Rebeca Hwang
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Agarrados de las manos, mirábamos la puerta, y estábamos perforando la puerta con nuestras miradas intensas. Mis hermanos y yo estábamos esperando a que mamá volviera del hospital, donde mi abuela estaba siendo operada por un cáncer avanzado. Por fin las puertas se abrieron, y mi mamá dijo: “No sobrevivió a la operación”. Ella estalló en llanto y, entre sollozos, nos dijo: “El último deseo de tu abuela fue ser enterrada en su hogar, en Corea”.

Yo tenía apenas 12 años con este episodio y cuando me recuperé de ese shock inicial, las palabras de mi madre estaban retumbando en mis oídos. La abu quería ser enterrada "en su hogar". Nosotros habíamos emigrado de Corea a Argentina hacía seis años ya, cuando no sabíamos nada de español, ni sabíamos cómo íbamos a ganarnos la vida. Éramos inmigrantes en una nueva tierra, en donde lo habíamos perdido todo a través de una estafa y habíamos trabajado muy duro para poder rehacer nuestras vidas. Por eso, no me imaginaba que después de tantos años, nuestro hogar seguía siendo Corea. Me hizo preguntarme: "¿Dónde querría yo ser enterrada algún día? ¿Dónde estaría mi hogar?" Y la verdad, no tenía una respuesta a estas preguntas y eso me angustiaba muchísimo.

Este episodio desencadenó una búsqueda existencial de mi identidad. Yo había nacido en Corea, la tierra del kimchi, crecí en Argentina, donde nunca faltaba el asado en la mesa, así que, la verdad, no me extrañaría si yo hoy soy ochenta por ciento vaca.

(Risas)

Y en Estados Unidos me eduqué, donde me hice adicta a la mantequilla de maní. Durante la infancia, la verdad, que yo me sentía muy argentina, pero mi apariencia me delataba.

Me acuerdo el primer día de la secundaria, entró la profesora de literatura, ella entró al aula, miró a todos detenidamente, se detuvo enfrente de mí, y me dijo este oráculo: “No aprobarás la clase a menos que consigas un profesor particular”. Pero para entonces, yo ya hablaba perfecto el español - creo que mejor que ahora porque hace años que me fui. Y me sentía forzada a elegir entre mi identidad argentina y la coreana. Parecía que yo no podía ser ambas, y tenía que abandonar mi identidad anterior para poder adoptar la nueva identidad.

Así que, cuando cumplí 18 años, me fui a Corea para ver si podía encontrar este hogar al que yo podía llamar mi lugar en el mundo. Una vez en Corea, la gente asumía que yo era extranjera, y me preguntaban: “¿Por qué hablás coreano con acento español?”

(Risas)

Aparentemente, yo era demasiado coreana para ser argentina, pero demasiado argentina para ser coreana. Y darme cuenta de esto, la verdad, que fue muy transformador. Decidí no tratar de cambiar lo que yo no puedo cambiar, aceptarlo. De hecho, me inspiré de una historia de mi abuelita.

Mi abuelita nunca aprendió el español, pero era muy independiente y se manejaba muy sola y caminaba por todos lados en las calles de Buenos Aires, incluso en las zonas más peligrosas. Una tarde, la asaltaron, en Buenos Aires, con una pistola. Le pusieron la pistola en la cabeza y le dijeron: “¡Anillo! ¡Anillo! ¡Dame tu anillo!” Querían su anillo de oro, que era su posesión más valiosa en esas épocas. Bueno, mi abuela mira al criminal a los ojos, se sienta en la vereda, y dibuja una sonrisa pacífica en su cara. Lo que pasó es que ella había entendido "anyó" en vez de “anillo”, que en coreano significa “sentate”.

(Risas)

Y ella: “Bueno, es el último día de mi vida, así que, si voy a partir, vamos a partir con una sonrisa”. Aceptó con gracia su destino. Imagínense la cara del asaltante, él se imaginó que era un ser de otro planeta, mi pobre abuelita, y se escapó, desconcertado, corriendo.

Con esta experiencia, la verdad es que me inspiré a aceptar mi nueva realidad con optimismo. No había logrado encontrar este lugar en el mundo al que yo podía llamar mi hogar, pero me preguntaba cuántas coreanas con gesticulación argentina, latina, que hablan coreano con acento español habrá en el mundo. A lo mejor, podría ser una ventaja, un instrumento útil, el poder sobresalir en un mundo en el que las cosas están cambiando muy rápidamente, en que las cualidades y las habilidades, a veces, pueden convertirse en obsoletas de un día para el otro.

Así que, decidí no enfocarme en encontrar ese cien por ciento en común con las personas con las que me encontraba, y, en vez de eso, me di cuenta de que, frecuentemente, yo era la única intersección entre grupos de personas que no tenían mucho en común y, a veces, incluso estaban en conflicto entre ellas. Con esta nueva perspectiva, decidí, entonces, ahora aceptar con orgullo las diferentes versiones de mi persona e incluso, a veces, me permití reinventarme.

