Melina Furman
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Hace unos días charlamos con mis hijos en casa y yo les decía que estábamos viviendo un momento histórico, que no nos íbamos a olvidar de estos días. Y uno de ellos me dijo: "Mamá, yo quiero vivir un momento histórico, pero de los buenos". Me dedico a investigar sobre Educación, y siento que la pandemia nos metió a la fuerza en una especie de experimento educativo global que nos está obligando, sin querer, a explorar qué pasa en un mundo hiperconectado en el que no podemos ir a la escuela física. En estos días vengo pensando mucho sobre eso. ¿Habrá algo que podamos aprender de este escenario educativo que no elegimos? Y yo creo que sí, que estamos aprendiendo algunas cosas importantes. Y me gustaría compartir tres de esas ideas que me andan dando vueltas en estos días y que ojalá en una de esas nos sirvan para seguir pensando en la educación de acá en adelante. La primera es que, por primera vez, todos y todas las docentes juntos, tenemos la urgencia de animarnos a probar nuevas maneras de enseñar. La innovación en educación es algo de lo que se viene hablando hace rato. Pero que hasta ahora venía sucediendo aisladamente, por separado. Y de un día para otro, todos, en simultáneo, nos tuvimos que ayudar a dar un enorme paso. Con mucho esfuerzo y obligados por la emergencia quienes nos dedicamos a enseñar estamos teniendo que rediseñar nuestras clases a distancia y en ese proceso nos estamos animando a ensayar nuevas maneras de hacer las cosas. Y para eso nos dimos cuenta de que no había que reinventar la rueda. Que había muchas cosas que ya estaban ahí disponibles pero que nunca habíamos tenido hasta ahora la urgencia, la imperiosa necesidad de usar. Videos, tutoriales, libros en línea, plataformas de aprendizaje remoto, redes sociales, mails, videollamadas, lo que sea que nos vaya dando resultado para seguir enseñando y especialmente para seguir conectados con los alumnos, con las familias, que en estos días es tan pero tan importante. Y la buena noticia en medio de todo esto, creo yo, es que una vez que las probamos, las usamos, esas estrategias ya empiezan a ser nuestras, ya empiezan a formar parte de lo que sabemos hacer, de nuestra caja de herramientas. Y, de a poco, en medio de la frustración que trae tener que adaptarnos tan rápido incluso tratando de tenernos paciencia, hacernos un mimo cuando las cosas no nos salen tan bien, porque nosotros también estamos aprendiendo, le vamos agarrando el gustito a probar nuevos modos de enseñar y aprender. Y esto no solo está pasando en el sistema formal. Hoy profesores y profesoras de todo tipo están enseñando en línea lo que saben. Desde clases de yoga hasta talleres de tejido. Incluso gente con vocación de enseñar se está animando a hacerlo, como no sé si vieron en estos días ese señor mayor que empezó a mostrar cómo usar la compu para hacer los trámites bancarios a gente de su edad. Estamos aprendiendo en comunidad. La segunda reflexión de estos días es que estamos viendo qué sucede cuando cambiamos radicalmente cómo usamos el tiempo para aprender. En una investigación que hicimos el año pasado le pedimos a grupos de adolescentes que imaginaran la escuela ideal. Y hubo algo que apareció una y otra vez. Los chicos y las chicas nos decían siempre que la escuela que soñaban tenía un espacio, al menos en parte, para elegir qué aprender, cuándo y cómo. Y de repente hoy, de un día para otro, eso está pasando. En estos días muchas familias empezaron a darse cuenta de que muchas veces los chicos, especialmente cuando son adolescentes, aprenden mejor cuando logran organizar sus propios tiempos. Algunos estudian más a la noche. Otros empiezan por las materias que más les interesan. Otros se conectan con los compañeros para hacer la tarea. O buscan videos en la web para terminar de entender algo que no les sale. O para aprender algo nuevo que tenían ganas. Y esto también nos ayuda a pensar en la educación desde acá hacia adelante. Porque nos hace ver que esos momentos de autonomía de los chicos se pueden combinar con otras instancias en las que estamos todos juntos trabajando a la par. Y también nos dice que para que todos los chicos y las chicas puedan aprovechar esos momentos más autónomos, tenemos que enseñarles desde bien chiquitos a organizar sus tiempos, a gestionar las tareas y todo lo que requiere aprender a aprender. Y mi última reflexión es más bien una pregunta: ¿Qué sucede cuando, como pasa en estos días, no tenemos la escuela física como un lugar a donde ir? La cuarentena está logrando que nos demos cuenta pero ya no de manera teórica, declarativa, sino en la piel, en el cuerpo, el valor de la escuela y de la enorme tarea que están haciendo y que hacen todos los días los docentes. Cuando los chicos y las chicas no pueden ir a la escuela, aparece más fuerte que nunca su necesidad como espacio que garantiza que todos puedan aprender. Cuando tratamos de acompañar a nuestros hijos en las tareas de la escuela no sé si les está pasando en estos días, nos damos cuenta de lo difícil que es ser un buen maestro. Esta pandemia está haciendo más visibles que nunca las diferencias entre los hogares. No es solo el que tiene computadora y el que no, el que tiene internet y el que no. Está el que tiene un lugar tranquilo para estudiar, y el que no; el que tiene a quién preguntar, y el que no. El que tiene que hacer todas las tareas del cuidado de la casa, y el que no. La escuela, con todas sus dificultades, durante unas horas al día por lo menos, pone entre paréntesis esas desigualdades y ayuda a que todos los chicos y las chicas estén protegidos y con foco puesto en aprender. Como educadora me preocupa mucho cómo va a seguir todo esto. Y también me pregunto qué va a quedar de lo que estamos aprendiendo en esta cuarentena. Mi sensación en estos días es, ¿vieron cuando se va la marea y queda la playa desnuda? Entre todo lo que arrasa esa marea, lo que rompe, lo que se lleva, también sobre la playa aparecen algunos tesoros que estaban escondidos. Ojalá que aunque, como decía mi hijo, este momento histórico no sea para nada de los buenos, nos ayude a hacer propios esos tesoros que estamos encontrando. Las ganas de explorar en comunidad nuevas maneras de enseñar, replantearnos el uso de los tiempos y modos de aprender. Y, también, darnos cuenta de cuánto necesitamos como sociedad de la escuela y de los docentes. Hoy, las aulas físicas están cerradas pero, en una de esas, se esté abriendo una puerta para seguir construyendo entre todos, cuando todo esto pase, la educación que soñamos. Muchas gracias.