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La tarea de descubrir el escándalo del desperdicio de alimentos comenzó para mí cuando tenía 15 años. Cuando vivía en Sussex, compré unos cerdos y comencé a alimentarlos de la manera más tradicional y respetuosa del medio ambiente. Fui a la cocina de mi escuela y dije: «Por favor denme las sobras que mis compañeros no quieren comer». Fui a la panadería local y tomé el pan pasado. Fui a la verdulería y hablé con un agricultor que estaba tirando patatas porque no tenían la forma o el tamaño adecuados para los supermercados. Genial. Mis cerdos convertían todos esos desperdicios de comida en deliciosa carne. Los vendía a los padres de mis compañeros y ganaba un buen dinero para añadir a mi mesada de adolescente.

Pero noté que la mayoría de los alimentos que les daba a mis cerdos eran aptos para el consumo humano y apenas estaba rozando el problema. En toda la cadena alimenticia, en supermercados, verdulerías, panaderías, en nuestras casas, en fábricas y granjas, estábamos provocando una hemorragia de alimentos. Los supermercados no querían ni decirme cuánta comida estaban desechando. Pero al entrar por la trastienda, veía recipientes llenos de alimentos bien cerrados, para luego ser transportados a rellenos sanitarios. Pensé que con seguridad debía haber algo más sensato qué hacer con la comida en vez de desperdiciarla.

Una mañana, mientras alimentaba a mis cerdos, noté que una hogaza de pan de tomate secado al sol especialmente apetitosa surgía de vez en cuando. La tomé, me senté y desayuné junto con mis cerdos. (Risas) Ese fue el primer acto de lo que más tarde aprendí a llamar conservacionismo, una demostración de la injusticia del desperdicio de comida y una disposición para la solución, que consiste simplemente en sentarse y comerla en lugar de tirarla. Esa resultó ser una manera de enfrentar a grandes empresas que están en el negocio de desperdiciar comestibles. También, y más importante aún, es explicar al público que cuando hablamos de comida que se bota, no estamos hablando de cosas podridas, no nos referimos a cosas que han excedido su vencimiento. Hablamos de alimentos buenos y frescos que se desperdician a escala colosal.

Con el tiempo, me dispuse a escribir un libro para mostrar el alcance del problema a escala mundial. Allí se analiza país por país los niveles probables de desperdicio de comida en cada lugar. Lamentablemente, no existen buenas estadísticas o datos concretos y por esa razón, para demostrar mi argumento tuve que hallar primero otra manera de calcular cuánta comida se desperdiciaba. Tomé las cifras de provisiones de alimentos de cada uno de los países y las comparé con lo que al parecer se consumía en esos lugares. Me basé en la información sobre hábitos de consumo, niveles de obesidad y otros factores que nos podrían dar una estimación aproximada de cuánto alimento llega a las bocas de las personas. La línea negra, en la mitad de este gráfico, es el nivel probable de consumo con margen para un cierto nivel de desperdicio inevitable. Siempre habrá desperdicio. No soy tan iluso como para pensar que podríamos vivir en un mundo sin desperdicios. La línea negra muestra cuál debería ser la provisión de alimentos para un país con una dieta nutricional buena, estable y segura para todos sus habitantes. Cualquier punto por encima de la línea —verán que incluye a la mayoría de los países— representa excedentes innecesarios y posiblemente refleja los niveles de desperdicio en cada país.

A medida que un país se enriquece, acumula cada vez más y más sobrantes en sus tiendas y restaurantes. Como puede verse, la mayoría de los países europeos y norteamericanos tienen entre 150 y 200 % de las necesidades nutricionales de sus poblaciones. Un país como Estados Unidos tiene el doble de comida en sus anaqueles de tiendas y restaurantes que lo que efectivamente necesita para alimentar a la población.

Pero lo que realmente me llamó la atención cuando tracé estos datos, eran muchos números, es que se puede ver cómo lograr un equilibrio. Los países rápidamente se van hacia la marca de 150 y luego se nivelan; no continúan elevándose, como se podría esperar. Así que decidí desglosar un poco más esos datos para ver si esto era cierto o no. Y esto fue lo que encontré. Si se incluyen no solo los alimentos que van a las tiendas y restaurantes, sino también los que se usan para alimentar al ganado; maíz, soya, trigo, que podríamos consumir, pero se prefiere dejar para engordar animales en lugar de producir cantidades crecientes de carne y lácteos, se ve que la mayoría de los países ricos tienen entre tres y cuatro veces la cantidad de comida que la que requiere su población para alimentarse. Un país como Estados Unidos tiene cuatro veces más alimentos que los que necesita.

