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Voy a hablarles del poder en este siglo XXI. Y, básicamente, lo que me gustaría contarles es que el poder está cambiando y hay dos tipos de cambios que quiero tratar. Uno es la transición de poder, que es el cambio de poder entre estados. Y la versión simple del mensaje es que se mueve de Occidente a Oriente. El otro es la difusión de poder, la forma en que el poder pasa de los estados, de Occidente u Oriente, a los actores no estatales. Esas dos cosas son los dos grandes cambios del poder de nuestro siglo. Y quiero contarles cada uno por separado y luego cómo interactúan y por qué, al final, puede haber buenas noticias.

Cuando hablamos de transición de poder a menudo hablamos del crecimiento de Asia. Debería llamarse en verdad la recuperación, o el retorno, de Asia. Si mirásemos el mundo de 1800, encontraríamos que más de la mitad de la población mundial vivía en Asia y tenía más de la mitad de la producción mundial. Avancemos rápido a 1900: la mitad de la población del planeta, más de la mitad, todavía vive en Asia, pero tiene sólo un quinto de la producción mundial. ¿Qué sucedió? La Revolución Industrial. Que significó que, de repente, Europa y EE.UU. se volvieron el centro financiero del mundo. Lo que vamos a ver en el siglo XXI es a Asia volviendo gradualmente a representar más de la mitad de la población del mundo y a tener más de la mitad de la producción mundial. Eso es importante, es un cambio importante. Pero déjenme que les cuente un poquito del otro cambio del que estoy hablando, la difusión de poder.

Para entender la difusión de poder piensen en lo siguiente: los costos de informática y comunicaciones han caído a una milésima parte de su valor entre 1970 y el comienzo de este siglo. Esto es un número grande y abstracto, pero hagámoslo comprensible: si el precio de un automóvil hubiese caído tan rápidamente como el de la potencia de cálculo, hoy se podría comprar un auto por 5 dólares. Cuando el precio de una tecnología cae tan estrepitosamente, bajan las barreras de entrada; todos pueden entrar en el juego. Así, en 1970, si uno quería comunicarse de Oxford a Johanesburgo, o a Nueva Delhi, o a Brasilia, o a cualquier lado simultáneamente, se podía, existía la tecnología. Pero para poder hacerlo había que ser muy rico: un gobierno, una empresa multinacional, quizá la Iglesia Católica, pero uno tenía que ser muy rico. Ahora todos pueden hacer lo que previamente estaba restringido por precio a unos pocos actores, si tienen el precio de entrada a un cibercafé; la última vez que miré costaba algo así como una libra la hora... y si uno tiene Skype, es gratis. De modo que cosas que antes estaban restringidas, ahora están disponibles para todos. Y eso no significa

que se haya acabado la era del Estado. El Estado todavía importa. Pero el escenario está colmado. El Estado no está solo. Hay muchos, muchos actores. Algunos son buenos. Oxfam, un gran actor no gubernamental. Algunos son malos. Al Qaeda, otro actor no gubernamental. Pero pensemos cómo cambia eso nuestros términos y conceptos tradicionales. Pensamos en términos de guerra y de guerra entre estados. Y remontándonos a 1941, cuando el Gobierno de Japón atacó a EE.UU. en Pearl Harbor. Vale la pena destacar que un actor no estatal que atacó a EE.UU. en 2001 mató a más estadounidenses que el Gobierno de Japón en 1941. Podría entenderse esto como la privatización de la guerra. Estamos viendo un gran cambio en términos de difusión de poder.

Ahora, el problema es que no estamos pensando en esto de formas innovadoras. Por eso déjenme volver y preguntar: ¿qué es el poder? El poder es sencillamente la capacidad de afectar a otros para obtener los resultados que queremos y se puede hacer de tres maneras. Se puede hacer con amenazas, coerción... palos, se puede hacer con pagos... zanahorias, o se puede hacer que otros quieran lo mismo que uno. Y esa capacidad de hacer que otros quieran lo mismo que uno para obtener los resultados deseados, sin coerción ni pagos, es lo que llamo el "poder blando". Y se ha descuidado mucho este poder blando, ha sido muy malentendido. Y es tremendamente importante. De hecho, si aprendiéramos a usar más poder blando, se podría ahorrar mucho en zanahorias y palos. Tradicionalmente la gente pensaba en el poder principalmente en términos de poder militar. Por ejemplo, el gran historiador de Oxford que enseñó en esta universidad, A.J.P. Taylor, definió como gran potencia al país capaz de imponerse en la guerra. Pero necesitamos una nueva narrativa para entender el poder en el siglo XXI. No es sólo imponerse en la guerra, aunque la guerra todavía persiste. No es sólo qué ejército gana; es también qué historia gana. Y tenemos que pensar mucho más en términos de narrativas y qué narrativa va a ser más eficaz.

