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Voy a hablares de una aflicción de la que sufro. Tengo la extraña sensación de que muchos de ustedes sufren de lo mismo. Cuando recorro una galería de arte con salas y salas llenas de pinturas, luego de 15 o 20 minutos, me doy cuenta de que no estoy pensando en las pinturas. No estoy conectada con ellas. Más bien, estoy pensando en esa taza de café que necesito desesperadamente para despejarme. Sufro de fatiga de las galerías.

¿Cuántos de ustedes sufren de lo mismo? Sí. ¡Ah, ah, ah! A veces puede durar más de 20 minutos, otras incluso menos, pero creo que todos la sufrimos. ¿Y sienten la culpa que la acompaña? En mi caso, veo las pinturas expuestas y pienso, alguien decidió ponerlas ahí, cree que son lo suficientemente buenas para estar ahí, pero no siempre concuerdo. De hecho, casi nunca concuerdo.

Y salgo sintiéndome infeliz. Me siento culpable e infeliz conmigo misma, más que pensar que hay algo malo en las pinturas, creo que hay algo malo en mí. Y no es una experiencia agradable salir así de una galería.

(Risas)

Creo que debemos darnos un respiro. Si piensas en ir a un restaurante, cuando miras el menú, ¿esperas pedir cada cosa que hay en el menú? ¡No! Elijes. Si vas a una tienda por departamentos a comprar una camisa, ¿te vas a probar cada una y vas a quererlas todas? Claro que no, serás selectivo. Es lo esperado. ¿Cómo es, entonces, que no se espera que seas selectivo cuando vas a una galería de arte? ¿Por qué se supone que tenemos que tener una conexión con cada una de las pinturas?

Bien, trato de adoptar un enfoque diferente. Y hay dos cosas que hago: Cuando voy a una galería, primero que todo, camino muy rápidamente y lo miro todo, e identifico las obras que me detienen por una u otra razón. Ni siquiera sé por qué me detienen, pero algo me atrae como un imán e ignoro todas las demás y voy solo a esa pintura. Es lo primero que hago, soy mi propia curadora. Escojo una pintura. Puede ser solo una entre 50. Y la segunda cosa que hago es pararme en frente a esa pintura y contarme una historia sobre ella.

¿Qué historia? Bueno, creo que estamos conectados, nuestro ADN nos dice que contemos historias. Contamos historias constantemente acerca de todo, y pienso que lo hacemos porque el mundo es una especie de lugar loco, confuso, y tratamos de darle un poquito de sentido al mundo, y a veces las historias tratan de ponerle algún orden. ¿Por qué no hacer igual al mirar pinturas? Así que ahora tengo esta especie de menú de restaurante al visitar galerías de arte.

Hay tres pinturas que voy a mostrarles que son pinturas que me hicieron parar en seco y quiero contarles sus historias. La primera necesita una pequeña introducción, «La joven de la perla» de Johannes Vermeer, pintor holandés del siglo XVII. Esta es la pintura más maravillosa. La vi por primera vez cuando tenía 19 años, e inmediatamente salí a conseguir el afiche, que de hecho conservo. Lleva 30 años colgado en mi casa. Me acompaña donde quiera que voy, no me canso de mirarla.

Desde el principio me atrajeron sus colores magníficos y la luz que cae sobre su rostro. Pero creo que lo que hace que vuelva a ella año tras año es otra cosa, es la expresión de su rostro, su mirada conflictiva. No sé decir si está feliz o triste, y cambio de idea constantemente, lo que mantiene mi interés.

Un día, 16 años después de tener el afiche en mi pared, recostada en mi cama, mirándola, repentinamente me pregunté ¿qué le hizo el pintor para que ella mirara así? Fue la primera vez que pensé que la expresión de su rostro reflejaba lo que ella realmente sentía por él. Siempre pensé que era el retrato de una niña; ahora creo que es el retrato de una relación. Y pienso, bien, ¿de qué relación?

Así que salí a encontrarla. Hice alguna investigación y descubrí que no tenemos ni idea de quién es. De hecho, no sabemos de ninguna de las modelos de las pinturas de Vermeer, y sabemos muy poco del propio Vermeer. Lo que me hizo decir «¡Hurra!» Puedo hacer lo que quiera, puedo crear cualquier historia que quiera.

