Guadalupe Nogués
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Tengo un temita con la verdad y con las conversaciones. Me formé como científica pero terminé tomando caminos extraños. La ciencia es una manera de hacerle preguntas al mundo y de escuchar sus respuestas. Nunca sabremos todo. Pero eso no quiere decir que no sepamos nada. Hay mucho que ya sabemos. Sin embargo, la evidencia a veces es dejada de lado a la hora de tomar decisiones o de formarnos una imagen del mundo. Por ejemplo, ya sabemos que el cambio climático es una realidad, pero hay quienes lo niegan. Ya sabemos que las vacunas funcionan y son seguras. Pero también hay quienes dudan. Esa fue mi primera decepción: Las evidencias son necesarias pero no suficientes. Con esto se me abrió un nuevo camino. Pensé que el problema era la educación. Así que dejé el laboratorio y me dediqué a enseñar. Amo la docencia. El aula es uno de mis lugares preferidos. Pero ahí encontré el mismo problema que antes. Estaba enseñando sobre vacunas y una estudiante dijo que ella no se vacunaba porque las vacunas le parecían peligrosas. Mi intuición fue: "Dice esto porque no sabe del tema, si le explico, va a cambiar su postura". Le expliqué, pero no funcionó. La evidencia no alcanza. La educación no alcanza. Segunda decepción. Esto que me pasó con mi estudiante fue mi primera experiencia personal con la post-verdad. Eso que pasa cuando, aunque la información esté, se deja de lado y se siguen las emociones o las creencias. Con esto se abrió un nuevo camino. ¿Será un problema de comunicación? Como la ciencia es una herramienta, la usé para estudiar la post-verdad. Empecé a conversar con personas que desconfían de las vacunas y a encontrarme con médicos y periodistas para tratar de mejorar la comunicación sobre el tema. Y ahí entendí que nunca había aprendido a conversar con los que piensan distinto. Por ejemplo: ¿cómo dialogamos cuando el problema no es la evidencia sino un desacuerdo ideológico? Hay experimentos que muestran que cuando la gente conversa solamente con los que piensan igual sus opiniones se vuelven más extremas y homogéneas. Pero para tener una democracia saludable ¿no necesitamos que los que piensan distinto logren conversaciones amplias, honestas y profundas? Esto no es lo que está pasando. Cada discusión, cada desacuerdo, cada conversación, parece una batalla entre el bien y el mal. Nuestras opiniones, en vez de ser provisorias, puentes para comunicarnos con otros, son inamovibles, una zanja que cavamos y que separa a los que están de nuestro lado de los otros. El diálogo desaparece, el acuerdo es imposible, y el mundo se fragmenta en una combinación explosiva de agresión y desconfianza. ¿Podemos hacer algo? No todas las opiniones nacen iguales. Algunas son débiles, o temporarias. Otras son intensas, o duraderas. Y otras se vuelven parte de nuestra identidad. Cuando pasa eso, cualquier duda sobre lo que pensamos se vuelve una duda acerca de quiénes somos. Y eso nos resulta insoportable. Además, la necesidad de proteger nuestra integridad nos hace agruparnos con los que están en la misma situación. Esto es el tribalismo. Por eso a veces ni la evidencia ni la educación funcionan. No pensamos algo, somos ese algo. (Aplausos) Les hago una pregunta: ¿Les pasó alguna vez de ir a una reunión social en donde hay personas que no conocen y pensar algo como "Mmm, no sé qué piensa esta gente, mejor de tal tema no hablo"? ¿Les pasó? A ver, levanten la mano los que vivieron algo así. Mírense. El daño del tribalismo no es solo que genera un clima de conflicto permanente, sino también que genera silencios. Algunos nos retiramos del debate pero no porque no tengamos opiniones o no nos importe lo que pasa. No somos tibios. Por el clima de agresión, porque las cosas no avanzan, por miedo, por hartazgo, por la penalización social del disenso, por uno o varios de estos motivos, abandonamos la conversación en silencio. Es un silencio ruidoso. Y así, la imposibilidad de dialogar hace que el número de voces disminuya. A veces hasta que queda una sola. Se confunde silencio con asentimiento. Y se crea una ilusión de consenso. Como se oye una sola