Kimberlé Crenshaw
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Me gustaría probar algo nuevo. Quienes puedan, por favor, levántense. Diré algunos nombres. Si escuchan un nombre que no reconocen, del que no me puedan decir nada, quisiera entonces que se sentaran y permanecieran sentados. De la última persona en pie, veremos lo que sabe. ¿De acuerdo? (Risas) Todo bien. Eric Garner. Mike Brown. Tamir Rice. Freddie Gray. Así que quienes todavía están de pie, me gustaría que se dieran la vuelta y echaran un vistazo. Yo diría que la mitad todavía está de pie. Así que vamos a continuar. Michelle Cusseaux. Tanisha Anderson. Aura Rosser. Meagan Hockaday. Si miramos una vez más a nuestro alrededor unas cuatro personas están aún en pie, y en realidad no les pondré en el punto de mira. He hecho esto para fomentar la transparencia, así que pueden tomar asiento. (Risas) Quienes reconocieron el primer grupo de nombres saben que se trataba de afroestadounidenses asesinados por la policía en los últimos dos años y medio. Lo que quizá no saben es que la otra lista es también de afroestadounidenses asesinados en los últimos dos años. Solo hay una cosa que distingue los nombres que Uds. conocen de los nombres que desconocen: el género. Así que primero quisiera hacerles saber que no hay nada distinto en esta audiencia que explique el patrón de reconocimiento que acabamos de ver. He hecho este ejercicio decenas de veces en todo el país. Lo he hecho con organizaciones de derechos de la mujer. Lo he hecho con grupos de derechos civiles. Con profesores. Con estudiantes. Con psicólogos. Con sociólogos. Lo he hecho, incluso, con miembros progresistas del Congreso. Y en todas partes, el conocimiento del nivel de violencia policial que experimentan las mujeres negras es muy bajo. Es sorprendente, ¿cierto? Pues este es el caso. Es decir, hay dos cuestiones involucradas aquí. Hay violencia policial contra los afroestadounidenses, y hay violencia contra las mujeres, dos cuestiones de la que se ha hablado mucho últimamente. Pero cuando pensamos en quién es diana de estos problemas, cuando pensamos en quiénes son las víctima de estos problemas, nunca se nos vienen a la mente los nombres de estas mujeres negras. Los expertos en comunicación nos dicen que cuando los hechos no encajan con los marcos disponibles, las personas tienen dificultades para incorporar nuevos hechos en su forma de pensar sobre un problema. Los nombres de estas mujeres no se han incorporado en nuestra conciencia porque no tenemos marcos de referencia para verlas, no tenemos marcos para recordarlas, no tenemos marcos para incorporarlas. Como consecuencia, los reporteros no se alían con ellas, los políticos no piensan en ellas, y a los políticos no se les alienta o exige que aboguen por ellas. Uds. pueden plantear por qué es necesario un marco de referencia. Es decir, después de todo, un problema que afecta a las personas negras y que afecta a las mujeres, ¿no debería incluir necesariamente a personas negras mujeres y a las mujeres negras? La respuesta simple es que este es un enfoque derivado de la justicia social, y muchas veces simplemente no funciona. Sin marcos que nos permitan ver cómo repercuten los problemas sociales en todos los miembros de un grupo determinado, muchos caerán en la invisibilidad de nuestros movimientos, solas frente al sufrimiento del aislamiento virtual. Pero no tiene por qué ser así. Hace muchos años empecé a usar el término "interseccionalidad" para confrontar el hecho de que muchos de nuestros problemas de justicia social como el racismo y el sexismo a menudo se solapan, creando múltiples niveles de injusticia social. La experiencia que generó la interseccionalidad fue mi encuentro casual con una mujer llamada Emma DeGraffenreid. Emma DeGraffenreid era una mujer afroestadounidense, esposa y madre trabajadora. De hecho, leí sobre la historia de Emma en un boletín jurídico de opinión escrito por un juez que había desestimado la demanda de Emma por discriminación racial y de género contra una fábrica de automóviles local. Emma, ​​como tantas mujeres afroestadounidenses, buscaba un empleo mejor para su familia y para los demás. Quería una vida mejor para sus hijos y