He aquí como llegué a la historia. Primero, pensé: tengo que llevarla a la casa. ¿Cómo pudo conocerla Vermeer? Bueno, ha habido sugerencias de que es su hija de 12 años. Su hija tenía 12 años cuando pintó el cuadro. Y pensé, no, es una mirada muy íntima, pero no es la mirada de una hija a su padre; por un detalle: en la pintura holandesa de su tiempo, si la boca de la mujer estaba abierta, indicaba disponibilidad sexual. Hubiera sido inapropiado para Vermeer pintar a su hija así.

De manera que no es su hija, pero sí alguien cercana, físicamente cercana a él. Bien, ¿quién más podría estar en su casa? Una criada, una preciosa criada. Bien, ella ya está en la casa. ¿Cómo la llevamos al estudio? No sabemos mayor cosa de Vermeer, pero de las pocas cosas que sabemos, una es que estaba casado con una mujer católica, que vivían con la madre de ella en una casa donde tenía su propio cuarto donde él... su estudio. También que tenía 11 hijos. Debía haber sido una casa desordenada, ruidosa. Y si han visto pinturas de Vermeer antes, sabrán que son increíblemente apacibles y serenas.

¿Cómo haría un pintor para pintar así con 11 niños alrededor? Bueno, fraccionando su vida. Entraría a su estudio y diría: «Que nadie venga. Ni mi esposa ni mis hijos. Bueno, la criada puede venir y limpiar». Ya está ella en el estudio. La llevó al estudio, están juntos. Y él decide pintarla.

Ella lleva vestidos muy sencillos. Todas las mujeres, o la mayoría de ellas en las otras pinturas de Vermeer usaban terciopelo, seda, pieles, materiales muy finos. Aquí todo es muy sencillo; la única cosa que no lo es es su arete de perla. Ahora bien, si es una criada, no hay forma de que pudiera comprarse unos pendientes de perlas. Así que no son suyos. ¿De quién serán? Hemos llegado a saber que hay una lista de la ropa de Catharina, su esposa. Entre otras cosas un abrigo amarillo con pelaje blanco, un corpiño amarillo y negro, y estas prendas pueden verse en muchas de sus otras pinturas de distintas mujeres. Así que claramente prestaron sus vestidos a diferentes mujeres. No es muy arriesgado pensar que esa perla era en realidad de su esposa.

Así que tenemos los elementos de la historia. Ella pasa mucho tiempo con él en su estudio. Toma mucho tiempo hacer estas pinturas. Tuvieron que estar a solas, todo ese tiempo. Ella usaba los aretes de perlas de la esposa. Es preciosa. Ella obviamente lo amaba y tenía un conflicto. ¿Lo sabría la esposa? Quizá no. Y si no lo sabía, bueno... esa es la historia.

(Risas)

La siguiente pintura de la que voy a hablarles se llama «Castillo de naipes» de Chardin, pintor francés del siglo XVIII, conocido mayormente por sus bodegones, pero que ocasionalmente pintó personas. De hecho, pintó cuatro versiones de esta pintura, diferentes niños construyendo castillos de naipes, todos muy concentrados. Esta es la que más me gusta debido a que unos niños son mayores y otros menores, y para mí, este, como la sopa de Ricitos de oro, es justo el perfecto.

No es ni tan niño ni tan hombre. Tiene el balance perfecto entre la inocencia y la experiencia, y esto me hizo detenerme frente a esta pintura. Miré su cara. Es casi como un Vermeer; la luz viene de la izquierda, y su cara está bañada de esta luz brillante. Está justo en el centro del cuadro, y lo miras, y lo descubrí que cuando lo estaba mirando, estaba parada allí pidiendo, «Mírame. Por favor, mírame». Y no lo hace. Sigue mirando sus cartas, y ese es uno de los elementos seductores de esta pintura, que él está concentrado en lo que hace y no nos mira. Y este es, para mí, el signo de una obra maestra de la pintura, cuando no hay resolución. Él nunca va a mirarme.

Así que tengo que pensar en una historia, y si estoy en esta posición, ¿qué podría estar mirando? No el pintor, no quiero pensar acerca del pintor. Pienso en un una versión de él mayor. Es un hombre, un criado, un viejo criado mirando a este criado joven, diciendo: «Mírame. Quiero advertirte sobre lo que te va a pasar. Mírame por favor». Y él nunca lo hace.

