Deborah Lipstadt
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Hoy vengo a hablarles de mentirosos, demandas judiciales y risas. La primera vez que oí que el Holocausto fue una farsa, me eché a reír. ¿Una farsa? ¿El Holocausto que tiene la dudosa distinción de ser el genocidio mejor documentado en el mundo? ¿Quién podría negarlo?

Piénsenlo. Para que sus detractores tengan razón, ¿quién tendría que estar equivocado? Bueno, en primer lugar, las víctimas, los supervivientes que nos han contado sus testimonios conmovedores. ¿Quién más tendría que estar equivocado? Los testigos. Los que vivieron en las decenas de aldeas, pueblos y ciudades en el frente oriental, los que vieron a sus vecinos concentrados hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos... Y llevados a las afueras de la ciudad para ser fusilados y abandonados en fosas comunes. O los polacos que vivieron en los pueblos y las aldeas limítrofes a los campos de exterminio, y vieron entrar día tras día trenes atiborrados de gente y los vieron salir de allí vacíos.

Pero, sobre todo, ¿quién tendría que estar equivocado? Los autores de los crímenes, los que reconocieron haberlo hecho. Ahora, tal vez añadan una clasificación y afirmen: "No tuve opción. Me obligaron a hacerlo". Pero, sin embargo, reconocen haberlo hecho. Piensen en ello. No hay ni un solo juicio por crímenes de guerra desde el fin de la 2ª Guerra Mundial donde los autores hayan dicho, da igual su nacionalidad, "Nunca sucedió". De nuevo, podrían haber dicho: "Me obligaron", pero nunca sostuvieron que esto no sucedió. Al reflexionar mucho sobre este asunto, decidí que esto de la farsa no merecía mi atención y por lo tanto, tenía que preocuparme por cosas más importantes como escribir e investigar, así que seguí adelante.

Pasaron un poco más de diez años cuando dos investigadores universitarios, dos de los historiadores más prominentes del Holocausto, se pusieron en contacto conmigo y me invitaron a tomar un café: Tenemos un proyecto de investigación que creemos que es perfecto para Ud.". Intrigada y halagada de que pensaran en mí y me consideraran digna del proyecto, les pregunté: "¿De qué se trata?" Y respondieron: "El negacionismo del Holocausto". Y por segunda vez, me reí. ¿Negacionismo del Holocausto? ¿Lo dice los mismos que piensan que la tierra es plana y que Elvis vive? ¿Debería estudiarlos? Los dos dijeron: "Sí, estamos intrigados. ¿De qué se trata? ¿Cuál es su objetivo? ¿Cómo se las arreglan para hacer creer a la gente lo que dicen?"

Así que me dije que si ellos pensaban que valía la pena, esto podría ser para mí un breve descanso, tal vez un año, tal vez dos, tres, tal vez incluso cuatro; en términos académicos, eso no es nada.

(Risas)

Nos tomamos nuestro tiempo.

(Risas)

Y los investigaría. Así que lo hice. Lo investigué y descubrí una serie de cosas, de las cuales me gustaría hoy compartir dos con Uds.

La primera es que los detractores son lobos disfrazados de corderos. Son los mismos de siempre, los nazis, neonazis... Ya decidirán si desean añadir un "neo" allí o no. Al mirarles, no vi uniformes de la SS, símbolos de la esvástica en la pared o el saludo nazi, nada de esto. En cambio, vi personas disfrazadas de académicos respetables.

¿Dónde les encontré? En un instituto. Un instituto para la revisión histórica. Publicaban una revista... una revista seria. La "Revista para la revisión histórica", repleta de artículos serios con muchas notas a pie de página. Pero se hacían llamar de otra manera: No eran neonazis ni antisemitas, eran revisionistas. Dijeron, "Somos revisionistas. Tenemos una única misión: revisamos los errores de la historia". Pero solo hay que indagar un poco, ¿y con qué te encuentras allí? La misma admiración por Hitler, alabanzas al Tercer Reich, antisemitismo, racismo, prejuicios. Esto es lo que me intrigó: el antisemitismo, el racismo y el prejuicio disfrazados de discurso racional.

