Ivan Coyote
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Hay cosas que todos necesitamos. Necesitamos respirar aire. Necesitamos beber agua limpia. Necesitamos comer, cobijo y amor. El amor es genial, pero también necesitamos un lugar seguro donde hacer pipí.

(Risas) ¿Verdad?

Como persona transexual, nunca he encajado dentro del binarismo de género. Si mañana pudiera cambiar el mundo, lo primero que haría sería crear baños unisex de un solo cubículo en todo lugar público que me permitieran explorar el mundo más fácilmente.

(Aplausos) Las personas transexuales y los asuntos transexuales están recibiendo mucha atención por parte de los medios de comunicación. Esto está genial y es necesario, pero gran parte de la atención se ha dirigido a muy pocas personas transexuales, la mayoría bastante ricas y bastante famosas. y quizás no les preocupa mucho saber dónde van a hacer pipí entre clase y clase en la universidad o dónde van a cambiarse para la clase de educación física en el instituto. La fama y el dinero aísla a estas estrellas transexuales de TV de la mayoría de los retos cotidianos a los que el resto de nuestra comunidad debe enfrentarse cada día:

los baños públicos. Han sido uno de los primeros problemas que recuerdo desde mi infancia como pequeña niña marimacho, hasta mi adultez como organismo de apariencia masculina, pero de organismo predominantemente estrogénico.

(Risas)

Hoy en día, como persona transexual, los baños y vestuarios públicos son los lugares donde es más probable que se me cuestione o se me acose. Han arremetido verbalmente contra mí detrás de la puerta. Guardias de seguridad me han sacado de baños con los pantalones a medio subir. La gente me ha mirado, gritado, criticado y una vez una señora mayor me golpeó con su bolso en la cara. Volví a casa con un ojo morado por culpa del bolso que, estoy seguro, contenía al menos USD 70 en monedas y un gran surtido de caramelos duros.

(Risas)

Sé lo que la mayoría de Uds. está pensando y tienen razón en gran parte. Hoy en día, podría utilizar el baño de hombres casi siempre. Pero eso no soluciona mis problemas en el vestuario, ¿verdad? No tendría por qué utilizar el vestuario masculino porque no soy un hombre. Soy una persona transexual.

Y ahora también tenemos a nuestros políticos alarmistas que intentan aprobar leyes que regulan los baños públicos. ¿Conocían esto? Están intentado legislar para forzar a gente como yo a utilizar los baños que ellos consideran los más apropiados según el sexo que se me asignó al nacer. Si estos políticos lo consiguen, en Arizona, California o Florida o la semana pasada en Houston, Texas; o en Ottawa, utilizar el baño de hombres no será una opción legal para mí.

Cada vez que uno de esos políticos pone una de esas leyes sobre la mesa, no puedo evitar preguntarme: ¿Quién se encargará de hacer cumplir estas leyes y de qué manera? ¿Controles de braguitas? ¿De verdad? ¿Exámenes genitales en la puerta de baños y vestuarios en los colegios? No existe manera legal o ética o posible que permita ejecutar este tipo de leyes. Solo existen para suscitar miedo y para promover la transfobia. No protegen a nadie, sino que hacen de este mundo un lugar más peligroso para nosotros.

Entretanto, nuestros hijos transexuales sufren el abandono escolar y abandonan sus vidas por completo. La gente transexual, especialmente la juventud transexual, la juventud con inconformidad de género, se encuentra con problemas añadidos en piscinas y gimnasios, pero también en las universidades, hospitales y bibliotecas. Ni mencionar la forma en la que nos tratan en el aeropuerto.

Si no nos damos prisa para que estos espacios estén abiertos y sean accesibles para todo el mundo, seamos sinceros y dejemos de llamarles espacios públicos. Tenemos que admitir que estos espacios están abiertos para personas que sí encajan en uno de los roles de género. Y yo no encajo en ninguno. Nunca he encajado. Esto viene desde pequeños.

Conozco a una niña que es hija de una amiga. Se identifica como marimacho. Hablo de las botas de cowboy, camiones de juguete, tarros con insectos y demás. Una vez le pregunté cuál era su color preferido y me dijo: "El color del camuflaje".