Cuando se habla de la necesidad de aumentar la producción mundial de comida para alimentar a esos 9 000 millones de personas que se espera haya en el planeta en el 2050, siempre pienso en estos gráficos. La verdad es que tenemos esta enorme reserva en los países ricos, entre nosotros y el hambre. Nunca antes había habido excedentes tan gigantescos. De muchas maneras, esta es la historia del éxito de la civilización humana, la de los excedentes agrícolas que nos propusimos lograr hace 12 000 años. Es una historia de éxitos. Ha sido una historia de aciertos. Pero ahora tenemos que reconocer que estamos llegando al límite ecológico de lo que puede soportar el planeta. Y cuando talamos los bosques, como hacemos todos los días, para cultivar más y más alimentos, cuando extraemos agua de las reservas que se agotan, cuando se producen emisiones de combustibles fósiles en busca de más y más alimentos y cuando botamos tanta cantidad de estos, tenemos que pensar que es posible comenzar a ahorrar.

Ayer estuve en un supermercado local que visito con frecuencia para observar, si se quiere, lo que estaban desechando. Encontré unos cuantos paquetes de galletas, entre todas las frutas, vegetales y lo demás que allí había. Pensé que todo eso podría servir como un símbolo de la actualidad.

Quiero pensar que esas nueve galletas que encontré en la basura, representan el suministro global de alimentos. ¿Bien? Comenzamos con nueve. Eso es lo que hay en los campos de todo el mundo, cada año. La primera galleta la vamos a perder incluso antes de salir de la granja. Es un problema principalmente relacionado con el desarrollo de la agricultura; ya sea que se trate de falta de infraestructura, refrigeración, pasteurización, ensilaje o hasta falta de empaques adecuados, lo que quiere decir que esos alimentos se van a la basura aun antes de dejar el campo. Las siguientes tres galletas son la comida con que destinamos al ganado: maíz, trigo y soya. Por desgracia, nuestros animales son ineficientes; convierten dos terceras partes en excremento y calor, de modo que se han perdido dos y solo nos queda esta en carne y lácteos. Dos más van a ir a parar directamente a la basura. En esto piensa la mayoría de la gente cuando habla de desperdicios, lo que termina en la basura, en los cubos de los supermercados y de los restaurantes. Así perdemos otras dos y hemos quedado solo con cuatro galletas para alimentarnos. Este no es el uso más eficiente de los recursos mundiales, especialmente si se piensa en los miles de millones de personas que padecen hambre que ya tenemos en el mundo.

Después de examinar los datos, lo que necesitaba era demostrar a dónde va toda esa comida. ¿A dónde va a parar? Estamos acostumbrados a ver todo eso en el plato, ¿pero qué pasa con todo lo demás que se pierde entre tanto?

Es fácil comenzar por los supermercados. Este es el resultado de esta afición mía, inspección extraoficial de cubos de basura. (Risas) Parece extraño, pero si pudiéramos confiar en que las empresas nos informaran sobre lo que hacen en sus trastiendas, no necesitaríamos ir a escondidas a abrir los cubos de basura y ver su contenido. Esto es lo que puede verse, más o menos, en cada esquina en Gran Bretaña, Europa, o Norteamérica. Representa un colosal desperdicio de comida, pero lo que descubrí cuando escribía mi libro es que toda esta abundancia de desperdicios era apenas la punta del iceberg. Cuando remontamos la cadena de suministros, descubrimos dónde sucede el verdadero desperdicio a escala gigantesca.

¿Puedo ver las manos levantadas de los que tienen un pan de molde tajado en casa? ¿En sus casas, quién sabe si las cortezas —esas primera y última tajadas de cada molde— las come alguien? Bien. La mayoría. No todas las personas, pero la mayoría. Esto mismo es lo que se ve en todo el mundo, porque ¿acaso alguien ha visto en un supermercado o en una cafetería, en alguna parte del mundo, que ofrezcan sándwiches con las tajadas de los extremos? (Risas) Al menos yo no lo he visto. Entonces me pregunto, ¿a dónde van esas cortezas? (Risas) Esta es la respuesta, desafortunadamente; 13 000 tajadas de pan fresco salen de esta fábrica cada día, pan recién horneado. El mismo año en que visité esta fábrica, estuve en Pakistán, donde había gente que padecía hambre en 2008 como resultado de una escasez mundial de alimentos. Nosotros hemos contribuido a esa escasez al botar comida a la basura, aquí en Gran Bretaña y en el resto del mundo. Tomamos de las tiendas, comida de la que depende gente que padece hambre.

Si subimos un paso más, vemos a los agricultores que botan a veces la tercera parte o más de sus cosechas por razones estéticas. Por ejemplo, este granjero ha invertido 16 000 libras en cultivar espinacas, pero no cosechó ni una sola hoja porque tenían algo de hierba que creció al lado. Las patatas con aspecto imperfecto van para los cerdos. Las chirivías, si son muy pequeñas para las especificaciones del supermercado, los tomates de Tenerife, las naranjas de la Florida, los plátanos de Ecuador, donde estuve el año pasado, se descartan. Estos son los desechos de una plantación bananera en Ecuador. Se desechan, aunque son perfectamente comestibles, por su forma o tamaño inapropiado.

