Pueden ser todo un reto, conllevar mucho trabajo, a veces mucha inversión ... Y en ocasiones puede parecer condescendiente que los científicos se entrometan y digan a una familia qué deben cambiar para que su hijo tenga éxito.

Quiero compartir una idea con Uds. ¿Y si intentásemos ayudar a los niños que viven en la pobreza simplemente dando más dinero a sus familias?

Tengo el privilegio de trabajar con economistas, expertos en políticas sociales y neurociencia dirigiendo Baby's First Years, el primer estudio aleatorio sobre si la reducción de la pobreza altera el desarrollo cerebral infantil. Es un estudio muy ambicioso pero la premisa es bastante simple. En mayo de 2018, empezamos a seleccionar a 1000 madres que viven bajo el umbral de la pobreza al poco de dar a luz en diversos hospitales de EE.UU.

Al participar en el estudio, todas las madres reciben una donación mensual incondicional durante los 40 primeros meses de vida de sus hijos y son libres de usar ese dinero como mejor les parezca. Lo más importante es que las madres son aleatorias, se seleccionan unas al azar para recibir una donación mensual nominal y otras son seleccionadas para recibir varios cientos de dólares al mes, una cantidad que creemos suficiente para marcar una diferencia en su vida día, en muchos casos aumentando sus ingresos mensuales en un 20 o 25 %. De este modo, esperamos dar respuesta a la pregunta de cómo la pobreza se relaciona con el desarrollo de un niño y ser capaces de comprobar si reducir la pobreza altera el desarrollo cognitivo, emocional y cerebral de los niños en sus primeros tres años de vida, el periodo en el que creemos que el cerebro en desarrollo es más moldeable por las experiencias.

No tendremos los resultados definitivos del estudio hasta pasados varios años, pero como mínimo, 1000 recién nacidos y sus madres tendrán más dinero cada mes, dinero que sin duda necesitan. ¿Y si resulta que una manera efectiva en cuanto a costes para ayudar a los niños pobres es simplemente dar más dinero a sus madres?

Si nuestra hipótesis se confirma, esperamos que los resultados apoyen debates sobre servicios sociales que tengan el potencial de afectar millones de familias con hijos pequeños. A pesar de que los ingresos quizá no sean el único factor ni el más importante en el desarrollo cerebral de un niño, puede ser uno que, desde el punto de vista de la política, pueda solventarse fácilmente.

Es decir, si podemos demostrar que reducir la pobreza afecta el desarrollo cerebral y eso conlleva cambios efectivos en las políticas, entonces un niño nacido hoy en la pobreza quizá tenga una mejor oportunidad de aspirar a un futuro mejor.

Gracias.

(Aplausos)