Benjamin Barber
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Sin duda, la democracia está en problemas, y se debe en parte al fuerte dilema en el que se encuentra. Es cada vez más intrascendente para las decisiones que tomamos frente a pandemias globales, un problema transfronterizo; el VIH, un problema transnacional; los mercados y la inmigración, que van más allá de las fronteras nacionales; el terrorismo, la guerra, todos ellos problemas transfronterizos en la actualidad.

De hecho, vivimos en un siglo XXI de la interdependencia, y de salvajes problemas interdependientes, y cuando buscamos soluciones en la política y la democracia, nos encontramos con instituciones políticas diseñadas hace 400 años, estados-nación soberanos y autónomos, con jurisdicción y territorios separados unos de otros, y cada uno de ellos afirma ser capaz de solucionar los problemas de sus ciudadanos. Un mundo del siglo XXI, con problemas y retos de un mundo transnacional e instituciones políticas del siglo XVII. En este dilema radica el principal problema de la democracia. Como muchos otros, he estado pensando sobre lo que podemos hacer con esto, con esta asimetría entre los retos del siglo XXI y unas instituciones políticas en forma de estados-nación arcaicas y cada vez más disfuncionales.

Mi propuesta es esta: cambiemos el sujeto. Dejemos de hablar de naciones, de estados con fronteras, y comencemos a hablar de ciudades. Porque creo que, si hablamos de ciudades, descubrirán que hablamos de las instituciones políticas en las que nacieron la civilización y la cultura. Hablamos de la cuna de la democracia.

Hablamos de esos lugares, esos espacios públicos en los que nos reunimos para crear la democracia y, al mismo tiempo, en que se manifiestan aquellos que quieren arrebatarnos nuestra libertad. Piensen en algunos de esos grandes nombres: la plaza de la Bastilla, el parque Zucotti, la plaza Tahrir, la plaza de Taksim de Estambul en los titulares de hoy, o, sí, la plaza de Tiananmen en Beijing.

(Aplausos)

Estos son los espacios públicos en los que nos proclamamos ciudadanos, participantes, personas con el derecho a escribir nuestra propia historia. Las ciudades no son solo las instituciones más antiguas, son las más perdurables. Si lo piensan, Constantinopla, Estambul, son mucho más antiguas que Turquía. Alejandría, mucho más antigua que Egipto. Roma, muy anterior a Italia. Las ciudades sobreviven a las épocas. Son los lugares en los que nacemos, crecemos, nos educamos, trabajamos, nos casamos, rezamos, jugamos, envejecemos y, llegado el momento, morimos. Son nuestro hogar. Son muy diferentes de los estados-nación, que son abstracciones. Pagamos impuestos, en ocasiones votamos, observamos a los hombres y mujeres que elegimos para gobernar que gobiernan más o menos sin nosotros. No ocurre tan así en esos hogares llamados ciudades, en las ciudades en las que vivimos. Es más, hoy en día, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades. En el mundo desarrollado supone el 78 por ciento. Hoy, más de 3 de cada 4 personas viven en instituciones urbanas, lugares urbanos, en ciudades. Así que las ciudades son donde se encuentra la acción. Las ciudades somos nosotros. Aristóteles dijo en la Grecia Antigua que el hombre es un animal político. Yo digo que somos un animal urbano. Somos una especie urbana, con nuestros hogares en nuestras ciudades. Para volver al dilema, si el dilema es que tenemos unos estados-nación antiguos, incapaces de gobernar al mundo, de responder a los retos globales a los que nos enfrentamos, como el cambio climático, quizás es el momento de que los alcaldes gobiernen al mundo, de que los alcaldes y los ciudadanos y las personas a las que representan se involucren en el gobierno global.

Cuando hablo de los alcaldes que gobiernen al mundo, cuando al principio se me ocurrió esa frase, me di cuenta de que, en realidad, ya lo hacen. Ya hay ejemplos de instituciones internacionales, interurbanas, instituciones transfronterizas, redes de ciudades en las que las ciudades ya están, silenciosamente, trabajando juntas más allá del horizonte, para hacer frente al cambio climático, a la seguridad, la inmigración, para tratar todos esos problemas, arduos e interdependientes, a los que nos enfrentamos. Tienen nombres extraños: UCLG, Ciudades y Gobiernos Locales Unidos; ICLEI, Consejo Internacional para Problemas Medioambientales Locales. Y la lista continúa: Citynet en Asia; City Protocol, una nueva organización nacida en Barcelona que utiliza la web para compartir las mejores prácticas entre países. Y también todas esas cosas que nos son más familiares: el Pacto de Alcaldes de los EE UU, el Pacto de Alcaldes de la Ciudad de México, el Pacto de Alcaldes Europeos. Los alcaldes son la clave.