Y esta es la falta de resolución, como en «La joven de la perla», que no sabemos si está feliz o triste. He escrito toda una novela sobre ella, y aún no sé si es feliz o triste. Una y otra vez, vuelvo a la pintura, buscando respuestas, buscando la historia que llene el vacío. Y podemos hacer una historia que nos satisfaga transitoriamente, pero no realmente, y volvemos una y otra vez.

La última pintura de la que voy a hablar se llama «Anónima» de Anónimo. (Risas)

Es un retrato Tudor comprado por la National Portrait Gallery. Pensaban que era un hombre llamado Sir Thomas Overbury pero descubrieron que no era él y no tienen ni idea de quién es.

En la National Portrait Gallery, si no saben la biografía de la pintura, esta es como algo inútil. No la cuelgan, porque no saben quién es él. Así que desafortunadamente, este huérfano pasa la mayor parte del tiempo en el depósito, junto con otros muchos huérfanos, algunos muy hermosos.

Este cuadro me hizo parar en seco por tres razones: Una, la desconexión entre su boca que sonríe, y sus ojos nostálgicos. No está feliz, ¿y por qué? Lo segundo que me atrajo fue el rojo de sus brillantes mejillas. Está sonrojado. ¡Está sonrojado por el retrato que le están haciendo! Tenía que ser alguien que se sonrojaba todo el tiempo. ¿Qué estaría pensando para sonrojarse así? Lo tercero que me hizo parar en seco es su absolutamente maravilloso jubón. Seda, gris, esos bellos botones. Y saben en lo que me hace pensar, que está como ceñido y acolchado; es como un edredón sobre una cama.

Seguí pensando en camas y mejillas rojas, y por supuesto seguí pensando en sexo cuando lo miraba, y pensé, ¿es en lo que está pensando? Y pensé, si voy a hacer una historia, ¿qué es lo último que voy a poner ahí? Bien, ¿qué le preocuparía a un caballero Tudor? Y pensé, bueno, Enrique VIII, está bien. Estaría preocupado por su sucesión, por su heredero. ¿Quién va a heredar su nombre y su fortuna? Juntas todo y ya tienes tu historia para llenar ese vacío que te hace regresar. He aquí la historia. Es corta.

«Rosy» [rosado].

Todavía llevo el jubón de brocado blanco que Caroline me dio. Tiene un cuello alto llano, mangas desmontables y botones intrincados de hilo trenzado de seda, puestos uno junto a otro para que quede ajustado. El jubón me hace pensar en un edredón sobre una gran cama. Tal vez esa era la intención. Lo estrené para una exquisita cena en nuestro honor en casa de sus padres. Sabía, incluso antes de pararme a hablar, que mis mejillas estaban coloradas. Siempre me sonrojo con facilidad, con ejercicio físico, con vino, cuando me emociono.

De niño me molestaban mis hermanas y mis compañeros, pero no George. Solo George podía llamarme Rosy [rosado]. No lo permitiría de nadie más. Él lograba hacerlo sonar tierno. Cuando hice el anuncio, George no se sonrojó, sino que se puso pálido como mi jubón. No debería haberse sorprendido. Era algo sabido, que un día me casaría con su prima. Pero es difícil escuchar las palabras en voz alta. Lo sé, apenas pude pronunciarlas.

Después, me encontré con George en la terraza que da al jardín de la cocina. A pesar de haber bebido toda la tarde, él estaba todavía pálido. Estuvimos juntos y miramos las criadas cortar lechugas. «¿Qué piensas de mi jubón?», le pregunté.

Me miró. «Parece que ese cuello te está estrangulando».

«Todavía seguiremos viéndonos», insistí. «Todavía podemos cazar y jugar cartas e ir a la corte. Nada tiene que cambiar». George callaba. «Tengo 23 años. Es momento de casarme y tener un heredero. Eso se espera de mí».

George apuró otra copa de vino tinto y me miró. «Felicitaciones por tu futuro matrimonio, James. Estoy seguro de que serán felices juntos». Nunca volvió a usar mi apodo.

Gracias.

(Aplausos)

Gracias.

(Aplausos)