Darya Rose
87,934 views • 14:53

A los 11 años, empecé mi primera dieta. Estaba en 6º curso. No tenía sobrepeso, y estaba muy lejos de eso. Pero una mañana, entré a la cocina antes de ir a la escuela y vi a mi mamá haciéndose un batido de chocolate para el desayuno. Para una niña de 11 años, era muy tentador. Cuando me explicó que era un batido dietético para perder peso, me pareció aún mejor. Si bien era tan solo una niña, ya tenía inculcada la cultura de la supermodelo a principios de los 90, cuando ser delgada era lo deseable. Mi madre compartió su desayuno conmigo, y 15 años después me vi luchando todos los días para ser feliz con la comida y conmigo misma. En ese tiempo, probé cuanta dieta se cruzara en mi camino. En la secundaria, no probaba bocado si la comida tenía la mínima grasa. En la universidad, los hidratos de carbono eran el fruto prohibido, literalmente. He tomado más sopa de calabaza, y he comido más pomelos y más pechugas de pollo sin hueso y sin piel que cualquier ser humano. Y admito que todas estas dietas funcionaron. Y, de verdad, perdí los mismos 4,5 kg al menos 20 veces. (Risas) De manera que sé muy bien cuánto seducen las dietas. Sé lo bien que se siente cuando hacemos un gran esfuerzo y luego los demás te dicen lo bien que se te ve. Pero también sé de la angustia que sobreviene cuando queremos relajarnos, y el día "permitido" para salirse de la dieta se transforma en una semana y luego en un mes, al cabo de lo cual nos sentimos peor que cuando empezamos, solo que con un dosis extra de vergüenza y angustia, típicas de un fracaso. Las dietas restrictivas pueden dar excelentes resultados, pero solo en el corto plazo. En el largo plazo, que en definitiva es lo que nos importa realmente, las dietas hacen que perder peso y estar saludables sea más difícil, no más fácil. Las dietas crean malos hábitos. La sensación de haber comido poco empieza a obsesionarnos y suele llevar a atracones e incluso pueden alterar el metabolismo para peor y de manera permanente. No son nada buenas. ¿Qué deberíamos hacer, entonces? Son pocos los casos, pero hay gente que logra perder peso y lo mantiene de manera indefinida sin tener que hacer dieta. Los miembros del Registro Nacional del Control de Peso perdieron al menos unos 13 kg y lo mantuvieron durante un año, pero, en promedio, perdieron 30 kg y lo mantuvieron durante cinco años. ¿Cuál es el secreto? Cada uno adoptó un patrón personalizado de hábitos saludables que funcionara para cada necesidad. Podríamos decir el cliché de que crearon un estilo de vida saludable. Y, en realidad, este es el único método que parecería funcionar para perder peso y mantenerse saludable de manera permanente. El problema es que no todos lo logran, y es porque hacer este cambio en el estilo de vida no es nada fácil. Pero no es imposible y considero que más gente podría lograrlo si lograra aprovechar mejor su tiempo y energía. Les diré hoy tres maneras de hacerlo. En primer lugar, los nuevos hábitos que van a crear deben ser intrínsecamente placenteros, no tan solo posibles o tolerables. Un gran error que cometemos al intentar formar hábitos saludables es elegir actividades que en realidad no nos agradan, como entrenar por encima de nuestro rendimiento normal o comer alimentos sin sabor solo porque son sanos. Esta técnica se opone directamente a la forma en que el cerebro forma hábitos y nunca se sostiene en el tiempo. Para formar un hábito, se necesita un estímulo o recordatorio, algo que veamos, oigamos o sintamos, como el aroma del café recién hecho. Esto crea el deseo de actuar de cierta manera, como ir a buscar la taza de café. Y hacemos esa acción porque esperamos alguna recompensa o satisfacción, que es una infusión agradable y caliente sumada a esa dosis de energía que aporta. Si no tenemos esa sensación de satisfacción, el estímulo no se renueva y el comportamiento nunca se automatiza. Y si no es automático, no se transforma en hábito. Veamos entonces, ¿qué significa que debe ser intrínsecamente placentero? Significa que lo que nos da placer, es decir, la recompensa, tiene que ser una propiedad de la actividad en sí misma. Entonces, no deberíamos