Leyla Acaroglu
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Imaginen que están en el supermercado, comprando algunas provisiones, y que les dan a elegir entre una bolsita de plástico y una de papel. ¿Cuál elegirían para hacer lo mejor por el medio ambiente? La mayoría se lleva la de papel. Bien, pensemos por qué. Es marrón, para empezar. Por lo tanto, debe ser buena para el medio ambiente. Es biodegradable. Es reutilizable. A veces, es reciclable. Cuando observamos una bolsita plástica, probablemente pensemos en cosas como esta, que son absolutamente espantosas y tenemos que evitar cueste lo que cueste este tipo de daños ambientales. Pero en general no pensamos en cosas como esta, que es la otra cara de la moneda. Cuando producimos materiales, necesitamos extraerlos del medio ambiente y generamos una gran cantidad de impactos medioambientales. Lo que pasa cuando tenemos que tomar decisiones complejas es que como humanos preferimos soluciones sencillas y por eso siempre pedimos soluciones sencillas. Yo trabajo en diseño. Asesoro a diseñadores y a innovadores sobre sustentabilidad y todos me dicen siempre: «Leyla, solo quiero los materiales ecológicos». Y yo les digo: «Bueno, eso es muy complejo, vamos a necesitar hablar cuatro horas de qué es exactamente un material ecológico, porque todo, de alguna manera, viene de la naturaleza y es el modo en que se usa un material lo que determina el impacto medioambiental». Y lo que pasa es que necesitamos creer en un marco conceptual intuitivo cuando tomamos decisiones. Y me gusta llamar a ese marco conceptual intuitivo creencias populares sobre ecología. Es o bien esa vocecita que nos habla desde atrás de la cabeza, o es esa sensación visceral que tenemos cuando hemos hecho lo correcto, como cuando elegimos la bolsita de papel o compramos un auto con mejor rendimiento de combustible. Y las creencias populares sobre ecología son muy importantes porque tenemos la intención de hacer lo correcto. ¿Pero cómo sabemos si estamos realmente reduciendo el impacto neto sobre el medio ambiente, que nuestras acciones como individuos, como profesionales y como una sociedad producimos en el medio ambiente? Las creencias populares sobre el medio ambiente suelen basarse en las experiencias, en algo que oímos de otras personas. Suelen no tener ninguna base científica. Y esto es muy serio, porque vivimos en sistemas enormemente complejos. Están los sistemas humanos, cómo nos comunicamos y nos relacionamos, cómo construimos sociedades enteras. Está el sistema industrial, que es en esencia toda la economía, y entonces todo eso tiene que operar dentro del sistema mayor, y yo diría el más importante, que es el ecosistema. Y cada opción que elijamos como individuos, incluso lo que elijamos en todos y cada unos de nuestros trabajos, no importa que estemos arriba o abajo en la jerarquía, produce un impacto en todos estos sistemas. Y el tema es que tenemos que encontrar los modos, si realmente vamos a ocuparnos de la sustentabilidad, de hacer engranar esos sistemas complejos y de elegir lo mejor para producir beneficios medio ambientales. Tenemos que aprender a hacer más con menos. La población está aumentando y a todos nos gustan los celulares, especialmente en lugares como este. Debemos encontrar formas novedosas de resolver los problemas que enfrentamos. Y aquí entra en juego el proceso llamado ciclo de vida. En esencia, todo lo que se produce pasa por una serie de etapas en su ciclo de vida y usamos este proceso científico conocido como evaluación del ciclo de vida, o análisis del ciclo de vida como dicen aquí en EE UU para tener una idea más clara de cómo todo lo que hacemos en la parte técnica de esos sistemas afecta al medio natural. Desandamos todo el camino hasta la extracción de la materia prima, luego observamos la fabricación, la presentación, los envoltorios, el transporte, el uso y el final de la vida útil. Y en cada una de estas etapas, lo que hagamos va a interactuar con el medio natural, y podemos controlar cómo esa interacción afecta de hecho a los sistemas y servicios que hacen posible la vida en la Tierra. Por hacer este trabajo, aprendimos cosas completamente fascinantes. Y hemos derribado unos cuantos mitos. Para empezar, hay una palabra que se usa mucho. Se usa mucho en mercadotecnia y las usamos mucho, me parece, cuando hablamos de sustentabilidad: la palabra es biodegradabilidad. La biodegradabilidad es una propiedad del material, no es una definición de los beneficios medioambientales. Permítanme explicarles. Cuando algo natural, algo hecho de fibra de celulosa