Angelicque White
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Soy oceanógrafa biológica. Tengo el gran privilegio de estudiar la vida microbiana en el océano Pacífico. Enseguida hablaremos de los microbios, pero primero quiero darles una idea del lugar, una idea de la dimensión.

El océano Pacífico es nuestra cuenca oceánica más grande y profunda. Cubre unos 155 millones de kilómetros cuadrados. Si tomáramos todos los continentes y los uniéramos en una pequeña Pangea II, entrarían cómodamente en el Pacífico, con espacio de sobra. Es un ecosistema inmenso, de los azules del océano abierto al verde de las márgenes continentales. En este lugar, me dedico al estudio de la base de la cadena alimentaria: el plancton.

Ahora bien, en mi investigación, y en el campo de la oceanografía microbiana en general, hay un tema que ha surgido, y este tema es "cambio". Estos ecosistemas microbianos están cambiando de manera real y medible, y esto no es difícil de ver. Los océanos cubren el 70 % de nuestro planeta, por lo que un cambio oceánico es un cambio planetario, y todo empieza con los microbios.

Tengo dos historias para compartir con Uds., que están destinadas a ser historias de amor hacia los microbios. Pero voy a ser sincera: hay un aspecto en ellas que son una gran decepción, así que estén atentos, y concéntrense en el amor, pues ese es el contexto.

Lo primero que hay que saber es que los bosques del mar son microbianos. Y lo que quiero decir con eso, es que, en gran medida, las plantas de mar abierto son microscópicas y son más abundantes de lo que pensamos. Voy a mostrarles algunas fotos de estos organismos que he recopilado a lo largo de los años. Son los peldaños más bajos de la cadena alimentaria oceánica. Son plantas y animales diminutos que tienen formas, tamaños, colores y metabolismos diferentes. En un mililitro de agua marina hay cientos de millones. Nadamos con ellos cuando estamos en el océano. Producen oxígeno, consumen CO2 y son la base de la cadena alimentaria de la cual depende toda forma de vida oceánica.

He pasado unos 500 días de mi vida científica en el mar, y mucho más frente a una computadora o en el laboratorio, por lo que me siento obligada a contarles algunas de sus historias.

Empecemos en el noroeste del Pacífico. Este lugar es verde, hermoso. Estas son proliferaciones de fitoplancton visibles desde el espacio a lo largo de la costa oeste de los EE. UU. Es un ecosistema altamente productivo. Aquí es donde se puede pescar salmón o halibut, o avistar ballenas. Es una bella parte de nuestro país. Y aquí, durante 10 años, entre otras cosas, estudié el alentador tema de la proliferación de las algas dañinas. Son eclosiones de fitoplancton productor de toxinas que pueden contaminar las cadenas alimentarias y acumularse en los moluscos y peces que se capturan para el consumo humano. Tratábamos de entender por qué, dónde y cuándo proliferan para poder manejar la pesca y proteger la salud humana. Pero el problema es que el océano es un blanco en movimiento y, como las personas en nuestra vida, la toxicidad varía según el plancton.

(Risas)

¿De acuerdo? Así que, para superar estos obstáculos, combinamos la teleobservación por satélite con drones y planeadores, el muestreo regular de la zona de surfeo y mucho tiempo en el mar en pequeños botes en la costa de Oregón. Y no sé si algunos de Uds. han tenido la oportunidad de hacerlo, pero no es fácil.

[Hasta los oceanógrafos se marean]

Aquí vemos a unos pobres estudiantes.

(Risas)

Les cubrí la cara para proteger sus identidades.

(Risas)

Es un lugar desafiante. Así que la información que les daré es información bien ganada.

(Risas)

Combinando todos nuestros datos con nuestros colaboradores, elaboramos una serie cronológica de 20 años de recuento de células de fitoplancton y de toxinas. Y eso nos permitió entender los patrones de estas proliferaciones y construir modelos para predecirlas.

Y encontramos que el riesgo de proliferaciones de algas dañinas estaba estrechamente ligado a los aspectos del clima. Cuando digo "clima", no me refiero al tiempo de a diario; me refiero a cambios a largo plazo. Estas oscilaciones, que quizá conozcan, como la Oscilación Decadal del Pacífico —la ODP—, o "El niño", generalmente traen a esta región inviernos cálidos y secos, pero también reducen la fuerza de la Corriente de California, que fluye de norte a sur a lo largo del noroeste del Pacífico y calientan las costas oceánicas. Aparece en rojo en este gráfico. Son anomalías cálidas, fuertes índices de la ODP. Y cuando ocurren estos cambios y se producen cambios en la temperatura, aumenta el riesgo de proliferación de algas dañinas, pero también disminuye la repoblación del salmón y propicia la invasión de especies como el cangrejo verde. Estos son los impactos ecológicos y económicos del clima.

Ahora bien, si nuestros modelos son correctos, la frecuencia y gravedad de estos eventos van a empeorar, junto con las anomalías cálidas. Y, para ilustrarlo, en 2014 ocurrió quizá una de las peores proliferaciones de algas dañinas en la historia de Oregón. Fue también el año más cálido del registro climático del momento, hasta 2015, 2016, 2017, 2018. De hecho, los cinco años más cálidos del registro climático moderno han sido los últimos cinco. Es un buen augurio para esa proliferación de algas pero es malo para la salud del ecosistema.

Ahora bien, puede que no les importen los moluscos, pero estos cambios afectan industrias pesqueras de gran importancia económica, como la de cangrejo y de salmón, y pueden afectar la salud de mamíferos marinos como las ballenas. Y eso puede importar un poco más. Puede resonar.

