Amanda Schochet
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Si hace cinco años me hubiesen dicho que hoy daría una charla sobre nuestro poder individual para marcar la diferencia, me habría puesto a temblar. Mi trabajo consistía en estudiar sistemas globales enormes. Era investigadora de la NASA, y usaba los datos de los satélites para estudiar el panorama general. Desde el espacio se pueden ver muchas cosas, como por ejemplo los ecosistemas de la Tierra amenazados desde todos los ángulos y las desigualdades mundiales en la salubridad del aire y del agua. Estas cosas me mantenían despierta durante la noche. Y luego, fuera del trabajo, usaba esta vista de pájaro mientras pensaba en las grandes estructuras sociales como la educación, los medios y la salud, y también me parecía que tenían dificultades. Sentía que el mundo estaba atrapado en este gran sistema que se autoamplificaba que estaba en camino hacia la destrucción. Y por supuesto, quise hacer algo al respecto, y me sentí muy pequeña e impotente. Pero comencé a sentirme diferente a medida que mi perspectiva cambiaba de lo macro a lo micro.

Esto comenzó con los abejorros. Usaba imágenes de satélite e investigación de campo

para estudiar a estos polinizadores adorables y maravillosos, para ver cómo se encontraban en medio de su crisis medioambiental en California del Sur. Y desde la macro vista veía autopistas con 22 carriles, infinitas extensiones suburbanas y agua que era desviada de ríos resecos para regar el césped en el desierto. Aquello fue muy siniestro.

Pero en el suelo había algunos pequeños motivos para el optimismo: esas pequeñas parcelas de recursos conocidas como "fragmentos de hábitat". Si los tipos correctos de plantas crecían a lo largo del aparcamiento de un Costco, si en los barrios cercanos había plantas autóctonas en los jardines de la gente, y en los barrancos que eran demasiado escarpados como para construir había plantas autóctonas en lugar de pastos, entonces todos estos espacios intermedios ayudarían a crear una red de fragmentos de hábitat. Y esta red implicaba que los abejorros podrían atravesar el desierto de hormigón alimentarse con las plantas autóctonas y polinizarlas. Y estas plantas de las que dependen y que mantienen a los abejorros son esenciales. Estabilizan las laderas empinadas de las colinas, brindan alimento y hogar a miles de especies maravillosas de animales, y lo más importante, ayudan a reducir el ciclo devastador de incendios forestales al evitar el crecimiento de esos pastos invasivos que avivan a las feroces llamas con las que estamos familiarizados.

Es un sistema realmente vital e interconectado y algunas personas pudieron ver cómo formaban parte del mismo, y actuaron como jardineros de fragmentos de hábitat. Sembraron plantas autóctonas en su jardín y también cuidaron de las tierras de los parques corporativos y de los barrancos públicos. En mi investigación pude ver el impacto que un solo jardinero apasionado podía tener. Y luego, repitiéndose por la región, sus fragmentos de hábitat se acumulaban para formar un ecosistema más resiliente, no un sistema perfecto, ni remotamente, pero al menos un sistema con menos posibilidades de colapsar totalmente bajo las presiones inminentes como futuros desarrollos y sequías.

Y estaba mirando el mundo a través de esta lupa cuando me encontré en la sala de espera de un hospital público de Brooklyn con Charles, mi pareja. Estábamos sentados frente a un grupo de adolescentes que estaban tirados en sus sillas, muy aburridos y actualizando sus teléfonos una y otra vez. En un barrio con una de las tasas de graduación escolar más bajas de la ciudad, esta sala de espera parecía un fragmento de hábitat social a punto de producirse.

Así que investigamos qué tipos de recursos podríamos agregar a espacios como este para que tengan un impacto. Y nos decidimos por los museos.

Los museos son la fuente de información pública más confiable, más que los medios y que el gobierno, aunque se aglutinan en los barrios más ricos. Nueva York tiene 85 museos en Manhattan, y el Bronx tiene ocho, aunque estos dos distritos tienen casi la misma cantidad de población. Y como las entradas son tan caras mucha gente no puede ir a los museos aunque vivan cerca. Y estas pequeñas injusticias se repiten una y otra vez y se suman para crear desigualdades generales en conocimiento y en poder. A lo largo de EE. UU. casi el 90 % de los visitantes de los museos de arte son blancos, e incluso en la red de los museos gratuitos del Smithsoniano casi la mitad de los visitantes adultos tiene título universitario mientras que en la población en general es solo un 10 %. Entonces nos quedó claro que aunque los museos sean un maravilloso recurso educativo y social, no llegan a todos. Y muchos museos son conscientes de esto y están intentando cambiarlo, pero los obstáculos estructurales los ralentizan. Así que nos dispusimos a crear una red distribuida de fragmentos de hábitat de museo.