recompensarnos por salir a correr mirando una hora más la televisión antes de ir a dormir. No va a funcionar. De hecho, estas recompensas extrínsecas, que no están directamente vinculadas a la actividad, han demostrado que debilitan la motivación en el largo plazo, transformando algo que podría haberles dado placer en una tarea que ahora no les agrada. Es fundamental que nos guste la actividad. Esa es la recompensa. En mi caso, esto significó enamorarme de la feria de frutas y verduras. Nunca habría imaginado que alimentos tan comunes, como la zanahoria, el pepino y el tomate, tuvieran tan buen sabor comparado a lo que siempre compré en el supermercado. Empecé a comer alimentos que antes no toleraba, como la remolacha y la col de Bruselas. De pronto, sentí interés por cocinar, una actividad que jamás me había seducido en la vida. Prácticamente de la noche a la mañana, la comida saludable pasó a ser un placer, mi única opción y mi nueva identidad de por vida. Así es un hábito intrínsecamente placentero. Bien, veamos ahora: ¿qué pasa si no les gusta salir a correr? Pues no lo hagan. Elijan una actividad física que les dé placer. ¿Y si ninguna actividad los motiva porque están fuera de estado? Empiecen de a poco. Elijan algo menos exigente pero que les resulte agradable, como un paseo corto por el vecindario en la tarde. No se preocupen por la cantidad de calorías que quemarán, sino por empezar un hábito que les guste. La segunda parte de esta nueva estrategia es tomar conciencia de nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestras emociones. El término moderno para designarlo es "conciencia plena". La conciencia plena es muy importante, porque los hábitos que tenemos se producen de manera automática. Recuerden que esta característica es lo que define al hábito. Empiezan el día en piloto automático y se ven de pronto frente a la computadora comiendo unas papas fritas que encontraron en la sala de recreo. La conciencia plena es una habilidad que nos permite tomar conocimiento de nuestro estado mental del momento. Crea la pausa necesaria para reflexionar sobre nuestros valores antes de actuar, y nos permite la flexibilidad mental necesaria para elegir algo nuevo. ¿Cómo se sienten al volver a su casa luego del trabajo? Seguramente están cansados, tienen hambre, quizá de mal humor después de lidiar con el tráfico. Por la mañana, el plan era cocinar algo sano al llegar a casa, pero ahora es muy probable que no tengan ganas. Esta combinación de cansancio, hambre y frustración dispara el deseo de comer alimentos ricos en calorías que no requieren esfuerzo de preparación. Por eso, la pizza fácil que está en el congelador es más tentadora que el pescado con verduras de baja calorías en el refrigerador que hay que preparar y cocinar. Tomar conciencia de estas sensaciones por separado, en lugar de tan solo reaccionar o resistirse a ellas, es una habilidad muy poderosa, porque una vez que lo hacemos, nos podemos preguntar si vale la pena que esas sensaciones nos dominen o si vale la pena tomar el camino saludable, aunque en el momento cueste un poco. Pero lo importante es esto: aun si en esta instancia se sienten muy cansados para cocinar, y una pizza es la mejor opción, esa toma de conciencia los ayudará a reconocer que algo se puede hacer para evitar esta situación en el futuro. Por ejemplo, pueden comer unos frutos secos antes de irse de la oficina para no agravar el cansancio con el hambre. O quizá la cena que deciden preparar era muy ambiciosa o poco tentadora, y es recomendable elegir otra cosa para crear un nuevo hábito en la cocina. Los hábitos nuevos casi siempre parecen dar más trabajo al principio. Pero si son intrínsecamente gratificantes, de a poco empezaremos a tomarlos como la opción más fácil. La conciencia plena es lo que nos ayudará a lograrlo. Es por ello que recomiendo practicar regularmente esta técnica para desarrollar la habilidad, aun si es un simple ejercicio de respiración. Cuando la práctica de la conciencia plena es sencilla y no es forzada, hay más probabilidades de superar las situaciones más difíciles que la vida nos impone. La tercera parte de la estrategia puede ser la