Jennifer Senior
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Cuando nací, había realmente solo un libro sobre la crianza de niños y lo había escrito el Dr. Spock. (Risas) Gracias por ser complacientes. Siempre quise hacer esto. No. ¡Fue Benjamin Spock! Y su libro se tituló "El libro del sentido común en el cuidado del bebé y el niño".

Para cuando murió, se habían vendido casi 50 millones de ejemplares. Como madre de un niño de 6 años, hoy día entro a Barnes y Noble y veo esto. Es increíble la variedad que se encuentra en esos estantes. Hay guías para criar a un niño ecológico, a un niño sin gluten, a uno a prueba de enfermedades, que si me lo preguntan, es escalofriante. Hay guías para criar a un chico bilingüe, así en la casa solo se hable un idioma. Hay guías para criar a un chico que entienda de finanzas, a uno con espíritu científico, y a uno que sea un prodigio del yoga. Salvo una para enseñar a su hijo cómo desactivar una bomba nuclear, hay prácticamente una guía para todo. Todos son libros bienintencionados.

Estoy segura de que muchos son geniales. Pero en conjunto, si me disculpan, no veo nada que ayude cuando miro esa estantería. Veo ansiedad. Veo un monumento color golosina a nuestro pánico colectivo que me hace querer saber: ¿Por qué criar a nuestros hijos está asociado con tanta angustia y con tanta confusión? ¿Por qué estamos tan enredados con algo que los seres humanos hicieron exitosamente durante milenios, desde mucho antes de que aparecieran los foros sobre crianza o los estudios de los expertos? ¿Por qué es que tantas madres y padres viven la paternidad como una suerte crisis? Crisis puede parecer una palabra fuerte, pero hay datos que sugieren que no lo es.

Se hizo, de hecho, un trabajo que tenía justo este nombre: "La paternidad como crisis", publicado en 1957, y en los 50 años posteriores, se han hecho cantidad de estudios académicos que documentan un patrón bastante claro de angustia parental. Quienes son padres sufren más estrés que quienes no lo son. Su satisfacción conyugal es más baja. Se han hecho muchos estudios sobre cómo se sienten los padres cuando están pasan tiempo con sus hijos, y la respuesta frecuentemente es: no tan bien. El año pasado hablé con un investigador llamado Matthew Killingsworth, que está realizando un proyecto muy innovador que evalúa la felicidad de la gente, y esto es lo que descubrió: "Relacionarte con tus amigos es mejor que relacionarte con tu esposa, que es mejor que relacionarte con otros parientes, que es mejor que relacionarte con conocidos, que es mejor que relacionarte con tus padres, que es mejor que relacionarte con tus hijos, que están a la par de los extraños". (Risas)

Y aquí está el meollo de la cosa. He estado averiguando lo que subyace a estos datos por 3 años y los niños no son el problema. Algo relacionado con la crianza es el problema, justo en este momento. Específicamente, no creo que sepamos cómo debiera ser la crianza. Criar, como verbo, se volvió de uso común recién en 1970. Nuestros roles como padres y madres han cambiado. Los roles de nuestros hijos han cambiado. Estamos todos arrebatadamente improvisando en una situación para la que no tenemos un guion, y si eres un gran músico de jazz, entonces improvisar está genial, pero para el resto de nosotros, puede sentirse como una especie de crisis.

¿Cómo es eso de que todos navegamos por el universo de la crianza de los niños sin ninguna norma que nos guíe? Bien, para empezar, ha habido un cambio histórico importante. Hasta hace bastante poco, los chicos trabajaban, en nuestras granjas principalmente, pero también en fábricas, molinos, minas. Los niños eran considerados activos económicos. En algún momento de la Era Progresista, pusimos fin a este acuerdo. Reconocimos que los niños tenían derechos, prohibimos el trabajo infantil, y en lugar de eso nos enfocamos en la educación y la escuela pasó a ser el nuevo trabajo del niño. Y gracias a Dios así fue. Pero eso hizo el rol de los padres en cierta forma más confuso. El viejo acuerdo puede no haber sido muy ético, pero era reciproco. Proveíamos alimento, vestimenta, techo e instrucción moral a nuestros niños, y ellos, a cambio, aportaban ingresos. Cuando los niños dejaron de trabajar, la economía de la crianza cambió.