Si se hace esto con frutas y verduras, imagínense lo que se hace con animales. Hígados, pulmones, cabezas, colas, riñones, testículos, que en el pasado se tomaban como parte deliciosa y nutritiva de nuestra gastronomía, van a la basura. El consumo de menudencias ha bajado a la mitad en Gran Bretaña y Estados Unidos en los últimos 30 años. Se usan como alimento para perros, en el mejor de los casos, o se incineran. Este hombre, en Kanshgar, provincia de Sinkiang al oeste de China, está sirviendo el plato nacional. Lo llaman, órganos de oveja. Es delicioso y nutritivo y, como aprendí cuando estuve allá, simboliza el tabú contra el desperdicio de comida. Estaba en una cafetería de carretera. El cocinero se acercó para hablarme, yo terminaba mi sopa, y en medio de la conversación, se quedó callado y empezó a mirar fijamente mi tazón. Me dije: «¿caramba, qué tabú habré quebrantado? ¿Habré ofendido a mi anfitrión?» Él señaló los tres granos de arroz al fondo del tazón, y dijo: «Límpialo». (Risas) Yo pensé: «¡Dios mío!, voy por todo el mundo diciéndole a la gente que dejen de desperdiciar comida y este hombre me ha goleado en mi propio juego». (Risas)

Pero me dio gran confianza. Me hizo pensar que tenemos la posibilidad de detener este trágico desperdicio de recursos si tomamos como socialmente inaceptable el desperdicio de comida a gran escala, si hacemos todo el ruido del caso, si hablamos con las empresas, si le decimos a los gobiernos que queremos detener el desperdicio de alimentos, tenemos el poder para lograr ese cambio.

El pescado; 40 a 60 % del pescado de Europa se desecha en el mar, aun antes de llevarlo a tierra. En nuestros hogares hemos perdido la noción de los alimentos. Este es un experimento que hice con tres lechugas. ¿Quién guarda lechugas en el refrigerador? La mayoría de la gente. La de la izquierda fue refrigerada por 10 días. Dejé la del centro en la mesa de mi cocina. No hay mucha diferencia. A la de la derecha la traté como si fuera una flor. Es un organismo vivo; le corté la punta, la puse en agua, y se conservó muy bien por dos semanas.

Como dije al principio, algún desperdicio de comida se producirá inevitablemente. La pregunta es: ¿qué es lo mejor que podemos hacer con esto? Contesté esta pregunta cuando tenía 15 años. De hecho, los humano contestamos esta pregunta hace 6 000 años: Domesticamos los cerdos para convertir desechos de alimentos en comida. Sin embargo, en Europa esta práctica se volvió ilegal desde 2001, a raíz del brote de fiebre aftosa. No es científico. Es innecesario. Si cocinamos los alimentos de los cerdos, como hacemos con los de los humanos, ya no son peligrosos. También representa un gran ahorro de recursos. Actualmente Europa depende de la importación de millones de toneladas de soya de Sudamérica, pese a que esta producción contribuye al calentamiento global, a la desforestación, la pérdida de biodiversidad, para alimentar el ganado aquí en Europa. Al mismo tiempo, botamos millones de toneladas de desechos de alimentos con los que se podría, y se debería, nutrir el ganado. Si se hiciera eso, si se suministrara a los cerdos, se ahorraría esa misma cantidad de carbono. Si se destinan los excedentes alimenticios, la práctica favorita de los gobiernos para deshacerse de ellos, a digestión anaeróbica, que los convierte en gas para producir electricidad, se hace un miserable ahorro de 448 kilos de dióxido de carbono por tonelada de alimento desechado. Sería mucho mejor dárselo a los cerdos. En la guerra ya lo sabíamos. (Risas)

Hay un rayo de esperanza: la lucha para frenar el desperdicio de nutrientes ya ha comenzado globalmente. «Alimentar a 5 000» es un evento que organicé por primera vez en 2009. Alimentamos a 5 000 personas con comida que de otra manera se habría perdido. Desde entonces se ha repetido en Londres, está sucediendo internacionalmente y en todo el país. Es una manera de hacer que las organizaciones se unan para celebrar la comida, para decir que lo mejor que podemos hacer con la comida es tomarla y disfrutarla y dejar de desperdiciarla. Por el bien del planeta en que vivimos, por el de nuestros niños, por todos los demás organismos que comparten este planeta nuestro, somos animales terrestres y dependemos de la tierra para alimentarnos. Por el momento, estamos destrozando la tierra, produciendo comida que nadie consume. Dejemos de desperdiciar la comida. Muchas gracias. (Aplausos) (Aplausos)