La segunda cosa que descubrí... A muchos de nosotros nos enseñaron a diferenciar entre hechos y opiniones... Es que después de estudiar a los revisionistas, pienso diferente: existen los hechos, las opiniones y las mentiras. Y los revisionistas quieren tomar sus mentiras, disfrazarlas de opiniones quizás un tanto extremas, un tanto maquilladas de vanguardistas... De todos modos, si son opiniones, deberían iniciar una conversación. Y entonces retocan los hechos.

He publicado mi trabajo, un libro con el título: "Negacionismo del Holocausto: El creciente ataque de la verdad y a la memoria", publicado en muchos países y aquí en el Reino Unido por la editorial Penguin, pasé la página sobre esas personas y estaba lista para seguir adelante. Pero luego me llegó la carta de la editorial. Y por tercera vez, me reí... erróneamente. Abrí la carta que me hacía saber que David Irving me había demandado en el Reino Unido por difamación por llamarle un detractor del Holocausto.

¿Me demanda David Irving? ¿Quién era David Irving? David Irving era un escritor de obras históricas, la mayoría de ellas sobre la Segunda Guerra Mundial, y prácticamente en todas esas obras se mostraba que los nazis realmente no eran tan malos, y los aliados no eran realmente tan buenos. Y los judíos, da igual que les pasó, era un poco porque se lo merecían. Él había consultado los documentos, conocía los hechos, pero de alguna manera los manipuló para llegar a esta opinión. No siempre fue un detractor del Holocausto, pero a finales de los 80 ya era un ferviente revisionista.

También me reía porque este hombre no era solo un detractor del Holocausto sino que parecía muy orgulloso de ello, un hombre que dijo... y cito... "Hundiré el acorazado Auschwitz", un hombre que señaló el número tatuado en el brazo de un sobreviviente y dijo: "¿Cuánto dinero has sacado con ese número tatuado en el brazo?" Un hombre que dijo: "Murieron más personas en el coche del senador Kennedy en Chappaquiddick que en las cámaras de gas en Auschwitz". Es una referencia estadounidense, pueden ver los detalles si les interesa. Este era un hombre que no parecía en absoluto avergonzado o reacio a ser un detractor del Holocausto.

Muchos de mis colegas me aconsejaron: "Deborah, simplemente ignora eso". Cuando les expliqué que no puedes ignorar un pleito por difamación, me dijeron: "¿Quién va a creerlo de todos modos?" Pero aquí estaba el problema: La ley británica puso la responsabilidad, la carga de probarlo sobre mí, yo tenía que probar que era verdad lo que dije, al contrario de la ley estadounidense o de muchos países donde él tiene que refutar mis acusaciones.

¿Qué significaba eso? Eso significaba que si no luchaba, él ganaría por omisión. Y en caso de ganar, podría decir legítimamente que su versión del Holocausto, la de David Irving es legítima: "Se demuestra que Deborah Lipstadt me difamó al llamarme detractor del Holocausto. Por lo cual, queda demostrado que yo David Irving, no soy un detractor del Holocausto". ¿Y cuál es esa versión? No había un plan para asesinar a los judíos, no hubo cámaras de gas, no hubo fusilamientos en masa, Hitler no tuvo nada que ver con todo el sufrimiento infligido y los judíos habían inventado todo esto para obtener dinero de Alemania y para obtener un Estado, y lo hicieron con la ayuda y el apoyo de los aliados, que plantaron los documentos y las pruebas.

No podía dejarlo pasar y jamás volver a mirar a un sobreviviente o un hijo de sobrevivientes en la cara. No podría dejarlo pasar si me considero una historiadora responsable. Así que luchamos. Y, ¡atención!, para aquellos de Uds. que no han visto "el juicio del siglo", ganamos. (Risas)

(Aplausos)

El juez dictaminó que David Irving era un mentiroso, un racista y un antisemita, con una visión partidista de la historia, que mintió, y falsificó los hechos, y lo más importante, lo hizo deliberadamente. En más de 25 ejemplos importantes demostramos que seguía un patrón. No fueron pequeñas errores, muchos de nosotros en la audiencia escribimos o está escribiendo libros. Siempre cometemos errores; por eso nos gustan las segundas ediciones, para corregir los errores.