más importante. Se trata de desarrollar una mentalidad de crecimiento. El término "mentalidad de crecimiento" fue acuñado por la psicóloga Carol Dweck para describir la convicción de que podemos superar los obstáculos con perseverancia y desarrollar habilidades con esfuerzo. La mentalidad de crecimiento se opone a la mentalidad fija, según la cual nuestras habilidades y características se determinan en el nacimiento y no se pueden cambiar demasiado aunque intentes. En mi experiencia, la salud es una de las áreas de la vida donde es más difícil desarrollar una mentalidad de crecimiento. Porque cuando pruebas una dieta tras otra y terminas con más peso y menos salud, es fácil empezar a creer que el problema es uno mismo. Uno empieza a crear su propio relato y creemos que no tenemos buena salud o que simplemente se nos antoja comer comidas ricas. Cuando empezamos a creer en estas historias que inventamos, se hace muy difícil hacer cambios significativos. Esta es la trampa de la mentalidad fija. Por suerte, la mentalidad del crecimiento se puede desarrollar. Implica entender que todas las personas son capaces de aprender y desarrollar habilidades, y que uno no es la excepción. Podemos aprender a cocinar, a disfrutar de comidas que de niños nos desagradaban. Podemos empezar a hacer actividad física aunque no nos guste la gimnasia, y podemos priorizar el cuidado de nosotros mismos aunque trabajemos todo el día, o tengamos una familia, o ambos. Desarrollar una mentalidad de crecimiento también implica entender que los errores son parte del proceso de aprendizaje. Los percances no solo no nos definen, sino que son oportunidades para crecer y entender mejor cómo funcionamos y cómo funciona el mundo, de forma individual y conjunta. Si un bebé se cae cuando aprende a caminar, ¿ha fracasado? Claro que no. En lugar de enfocarse en lo que no ha funcionado o le fue imposible cambiar, una persona con mentalidad de crecimiento siempre se centra en lo que es factible. Se concentra es sus acciones, y en lo que puede controlar para que el resultado sea distinto la próxima vez. Para desarrollar ese tipo de mentalidad, recomiendo que se hagan las tres preguntas sugeridas por Russ Harris: ¿qué funcionó, qué no funcionó y qué cambio puedo hacer para la próxima vez? Estas tres sencillas preguntas son las que nos pueden ayudar a alejar la mente de pensamientos derrotistas que en nada benefician y desviarlos hacia la acción positiva, y de ese modo pasaremos de la mentalidad fija a la de crecimiento. Cambiar nuestros hábitos y nuestras creencias no es fácil. Desarrollar una práctica consciente demanda esfuerzo. Y tratar de encontrar hábitos saludables que nos den placer implica una buena dosis de autorreflexión y la disposición a probar cosas aunque no estemos seguros de que van a funcionar. Pero es posible progresar en todas estas áreas si ponemos la energía en el sitio correcto. Pasé 15 años obligándome a comer alimentos que no me agradaban y haciendo actividades físicas que no me hacían feliz. Y el único resultado fue kilos de más y una gran frustración conmigo misma y con mi aspecto. En tan solo dos meses, empecé a ver los resultados del cambio de estrategia. Luego de varios años, no solo vi el resultado de mi esfuerzo, a diferencia de las veces anteriores, sino que hasta mejoré mi estado físico. Pero en ese momento, me pareció menos importante que el sentirme bien. Aquella lucha diaria que había librado casi toda mi vida había llegado a su fin. Había cambiado mi estilo de vida radicalmente. Comía gran cantidad de verduras, muy pocas veces comía alimentos procesados, cocinaba con frecuencia y hacía actividad física todos los días. Y todo me encantaba, me daba felicidad y satisfacción. Estos hábitos saludables se transformaron en una expresión de amor propio, y no de desprecio por uno mismo. Ahora me siento sana y feliz desde que empecé mi dieta hace ya casi 15 años. En algún sentido, ese cambio me parece trascendental, pero también me parece lo más fácil y natural del mundo, como si siempre hubiera tenido que ser así. Porque así es lo que se siente cuando uno trabaja con la mente, y no contra ella. Gracias. (Aplausos)