Katie Mack
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[FORJA TU FUTURO]

Me encanta el universo. La inmensidad, el misterio, la increíble belleza de las estrellas. Todo eso me apasiona, y he dedicado mi vida a estudiarlo. Desde los átomos a las galaxias, de principio a fin. Pero últimamente, me he dedicado a esta última parte: al hecho de que el universo está muriendo. Sé que puede impactar. Se trata del universo, de todo lo que existe. Se supone que es eterno, ¿verdad? Pero no lo es. Sabemos que el universo tuvo un principio y que todo lo que empieza tiene un final.

Sabemos cómo empieza la historia. Al principio, hubo luz. Lo sabemos porque la vemos de manera directa. Actualmente, el cosmos contiene radiación de baja energía, remanente del período cuando el universo en su conjunto era una inmensa hoguera. En sus primeros 380 mil años, el espacio no era frío ni oscuro. Era espeso, con un plasma agitado y vibrante. Era caliente y denso. Y ruidoso. Pero también se expandía. Con el tiempo, el fuego se fue apagando y el espacio se enfrió. Nubes de gas se unieron por su propia gravedad y formaron estrellas, galaxias, planetas y a nosotros. Y un día, con un receptor de microondas unos astrónomos detectaron rastros de estática procedentes de distintas direcciones, que eran la radiación remanente de aquel fuego primigenio.

Ahora podemos trazar un mapa del cosmos hasta los confines más remotos del universo observable. Podemos ver galaxias lejanas, cuya luz tarda miles de millones de años en llegar a la Tierra. De manera que cuando las observamos, estamos viendo el pasado. Podemos ver que la expansión del universo se ha vuelto más lenta desde aquella primera fase de fuego hace 13 800 millones de años. Podemos ver colisiones de galaxias enteras y los estallidos de formación de estrellas a partir de la súbita conflagración de todo ese hidrógeno en el cosmos.

Y hemos notado que estas colisiones ocurren cada vez con menos frecuencia. La expansión del universo ya no ocurre lentamente. Hace miles de millones de años, comenzó a acelerarse. Las galaxias lejanas se están dividiendo cada vez más rápido. La formación de estrellas se ha ralentizado, y se puede calcular exactamente en qué proporción. Es un cálculo muy sorprendente. De todas las estrellas que nacieron o nacerán, un 90 % ya existe. Desde ahora hasta el fin de los tiempos, el universo funciona con tan solo ese último 10 %. El fin del universo está cerca.

Puede ocurrir de diversas maneras, pero la más probable es la llamada “muerte térmica”, una lenta y agónica desaparición del cosmos. Las estrellas se consumen y dejan cenizas ardientes. Las galaxias quedan cada vez más aisladas con su tenue luz. Las partículas se descomponen. Incluso los agujeros negros se evaporan en el vacío.

Pero tenemos tiempo. La muerte térmica está tan lejos que casi no hay palabras para describirla. Será dentro de mil millones de años, cuando el sol se expanda y haga hervir los océanos de la Tierra. Dentro de 100 mil millones de años, cuando ya no se vean galaxias distantes y ese leve rastro de luz del Big Bang. Mucho después de quedarnos solos en la oscuridad viendo cómo se desvanece la Vía Láctea.

Es normal que nos entristezca, aunque fuera a ocurrir dentro de billones de años. Nadie quiere que llegue a su fin lo que uno ama. Y por muy lejano que pueda parecer aquí y ahora, es más profundo que la muerte personal. Tenemos estrategias para aceptar lo inevitable de la propia muerte. Después de todo, nos decimos, algo de nosotros seguirá viviendo. Quizás a través de nuestras obras. O a través de nuestros hijos, que llevan nuestro material genético, o quizás nuestra perspectiva de la vida. Quizás a través de una idea que merezca ser difundida. La humanidad puede aventurarse hasta las estrellas, evolucionar y cambiar pero algo nuestro sobrevivirá.

En cambio, si el universo llega a su fin, en algún punto no dejamos legado. Llegará un momento en el que, en un sentido muy real, nuestra existencia no habrá tenido importancia. Se volverá a empezar de cero. ¿Por qué pasaríamos la vida intentando responder las preguntas más profundas de la realidad, si en definitiva no quedará nadie a quien transmitírselo? ¿Para qué construiríamos un castillo de arena si la marea está por llegar?

He consultado a otros expertos en el cosmos, y todos dieron respuestas distintas. Para algunos, la muerte del cosmos es necesaria. Es liberador saber que somos temporales. “Me encanta nuestra naturaleza efímera”, me dijo uno. Para otros, la pregunta en sí dispara la búsqueda de teorías alternativas. Debe haber alguna manera de continuar. La lenta transición hacia el negro no puede ser nuestro final. Uno de los expertos se consolaba con la posibilidad del multiverso. “No todo gira en torno a nosotros”, decía.

En lo personal, me siento afortunada. El cosmos existió miles de millones de años antes que nosotros y seguirá existiendo mucho después de que desaparezcamos. Durante este breve momento, estamos aquí. Quizá seamos insignificantes en la inmensidad del cosmos, pero tenemos el gran poder de entenderlo, de conocer sus comienzos, de contemplar su fin, de mirar hacia el cielo y vernos reflejados en cada ínfimo punto de luz. Es un priviliego tener la libertad de poder ver más allá de nuestra pequeña existencia y contemplar el fin del todo. Nosotros, humanos frágiles y predestinados, llevamos dentro la capacidad de descubrimiento y de asombro. Eso será siempre así mientras existan seres pensantes en el cosmos. Y podemos decidir cómo usarla.

Gracias.