como un trozo de pan, cualquier desperdicio de comida, y hasta un trozo de papel, cuando algo natural termina en el ambiente natural, se degrada normalmente. Las moléculas de carbono que fue almacenando mientras crecía, se liberan de modo natural y vuelven a la atmósfera como dióxido de carbono. Pero esta es la situación básica. Casi todas las cosas naturales de hecho no terminan en la naturaleza. La mayoría de los desechos que producimos van a parar a vertederos. Los vertederos son ambientes diferentes. En los vertederos, esas mismas moléculas de carbono se degradan de otro modo, porque un vertedero es anaeróbico. No tiene oxígeno. Es un lugar compactado y caliente. Esas mismas moléculas se transforman en metano y el metano es un gas de efecto invernadero 25 veces más potente que el dióxido de carbono. La lechuga vieja y otros productos hechos de materiales biodegradables que tiramos a la basura, si terminan en un vertedero, contribuyen al cambio climático. Hoy en día, hay instalaciones que pueden capturar ese metano y producir electricidad, reemplazando el uso de combustibles fósiles, pero tenemos que actuar con inteligencia. Tenemos que ver cómo hacer para multiplicar este tipo de cosas que ya están ocurriendo y para diseñar sistemas y servicios que atenúen estos problemas. Porque por ahora, lo que la gente hace es salir con eso de: «Hay que prohibir las bolsitas plásticas. Hay que usar papel porque es mejor para el medio ambiente». Pero si lo tiras en el bote de basura, y las instalaciones del vertedero de tu zona son de las comunes, generamos lo que se llama un efecto negativo doble. De oficio, soy diseñadora de productos. Luego estudié ciencias sociales. Por eso me fascina estudiar los bienes de consumo y cómo los bienes de consumo en cierta forma nos han vuelto [indolentes] en colmar nuestras vidas, tienen un impacto en el medio natural. Y estos, gente, son como delincuentes en serie y estoy segura de que en esta sala todos tienen un refrigerador. Pero EE UU tiene esta increíble capacidad de tener refrigeradores cada vez más grandes. En los últimos años, el refrigerador promedio se volvió 28 litros más grande. Y el problema es que, al ser tan grandes ahora, nos resulta más fácil comprar más comida que la que podemos comer o encontrar. En el fondo de mi refrigerador hay cosas que están ahí hace años, ¿sí? Entonces desperdiciamos más comida. Y como les decía, los restos de comida son un problema. De hecho, aquí en EE UU, el 40 % de la comida de uso hogareño es desperdiciada. La mitad de la comida que se produce en el mundo se tira. Son las últimas estadísticas de la ONU. La mitad de la comida. Es una locura. Son 1300 millones de toneladas por año. La culpa es del refrigerador, sobre todo en culturas occidentales, porque lo facilita. Hay un montón de sistemas complejos funcionando aquí. No quiero simplificarlo tanto. Pero el refrigerador contribuye enormemente a que esto pase y una de las cosas que trae es el cajón para las verduras. Me entienden, ¿verdad? ¿El cajón donde ponen la lechuga? La lechuga tiene la costumbre de estropearse en el cajón de las verduras, ¿no? ¿Sí? ¿Lechuga pasada? En el Reino Unido, es un problema tan grande que, hace unos años, el gobierno preparó un informe que de verdad dice que el segundo de los peores criminales de la comida desperdiciada es la lechuga. Se lo llamó «Informe de la Lechuga Pasada». En serio es un problema, gente. Estas pobres lechugas se tiran a la basura aquí y en todos lados porque los cajones para la verdura en realidad no están diseñados para mantener la verdura fresca. Bien. Hace falta un ambiente hermético. Algo así como un ambiente sin aire para evitar la degradación que ocurriría naturalmente. Pero los cajones para verduras son solo cajones un poquito más herméticos. Me obsesioné con esto, está claro. Nunca me inviten a sus casas porque voy a mirar en sus refrigeradores un montón de cosas como esta. Pero en el fondo, es un gran problema. Porque cuando sacamos algo como la lechuga del sistema, no solo tenemos el impacto que recién expliqué del fin de vida útil: esa lechuga también tuvo que ser cultivada. El impacto del ciclo de vida de esa lechuga es gigantesco. Tuvimos que preparar la tierra. Tuvimos que sembrar las semillas, fósforo, fertilizantes, nutrientes, agua luz solar. Todo lo que se encarna en esa lechuga sale del sistema, lo que hace que el impacto ambiental sea infinitamente mayor que la pérdida de energía del refrigerador. Por eso necesitamos diseñar cosas como estas mucho mejor si pretendemos encarar los problemas medioambientales graves. Podríamos