Así que esta es la historia catastrófica sobre las costas del Pacífico. Pero, en realidad, son ecosistemas muy resistentes; si les damos la oportunidad, pueden recuperarse. Lo importante es no ignorar los cambios que estamos viendo, lo que me lleva a mi segunda historia. Desde entonces me mudé al grupo de islas más remoto del planeta, las islas hawaianas, donde soy la nueva líder del programa "Series temporales oceánicas de Hawái". Y durante 31 años, este programa hizo un peregrinaje mensual a un lugar llamado Estación ALOHA. Está en el medio del océano Pacífico, en el centro de este vasto y turbulento sistema de corrientes que llamamos "Giro subtropical del Pacífico Norte". Es nuestro ecosistema oceánico más grande. Es cuatro veces el tamaño de la selva amazónica. Es cálido, en el buen sentido. Tiene aguas azules, y es el tipo de lugar en el que uno quiere bucear y nadar, pero no desde nuestro barco de investigación, porque hay tiburones, y lo pueden googlear.

(Risas)

Es un lugar hermoso. Y aquí, desde octubre de 1988, generaciones de investigadores han hecho estos peregrinajes mensuales. Estudiamos la biología, la química, la física del océano abierto. Medimos la temperatura desde la superficie al suelo marino. Hemos rastreado las corrientes e investigado las olas. Aquí se han descubierto nuevos organismos. Se han creado vastas librerías genómicas que han revolucionado lo que pensamos de la diversidad de los microorganismos marinos. No solo es un lugar de descubrimiento, sino que lo más importante de las series es que nos dan una idea de la historia, una idea del contexto. Y en 30 años de recolección de datos, nos permitió separar el cambio estacional y ver el surgimiento de la huella de la humanidad en el mundo natural.

Hay otra serie temporal icónica en Hawái: la curva de Keeling. Espero que la hayan visto. Esta serie ha documentado el veloz aumento de dióxido de carbono en la atmósfera.

No es solo la cantidad, es la velocidad del aumento. La tasa de aumento de CO2 en nuestra atmósfera no tiene precedentes en nuestro planeta. Y eso tiene efectos en nuestros océanos. De hecho, los océanos absorben el 90 % del calor que se genera por los gases de efecto invernadero y un 40 % del dióxido de carbono. Y hemos podido medirlo en la Estación ALOHA. Cada punto es una expedición. Representa la vida de quienes por 30 años han hecho estas mediciones, y tomó 30 años para poder verlo. El CO2 aumenta en la atmósfera, y también aumenta en el océano. Esa es la línea roja.

Una consecuencia de esto es un cambio fundamental en la química del agua marina, una disminución del pH, que está en una escala logarítmica, y que vemos en la línea azul. Hemos notado una disminución del 30 % en el pH de la superficie oceánica en esta serie temporal. Esto afecta a los organismos que deben nutrirse y hacer caparazones; eso cambia las tasas de crecimiento, las interacciones metabólicas, y no solo afecta al plancton, sino a los ecosistemas grandes como los arrecifes de coral.

Una de las cosas que podemos mostrar con esta serie temporal es que esto es solo rozar la superficie. El aumento del CO2 y la disminución del pH fueron medidos en los primeros 500 metros de la columna de agua. Este hallazgo es muy serio. Es realmente uno de los lugares más remotos de nuestro planeta, y hemos afectado los primeros 500 metros de la columna de agua.

Ahora bien, estas dos cosas —la proliferación de algas dañinas y la acidificación del océano— no es todo. Han escuchado sobre el resto: aumento del nivel del mar, eutrofización, deshielo de las capas polares, expansión de las zonas de mínimo oxígeno, contaminación, pérdida de biodiversidad sobrepesca. Es difícil conseguir un estudiante de posgrado... Como ven, es un discurso difícil, ¿no?

(Risas)

(Suspira)

De nuevo, creo que estos ecosistemas microbianos son inmensamente resistentes. Simplemente no podemos seguir este camino.

Personalmente creo que la observación continua de los océanos y del planeta es un imperativo moral para esta generación de científicos. Somos testigos de los cambios impuestos en nuestras comunidades naturales y esto nos brinda una oportunidad para adaptarnos y promover un cambio global, si estamos dispuestos. Las soluciones a estos problemas tienen varios niveles. Suponen un conjunto de soluciones a nivel local, pero también votar por personas que van a proteger nuestro ambiente a escala global.

(Aplausos)

Volvamos al tema del amor.

(Risas)

Los microbios son importantes. Son organismos pequeños, abundantes, antiguos y claves para mantener la población y el planeta. Pero estamos en camino de duplicar las emisiones de dióxido de carbono en los próximos 50 años. La analogía que uso para esto es la idea de que seguimos comiendo como si tuviéramos 20 años asumiendo que no va haber consecuencias. Pero soy una mujer de más de 40, y sé que hay consecuencias por mi consumo de combustible, ¿verdad?

(Risas)

Estos océanos están bien vivos. Estos ecosistemas no han colapsado. Bueno, excepto por el Ártico, podemos hablar de eso.

(Risas)

Pero las observaciones continuas que les compartí hoy, el trabajo de generaciones de científicos, nos señalan que tenemos que cuidar mejor nuestros océanos y nutrir nuestros microbios para mantenernos.

Y dicho esto, quiero terminar con una cita de una de mis heroínas, Jane Lubchenco. Y esta diapositiva es apropiada. Jane ha dicho que los océanos no son demasiado grandes para fallar ni demasiado grandes para ser renovados, pero sí son demasiado grandes para ser ignorados.

Gracias.

(Aplausos)