Kevin Breel
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Durante mucho tiempo, he sentido que vivía dos vidas distintas. La vida que todos ven, y la que solo yo veo. En la vida que todos ven, yo soy un amigo, un hijo, un hermano, un cómico y un adolescente. Esa es la vida que todos ven. Si preguntan a mi familia y amigos, eso es lo que les dirían. Y sí, es una gran parte de mí. Ese soy yo. Y si me lo pidiesen a mí, probablemente también diría algunas de esas cosas. Y no estaría mintiendo, pero tampoco les estaría contando toda la verdad, porque lo cierto es que esa es solamente la vida que los demás ven. En la vida que solo yo veo, quien yo soy, quien soy de verdad, es alguien que lucha fuertemente contra la depresión. Lo he hecho durante los últimos seis años, y lo sigo haciendo a diario.

Para alguien que nunca ha sufrido depresión o no sabe muy bien lo que significa, podría sorprenderles lo que acabo de decir, porque hay una idea equivocada, bastante extendida, de que la depresión solo es estar triste cuando algo va mal en tu vida, cuando rompes con tu novia, cuando pierdes a un ser querido, cuando no consigues el trabajo que querías. Pero eso es tristeza. Eso es algo natural. Es una emoción humana y natural. La verdadera depresión no es simplemente estar triste cuando algo va mal. La verdadera depresión es estar triste cuando en tu vida todo va bien. Esa es la depresión de verdad y es lo que yo sufro.

Y para ser totalmente sincero, para mí es duro estar aquí diciéndolo. Es difícil para mí hablar de ello, y parece ser que es difícil para todos. Tanto, que nadie lo hace. Nadie habla de depresión, pero deberíamos hacerlo, porque en la actualidad es un problema a nivel mundial. Un problema mundial de salud. Pero no lo vemos en los medios, ¿verdad? No lo vemos en Facebook, ni en Twitter. No lo vemos en las noticias, porque no es alegre, no es divertido, no es trivial. Y como no lo vemos, no vemos su dureza.

Pero la dureza y la gravedad se deben a esto: cada 30 segundos, cada 30 segundos, en algún lugar, alguien en el mundo se quita la vida a causa de la depresión. Puede ser a dos manzanas o a dos países de distancia, o a dos continentes, pero está pasando, y pasa cada día. Y tenemos la tendencia, como sociedad, de verlo y decir: "¿Y qué?" ¿Y qué? Lo vemos y decimos: "Ese es tu problema. Ese es su problema". Decimos que lo sentimos y que nos entristece, pero también decimos: "¿Y qué?"

Bien, hace dos años era mi problema, porque me senté en el borde de mi cama, donde me había sentado un millón de veces, y tenía tendencias suicidas. Me sentía así, y si hubiesen visto mi vida desde arriba, no habrían visto a un chico suicida. Habrían visto a quien era el capitán del equipo de baloncesto, el estudiante de teatro del año, el estudiante de inglés del año, alguien que estaba permanentemente en la lista de honor, y permanentemente en cada fiesta. Así que dirían que yo no estaba deprimido, que no tenía tendencias suicidas, pero se equivocarían. Se equivocarían. Así que me senté aquella noche junto a un frasco de pastillas con boli y papel en la mano y pensé en quitarme la vida y estuve así de cerca de hacerlo. Así de cerca.

Y no lo hice, lo cual me convierte en uno de los afortunados, uno de los que se suben a la cornisa y miran hacia abajo pero no saltan, uno de los afortunados que sobreviven. Así que sobreviví, y eso me deja aquí con una historia, y mi historia es esta: En solo dos palabras: sufro de depresión. Sufro de depresión, y creo que, durante mucho tiempo, vivía dos vidas completamente diferentes, en las que una persona temía a la otra. Temía que la gente me viese como era realmente, que no era el chico perfecto y popular de prepratoria que todos pensaban, que bajo mi sonrisa existía una lucha, que bajo mi luz, había oscuridad, y que bajo mi gran personalidad se escondía un dolor incluso mayor.