empezar con el cajón de las verduras y el tamaño. Si alguno de los presentes diseña refrigeradores, estaría buenísimo. El problema es... Imaginen si realmente empezáramos a replantearnos cómo diseñamos las cosas. Porque veo el refrigerador como un signo de la modernidad, pero no hemos cambiado casi el diseño desde la década de 1950. Un poquitito, pero en esencia son grandes cajones, cajones fríos en los que metemos cosas. Imaginen que en verdad ya empezamos a identificar estos problemas y que los usamos como base para encontrar soluciones de diseño elegantes e innovadoras que van a resolver esos problemas. Esto es un cambio en el sistema regido por el diseño, el diseño determinando el modo en que el sistema puede ser mucho más sustentable. El 40 % de la comida desperdiciada es un problema muy serio. Imaginen que diseñáramos refrigeradores que lleven esa cifra a la mitad. Otro artículo que me resulta fascinante es la jarra eléctrica, y supe que no las fabrican en este país, ¿verdad? Pero es todo un tema en el Reino Unido. En el 90 % de las casas del Reino Unido hay una jarra eléctrica. Son muy usadas. Si trabajara con una empresa de diseño o con diseñadores que estuvieran diseñando una de estas y quisieran hacerla ecológica, me pedirían dos cosas. Me dirían: «Leyla, ¿cómo hacemos que sea técnicamente eficiente?» Porque, por supuesto, la electricidad es un problema en este producto. Y: «¿Cómo la hago de materiales ecológicos? ¿Cómo hago para que los materiales sean ecológicos en la producci'on?». ¿Me harían esas preguntas? Suenan razonables, ¿no? Claro. Pero yo les diría: «Se están fijando en los problemas equivocados». Porque el problema es el uso. Es cómo la gente usa este producto. El 65 % de los británicos reconoce que llena la jarra de más cuando solo necesitan una taza de té. Toda esta agua extra que se hierve requiere de electricidad y se calcula que un solo día de esa energía extra que se pierde con las jarras eléctricas alcanza para proveer de electricidad a todo el alumbrado público de Inglaterra por una noche. Esta es la cuestión. Esto es lo que yo llamo fallo producto-persona. Pero lo que está ocurriendo es un fallo producto-sistema y son tan omnipresentes que ni te das cuenta de que están ahí. Pero este señor de aquí sí lo sabe. Se llama Simon. Simon trabaja en la empresa nacional de la energía del Reino Unido. Tiene el importantísimo trabajo de controlar toda le electricidad que ingresa al sistema y asegurarse de que alcance para alimentar todas las casas. Y está mirando la televisión. ¿Saben por qué? Hay un fenómeno único que tiene lugar en el Reino Unido justo cuando terminan los programas televisivos más vistos. Justo cuando viene el corte publicitario, este hombre tiene que correr a comprar energía atómica a Francia, porque todos encienden sus jarras eléctricas al mismo tiempo. (Risas) Un millón y medio de jarras, realmente son un problema. Pero imagina que diseñas jarras, en realidad estás encontrando el modo de evitar estos fallos en el sistema, porque ejerce una enorme presión sobre el sistema, simplemente porque no se pensó en los problemas que el producto va a ocasionar cuando forme parte del mundo. Me he fijado en muchas jarras disponibles en el mercado y encontré las líneas de llenado mínimo, esa pequeña indicación que te dice cuánta agua hay que ponerle. Era de entre dos y cinco tazas y media de agua nada más que para una taza de té. Pero esta jarra de acá es un ejemplo de las que tienen dos receptáculos. Uno es para hervir y el otro para guardar el agua. El usuario tiene que apretar ese botón para tener agua hirviendo. Y, como somos haraganes, eso implica que vas a poner solo lo que necesitas. Esto es lo que llamo productos que cambian la conducta: productos, sistemas o servicios que intervienen y resuelven estos problemas de antemano. Bueno, estamos en un ámbito tecnológico, por lo que estas cosas son muy conocidas, pero creo que si vamos a seguir diseñando, comprando, usando y tirando esta clase de productos a la velocidad que lo hacemos hoy en día, que es increíblemente alta... Hay 7000 millones de personas que viven hoy en el planeta. Había 6000 millones de cuentas de celular hasta el año pasado. 1500 millones de celulares salen de las fábricas cada año y algunas empresas informan que sus tasas de producción son más altas que la tasa de natalidad. 