Ahora déjenme volver a la cuestión de la transición de poder entre estados y qué está pasando ahí. Las narrativas actuales tienden a contar el ascenso y caída de las grandes potencias. Y toda la narrativa actual es sobre el crecimiento de China y la caída de Estados Unidos. De hecho, con la crisis financiera de 2008, mucha gente dijo que esto era el comienzo del fin del poderío estadounidense. Se estaban desplazando las placas tectónicas de la política mundial. Y el presidente Medvédev de Rusia, por ejemplo, marcó en 2008 que este era el comienzo del fin del poderío de EE.UU. Pero, de hecho, esta metáfora de la caída suele ser muy engañosa. Si miramos la historia, la historia reciente, veremos que los ciclos de creencia en la caída estadounidense van y vienen cada 10 ó 15 años más o menos. En 1958, después de que los soviéticos lanzaran el Sputnik, era "el fin de Estados Unidos". En 1973, con el embargo petrolero y el cierre de la ventana del oro, era el fin de Estados Unidos. En la década de 1980, cuando EE.UU. atravesaba una transición, en el período de Reagan, de la economía "cinturón de óxido" del Medio Oeste a la de Silicon Valley en California, ese era el fin de EE.UU. Pero, de hecho, lo que hemos visto es que nada de eso era cierto. De hecho, la gente estaba demasiado entusiasmada en la década del 2000, pensando que EE.UU. podría hacer algo que nos llevara a alguna aventura desastrosa de política exterior, y de vuelta al cuento de la caída.

La moraleja de esta historia es que estas narrativas de ascenso, caída y decadencia nos hablan más de psicología que de la realidad. Si tratamos de centrarnos en la realidad, entonces tenemos que focalizarnos en lo que pasa realmente en términos de China y Estados Unidos. Goldman Sachs ha proyectado que China, la economía china, superará a la de EE.UU. en 2027. Así que tenemos 17 años más aproximadamente antes de que China sea más grande. Algún día, con 1.300 millones de personas cada vez más ricas, va a ser más grandes que Estados Unidos. Pero sean muy cautelosos con proyecciones como estas, como las de Goldman Sachs, si quieren hacerse una imagen precisa de la transición de poder en este siglo. Permítanme mencionar 3 razones por las que es demasiado simple. En primer lugar, es una proyección lineal. Ya saben, todos dicen: esta es la tasa de crecimiento de China, esta la de EE.UU., aquí van... línea recta. La historia no es lineal. A menudo hay baches en la carretera, accidentes en el camino. La segunda cosa es que la economía china sobrepase a la estadounidense, digamos en 2030, que puede ser, considerando el tamaño de la economía total, pero no el ingreso per cápita... no indicará la composición de la economía. China todavía tiene grandes áreas de subdesarrollo. Y el ingreso per cápita es una mejor medida de la sofisticación de la economía. Los chinos no lograrán alcanzar o pasar a los estadounidenses hasta finales... después de 2050, de este siglo.

El otro punto que vale la pena destacar es lo unidimensional de esta proyección. Mira el poder económico medido por el PIB. No dice mucho sobre el poder militar, no dice mucho sobre el poder blando. Todo es en una sola dimensión. Y, también, cuando pensamos en el crecimiento de Asia, o el retorno de Asia, como lo llamé un poco antes, vale la pena recordar que Asia no es una sola cosa. Si uno está en Japón, o en Nueva Delhi, o en Hanoi, el punto de vista del ascenso de China es un poco diferente que si uno está en Pekín. De hecho, una de las ventajas que tendrán los estadounidenses en términos de poder en Asia es que todos esos países querrán una política de seguros de EE.UU. contra el crecimiento de China. Es como si México y Canadá fueran vecinos hostiles de Estados Unidos, cosa que no son. Por eso estas proyecciones simples del tipo de las de Goldman Sachs no nos dicen lo que tenemos que saber sobre la transición de poder.

Pero pueden preguntarse, bueno ¿y con eso qué? ¿Por qué importa? ¿A quién le importa? ¿Es acaso un juego de diplomáticos y académicos? La respuesta es que importa mucho. Porque si uno cree en la caída y le dan las respuestas incorrectas, los hechos, no los mitos, uno puede adoptar políticas muy peligrosas. Déjenme darles un ejemplo de la historia. La Guerra del Peloponeso fue el gran conflicto en el que se desintegró el sistema griego de ciudad-estado hace 2.500 años. ¿Qué lo causó? Tucídides, el gran historiador de la Guerra del Peloponeso, dijo que fue el aumento de poder de Atenas y el temor que creó en Esparta. Observen las dos mitades de esa explicación.

