Thordis Elva, Tom Stranger
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[Contenido con lenguaje gráfico y descripciones de violencia sexual. Se recomienda discreción]

Tom Stranger: En 1996, cuando tenía 18 años, tuve la oportunidad única de ir a un programa de intercambio. Irónicamente soy un australiano que prefiere un clima bien frío, entonces estaba tan animado como afligido cuando viajé a Islandia, justo después de haberme despedido de mis padres y mis hermanos. Fui recibido en la casa de una linda familia islandesa que me llevó a excursiones, y me ayudó a comprender un poco la melódica lengua islandesa. Me costó un poco al comienzo porque extrañaba mi casa. Practicaba snowboard después de clases y dormía mucho. Dos horas de clases de química en un idioma que no entiendes puede ser un buen sedativo.

(Risas)

Mi profesora me recomendó participar en el teatro escolar, para que socializara más. Resulta que no actué en la pieza teatral, pero fue allí que conocí a Thordis. Compartimos un bonito romance juvenil, nos veíamos en el almuerzo para tomarnos de las manos y caminar por el centro de Reykjavík. Conocí su acogedora familia, y ella conoció a mis amigos. Estuvimos en esa relación poco más de un mes hasta el baile escolar de Navidad.

Thordis Elva: Yo tenía 16 años y fue mi primer amor. Ir juntos al baile navideño fue una confirmación pública de nuestra relación, y me sentí la niña más dichosa del mundo. No más una niña sino una joven mujer. Ilusionada con mi madurez, sentí que era natural intentar beber un poco de ron aquella noche. Fue una mala idea. Me enfermé, perdiendo a ratos la consciencia en medio de espasmos de vómitos. Los guardias querían llamar a una ambulancia, pero Tom actuó como mi caballero de brillante armadura y les dijo que me llevaría a casa.

Fue como un cuento de hadas, sus brazos fuertes a mi alrededor, acostándome en la seguridad de mi cama. Pero la gratitud que sentí por él pronto se convirtió en horror al ver que él me quitaba la ropa y se subía encima de mí. Yo ya estaba consciente, pero mi cuerpo estaba muy débil para pelear con él, y el dolor era cegador. Pensé que me partiría en dos. Para no perder la cordura, silenciosamente conté los segundos en mi reloj. Y desde aquella noche, sé que existen 7,200 segundos en dos horas.

A pesar de cojear por días y llorar por semanas, este incidente no encajaba con mis ideas de violación que había visto en la TV. Tom no era un lunático armado; él era mi novio. Y el incidente no pasó en un callejón, pasó en mi propria cama. Cuando pude identificar que lo que me pasó fue una violación él ya había completado su intercambio y había vuelto a Australia. Pensé que sería inútil abordar lo ocurrido. Además, debía haber sido mi culpa de alguna manera.

Yo crecí en un mundo donde enseñan a las niñas que ellas son violadas por una razón. Su falda era muy corta, su sonrisa muy grande, su aliento olía a alcohol. Yo era culpable de todo ello, entonces la vergüenza debía ser mía. Me tomó años darme cuenta que sólo una cosa pudo haber impedido que me violaran aquella noche, y no era mi falda, o mi sonrisa, no era mi confianza juvenil. La única cosa que pudo impedir que me violaran aquella noche es el hombre que me violó — si se hubiera detenido.

TS: Tengo vagos recuerdos del día siguiente: los efectos de la bebida, un cierto vacío que intentaba suprimir. Nada más. Pero no me aparecí en la puerta de Thordis. Es importante mencionar que no percebí mi acción por lo que era. La palabra "violación" no hacía eco en mi mente como debía, y no me estaba crucificando con los recuerdo de aquella noche. No era una negación consciente, era como si cualquier aceptación de la realidad estuviera prohibida. Mi definición de mis acciones refutaba cualquier reconocimiento del inmenso trauma que le causé a Thordis. Honestamente, repudié todo el acto en los días siguientes y cuando lo cometí, rechacé la verdad convenciéndome de que era sexo y no violación. Esta fue una mentira por la cual sentí mucha culpa.

Terminé con Thordis dos días después, y la vi algunas veces el resto de mi año en Islandia, sintiendo una puñalada en mi corazón cada vez. En el fondo, yo sabía que había hecho algo terrible. Pero sin planearlo, hundí los recuerdos y los amarré a una piedra.

Lo que siguió fue un período de nueve años que puedo titular como "Negar y Huir". Cuando podía identificar el verdadero tormento que causé, no me detenía a pensar mucho en ello. Fuera por una distracción, uso de alguna substancia, búsqueda de emociones o la escrupulosa vigilancia de mi interior, me negaba a estar estático o en silencio.