Trabajando desde un contenedor donado con la ayuda voluntaria de nuestros amigos y docenas de científicos muy generosos de todo el mundo construimos nuestro primer prototipo: el Museo de Moluscos más pequeño.

(Risas)

Los moluscos son estos animales viscosos con tentáculos que cambian de forma como las ostras, los pulpos y el calamar gigante. Si alguna vez vieron un alienígena en una película, les apuesto a que este se inspiró en un molusco. Su onda viscosa de ciencia ficción los convierte en guías muy divertidos para visitas a un museo de biología y nos pueden enseñar sobre los sistemas que todos compartimos con un toque de atención. De todas las extinciones de animales documentadas desde el siglo XVI, más del 40 % han sido de nuestros amigos, los moluscos.

Así que probamos este museo en la ciudad para ver si tenía eco con toda clase de visitantes y así fue. A la gente le gustaba aprender de él. Así que construimos una flota de pequeños museos de ciencia, lo suficientemente pequeños como para caber en lugares preexistentes con una gran cantidad de información que tuviese impacto. Y como son modulares, pueden ser distribuidos de modo que lleguen a todos. Y nos asociamos con bibliotecas, centros comunitarios, centros de transporte y hospitales públicos, de modo que pudiéramos transformar sus espacios intermedios en fragmentos de hábitat para el aprendizaje social. Y, como corresponde, a nuestra flota de museos la llamamos "MICRO". Aunque cada fragmento de hábitat es pequeño, brinda lo esencial. Atrae a las personas para que puedan explorar y aprender juntos de un modo social. Y luego, distribuidos a través del entorno, podemos invitar a la gente para que converse sobre ciencia.

Cuando nos asociamos con un hospital público del sur del Bronx, nos convertimos en el primer y único museo de ciencia del Bronx. Sí, es muy curioso.

(Risas)

Y, muy rápidamente, comenzaron a llegar familias con niños, y las escuelas empezaron a programar excursiones a este museo diminuto en el vestíbulo principal del hospital público.

(Risas)

Y el museo se volvió tan popular que empezamos a contratar a estudiantes locales como docentes de los museos para hacer visitas guiadas y actividades para todos los niños talentosos. Cada chispa de curiosidad que pudimos alimentar, cada nuevo dato aprendido, cada nueva amistad forjada en el museo y cada niño que tenga un trabajo significativo después de la escuela, todo eso contribuye a crear un sistema más fuerte.

Así que hoy quiero mantener en mi mente la visión MICRO. Siempre estoy examinando cómo las pequeñas acciones pueden sumar para crear cambios en el nivel macro de los sistemas. Y sinceramente, veo muchas cosas muy buenas. Hay fragmentos de hábitat por todos lados, cuidados por individuos talentosos, apasionados, en grupos de todos los tamaños, que están trabajando en sistemas con acceso más igualitario al alimento, al empleo, el cuidado de la salud, la vivienda, el empoderamiento político, la educación y los entornos sanos. Uno a uno, juntos, estamos llenando huecos, fortaleciendo los sistemas de los que formamos parte.

Por supuesto, también debemos trabajar en las grandes instituciones. Pero son muy lentas, y estamos viviendo en medio de cambios rápidos. Es una característica propia de nuestra época. Así que en algunos casos nuestras pequeñas acciones pueden ser una curita hasta que los grandes se pongan al día. Pero, sin nosotros, ¿con qué se van a poner al día?

¿Todavía temo por el mundo? Sí. (Se ríe) Por eso estoy hablando con Uds. El mundo necesita muchos más fragmentos de hábitat. Así que, si últimamente se han sentido abrumados o impotentes, les pido que intenten esta estrategia de tamaño muy pequeño, y vean cómo va.

Primer paso: ampliarlo. No es un sistema enorme que va descontroladamente hacia la destrucción. Tenemos muchos sistemas que se superponen, y el modo en que estos interactúan lo determina todo.

Segundo paso: busquen donde haya necesidad de recursos, porque allí es donde Uds. pueden marcar la mayor diferencia. E investiguen para entender cómo sus ideas van a interactuar con los sistemas que ya existen.

Tercer paso: encuentren otros fragmentos de hábitat. Descubran cómo se pueden apoyar mutuamente porque juntos estamos construyendo una red.

Y cuarto paso: transformen su fragmento. Puede que no tengan el soporte para cambiar varios sistemas a la vez, pero hay muchas cosas pequeñas, significativas y estratégicas que cada uno de nosotros puede hacer. Y somos muchos, así que esto sumará.

Gracias.

(Aplausos)