Muchas personas argumentan que el siglo XXI va a repetir el siglo XX: la Primera Guerra Mundial, la gran conflagración, en la que el sistema estatal europeo se desintegró y destruyó su centralidad en el mundo, y que eso fue causado por el aumento de poder de Alemania y el temor que eso creó en Gran Bretaña. Hay gente que nos está diciendo que esto se va a reproducir hoy en día, que vamos a ver esto mismo en este siglo. No. Pienso que eso es un error. Es una mala lectura. Por un lado, Alemania había superado a Gran Bretaña en poderío industrial en 1900. Y, como dije antes, China no ha superado a Estados Unidos. Pero también, si uno cree eso y eso genera una sensación de miedo, eso lleva a una reacción exagerada. Y el mayor peligro que tenemos al manejar esta transición de poder del desplazamiento hacia Oriente, es el miedo. Parafraseando a Franklin Roosevelt, de un contexto diferente, «a lo único que debemos temer es al miedo mismo». No tenemos que temer al crecimiento de China o al retorno de Asia. Y si tenemos políticas, si adoptamos políticas con esa perspectiva histórica más amplia, vamos a ser capaces de manejar este proceso.

Permítanme decir unas palabras ahora sobre la distribución de poder y cómo se relaciona con la difusión de poder para luego unir ambos conceptos. Si uno quiere saber cómo se distribuye el poder en el mundo de hoy, se distribuye como un ajedrez tridimensional. En el tablero superior: el poder militar entre los estados. Estados Unidos es la única superpotencia y es probable que se mantenga de esa manera durante 2 ó 3 décadas. China no va a sustituir a EE.UU. en ese tablero militar. El tablero medio de este ajedrez tridimensional: el poder económico entre los estados. El poder es multipolar. Hay equilibradores. EE.UU., Europa, China, Japón, pueden equilibrarse mutuamente. El tablero inferior del ajedrez tridimensional: el tablero de las relaciones transnacionales, cosas que cruzan las fronteras fuera del control de los gobiernos: el cambio climático, el comercio de drogas, los flujos financieros, las pandemias, todas estas cosas que trascienden las fronteras fuera del control de los gobiernos, ahí nadie está a cargo. No tiene sentido llamar a esto unipolar o multipolar. El poder está distribuido caóticamente. La única manera de resolver estos problemas -y aquí entran muchos de los desafíos más grandes de este siglo- es mediante la cooperación, gracias al trabajo conjunto. Es decir, que el poder blando se torne más importante, esa capacidad para organizar redes para hacer frente a este tipo de problemas y poder lograr la cooperación.

Otra forma de decirlo es que al pensar en el poder en el siglo XXI, queremos alejarnos de la idea de que el poder es siempre de suma cero: mi ganancia es tu pérdida y viceversa. El poder también puede ser de suma positiva, donde tu ganancia puede ser mi ganancia. Si China desarrolla una mayor seguridad energética y una mayor capacidad para hacer frente a sus problemas de emisiones de carbono, es tan bueno para nosotros como para China y también para todos los demás. Así que dar poder a China para enfrentar sus propios problemas de carbono es bueno para todos, y no es una suma cero: yo gano, tú pierdes. Es una suma en la que todos podemos ganar. Así que cuando pensamos en el poder en este siglo, queremos abandonar este punto de vista que es todo "yo gano, tú pierdes". No quiero decir que haya que ser ultra optimista. Las guerras persisten. El poder persiste. El poder militar es importante. Mantener el equilibrio es importante. Todo esto aún persiste. El poder duro está ahí, y seguirá estando. Pero a menos que uno aprenda a combinar poder duro con poder blando en estrategias que yo llamo de "poder inteligente", no se podrá hacer frente a los nuevos tipos de problemas que enfrentamos.

La pregunta clave que tenemos que hacernos al mirar esto es: es, ¿cómo podemos trabajar juntos para producir bienes públicos globales, cosas de las que todos nos podamos beneficiar? ¿Cómo definir nuestros intereses nacionales de modo que no sean de suma cero, sino de suma positiva? En ese sentido, si definimos nuestros intereses, por ejemplo, para los Estados Unidos, la forma en que Gran Bretaña los definió en el siglo XIX, manteniendo un sistema comercial abierto, una estabilidad monetaria, la libertad de los mares, eso era bueno para Gran Bretaña, y también para los demás. Y en el siglo XXI hay que hacer un paralelismo. ¿Cómo producimos bienes públicos globales que sean buenos para nosotros pero buenos para todos al mismo tiempo? Y esa va a ser la dimensión de buenas noticias de lo que tenemos que considerar al pensar el poder en el siglo XXI.

Hay maneras de definir nuestros intereses en las que, mientras nos protegemos con poder duro, podemos organizarnos con otros en redes para producir no sólo bienes públicos sino maneras de mejorar nuestro poder blando. Así que si uno mira las declaraciones que se han hecho al respecto. Me impresionó cuando Hillary Clinton describió la política exterior de la Administración Obama; dijo que la política exterior de la Administración Obama iba a usar el poder inteligente, según sus palabras: "la amplia gama de herramientas disponibles en política exterior". Y si vamos a lidiar con estos dos grandes desplazamientos de poder que describí, el cambio de poder representado por la transición entre estados y el cambio de poder representado por la difusión de poder de todos los estados, vamos a tener que desarrollar una nueva narrativa del poder en la que combinemos poder duro y blando en estrategias de poder inteligente. Y esa es la buena noticia que tengo. Podemos hacerlo.

Muchas gracias.

(Aplausos)