Por ejemplo, en la secundaria, les tengo que confesar que yo era lo que en Argentina llamamos “tragalibros”, o sea, tenía anteojos gruesos, no tenía ni la menor idea de lo que es tener un sentido de moda. Es más, yo creo que la única razón por la cual tenía amigos era porque les dejaba copiar mi tarea todas las mañanas. Esa es la realidad. Una vez que fui a la universidad, pude encontrar una nueva identidad y la “traga” se convirtió en una chica popular. Claro que, bueno, era MIT, así que no sé si la vara era muy alta que digamos… (Risas) pero, por lo menos, esa identidad la pude conservar. Y, de hecho, cambié de carrera tantas veces que mi profesor consejero me decía que en vez de ingeniería química, yo tendría que tener un título en estudios aleatorios.

(Risas)

A lo largo de mis años, la verdad que he tenido muchas identidades, como académica, científica, innovadora social, inventora, emprendedora, inversora más recientemente, conectora, maestra, y, la más importante, madre, hace tres años. Mi confusión era tal que hasta mi acento no se podía decidir. Mis amigos me burlaban y me decían, que el origen es tan indeterminado, que yo hablo “rebecanés”, la única persona en el mundo que habla este idioma.

Reinventarse puede ser difícil. Por ejemplo, cuando yo estaba terminando mi doctorado, me picó el bichito del emprendedurismo. Así que, de repente, el escribir una tesis de 400 páginas en una oficina, en un sótano, me parecía menos atractivo que crear mi propia compañía. Así que tenía la tarea de ir a contarle a mis padres, quienes son asiáticos, tradicionales, inmigrantes, donde mis hermanos y yo somos los primeros en ir a la universidad, o sea, que la educación era lo más importante para mi familia. Se imaginan la reacción que me esperaba, al decirles que iba a abandonar mis estudios. Voy a mis padres, pero con un arma secreta, que es un gráfico donde se mostraba el ingreso promedio de todos los graduados de doctorados de Stanford en comparación a los ingresos promedios de aquellos que abandonaban la tesis o el doctorado de Stanford. Ahora - tengo que aclarar que ese gráfico estaba muy distorsionado por los fundadores de Google.

(Risas)

Mi mamá mira el gráfico, y sin pestañear me dice: “Ah, pero yo siempre te dije que sigas tu corazón”.

(Risas)

Mi búsqueda de mi identidad hoy en día ya no es encontrar mi tribu. Realmente, es el aceptar y buscar las diferentes permutaciones, todas las posibles de mi persona. Es cultivar diversidad dentro de mí, cultivar diversidad dentro mío, en vez de alrededor mío solamente. Porque, hoy en día, mis hijos ya tienen tres años y seis meses recién cumplidos, y ya nacieron con tres nacionalidades y cuatro idiomas. Y acá tengo que aclarar que me terminé casando con un danés por si no tenía suficientes confusiones culturales en mi vida, bueno, terminé con un vikingo. Yo creo que mis hijos van a ser los únicos vikingos que de grandes no van a poder crecer una barba. Va a ser muy difícil para ellos.

(Risas)

Espero que ellos, en sus vidas, puedan tener una multiplicidad que les sea favorable, que ellos vean esto como un instrumento para crear conexiones en un mundo que es cada vez más global y también mucho más dividido. Espero que, en vez de sentirse angustiados y ansiosos, que no pueden ser parte de una cajita predefinida, que ellos puedan sentirse libres de experimentar y de tomar control de sus narraciones, de la narrativa de sus vidas, a su propia manera. Espero que puedan combinar esa única combinación de valores, culturas, idiomas, capacidades que tengan, para poder crear un mundo en el que las identidades se usen para unir a los pueblos, a las personas, y no como excusas para generar esas intolerancias, porque la identidad puede ser un arma de doble filo - podemos usarlas como para diferenciarnos de los demás, o como para encontrar puntos de conexión. Y cuando aceptamos nuestra multiplicidad, nosotros amplificamos este poder de conexión y nos olvidamos un poco de las diferencias.

Ahora, volviendo a mi abuela: su último deseo fue también su última lección de vida para mí. Resulta que, después de muchos años me enteré de por qué ella quería ser enterrada en Corea. No era una cuestión de patriotismo o de nacionalidad. Ella quería descansar en paz, junto a su hijo, que había fallecido muchos años antes que ella emigrara a Argentina.

Mi abuela había vivido una vida de conexiones profundas y de lazos indestructibles, incluso por distancias o por océanos o incluso la muerte. Ella tuvo muchas identidades, como matriarca, campesina, como mujer de negocios, coreana, inmigrante, madre, abuela. Con su último deseo, me enseñó que encontrar nuestro hogar no se trata de echar raíces en algún lado, sino que se trata de que esas raíces puedan entrelazarse con las de otros que nos enriquecen nuestras vidas.

Gracias.

(Aplausos)