su familia. Pero solicitó un trabajo, y no fue contratada, y consideró que no fue contratada por ser una mujer negra. El juez en cuestión desestimó la demanda de Emma, y el argumento para desestimar la demanda fue que el empleador contrataba afroestadounidenses y el empleador contrataba mujeres. El verdadero problema, sin embargo, fue que el juez no quería reconocer lo que Emma trataba de decir; que los afroestadounidenses que fueron contratados, para trabajos industriales y de mantenimiento, todos eran hombres. Y las mujeres que emplearon para el trabajo de secretaria o de la oficina central, eran todas blancas. Solo si el tribunal era capaz ver cómo estas políticas se unían podría ser capaz de ver la doble discriminación a la que Emma DeGraffenreid se enfrentaba. Pero el tribunal se negó a permitir que Emma pusiera ambas causas juntas para contar su historia porque creía que, al permitirlo, podría tener un trato preferencial. Ella tendría una ventaja al tener dos golpes por bate, cuando los hombres negros y las mujeres blancas solo tenían un golpe por bate. Pero, por supuesto, ni los hombres afroestadounidenses ni las mujeres blancas necesitan combinar una demanda étnica y una demanda de discriminación de género para contar la historia de discriminación que experimentaban. ¿Por qué no fue la verdadera injusticia la negativa de la ley de proteger a las mujeres afroestadounidenses simplemente porque sus experiencias no eran exactamente los mismos que las mujeres blancas y hombres afroestadounidenses? En lugar de ampliar el marco incluyendo a las mujeres afroestadounidenses, el tribunal simplemente desestimó su caso por completo. Como estudiante de derecho contra la discriminación, como feminista, como antirracista, me llamó la atención este caso. Lo sentí como injusticia al cuadrado. Así que en primer lugar, a las mujeres negras no se les permitió trabajar en la planta. En segundo lugar, el tribunal duplicó esta exclusión al desestimar jurídicamente el caso por intrascendente. Y para empezar, no había nombre para este problema. Y todos sabemos que, cuando no hay nombre para un problema, no se puede ver un problema, y cuando no se puede ver un problema, prácticamente no se puede resolver. Muchos años más tarde reconocí que el problema al que Emma se enfrentó era un problema de marco de referencia. El marco que el tribunal aplicaba para ver la discriminación de género o para ver la discriminación racial era parcial y esto distorsionaba el caso. Para mí, el reto al que me enfrentaba era intentar averiguar si había una narrativa alternativa, un prisma que nos permitiera ver el dilema de Emma, un prisma que permitiera rescatarla de los recovecos de la ley, que permitiera a los jueces ver su historia. Así que se me ocurrió, que una simple analogía de intersección podría permitir que los jueces vieran mejor el dilema de Emma. Así que si pensamos en esta intersección, las carreteras de la intersección serían la forma en que la fuerza de trabajo se estructuró por etnia y género. Y el tráfico en esas carreteras serían las políticas de contratación y las otras prácticas que sucedían en esas carreteras. Debido a que Emma era a la vez negra y mujer estaba precisamente en el cruce donde se intersectan las carreteras experimentando el impacto simultáneo de tráfico de género y etnia de la compañía. La ley es como la que se muestra en la ambulancia preparada para tratar a Emma solo si puede demostrar que se accidentó en la carretera de la etnia o en la del género pero no en el cruce de ambas. Entonces, ¿cómo llamaríamos que te atropellaran fuerzas múltiples y luego te abandonen a tu suerte? La interseccionalidad es lo que para mí aplicaba. Me gustaría seguir sabiendo que las mujeres afroestadounidenses, al igual que otras mujeres de color, al igual que otras personas socialmente marginadas de todo el mundo, se enfrentan a todo tipo de dilemas y desafíos como consecuencia de la interseccionalidad, intersecciones de etnia y género, de heterosexualidad, de transfobia, de xenofobia, de capacidad, todas estas dinámicas sociales se unen y crean desafíos que a veces son bastante únicos. Pero de la misma manera que la interseccionalidad intensifica nuestra