Con este ruido, recurrí a otras partes de mi vida para construir una imagen de quién era. Era surfista, estudiante de ciencias sociales, buen amigo, amado hermano e hijo, guía de recreación, y de vez en cuando, un joven trabajador. Me aferré fuertemente a la noción de que no era una mala persona. No pensé que tenía esto en mí. Pensé que estaba hecho de otra cosa. En mi educación, mi amada familia y mis modelos a seguir, las personas a mi lado eran calurosas y genuinas en su respeto hacia las mujeres. Me tomó mucho tiempo para mirar este lado sombrío dentro de mi, y comenzar a hacerle preguntas.

TE: Nueve años después de aquel baile, tenía 25 años, y caí en un colapso nervioso. Mi autoestima estaba enterrada bajo un gran peso de silencio que me aislaba de todos los que quería, el odio y enfado que me consumían lo desquitaba en mí.

Cierto día, salí por la puerta llorando después de una pelea con un novio, y vagué hacia un café, donde pedí un bolígrafo a la mesera. Siempre tenía un cuaderno conmigo, pretendiendo que era para anotar ideas en momentos de inspiración, pero la verdad era que necesitaba estar constantemente inquieta, pues en los momentos de quietud, me ponía a contar los segundos otra vez. Pero aquel día, mientras las palabras salían del bolígrafo, me asombró escribir una de las cartas más cruciales que haya escrito, dirigida a Tom. Junto con un recuento de violencia a la cual él me sometió, las palabras, "Quiero encontrar el perdón" me confrontaron, y me sorprendieron. En el fondo me di cuenta de que esta era mi forma de salir del sufrimiento, pues independientemente de si él merecía mi perdón o no, yo merecía la paz. Mi tiempo de vergüenza había terminado.

Antes de enviar la carta, me preparé para todos los tipos de respuestas negativas, o lo más posible: ninguna respuesta. La única respuesta para la cual no me preparé fue exactamente la que obtuve — una confesión escrita de Tom, llena de arrepentimientos. Resultó que él también, estuvo preso del silencio. Esto marcó el comienzo de ocho años de correspondencia que Dios sabe no fue fácil, pero siempre fue honesta. Me libré de los pesos que equivocadamente estaba cargando y él, a su vez, reconoció de corazón lo que hizo. Nuestras cartas se convirtieron en una plataforma para analizar las consecuencias de aquella noche, y fueron desde desgarradoras hasta sanadoras más allá de las palabras.

Sin embargo, para mí no fue el cierre. Tal vez porque un correo electrónico no es lo suficientemente personal, porque es fácil ser valiente cuando estás atrás de una pantalla al otro lado del planeta. Pero comenzamos un diálogo que sentí que era necesario explorar al máximo. Así, después de ocho años de escribir, y casi 16 años después de aquella terrible noche, reuní el coraje suficiente para proponer una loca idea: que nos encontráramos y enfrentáramos el pasado de una vez por todas.

TS: Islandia y Australia están geográficamente así. En medio de los dos está Sudáfrica. Decidimos encontrarnos en la Ciudad del Cabo, y allí nos vimos una semana. La ciudad resultó ser un ambiente muy poderoso para concentrarse en la reconciliación y en el perdón. Ningún lugar tiene el poder de cura y de acercamiento como Sudáfrica. Como nación, Sudáfrica buscó apoyarse en la verdad de su pasado, y escuchar los detalles de su historia. Esto aumentó el efecto que la Ciudad del Cabo tuvo en nosotros.

Durante esa semana, literalmente nos contamos nuestras historias de vida, de comienzo a fin. Y esto fue sobre analizar nuestra propria historia. Seguimos una política estricta de completa honestidad, y eso acompañó cierta exposición, en una vulnerabilidad de pecho abierto. Hubo confesiones viscerales, y momentos donde no conseguíamos entender al prójimo. Los efectos de la violencia sexual se hablaron y se sintieron, cara a cara. Por otro lado, también, encontramos mucha claridad, e incluso risas inesperadas pero liberadoras. En estas reuniones, dábamos lo mejor para escuchar al otro de forma atenta. Nuestras realidades individuales se expusieron con una pureza total que no podía hacer más que aliviar nuestras almas.

TE: Desear la venganza es una emoción muy humana — instintiva, incluso. Todo lo que quise hacer por años era lastimar a Tom tanto como él me lastimó. Pero si no hubiera encontrado una salida del odio y de la ira, no estoy segura si estaría aquí hoy. No es que no haya tenido mis dudas a lo largo del camino. Cuando el avión aterrizó en la Ciudad Del Cabo, recuerdo pensar, "Por qué simplemente no fui con un psicólogo y tomé una botella de vodka como haría cualquier persona normal?"

(Risas)

Nuestra búsqueda por comprensión en la Ciudad Del Cabo se sintió como una búsqueda imposible, y todo lo que quería hacer era rendirme y volver a casa con mi esposo, Vidir, y nuestro hijo. Pero a pesar de nuestras dificultades, este viaje sí resultó en un sentimiento de victoria en el cual la luz triunfó sobre las tinieblas, donde algo podría ser construido encima de las ruinas.