(Risas)

Pero lo suyo siempre seguía el mismo patrón: culpar a los judíos y exonerar a los nazis.

¿Pero cómo ganamos? Examinamos sus notas a pie de página y nos fuimos a la fuente. ¿Y qué encontramos? No en la mayoría de los casos o predominantemente, sino que en cada uno de los casos donde hizo alguna referencia al Holocausto, su supuesta evidencia fue manipulada, contada a medias, cambiada de fechas, los acontecimientos cambiados, inventando hechos que no ocurrieron. En otras palabras, no tenía ninguna prueba. Sus evidencias probaron que no tenía pruebas. No probamos lo que pasó, sino que su versión y por ende, la de todos los que refutan el Holocausto - porque los citaba o usaba como argumento - no era cierta. Afirman cosas y no tienen pruebas para respaldarlas.

Entonces, ¿por qué mi historia es más que solo la historia de una demanda judicial difícil y peculiar de seis largos años de una profesora estadounidense arrastrada a los tribunales por un hombre que el tribunal declaró en su sentencia un polémico neonazi? ¿Cuál es el mensaje? Pienso que en el contexto de la verdad tiene un mensaje muy significativo. Porque hoy, como bien sabemos, la verdad y los hechos están amenazados. Los medios sociales, a pesar de sus aspectos positivos, también nos ha traído la imposibilidad de diferenciar entre hechos - hechos probados - y mentiras.

Tercer mensaje: el extremismo. No se ven las túnicas del Ku Klux Klan, las cruces ardientes, ni siquiera se oye claramente el discurso de la supremacía blanca. Podemos llamarles "derecha alternativa" o "Frente Nacional", elijan. Pero por debajo se esconde el mismo extremismo que encontré entre los revisionistas disfrazado de discurso racional.

Vivimos en un momento en el que hay que defender la verdad. Me acuerdo de una caricatura de "The New Yorker". En un concurso recientemente publicado en "The New Yorker" el presentador le dijo a una participante: "Sí, señora, tenía la respuesta correcta. Pero su oponente gritó más fuerte que Ud., así que el punto es para él".

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, no nos dejemos engañar por las apariencias racionales. Tenemos que escudriñarlas y encontraremos el extremismo. En segundo lugar, debemos entender que la verdad no es relativa. Y en tercer lugar, debemos estar a la ofensiva, no a la defensiva. Cuando alguien hace una declaración escandalosa, aunque detente la posición más importante de la nación o incluso, del mundo, debemos preguntarle: ¿Dónde está la prueba? ¿Dónde está la evidencia?" Debemos obligarles a enseñarla. No hay que tratar a estos casos como si sus mentiras fueran iguales a los hechos.

Y como dije antes, la verdad no es relativa. Muchos de nosotros crecimos en un mundo académico acostumbrado al pensamiento liberal ilustrado, donde se nos enseña que todo está sujeto a debate. Pero este no es el caso. Hay ciertas cosas que son verdad. Hay hechos indiscutibles, verdades objetivas. Galileo nos lo enseñó hace siglos. Incluso después de que el Vaticano le obligó a negar el hecho de que la Tierra se mueve alrededor del Sol, no se calló y, ¿qué dijo? "Y, sin embargo, se mueve".

La Tierra no es plana. El cambio climático es real. Elvis no está vivo.

(Risas)

(Aplausos)

Y lo más importante, la verdad y los hechos están amenazados. El trabajo que tenemos que hacer, la tarea y el desafío que tenemos delante son enormes. El tiempo para defenderlas es limitado. Debemos actuar ahora. "Luego" será demasiado tarde.

Muchas gracias.

(Aplausos)