percepción sobre cómo las mujeres negras viven sus vidas, también expone las circunstancias trágicas cómo las mujeres afroestadounidenses mueren. La violencia policial contra las mujeres negras es muy real. El nivel de violencia que enfrentan las mujeres negras es tal que no es de extrañar que algunos de ellas no sobrevivan a sus encuentros con la policía. Niñas de tan solo siete años, bisabuelas mayores de 95 años han sido asesinadas por la policía. Han sido asesinadas en sus salas de estar, en sus dormitorios. Asesinadas en sus autos. Han sido asesinadas en la calle. Asesinadas delante de sus padres y asesinadas también delante de sus hijos. Ellas han sido asesinadas a tiros. Ellas han sido pisoteadas hasta matarlas. Ellas han sido asfixiadas hasta matarlas. Ellas han sido maltratadas hasta matarlas. Ellas han sido electrocutadas hasta matarlas. Ellas han sido asesinadas cuando han llamado para pedir ayuda. Ellas han sido asesinadas cuando estaban solas, y ellas han sido asesinadas cuando estaban con otros. Ellas han sido asesinadas mientras compraban por ser negras, mientras conducían por ser negras, por tener alguna discapacidad mental siendo negras, durante un disturbio doméstico por ser negras. Incluso han sido asesinadas siendo sintecho por ser negras. Han sido asesinadas cuando hablaban por el móvil, riendo con amigos, mientras estaban sentadas en un auto informado como robado y mientras hacían un giro en U ante la Casa Blanca con un bebé atado en el asiento trasero del auto. ¿Por qué no sabemos estas historias? ¿Por qué esas vidas perdidas no generan la misma cantidad de atención en los medios y la protesta comunitaria como la pérdida de vidas de sus hermanos caídos? Es tiempo de cambio. Pero, ¿qué podemos hacer? En 2014, el Foro de Política Afroestadounidense comenzó a exigir que digamos los nombres de ellas en las reuniones, en las protestas, en las conferencias, en los mítines, en cualquier lugar y en todas partes. Se está discutiendo la violencia estatal contra los cuerpos negros. Pero decir su nombre no es suficiente. Tenemos que estar dispuestos a hacer más. Tenemos que estar dispuestos a dar testimonio, para dar testimonio de las realidades a menudo dolorosas con los que nos gustaría simplemente no tener que confrontarnos, la violencia cotidiana y la humillación que muchas mujeres negras han tenido que hacer frente, las mujeres por todo el espectro de color, edad, expresión de género, sexualidad y capacidad. Así que tenemos la oportunidad en este momento, con algunas de las imágenes que voy a compartir con Uds. de que sirvan para activar a algunos, para dar colectivamente testimonio de esta violencia. Vamos a escuchar la voz de la fenomenal Abby Dobson. Y mientras estamos sentados con estas mujeres de las que algunas han sufrido violencia y algunas que no la han sobrevivido, tenemos una oportunidad para revertir lo que sucedió al comienzo de esta charla, cuando no podíamos ponernos en pie por estas mujeres por no conocer sus nombres. Así que al final de este vídeo, se mostrará un pase de lista. Se mostrarán varios nombres de mujeres negras. Me gustaría que quienes puedan se sumen diciendo estos nombres tan fuerte como sea posible, al azar, de forma desordenada. Vamos a crear una cacofonía de sonido para representar nuestra intención para mantener estas mujeres arriba, para sentarse con ellas, para dar testimonio de ellas, para traerlas a la luz. (Cantando) Abby Dobson: Digan, digan su nombre. Digan, digan su nombre. (Público) ¡Shelly! (El público) ¡Kayla! AD: Oh, digan su nombre. (Público gritando nombres) Díganlo, díganlo, digan su nombre. Digan su nombre. Para todos los nombres que nunca sabré, digan su nombre. KC: Aiyanna Stanley Jones, Janisha Fonville, Kathryn Johnston, Kayla Moore, Michelle Cusseaux, Rekia Boyd, Shelly Frey, Tarika, Yvette Smith. AD: Digan su nombre. KC: Dije al principio, si no podemos ver un problema, no podemos solucionarlo. Juntos, nos hemos reunido para dar testimonio de la pérdida de las vidas de estas mujeres. Pero ahora es tiempo de pasar del luto y el dolor a la acción y la transformación. Esto es algo que podemos hacer. Depende de nosotros. Gracias por sumarse a nosotros. Gracias. (Aplausos)