Los niños se convirtieron, en palabras de un brillante y despiadado sociólogo, en algo "Sin valor económico, aunque emocionalmente inestimable". En lugar de que ellos trabajaran para nosotros, empezamos a trabajar para ellos, pues en solo cuestión de décadas quedó claro que si queríamos que nuestros hijos triunfaran, la escuela no bastaba. Hoy, las actividades extracurriculares son el nuevo trabajo de los chicos, pero también es un trabajo para nosotros, porque somos nosotros quienes los llevamos a practicar fútbol. Las montañas de tareas son el nuevo trabajo de un niño, pero también son trabajo para nosotros, porque tenemos que revisarlas. Hace unos tres años, una mujer de Texas me dijo algo que rompió por completo mi corazón. Me dijo, de una manera casi casual, "La tarea es la nueva cena". La clase media dedica hoy en día todo su tiempo, energía y recursos a los hijos, a pesar de que tiene cada vez menos de estas cosas para dar cada día. Las mamás pasan hoy más tiempo con sus hijos que en 1975, cuando la mayoría de las mujeres no eran aún parte de la fuerza de trabajo.

Probablemente sería más fácil cumplir con los nuevos roles, si los papás supieran para que están preparando a sus hijos. Esta es otra cosa que hace que la crianza moderna sea tan confusa. No tenemos ni idea de qué parte de lo que sabemos les puede servir a nuestros hijos, si es que hay algo. El mundo está cambiando tan rápidamente que es imposible saberlo. Esto era así inclusive cuando yo era joven. Cuando era niña, más exactamente en la secundaria, me decían que estaría perdida en la nueva economía global si no sabía japonés. Y con el debido respeto hacia los japoneses, no fue así. Hoy día, hay un cierto tipo de padres clase media obsesionados con enseñarle a sus hijos mandarín, y tal vez tengan razón, pero no podemos asegurarlo. Así que, siendo incapaces de anticipar el futuro, lo que hacemos, como padres, es tratar de preparar a nuestros hijos para cualquier clase posible de futuro, esperando que alguno de nuestros esfuerzos dé en el blanco. Les enseñamos a nuestros niños a jugar ajedrez, pensando que tal vez necesiten capacidades de análisis. Los inscribimos en equipos deportivos, pensando que tal vez necesiten capacidades para el trabajo en equipo, ya saben, para cuando vayan a la Escuela de Negocios de Harvard. Les enseñamos a ser buenos en la economía, a tener espíritu científico y a ser ecológicos y libres de gluten, aunque tal vez sea hora de decirles que yo no era ecológica ni libre de gluten cuando era niña. Comía olladas de puré de macarrones y carne. ¿Y saben qué? Me está yendo bien. Pago mis impuestos. Tengo un trabajo estable. Hasta me invitaron a hablar en TED. (Risas) Pero la presunción de ahora es que lo que era bueno para mí entonces, ya no alcanza. Y entonces todos nos abalanzamos sobre esa estantería de libros porque creemos que si no lo intentamos todo, es como si no hiciéramos nada, y como si faltáramos a nuestros deberes de padres.

Ya es bastante difícil cumplir con nuestros nuevos roles de padres y madres. Agreguémosle a este problema algo más: también estamos asumiendo nuevos roles de esposos y esposas, porque la mayoría de las mujeres, hoy en día, forman parte de la fuerza laboral. Esta es otra razón, creo, para que la crianza se viva como crisis. No tenemos reglas, ni guiones, ni normas para lo que debemos hacer cuando llega un niño, hoy que ambos, padre y madre, aportamos económicamente. El escritor Michael Lewis, alguna vez, lo expresó con mucho acierto. Dijo que la manera más segura de que una pareja empezara a pelear, era que salieran a cenar con una pareja que tuviera un reparto de tareas ligeramente diferente al suyo, pues la conversación en el auto de regreso a casa, sería más o menos la siguiente: "¿Te fijaste que Dave es el que lleva a los chicos a la escuela todos los días?" (Risas) Sin guiones que nos digan quién hace qué en este mundo feliz, las parejas pelean y ambos, padre y madre, tienen sus propias y legítimas quejas. Las mamás son más dadas a ser multitarea cuando están en casa, y los papás son más dados a ser monotarea. Encuentren un tipo en casa, y lo más probable es que esté haciendo solo una cosa a la vez. De hecho, la Universidad de California recientemente hizo un estudio para investigar la configuración más común de los miembros de familias clase media. ¿Adivinen qué se supo? El papá en un cuarto solo. Según la "Encuesta norteamericana del uso del tiempo", las madres hacen el doble que los padres, en cuanto al cuidado de los hijos, lo cual está mejor de lo que era en los tiempos de Erma Bombeck, aunque todavía pienso que algo de lo que escribió es absolutamente relevante: "No he estado sola en el baño desde octubre". (Risas)

Pero esta es la cuestión: los hombres están haciendo mucho. Ellos pasan más tiempo con los hijos del que sus padres nunca pasaron con ellos. Trabajan más horas pagadas en promedio que sus esposas, y quieren, genuinamente, ser padres buenos y comprometidos. Hoy, son los padres, no las madres, los que informan la mayoría de los conflictos entre el trabajo y sus vidas.