(Risas)

El pasado octubre, esta increíble niña regresó a casa después de su día de jardín de infancia con los pantalones empapados porque se habían metido con ella por intentar utilizar el baño de chicas. El profesor le advirtió que no fuese al baño de los chicos. Un día se bebió dos vasos de ese zumo de color rojo en la fiesta de Halloween. ¿Quién es capaz de resistirse? Ese zumo rojo es muy rico. No se podía aguantar el pipí mucho más.

Ella y sus compañeros tenían cuatro años. Sus compañeros ya creían tener la potestad de controlar el uso que esta niña podría hacer de los denominados baños públicos. Era una niña de cuatro años. Ya le habían dado una lección brutal: no había ningún baño en su jardín de infancia que tuviese una señal que diese la bienvenida a personas como ella. Acababa de aprender que el cuarto de baño sería un problema. Un problema que sería de ella y solo para ella. Mi amiga me pidió que hablase con la niña y hablé con ella. Quería decirle que su madre y yo íbamos a hablar con su colegio para solucionar el problema. Pero yo sabía que no era verdad. Quería decirle que todo sería más fácil cuando creciese, pero tampoco podía. Le pedí que me contase lo que había ocurrido y le pedí que me contase cómo se sentía. "Enfadada y triste", me dijo. Y le dije que no estaba sola y que lo que le había pasado no estaba bien. Me preguntó que si alguna vez me había hecho pipí encima. Le dije que sí, pero no por mucho tiempo.

(Risas)

También es mentira, porque ya saben que cuando se cumplen los 40, a veces se escapa el pipí al toser o al estornudar al subir las escaleras o al hacer estiramientos. No digan mentiras. Esto ocurre, ¿verdad? No creo que a esta niña le haga falta saber estas cosas.

(Risas)

Le dije que, cuando crecemos, la vejiga también crece. "Cuando crezcas como yo, podrás aguantarte el pipí más tiempo". Se lo prometí.

"¿Hasta llegar a casa?", me preguntó.

Le dije que sí. "Sí, hasta llegar a casa". Y, al parecer, eso la consoló en parte.

¿Por qué no instalamos baños unisex y unipersonales con un pequeño banco para cambiarse de ropa para educación física? No podemos cambiar el mundo de la noche a la mañana para nuestros hijos, pero podemos darles un lugar íntimo y seguro para refugiarse de ese mundo, aunque solo sea por unos minutos. Podemos hacerlo. Hagámoslo.

Si alguno de Uds. ya está pensando en una lista de razones por las que este asunto no es prioritario o que es demasiado caro o que le niegue a una persona transexual un espacio seguro donde ir al baño o cambiarse de ropa, Uds. apoyan la elección de un estilo de vida que ofende sus valores o su masculinidad o sus creencias religiosas. Déjeme apelarles a esa parte de sus corazones que, probablemente, se preocupe por el resto de la población. ¿Si a Ud. no le importa el bienestar de gente como yo, qué me dice de esas mujeres y niñas con problemas de imagen? ¿Qué me dice de alguien que tenga problemas de percepción de su imagen? ¿Qué pasa con el chico que es el bajito de su clase y al que todavía no le ha cambiado la voz? Ay, la adolescencia en la escuela, qué cruel puede llegar a ser. ¿Verdad? ¿Qué me dicen de las personas con problemas de ansiedad, de las personas con discapacidades que necesitan atención en esos lugares? ¿Qué me dicen de la gente cuyo cuerpo, por algún motivo, no encaja con los cánones que dictan nuestra apariencia? ¿A cuántos nos avergüenza quitarnos la ropa delante de nuestros compañeros y cuántos vamos a permitir que ese temor nos prohíba disfrutar de algo tan importante como la actividad física? ¿No nos beneficiaríamos todos de estos baños unipersonales?

No podemos cambiar de repente todas esas mentes transfóbicas, pero podemos darle a todo el mundo un espacio donde cambiarse para poder llegar al trabajo y hacer de este mundo un lugar más seguro para todos nosotros.

Gracias por su atención.

(Aplausos)

Gracias.

(Aplausos)