Así que la pregunta es: ¿Cómo podemos crear un mundo en el que los alcaldes y los ciudadanos a los que reprensentan jueguen un papel más importante? Bien, para comprender eso, debemos comprender por qué las ciudades son especiales, por qué los alcaldes son tan distintos de los primeros ministros y los presidentes, porque mi premisa es que un alcalde y un primer ministro son dos extremos opuestos del espectro político. Para ser primer ministro o presidente, necesitas tener una ideología, necesitas una metanarrativa, debes tener una teoría sobre cómo funcionan las cosas, debes pertenecer a un partido. En general, los políticos independientes, no llegan a ser electos. Los alcaldes son todo lo contrario. Los alcaldes son pragmatistas, son los que solucionan los problemas. Su trabajo es hacer las cosas, y si no las hacen, son despedidos. El alcalde Nutter de Filadelfia dijo: "En Filadelfia no podríamos escabullirnos y hacer las cosas como se hacen en Washington, con esa parálisis, esa falta de acción, esa inacción. ¿Por qué? Porque hay que arreglar los socavones, porque los trenes han de funcionar, porque los chicos tienen que poder ir a la escuela". Eso es lo que tenemos que hacer, y eso tiene que ver con el pragmatismo, en el sentido estadounidense, de conseguir resultados. Washington, Beijing, París, como capitales mundiales, son cualquier cosa menos pragmáticas, pero los alcaldes de ciudades reales tienen que ser pragmáticos. Tienen que hacer las cosas, han de dejar la ideología, la religión y la etnicidad a un lado y unir sus ciudades. Fuimos testigos de ello hace un par de décadas, cuando Teddy Kollek, el gran alcalde de Jerusalén en los años 80 y 90, se encontró asediado un día en su oficina por los diversos líderes religiosos: prelados cristianos, rabinos, imanes. Discutían entre ellos sobre el acceso a los lugares sagrados. Y la riña no acababa, y Kollek escuchaba, y al final dijo: "Señores, ahórrense sus sermones, yo les arreglaré las alcantarillas."

(Risas)

Eso es lo que hacen los alcaldes. Arreglan las alcantarillas, hacen que los trenes funcionen. No existe una manera de derecha o de izquierda para hacerlo. Boris Johnson, alcalde de Londres, se autodenomina anarco-Tory. Un término extraño, pero en ciertos aspectos lo es. Es un libertario. Es un anarquista. Va al trabajo en bicicleta, pero a la vez, es conservador en algunos aspectos. Bloomberg en Nueva York, fue demócrata, después fue republicano, y finalmente fue independiente, y dijo que la etiqueta partidista solo es un estorbo. Luzhkov, alcalde de Moscú durante 20 años, aunque ayudó a fundar un partido, el Partido Unido, junto a Putin, se negó de hecho a definirse de acuerdo a ese partido y al final, perdió su puesto no bajo el mandato de Brezhnev, ni bajo el de Gorbachev, sino bajo el de Putin, que quería un seguidor más fiel al partido. Así que los alcaldes son pragmatistas y los que solucionan problemas. Los que consiguen que se hagan las cosas.

La segunda cosa sobre los alcaldes es que son lo que me gusta llamar "amiguetes". Ellos y sus esposas son nuestros vecinos. Ellos son del barrio. Son parte del barrio, los conocemos. Ed Koch solía pasear por la ciudad de Nueva York preguntando: "¿Qué tal lo estoy haciendo?" Imaginen a David Cameron paseando por el Reino Unido preguntando: "¿Qué tal lo estoy haciendo?" No le gustaría la respuesta. O a Putin. O a cualquier líder nacional. Koch podía preguntar eso porque conocía a los neoyorquinos. y ellos lo conocían a él. Los alcaldes proceden normalmente de los lugares que gobiernan. Es bastante difícil ser forastero y alcalde. Puedes presentarte al Senado por un Estado del que no procedes, pero es difícil hacerlo como alcalde.

Como resultado, los alcaldes y concejales y las autoridades locales tienen un nivel de confianza mucho mayor, y esta es la tercera característica de los alcaldes, que no tienen los gobernadores nacionales. Conocemos las patéticas cifras en Estados Unidos: un 18% de los estadounidenses apoyan al Congreso y lo que hacen. E incluso con un presidente relativamente popular como Obama, la cifra de apoyo a la presidencia es del 40, 45, en ocasiones 50% como mucho. La Corte Suprema está muy lejos del apoyo que solía tener. Pero si preguntan: "¿Confías en tu concejal, confías en tu alcalde?" Los porcentajes suben al 70, 75, incluso al 80%, porque son gente del vecindario, porque la gente con la que trabajan son del vecindario, porque, como el alcalde Booker en Newark, es probable que un alcalde salga de su coche de camino al trabajo para sacar a la gente de un edificio en llamas —esto le ocurrió el alcalde Booker— o interceder en un atraco en plena calle mientras va al trabajo porque lo ve. Los servicios de seguridad no permitirían a ningún jefe de Estado hacer esto, ni siquiera encontrarse en la posición de poder hacerlo.

Esa es la diferencia, y la diferencia tiene que ver con el carácter de las ciudades en sí, porque las ciudades son profundamente multiculturales, abiertas, participativas, democráticas, capaces de trabajar en grupo.