Leí en algún lugar que debes intentar ser la persona que necesitbas de joven. Cuando yo era adolescente, necesitaba saber que la vergüenza no era mía, que existe esperanza después de la violación, que puedes encontrar felicidad, como la que tengo con mi esposo hoy. Fue por eso que comencé a escribir cuando regresé de la Ciudad del Cabo, lo que resultó en un libro que tiene a Tom como coautor, que esperamos que pueda ser útil para las personas de ambos lados perpetrador - perpetrado. Más que esto, es una historia que necesitábamos escuchar cuando éramos más jóvenes.

Dada la naturaleza de nuestra historia, conozco las palabras que la acompañan — víctima, violador — y las etiquetas son maneras de organizar conceptos, pero también pueden ser deshumanizantes en sus connotaciones. Cuando alguien se convierte en víctima, es muy fácil catalogarla como dañada, deshonrada, menos que eso. De la misma forma, cuando a alguien se le etiqueta como violador, es muy fácil llamarle monstruo — inhumano. ¿Pero cómo podemos entender qué es lo que en la sociedad causa violencia si nos negamos a reconocer la humanidad de quien lo comete?

(Aplausos)

¿Cómo empoderar a los sobrevivientes si los hacemos sentir menos? ¿Cómo discutir soluciones para una de las mayores amenazas en la vida de las mujeres y niños en el mundo, si las palabras que usamos son parte del problema?

TS: Aprendí, que mis acciones aquella noche de 1996 fueron egocéntricas. Sentí merecer el cuerpo de Thordis. Tuve influencias sociales positivas y ejemplos de similar conducta a mi alrededor. Pero en aquella ocasión, escogí las influencias negativas. Las que dicen que las mujeres tienen un valor menor, y que los hombres tienen cierto poder sobre los cuerpos de ellas. Sin embargo, estas influencias son externas a mí. Solamente fui yo en ese cuarto el que tomó las decisiones, nadie más.

Cuando te apropias de algo y reconoces tu culpa, creo que algo sorprendente puede pasar. Es lo que llamo la paradoja de la apropiación. Pensé que me doblaría bajo el peso de la responsabilidad. Que mi certificado de humanidad sería quemado. En vez, tuve la oportunidad de apropiarme de lo que hice, me di cuenta de que aquello no representaba todo lo que yo soy. En pocas palabras, algo que hiciste no tiene que constituir la suma de lo que eres. El ruido en mi cabeza disminuyó. La autocompasión tenía hambre de oxígeno, y fue reemplazada con el limpio aire de la aceptación — la aceptación de que le hice daño a esta increíble persona a mi lado; la aceptación de que soy parte de un grupo de hombres que crece cada día los cuales han sido sexualmente violentos con sus parejas.

No subestimen el poder de las palabras. Decirle a Thordis que la violé cambió mi armonía conmigo mismo, y también con ella. Más importante que esto, la culpa se transfirió de Thordis a mí. Muy a menudo, la responsabilidad se le atribuye a las sobrevivientes de la violencia sexual, y no a los hombres que la cometen. Muy a menudo, negar y huir aleja a todos de la realidad. Definitivamente hay un diálogo público ocurriendo en este momento y, como a mucha gente, nos conmueve que haya menos rechazo de esta difícil pero importante discusión. Siento una real responsabilidad de contribuir con nuestras voces.

TE: Lo que hicimos no es una fórmula que le prescribamos a otros. Nadie tiene el derecho de decirle a alguien cómo manejar su dolor o sus mayores errores. Romper con el silencio nunca es fácil, y dependiendo de dónde estés en el mundo, puede ser mortal hablar sobre violación. Sé que hasta el más traumático evento de mi vida es un testamento de mi privilegio, pues puedo hablar sobre él sin ser condenada al ostracismo, o ser asesinada. Pero con el privilegio de tener una voz viene la responsabilidad de usarla. Es lo que le debo a las sobrevivientes que no pueden.

La historia que contamos es única, pero tan común siendo la violencia sexual una pandemia global. Pero no tiene que ser así. Algo que resultó ser útil en mi proprio viaje de curación es educarme sobre la violencia sexual. Como resultado, he leído, he escrito y charlado sobre este problema por más de una década, participando en conferencias alrededor del mundo. En mi experiencia, los que asisten a esos eventos son casi exclusivamente mujeres. Es tiempo de que dejemos de tratar la violencia sexual como un problema femenino.

(Aplausos)

La mayoría de la violencia sexual contra las mujeres y los hombres es realizadas por hombres. Y aun sus voces están poco representadas en esta discusión. Se necesita que todos estemos aquí. Imaginen todo el sufrimiento que podríamos aliviar si nos atreviéramos a enfrentar esto juntos.

Gracias.

(Aplausos)