opinión, parece que hay una sola opinión. Y entonces cualquier otra opinión ya no es solamente distinta, es disonante, es ajena, y debe ser eliminada. En general, asociamos la idea de censura con la de un poder que prohíbe desde arriba. Pero hay otra forma más sutil. La censura desde abajo. La que a través de herramientas de disciplinamiento social, como por ejemplo subiendo el tono de la pelea, genera que nos retiremos. Esto es una amenaza a la libre expresión. Y me hace pensar que también es un problema para la democracia. Tanto en nuestro pequeño entorno como a gran escala. Parecería entonces que hay solo dos opciones. O mostramos nuestras ideas despreciando a los que no piensan como nosotros, o nos callamos. Y al hacer eso cedemos el control a los que deciden hablar. Pero esto es un falso dilema. Hay otra opción, pero necesitamos volverla evidente porque está oculta en este mar de tribalismo. Podemos tener posturas definidas, incluso muy intensas, sin subirnos a la dinámica del discurso intolerante. Es una de las cosas que aprendí al hablar con las personas que dudan de las vacunas. Para romper con el tribalismo, para buscar la mayor cantidad de voces, para salir de esta dinámica de amigos y enemigos, propongo distinguir entre qué creemos y cómo lo creemos. Y si a este cómo lo volvemos no tribal, podemos plantear nuestras opiniones sin que lo que pensamos se convierta en lo que somos. Reaparecen los matices y las conversaciones se vuelven posibles. Y a partir de ahí se pueden construir consensos que son producto de lograr acuerdos a pesar de nuestras diferencias. Pero cuando hablo de estas ideas me suelen hacer algunas críticas. Por ejemplo, que parece que con tal de evitar los conflictos planteo dejar que los consensos decanten donde sea. No, no es eso lo que quiero decir. Si no nos expresamos porque nos sentimos alienados o expulsados no estamos participando de la toma de decisiones. Pero todos vivimos con las consecuencias de esas decisiones. Entonces, como no nos da todo lo mismo, necesitamos hablar. Pero si no queremos hablar en este clima hostil porque nos agota y vemos que no lleva a nada, tratemos de superar el modo tribal. Más allá de lo que pensemos. Quizá tengamos más en común con quienes piensan distinto pero quieren conversar que con los que comparten con nosotros alguna opinión pero son intolerantes. (Aplausos) También me suelen decir que no hay mucho que podamos hacer a nivel individual para salir del modo tribal. Pero me parece que sí hay cosas para hacer, bien concretas. Y tengo tres sugerencias que podrían ayudar. Primero, buscar el pluralismo. Promoverlo activamente. Así el disenso se vuelve visible y esto es importante porque solo si incluimos el disenso podemos lograr un verdadero consenso. Para que esto pueda pasar necesitamos poder hablar sin sentir que se nos penaliza socialmente. Pero también hace falta que seamos capaces de escuchar voces que no nos gustan. El momento de defender la libertad de expresión es ahora. Cuidarla es más fácil que recuperarla. Aprender a conversar mejor. A encontrar mejores maneras de estar en desacuerdo. Conversar no es esperar nuestro turno para hablar, tratando de imponer nuestras ideas por la fuerza o la insistencia. Es escuchar para entender al otro. Sin escucha no hay conversación. Tercero, separar las ideas de las personas. Bajo el tribalismo, atacar una idea hace que la persona se sienta amenazada porque siente que se la ataca como persona. Pero con esa actitud, ¿cómo vamos a lograr mejorar las ideas? Necesitamos discutirlas para que sobrevivan las mejores. Las personas merecen respeto. Las ideas tienen que ganárselo. Los humanos somos inventores. En algún punto, en algún lugar, inventamos la idea de sentarnos junto al fuego a conversar. Y en un punto, las conversaciones y el fuego se parecen. Los dos están siempre entre dos peligros. El de extinguirse y el de crecer de modo descontrolado. Nos llevó tiempo pero aprendimos a usar el fuego. Aprendimos a mantenerlo vivo para que no se apague. Y a manejarlo para que no nos destruya. Quizá llegó la hora de aprender a hacer lo mismo con las conversaciones. Gracias. (Aplausos)