Alex Gendler
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En la primavera de 1944,

los ciudadanos de Tokio sufrieron varios ataques aéreos por parte de las tropas Aliadas. El sonido de las sirenas los alertaba para que se refugiaran y precedían apagones estratégicos a lo largo de la ciudad. Pero Hisako Koyama, de 28 años, veía esos apagones como oportunidades. Levando un futón en su cabeza como protección, Koyama contemplaba el cielo nocturno, buscando todo tipo de fenómenos astronómicos. Sin embargo, para su último intento necesitaba la luz del día. Al apuntar su telescopio hacia el sol, Koyama podía plasmar la luz de las estrellas en una hoja de papel, lo que le permitía hacer un boceto de la superficie cambiante del sol. Pasó semanas recreando este método, registrando cada cambio que observaba. Pero aunque Koyama no lo supiera, estos diseños eran el comienzo de uno de los registros más importantes de la actividad solar en la historia de la humanidad.

Para entender por completo qué vio Koyama en la superficie del sol, primero necesitamos entender lo que sucede dentro de la estrella. Cada segundo, billones de moléculas de oxígeno se fusionan con moléculas de helio en un proceso llamado: fusión nuclear. Esta explosión continua mantiene la temperatura interna del sol de 15 millones de grados centígrados, aproximadamente, lo que es más que suficiente energía para transformar gas en agitados charcos de plasma. El plasma consiste de partículas cargadas que generan poderosos campos magnéticos. Pero a diferencia de las partículas cargadas y estables que mantienen la actividad magnética de la Tierra, este plasma está en constante movimiento, alterando y aumentando el campo magnético del sol.

Este movimiento continuo puede generar concentraciones temporales de actividad magnética que inhiben el movimiento de las moléculas y terminan reduciendo el calor en el área. Y ya que las zonas con menos calor generan menos luz, los lugares con campos magnéticos más fuertes aparecen como manchas oscuras esparcidas en la superficie del sol. Estas “manchas solares” están siempre en movimiento, como resultado del plasma que se mueve dentro de la esfera y de la rotación del sol. Y ya que suelen aglomerarse, contar y rastrear el movimiento de las manchas puede ser todo un desafío, que depende, en gran medida, de la percepción y juicio del observador.

Esto es justamente lo valioso de las contribuciones de Koyama. A pesar de no tener una formación en astronomía, sus observaciones y bocetos fueron asombrosamente precisos. Después de enviar su trabajo a la Asociación Astronómica Oriental, recibió una carta de reconocimiento por sus detalladas observaciones. Con este apoyo, comenzó a visitar el Museo de Ciencia de Tokio donde pudo usar un mejor telescopio para continuar con su trabajo. Koyama pronto formó parte del personal del museo como observadora profesional, y durante los siguientes 40 años trabajó todos los días en más de 10 000 bocetos de la superficie solar.

Los investigadores ya sabían que las corrientes magnéticas del sol

seguían un ciclo de 11 años, en el que las manchas solares seguían un camino con forma de mariposa. Pero al usar el registro de Koyama, pudieron seguir con precisión manchas y grupos específicos en ese recorrido. Este nivel de detalle ofreció una indicación, en tiempo real, de la actividad magnética solar, lo que permitió a científicos rastrear todo tipo de fenómenos solares, incluyendo las volátiles erupciones solares. Estas erupciones suelen emanar de los alrededores de las manchas solares, y pueden llegar hasta la atmósfera de la Tierra. Aquí, pueden crear tormentas geomagnéticas capaces de interrumpir comunicaciones de larga distancia y de provocar apagones. Las erupciones solares son un riesgo para satélites y estaciones espaciales, lo que hace imprescindible poder predecirlas y rastrearlas.

En una entrevista en 1964, Koyama lamentó que sus 17 años de observación fueron apenas suficientes para crear un solo registro del ciclo solar en forma de mariposa. Pero al final de su carrera, había creado bocetos de tres ciclos y medio. Uno de los mayores registros de la historia. Mejor aún, la calidad de sus bocetos eran tan consistente que los usaron como referencia para reconstruir los últimos 400 años de la actividad de las manchas solares desde varias fuentes históricas. Este proyecto extendió el legado de Koyama más allá de su vida, y demuestra que la ciencia no solo se crea con increíbles descubrimientos, sino que también con una observación meticulosa del mundo que nos rodea.