De cualquier manera, a propósito, si Uds. piensan que es difícil para las familias tradicionales lidiar con estos nuevos roles, solo imagínense cómo son ahora las cosas para las familias no tradicionales: familias con dos padres, con dos madres, hogares con un solo padre. Ellos en verdad están improvisando por el camino. En países más progresistas, y discúlpenme por recurrir al cliché

e invocar, sí, a Suecia, los padres pueden recurrir al Estado por ayuda. Hay países que reconocen las angustias y los cambios de roles de padres y madres. Desafortunadamente, los EE. UU. no es uno de ellos, así que si se estaban preguntando qué tienen los EE. UU. en común con Papúa Nueva Guinea y Liberia, es esto: Nosotros tampoco tenemos política de licencia de maternidad pagada. Somos uno de los 8 países del mundo que no la tienen.

En esta época de confusión intensa, hay solo una meta con la cual todos los padres concuerdan, y es que así se sea mamá tigre o hippie, helicóptero o drone, la felicidad de nuestros hijos es primordial. Eso es lo que significa educar a los hijos en una época en la que no tienen valor económico, pero son emocionalmente invaluables. Todos somos custodios de su autoestima. El único mantra que ningún padre cuestiona es: "Todo lo que quiero es que mis hijos sean felices". Y no me entiendan mal: creo que la felicidad es una maravillosa meta para cualquier niño. Pero es una meta demasiado escurridiza. La felicidad y la autoconfianza, enseñarle eso a los niños no es como enseñarles a arar un campo. No es como enseñarles a andar en bici. No hay un currículo para eso. La felicidad y la autoconfianza pueden ser productos derivados de otras cosas, pero no pueden ser metas en sí mismas. Es muy injusto cargar sobre los hombros de los padres la felicidad de sus hijos. Y es todavía más injusto cargar la felicidad sobre los hombros de los niños.

Y tengo que decirles que creo que conduce a algunos excesos muy extraños. Estamos hoy tan ansiosos por proteger a nuestros hijos de la hostilidad del mundo, que los protegemos de "Plaza Sésamo". Quisiera poder decir que es un chiste, pero si van a comprar el DVD de los primeros episodios de "Plaza Sésamo", como hice yo por nostalgia, se encontrarán con una advertencia al comienzo que dice que el contenido no es apropiado para niños. (Risas) ¿Puedo repetirlo? El contenido del "Plaza Sésamo" original no es apropiado para niños. Cuando el New York Times le preguntó por esto a una productora del show, dio un sinnúmero de explicaciones. Una fue que el Monstruo Galletero fumaba pipa en una escena y luego se la tragaba. Mal ejemplo. ¡Supongo! Pero lo que más se me grabó fue cuando dijo que no sabía si Oscar El Gruñón podría utilizarse hoy, porque era demasiado depresivo. No puedo decirles cuánto me aflige todo esto. (Risas) Están viendo a una mujer que tiene una tabla periódica de los Muppets colgando de la pared de su cubículo. El ofensivo muppet, justo ahí. Ese es mi hijo el día que nació.

Yo volaba como cometa por la morfina. Me habían hecho una cesárea inesperada. Pero incluso en mi nube de opio, me las arreglé para tener una idea clara la primera vez que lo alcé. Se lo susurré al oído. Le dije: "Intentaré por todos los medios no herirte". Fue un juramento hipocrático, y no sabía que lo era. Pero se me ocurre ahora que el juramento hipocrático es una meta mucho más realista que la felicidad. De hecho, como puede decírselos cualquier padre, es una meta dificilísima. Todos hemos hecho o dicho cosas hirientes de las que desearíamos con todo el alma poder retractarnos. Creo que en otra época, no hubiéramos esperado tanto de nosotros mismos y es importante que todos lo recordemos la próxima vez que estemos mirando con nuestro corazón agitado esas estanterías de libros. No sé exactamente cómo crear normas nuevas para este mundo, pero sí creo que en nuestro desesperado afán por hacer niños felices, podemos estar asumiendo cargas morales equivocadas. Me convence más, como una mejor meta, y una más virtuosa, me atrevo a decir, que nos concentremos en lograr niños productivos y niños morales, y que esperemos que sencillamente la felicidad les llegue en virtud del bien que hagan, de sus logros y del amor que reciban de nosotros. Eso, de alguna forma, es una respuesta al hecho de no tener un guion. Como no tenemos guiones nuevos, solo sigamos los más viejos del libro —decencia, trabajo ético, amor— y dejamos que para la felicidad y la autoestima se las arreglen por sí mismas. Creo que si todos hiciéramos eso, los chicos estarían muy bien, al igual que sus padres, y posiblemente en ambos casos, incluso mejor. Gracias.

(Aplausos)