Cuando las naciones se enfrentan, China y EE.UU se enfrentan entre sí así. Cuando las ciudades interactúan, interactúan así. China y EE.UU, a pesar de la reciente reunión en California, están aprisionadas en todo tipo de odio, resentimiento y rivalidad por ser el número uno. Todo lo que escuchamos fue sobre quién será el número uno. Las ciudades no se preocupan por ser el número uno. Tienen que trabajar juntas, y eso es lo que hacen. Trabajan juntas frente al cambio climático, por ejemplo. Organizaciones como el C49, ICLEI, que mencioné antes, han estado trabajando juntas muchos, muchos años antes de la cumbre de Copenhague. En Copenhague, hace cuatro o cinco años, 184 naciones se unieron para explicarse unas a otras por qué sus soberanías no les permitían lidiar con la gravísima crisis del cambio climático, pero el alcalde de Copenhague invitó a 200 alcaldes. Llegaron, se quedaron y encontraron formas, y lo siguen haciendo, para trabajar juntos, de ciudad a ciudad y en organizaciones interurbanas. El 80% de las emisiones de dióxido de carbono procede de las ciudades, lo que significa que las ciudades están en la posición de poder resolver este problema, o la mayor parte, tanto si los estados de los que forman parte llegan a acuerdos entre ellos o no. Y lo están haciendo. Los Ángeles ha limpiado su puerto, que suponía el 40% de las emisiones de carbono, y las ha reducido alrededor del 20%. Nueva York tiene un programa para rehabilitar viejos edificios, aislarlos del frío en invierno; evitar fugas del aire acondicionado en verano. Eso está funcionando. En Bogotá, cuando Mockus era alcalde, se inició un sistema de transporte que ahorraba energía y permitía a los autobuses funcionar en la práctica como el metro, autobuses exprés con carriles propios. Esto ayudó al desempleo, ya que la gente podía atravesar la ciudad, y tuvo también un gran impacto en el clima y en muchas otras cosas. Singapur, al tiempo que desarrollaba sus rascacielos y sus extraordinarias viviendas públicas, también desarrolló una isla de parques, y si van allí podrán ver qué cantidad de espacio verde y parques tienen. Las ciudades están haciendo todo esto, pero no solo individualmente. Están trabajando juntas. Comparten sus proyectos, y están mejorando las cosas al implementar las mejores prácticas compartidas. El sistema de bicis compartidas, esto comenzó hace 20 o 30 años en Latinoamérica. Ahora se da en cientos de ciudades de todo el mundo. Zonas peatonales, tasas de congestión, límites de emisión como los que tienen en las ciudades de California. Las ciudades pueden hacer muchísimo, incluso cuando las tercas y opacas naciones se niegan a actuar.

Así que, ¿cuál es el principal mensaje de todo esto? El mensaje es que aún vivimos, políticamente, en un mundo de fronteras, de límites, un mundo de muros, un mundo en el que las naciones se niegan a colaborar. Sin embargo, comprobamos que la realidad que vivimos cada día es un mundo sin fronteras, un mundo de enfermedades sin fronteras, y de médicos sin fronteras, maladies sans frontières, Médecins Sans Frontières, de economía y tecnología sin fronteras, de educación sin fronteras, de terrorismo y guerra sin fronteras. Este es el mundo real, y si no encontramos un modo de globalizar la democracia o democratizar la globalización, cada vez será mayor el riesgo no solo de ser incapaces de enfrentarnos a los problemas transnacionales sino de perder la democracia en sí misma, atrapada bajo la llave del vieja caja de los estados-nación, incapaces de hacer frente a los problemas globales democráticamente.

¿Qué significa esto? Se lo explicaré. El camino a la democracia global no pasa por los estados, pasa por las ciudades. La democracia nació en la antigua polis. Estoy convencido de que puede renacer en la cosmópolis global. En ese viaje desde la polis a la cosmópolis, podemos redescubrir el poder de la democracia a nivel global. Podemos crear no una Liga de Naciones, que no funcionó, sino una Liga de Ciudades, no las Naciones Unidas, o des-Unidas, sino las Ciudades Unidas del Mundo. Podemos crear un parlamento global de alcaldes. Esa es una posible idea. Está en mi concepto del mundo futuro, pero está también sobre la mesa de los ayuntamientos de Seúl, Corea, en Ámsterdam, en Hamburgo, en Nueva York. Los alcaldes están sopesando la idea de cómo crear realmente un parlamento global de alcaldes, y me encanta esa idea, porque un parlamento de alcaldes es un parlamento de ciudadanos y un parlamento de ciudadanos es un parlamento nuestro, un parlamento suyo y mío.

Si alguna vez llega a haber ciudadanos sin fronteras, creo que son los ciudadanos de TED los que prometen convertirse en esos ciudadanos sin fronteras. Yo estoy listo para estirar los brazos y acoger una nueva democracia global, para recuperar nuestra democracia. Y la única pregunta es: ¿lo estás Uds.?

Muchísimas gracias, conciudadanos.

(Aplausos)

Gracias. (Aplausos)