152 millones de teléfonos se tiraron a la basura en EE UU el año pasado; se recicló solo el 11 %. Yo soy de Australia. Tenemos una población de 22 millones —no se rían— y los informes indican que hay 22 millones de teléfonos guardados en los cajones. Tenemos que encontrar el modo de resolver los problemas derivados de este, porque son cosas muy complejas. Guardan muchas cosas en su interior. ¡Oro! ¿Sabían que hoy en día es más económico extraer oro de una tonelada de celulares viejos que de una tonelada de mena de oro? Hay toda una serie de materiales valiosos y complejos adentro de estas cosas, y por eso tenemos que buscar el modo de fomentar el desmontaje, porque si no, pasa esto. Esta es una comunidad en Ghana donde la ONU informó que se trafican más de 50 millones de toneladas de residuos electrónicos. Así extraen el oro y otros materiales valiosos. Queman los residuos electrónicos a cielo abierto. Estas son comunidades y esto está pasando en todo el mundo. Y como no vemos las ramificaciones de las decisiones que tomamos los diseñadores, los empresarios, los consumidores, entonces ocurren este tipo de externalidades... Y es la vida de la gente... Tenemos que encontrar soluciones más inteligentes a estos problemas. Soluciones basadas más en el sistema, más innovadoras, si queremos empezar a vivir de un modo más sustentable en este mundo. Imaginen que, cuando compran un celular, uno nuevo, para cambiar el viejo, (entre 15 y 18 meses es el tiempo promedio que tarda la gente en cambiar el celular, dicho sea de paso) entonces, si vamos a seguir cambiando los celulares así, tendríamos que fijarnos en cerrar el ciclo en estos sistemas. Los encargados de fabricar estos teléfonos, seguro que hay alguno aquí en la sala, tienen el potencial de generar el llamado «sistema de ciclo cerrado», o servicios sistema-producto. Se detecta que hay una demanda en el mercado y que esta demanda no se volcará a cualquier lado y entonces diseñas el producto que resuelve el problema. Diseñado para el desmontaje; diseñado para ser liviano. Ya sabemos que algunas de estas estrategias se están usando hoy en día en los autos de Tesla Motors. Estos tipos de enfoques no son difíciles, pero comprender el sistema y luego buscar alternativas viables, que respondan a las demandas de los consumidores en el mercado es el modo que tenemos de cambiar profundamente los temas prioritarios de la sustentabilidad, porque odio darles la noticia: el problema más grave es el consumo. Pero el diseño es una de las mejores soluciones. Este tipo de productos están por todos lados. Si encontramos modos alternativos de hacer las cosas, podemos realmente empezar a innovar. Y digo realmente empezar a innovar. Sé que todos aquí son muy innovadores. Pero en lo que respecta a la sustentabilidad, como un parámetro, como un criterio para generar soluciones basadas en los sistemas, porque como acabo de demostrar con estos simples productos, juegan un papel en estos grandes problemas. Tenemos que observar la vida completa de las cosas que fabricamos. Si solo tienen papel o plástico —es obvio que si es reutilizable mucho mejor— entonces el papel es peor. Y el papel es peor porque pesa entre 4 y 10 veces más que el plástico. Y si los comparamos desde el punto de vista del ciclo de vida, un kilo de plástico y un kilo de papel, el papel es mucho mejor, pero la funcionalidad de una bolsa de plástico o una de papel para llevar nuestras compras a casa no la da un kilo de cada material. La da una cantidad ínfima de plástico y una muchísimo mayor de papel. Porque la funcionalidad determina el impacto medio ambiental y les conté que los diseñadores siempre me piden materiales ecológicos. Hay pocos materiales que hay que evitar completamente. Para el resto, el tema es la aplicación, y a fin de cuentas, todo lo que diseñamos y producimos en la economía o lo que compramos como consumidores se hace así para una función. Queremos algo: vamos y lo compramos. Volver a separar las cosas y presentar soluciones inteligentes, elegantes, sofisticadas que tengan en cuenta todo el sistema y la vida completa de la cosa, todo, yendo bien hacia atrás desde la extracción hasta el fin de la vida útil, solo así podemos empezar a encontrar soluciones realmente innovadoras. Y los dejo con algo pequeñito que un diseñador experimentado con el que trabajo me dijo hace poco. Yo le dije: «¿Por qué no trabajas con sustentabilidad? Sé que la conoces». Me dijo: «Bueno, hace poco le armé un proyecto de sutentabilidad a un cliente y me miró y me dijo: "Sé que va a costar menos y sé que va a vender más, pero no somos los pioneros, porque los pioneros tienen flechas clavadas en la espalda"». Aquí hay todo un salón lleno de pioneros y espero que haya muchísimos más afuera porque necesitamos resolver estos problemas. Gracias. (Aplausos)