Algunos temen que la chica que les gusta no les corresponda. Algunos temen a los tiburones. Algunos a la muerte. Yo, durante la mayor parte de mi vida, me temí a mí mismo. Temía mi verdad, mi sinceridad, mi vulnerabilidad, y eso me hacía sentir como si estuviese atrapado en un rincón, como si estuviese atrapado en un rincón con una sola salida, así que pensaba en esa salida a diario. Pensaba en ello cada día, y si soy totalmente sincero, desde aquí les digo que he vuelto a pensar en ello, porque esa es la enfermedad, esa es la lucha, eso es la depresión, y la depresión no es la varicela. No te curas y se acabó para siempre. Es algo con lo que vives. Es algo en lo que vives. Es ese compañero al que no puedes echar. La voz que no puedes ignorar. Es esos sentimientos de los que pareces no poder escapar. Lo más terrorífico es que, después de un tiempo, te haces insensible a ella. Se convierte en algo normal, y lo que más temes no es tu sufrimiento interior. Es el estigma en los otros, la lástima, la vergüenza, la cara de desaprobación de un amigo, los susurros en el pasillo de que eres débil, los comentarios de que estás loco. Eso es lo que impide que pidas ayuda. Eso es lo que hace que lo escondas. Es el estigma, así que lo contienes y lo escondes, lo contienes y lo escondes, y aunque te hace estar en cama todos los días y hace que tu vida se sienta vacía por más que intentes llenarla, lo escondes porque el estigma en nuestra sociedad en torno a la depresión es muy real. Es muy real, y si piensas lo contrario, pregúntate: ¿Preferirías escribir en tu estado de Facebook que te cuesta levantarte de la cama porque te dañaste la espalda o que te cuesta levantarte cada mañana porque estás deprimido? Ese es el estigma, porque desafortunadamente, vivimos en un mundo en el que si te rompes el brazo, todos corren a firmarte la escayola, pero si les dices que estás deprimido, todos corren en dirección opuesta. Ese es el estigma. Aceptamos tan fácilmente el daño de cualquier parte de nuestro cuerpo, salvo el de nuestro cerebro. Y eso es ignorancia. Es pura ignorancia, y esa ignorancia ha creado un mundo que no comprende la depresión, que no entiende la salud mental. Y me resulta irónico porque la depresión es uno de los problemas mejor documentados del mundo, y aun así, es uno de los menos analizados. Simplemente lo apartamos y lo ponemos en un rincón y fingimos que no está y cruzamos los dedos para que se cure solo.

Pues no ocurrirá. No lo ha hecho y no lo hará, porque eso es una quimera, y los deseos son una estrategia, un aplazamiento, y no podemos postergar algo tan importante. El primer paso para resolver un problema es admitir que existe. Aún no lo hemos hecho, así que no podemos esperar encontrar una respuesta si aún tememos a la pregunta.

Yo no sé cuál es la solución. Ojalá lo supiese, pero no lo sé. Pero pienso que tiene que empezar aquí. Tiene que empezar conmigo, tiene que empezar con ustedes, tiene que empezar con las personas que sufren, los que se esconden en las sombras. Tenemos que hablar y romper el silencio. Tenemos que ser los valientes que luchan por lo que creen, porque si me he dado cuenta de algo, si hay algo que considero el problema más grave, no es el de construir un mundo en el que podamos eliminar la ignorancia de los demás. Sino en construir un mundo donde nos enseñemos a aceptarnos, en el que estemos a gusto con quienes somos, porque cuando somos sinceros, vemos que todos luchamos y todos sufrimos. Tanto si es por esto o por otra cosa, todos sabemos lo que es el dolor. Todos sabemos lo que es sentir dolor en el corazón, y todos sabemos lo importante que es la curación. Pero ahora mismo, la depresión es el corte profundo de la sociedad, en el que nos conformamos con poner una curita y fingir que no está.

Pues sí está. Está ahí. Y, ¿saben? No pasa nada. Si tienen depresión, sepan que no pasa nada. Y sepan que están enfermos, que no son débiles, y es un problema, no una identidad, porque cuando dejan atrás el miedo y el ridículo y el juicio y el estigma de los demás, pueden ver lo que en realidad es la depresión: es parte de la vida, es solo parte de la vida, y por más que lo odie, por más que odie algunos de los lugares y algunas de las partes de mi vida a las que la depresión me ha arrastrado, en muchos sentidos estoy agradecido. Porque sí, me ha hundido en pozos, pero solo para enseñarme que se puede salir. Y sí, me ha arrastrado a la oscuridad, solo para recordarme que hay luz. En mis 19 años en este planeta, lo que ha hecho mi sufrimiento es darme perspectiva, y mi dolor, mi dolor me ha obligado a tener esperanza, a tener esperanza y fe, fe en mí mismo, fe en los demás, fe en que puedo mejorarme, en que podemos cambiar esto, en que podemos hablar alto y expresarnos y luchar contra la ignorancia, luchar contra la intolerancia, y más que nada, aprender a querernos a nosotros mismos, aprender a aceptarnos por quienes somos, las personas que somos y no las que el mundo quiere que seamos. Porque yo creo en un mundo en el que aceptar nuestra luz no signifique ignorar nuestra oscuridad. El mundo en el que creo es uno en el que nos medimos por nuestra habilidad para superar las adversidades, no para evitarlas. El mundo en el que creo es uno en el que pueda mirar a alguien a los ojos y decir: "Mi vida es un infierno", y esa persona pueda mirarme y decirme: "La mía también", y no pasa nada, porque la depresión no es algo malo. Somos personas. Somos personas, y luchamos y sufrimos, y sangramos y lloramos, y si piensan que la verdadera fuerza significa no mostrar nunca debilidad, entonces estoy aquí para decirles que se equivocan. Se equivocan porque es justo lo contrario. Somos personas y tenemos problemas. No somos perfectos, y no pasa nada.

Así que tenemos que frenar la ignorancia, la intolerancia, el estigma, y parar el silencio y deshacernos de los tabúes, mirar la verdad y comenzar a hablar, porque el único modo de derrotar a un problema al que la gente se está enfrentando sola es uniéndonos todos con fuerza, uniéndonos con fuerza.

Yo creo que podemos. Creo que podemos. Muchas gracias a todos. Esto es un sueño hecho realidad. Gracias. (Aplausos) Gracias. (Aplausos)